viernes, 19 de noviembre de 2010

San Epifanio, Vida de María: La Entrada en el Templo de la Madre de Dios y su permanencia en la Casa del Señor. (Cap. IV-IV)

IV
Teniendo tres años la niña María, la llevaron sus padres a Jerusalén y la presentaron al Señor, con ofrendas. Recibiola, con sus dones, el sacerdote Yodae, llamado Baraquías, que era el padre de Zacarías. Todos los sacerdotes al verla, se regocijaron y rezando, bendijeron a Joaquín y Ana y a la Niña María.
 Regresaron a Nazaret y cuando la Niña tuvo siete años, de nuevo, sus padres la condujeron a Jerusalén y la ofrecieron al Señor, consagrándola para todos los días de su vida. Poco después de esto murió Joaquín, su padre, a la edad de ochenta años. María no se apartaba del Templo, ni de día ni de noche. Ana, dejando Nazaret, fue a Jerusalén y estaba con su hija María y, habiendo pasado dos años, murió a los setenta y dos de su edad.
V
Huérfana y sin protección en torno suyo, no se apartaba del templo del Señor y si algo necesitaba solamente acudía a Isabel, pues vivía cerca. Había aprendido las letras hebraicas de su padre Joaquín, cuando aún vivía. Era inteligente y estaba deseosa de aprender y, aunque era huérfana, se aplicaba al estudio de las divinas letras. Era motivo de admiración por las labores de lana, lino, seda e hilo. Por su sabiduría e inteligencia aventajaba a todas las jóvenes de su edad, como de ella había afirmado su antepasado Salomón, pues de ella dijo: “¿Quién hallará a la mujer fuerte?” y lo que sigue después (Prov 31, 10-31).
VI
Había en el templo del Señor, cerca del pórtico, en la parte del altar, un lugar reservado. Allí sólo habitaban las vírgenes y, al dejar esta convivencia, todas regresaban a sus casas, pero María permaneció en el Santuario y en el Templo, sirviendo a los sacerdotes. Su índole y conducta era así: respetable en todo, hablaba poco, obedecía con prontitud, era afable y muy modesta con los varones, cortés y respetuosa con los hombres, de tal manera que todos admiraban su inteligencia y sus palabras.
Era de mediana estatura, pero algunos dicen que de algo más que mediana. Era de color trigueño, de cabellos y ojos claros, mirada suave, con cejas oscuras y nariz fina y proporcionada. Era también fina en sus manos y dedos, de rostro alargado, llena de lozanía y de gracia divina. Sin ningún orgullo, opuesta a la fastuosidad y a la molicie. Poseía una extraordinaria humildad y por ello puso Dios en Ella sus ojos como dijo Ella misma glorificando al Señor. Prefería llevar vestidos sin teñir, como lo atestigua su sagrado velo.
Hilaba lana, de la que se destinaba para el templo del Señor, en el que ella se sustentaba, siendo constante en las plegarías, la lectura, el ayuno, el trabajo manual y todas las virtudes, de modo que María, realmente santa, vino a ser maestra de muchas mujeres, por su estado de vida y variedad de labores. Cuando tuvo doce años, sucedió cierto día que, rezando una noche a las puertas del Santuario, a la medianoche, resplandeció una luz más viva que el sol y desde el Propiciatorio se le dirigió una voz, diciendo: Tú serás la Madre de mi Hijo. Ella guardó silencio, no manifestando a nadie el misterio hasta la Ascensión de Cristo a los cielos.

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