
El 9 de enero de 1275, se celebró una Liturgia en Constantinopla en la que se conmemoró al Papa como “Gregorio, Pontífice universal de la Iglesia Apostólica y Papa de Roma”. Ante esta traición a la fe, la hermana del Emperador, exclamó: ¡Preferible sería que mi hermano perdiera el Imperio antes que traicionara la Fe Ortodoxa! Recordando los horrores y las tropelías de la infame cruzada de 1204, en la que los cruzados latinos saquearon las Iglesias, profanaron los Iconos, robaron las Santas Reliquias y asesinaron a sacerdotes, monjes y fieles, el pueblo clamaba que prefería someterse a los infieles antes que abandonar la Fe que les fue transmitida íntegra.
Veintiséis mártires de Monasterio de Zographou en el Monte Athos están entre aquéllos que fueron perseguidos por el emperador Miguel VIII Paleologo (1261-1282) y el patriarca acimita Juan Bekkos (1275-1282) ya que se negaron a obedecer la orden imperial de que reconocieran la Unión de Lyon. Ellos guardaron las enseñanzas de los Padres de la Iglesia firmemente, e intrépidamente censuraron a aquéllos que aceptaron las doctrinas romanas.
Ante la negativa de aceptar el conciliabulo de unión fueron quemados vivos mientras cantaban el Credo dentro de la torre del monasterio en la que se refugiaron ante las amenazas de los asaltantes
Veintiséis son los mártires que recibieron las coronas inmarcesibles de manos de Cristo: El igumeno Tomás, los monjes Barsanufio, Cirilo, Miguel, Simón, Hilarión, Jaime, Job, Cipriano, Sava, Jaime, Martiniano, Cosme, Sergio, Menas, Josafat, Joanicio, pablo, Antonio, Eutimio, Domeciano, Partemio y cuatro servidores del monasterio que se unieron a ellos.
Su sangre derramada junto a la de tantos y tantos mártires nos recuerda la importancia de nuestra fidelidad a la fe que hemos recibido de nuestros padres y que no es más que nuestra fidelidad a Cristo y nos interpela para que pongamos siempre la Verdad por encima de la conveniencia de los hombres.
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