jueves, 13 de mayo de 2010

Sinaxario de la Ascensión del Señor (Traducido del Pentecostario griego)


Después de su Resurrección, Jesús permaneció en la tierra cuarenta días, apareciendo en intervalos a sus discípulos en varios lugares. Él comió, bebió, y conversó con ellos, verificando y asegurando así su Resurrección. En este día, que es el cuadragésimo después de la Pascua y que cayó entonces el tercero de mayo, Jesús apareció a sus discípulos en Jerusalén.

Primero conversó con ellos sobre varios asuntos, y entonces les dio su último mandamiento: que fueran y predicaran en su Nombre a todas las naciones, comenzando con Jerusalén. Al mismo tiempo les mandó a no salir de Jerusalén, sino a permanecer allí un tiempo hasta que fueran revestidos de poder de lo alto por el descenso del Espíritu Santo sobre ellos. Habiendo dicho esto, les condujo al Monte de los Olivos.

Entonces levantó sus manos y les bendijo. Y mientras les hablaba con palabras de bendición paternal, él fue separado de ellos siendo llevado a los cielos, donde fue recibido por una nube brillante, indicando su divina majestad. Él se sentó en ella como en una carroza real y comenzó a ascender al cielo, desapareciendo gradualmente de la vista de sus discípulos.

Y mientras estos miraban, dos ángeles vestidos con brillantes túnicas blancas aparecieron ante ellos en forma de hombres y les dijeron: «Galileos, ¿por qué están mirando al cielo? Este Jesús, que ante su vista fue subido al cielo, vendrá así como le han visto ir al cielo». En estas palabras, por lo tanto, está cumplida y definida la doctrina acerca del Hijo de Dios y de su palabra en la Confesión de fe. Y así después de que Nuestro Señor Jesucristo cumplió su gran plan salvador por nuestra causa, ascendió en gloria en cielo y se sentó a la derecha de Dios Padre.

En cuanto sus purísimos discípulos, volvieron a Jerusalén desde el Monte de los Olivos, gozándose en la promesa de la venida del Espíritu Santo (cfr. San Lucas 24:46-52; Hechos 1:1-12).

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