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martes, 18 de octubre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

 

18 de octubre

 Lucas 5, 12–16

 En aquel tiempo, estando Jesús en una de las ciudades, he aquí que un hombre lleno de lepra, al ver a Jesús, se postró rostro en tierra y le rogó, diciendo: ¡Señor, si quieres, puedes limpiarme! Y extendiendo la mano, tocó al leproso, diciendo: ¡Quiero, límpiate! Y al instante le dejó la lepra. Y Jesús le mandó que no dijera a nadie y le dijo: Muéstrate al sacerdote y, por tu purificación, ofrece un sacrificio como Moisés ordenó, para testimonio de ello. Se difundió la noticia, y grandes multitudes se reunieron para escucharlo y ser sanados de sus enfermedades. Más él se retiraba a lugares desiertos para orar.

 

Sobre la oración

Ama la oración. Dirige constantemente tu mente a Dios... Para no vivir en tinieblas, presiona el "interruptor" de la oración, para que la luz divina entre en tu alma. En lo más profundo de vuestro ser resplandecerá Cristo... Cuando la mente del hombre se prepara para la oración, en una milésima de segundo llega la gracia divina. Entonces el hombre se llena de gracia y ve todo con otros ojos.

 Todo se arregla con la ayuda de la oración. Pero debéis tener amor, debéis tener calidez en la oración. No te preocupes, confía en el amor y el cuidado de Dios. Cuando estás en oración, todo encaja. Dentro de ti viene la gracia de Dios. Cuando tienes gracia, todo se hace con alegría, sin esfuerzo.

 En el caso de la oración, no es la duración temporal lo que importa, sino la tensión. Ora a Dios aunque sea por cinco minutos, pero dedícate a Dios con amor y anhelo. Es decir, la oración debe ser consciente, con la mente enfocada.

 Para que Jesús entre en nosotros cuando lo llamamos Señor Jesucristo, ten piedad de mí, nuestro corazón debe estar limpio, libre de odio, egoísmo y malicia.

 

Monje Patapios Kavsokalivitul, San Porfirio Kavsokalivitul – Santidad en el siglo XXI, Editorial Doxologia, Iasi, 2015, pp. 53-54.

miércoles, 12 de octubre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

 

12 de octubre

 

Lucas 4, 1-15

 

En aquel tiempo Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días tentado por el diablo. Y durante estos días no comió nada, y cuando terminaron esos días, tuvo hambre. Y el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Y Jesús le respondió: Está escrito que "no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Entonces el diablo lo llevó a un monte alto y en un momento le mostró todos los reinos del mundo. Y el diablo le dijo: Te daré todo este dominio y su esplendor, porque a mí me ha sido dado, y a quien quiero lo doy; por tanto, si te inclinas ante mí, todo será tuyo. Pero respondiendo Jesús, le dijo: Apártate de mí, Satanás, porque escrito está: "Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él servirás". Y lo llevó a Jerusalén y lo colocó sobre el ala del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Él mandará a sus ángeles que te guarden» y te sostendrán en sus manos, para que no tropieces con tu pie en piedra». Y respondiendo Jesús, le dijo: Dicho fue: "No tientes al Señor tu Dios". Y el diablo, acabando con toda tentación, se apartó de Él por un tiempo. Pero Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea y la noticia se difundió por todos los alrededores. Y enseñaba en las sinagogas, siendo glorificado por todos”.

 

 

En la exposición bíblica, tras el momento de la Teofanía en el Bautismo sigue el episodio más misterioso que relata el Evangelio, según la opinión de la mayoría de los teólogos: la tentación del Salvador por el diablo. Apenas sale fuera del agua, Jesús se adentra en el desierto, pasando de la multitud a la soledad. Así, el Señor inicia inmediatamente su actividad mesiánica.

 

Todos los Evangelistas sinópticos mencionan el episodio de la tentación. San Marcos es un poco más conciso en su relato, y los otros dos especifican en qué consistieron las pruebas a las que fue sometido el Señor.

 

Aunque Jesús llama a Satanás "el fuerte", insistiendo así en la importancia de esta fuerza maligna, muestra que, aunque guerrero armado, el malvado, guarda su corte y sus posesiones, sin embargo, "cuando uno más fuerte que él viene contra él y lo derrota, le quita todas las armas en que confiaba y reparte el botín» (Lc 11, 22). Evidentemente, el texto está cargado de significados profundos que escapan a nuestro conocimiento. Pero lo que está claro es que Cristo, Dios Encarnado, es infinitamente más fuerte que el ángel del mal y que su victoria es segura.

 

El Evangelio señala que después de la glorificación del Hijo en el Bautismo, el Salvador permaneció en el desierto cuarenta días y cuarenta noches. En este desierto, llamado desierto Cuarentena, Cristo "fue llevado por el Espíritu". Y la presencia de un período de cuarenta días, una duración mencionada tantas veces en el curso de la historia de Israel, está llena de significado. Por ejemplo, durante el diluvio llovió durante cuarenta días (Hch 7, 17), el mismo número de días que pasó Moisés en el monte Sinaí, el mismo número de días que preparó Elías para la actividad profética. Los habitantes de Nínive ayunaron durante cuarenta días para evitar el castigo. Todos los cuarenta en la tradición universal son, como señala J. Kovalevski, períodos de purificación que preparan un cielo nuevo y una tierra nueva.

 

Según el tipo de tentaciones, se pueden dividir en tres: la lujuria del cuerpo, la soberbia de la vida y la lujuria de los ojos. Sólo cuando el cuerpo del Señor estaba debilitado por tanto ayuno y hambre, el diablo piensa que es hora de tentarlo. A través de la primera tentación, Satanás intenta, instando a Jesús a saciar su hambre, a cambiar el afecto natural en un apetito desordenado.

 

Satanás le pide a Jesús que convierta las piedras en panes para satisfacer su hambre. La necesidad del hombre de alimentar su cuerpo todos los días es la primera evidencia de su apego a las cosas terrenales, que Jesús busca vencer. Rechazando la primera tentación, Cristo repudió para siempre toda tendencia a subordinar lo espiritual a lo material en el hombre y en el mundo, y aunque, en el curso de la historia, la humanidad ha sucumbido a esta tentación decenas de veces, como el Gran Inquisidor en Los hermanos Karamazov, la victoria final del espíritu se habrá ganado para siempre. Cristo desbarató divinamente esta tentación de convertir las piedras en panes (Aquel que multiplicó los panes), tentación que el Santo Apóstol y evangelista Juan llama "los deseos de la carne" (1 Jn. 2, 16).

 

La respuesta del Señor: "No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios", destruye la vana esperanza de los impíos e incluye toda una doctrina.

 

Después de la primera tentación, Satanás volvió con tentaciones más sutiles, más difíciles de interpretar. El Señor Jesús se deja llevar y colocar al borde del Templo de Jerusalén, bajo el cual se abre un abismo espantoso. Es extraño este permiso dado al espíritu maligno para acercarse tanto a Jesús y obligarlo a ir a los lugares elegidos por él.

 

Llegando sobre el alero del Templo, el diablo hace la siguiente propuesta: "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque escrito está: A sus ángeles mandará por ti, y sobre sus pies te levantarán". tus manos, para que tu pie no tropiece con una piedra tuya"" (Mt. 4, 6). Es aterrador que en este desafío el maligno cite de la Escritura, del Salmo 90. A este desafío insinuante y ambiguo, el Salvador responde con líneas tomadas del texto sagrado: "Escrito está también: 'No tentarás al Señor tu Dios "" (Mt 4:7).

 

Jesús elimina así el otro desafío de Satanás. A la gente le gusta todo lo que es maravilloso. El milagro fraudulento, la impotencia humana convertida en poder, ante sus ojos. Tienen hambre, tienen sed de milagros. Están listos para adorar al taumaturgo incluso si es un charlatán o Satanás. Todos le pedirán a Jesús una señal, pero él nunca la dará. No quiere dejarse llevar por los milagros. Curará a los enfermos y muchas veces se esconderá, incluso pedirá a los curados que pasen su nombre en silencio.

 

El diablo quería hacer que Jesús se comportara a semejanza de su inconmensurable orgullo. No en vano San Juan Evangelista llama a esta tentación: "la soberbia de la vida" (I Jn 2, 16). Rechazando la segunda tentación, el Salvador también llamó la atención del hombre sobre el peligro de aspirar a poseer poderes mágicos.

 

Con los dos intentos hasta ahora, Satanás ha fracasado en hacer que Jesús manifieste, a propuesta suya, la calidad y el poder del Hijo de Dios. Por lo tanto, el diablo intentará de otra manera someterlo a sus deseos temerarios. "El diablo lo lleva a un monte muy alto", mostrándole "todos los reinos del mundo y su gloria". Después de este panorama cósmico, dice al Señor: "Todo esto te daré, si Tú, postrado, me adoras". Esta vez ya no acude a sutiles y evasivas tentaciones, sino que va directo al blanco. La tentación con el reino de la tierra es devastadora, pero sobre todo el precio que exige Satanás. “Satanás -como dice Papini- tiene derecho a prometer lo que es suyo, los reinos de la tierra están fundados en la fuerza de las armas y están sostenidos por el engaño,

 

Ahora, Jesús lo rechaza diciendo "Vete, Satanás", añadiendo "que está escrito: Al Señor tu Dios adorarás ya Él solo servirás" (Mt. 4, 10).

 

Por la codicia, el orgullo y el deseo de dominio, el primer hombre, Adán, cayó y se perdió. Cristo, el segundo Adán, es tentado por el demonio, pero tiene la fuerza para rechazar todas sus tentativas y permanecer fiel y firme a la misión mesiánica que asumió. Por eso Él es el ejemplo y el mejor garante de que, a nuestra vez, recuperaremos el paraíso perdido, si tenemos la fuerza de la fe para oponernos al mal ya la astucia como el Salvador.

 

A través de las respuestas que Cristo dio a las tentaciones provenientes del engañador, le indicó al hombre el camino que debería seguir, estableciendo también la verdadera jerarquía de valores que debería tener en cuenta para permanecer en comunión con Dios. De este modo, se afirmaba definitivamente el primado de lo espiritual y se destacaba que el hombre sólo se salvará renunciando a su forma de vida egoísta, cada vez más importante hoy, y adorando humildemente a Dios.

martes, 11 de octubre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

11 de octubre

 

Lucas 3, 23–38; 4, 1

 

Tenía Jesús, al comenzar, unos treinta años, y era según se creía hijo de José, hijo de Helí, hijo de Mattat, hijo de Leví, hijo de Melkí, hijo de Jannái, hijo de José, hijo de Mattatías, hijo de Amós, hijo de Naúm, hijo de Eslí, hijo de Nangay, hijo de Maaz, hijo de Mattatías, hijo de Semeín, hijo de Josec, hijo de Jodá, hijo de Joanán, hijo de Resá, hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel, hijo de Nerí, hijo de Melkí, hijo de Addí, hijo de Cosam, hijo de Elmadam, hijo de Er, hijo de Jesús, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de Mattat, hijo de Leví, hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José, hijo de Jonam, hijo de Eliaquim, hijo de Meleá, hijo de Menná, hijo de Mattatá, hijo de Natán, hijo de David, hijo de Jesé, hijo de Obed, hijo de Booz, hijo de Sala, hijo de Naassón, hijo de Aminadab, hijo de Admín, hijo de Arní, hijo de Esrom, hijo de Fares, hijo de Judá, hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Tara, hijo de Najor, hijo de Serug, hijo de Ragáu, hijo de Fálek, hijo de Eber, hijo de Sala, hijo de Cainam, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Lámek, hijo de Matusalén, hijo de Henoc, hijo de Járet, hijo de Maleleel, hijo de Cainam, hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adam, hijo de Dios. Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto.

 

El nacimiento eterno del Hijo

 

Orígenes, Sobre el Génesis, Primer Libro, IX, 2.

 

Y si alguno dijere que la Sabiduría no existió antes, sino que nació después, que nos diga por qué el Padre, que le dio el ser, no la creó antes. Y si Él señaló un comienzo en un punto, cuando este soplo partió del poder de Dios, entonces le preguntaremos nuevamente ¿por qué esto no sucedió antes de ese "principio" del que se habla? Y así, buscando juntos lo que sucedió "antes" y empujando las preguntas más y más, eventualmente llegaremos a comprender que, dado que Dios nunca estuvo sin poder y voluntad, nunca hubo ningún fundamento o causa por el que Dios nunca haya podido. no hacer el bien que quería.

 

San Atanasio el Grande, Tres homilías contra los arrianos, Primera homilía contra los arrianos, XI.

 

 

Decid, pues, incrédulos y calumniadores, ¿qué había allí cuando el Hijo no estaba? Si dices el Padre, tu blasfemia es aún mayor. Porque no está permitido decir que Él fue una vez. Por una vez muestra cuando estaba. Pero Él siempre fue y es ahora, si es también el Hijo; porque Él es el que es si también es el Padre del Hijo.

 

 

Genealogía humana de Aquél que descendió del cielo

+ Timotei Prahoveanul, obispo vicario de la archidiócesis de Bucarest.

 

San Lucas nos muestra en su Evangelio que Dios vino de una nación específica, a través de la Virgen María, aunque en la genealogía presentada se menciona a José, según la tradición del pueblo judío para indicar la descendencia de una nación por línea masculina.

 

Hablando de este Evangelio, San Juan Crisóstomo nos dice: Debemos escuchar en profundo silencio, en un silencio reverente, lo que nos dirá, queriendo entrar en los santos pórticos del Evangelio. A los judíos, cuando querían acercarse a la montaña en llamas, niebla y tormenta, no se les permitía hacerlo, sino ver la montaña de lejos. Se les mandó que no se acercaran a las mujeres, que lavaran sus ropas, estando todos ellos sobrecogidos de miedo.

 

Mucho más nosotros, que oímos palabras elevadas, no estando lejos como los judíos de la montaña humeante, sino teniendo la oportunidad de gozar de la bendición de Dios, mostremos amor a la sabiduría, no lavando nuestra ropa, sino limpiándonos a nosotros mismos vistiendo el alma y apartándonos de los enredos mundanos.

 

Dios, apareció en la tierra y habitó con los hombres (Baruc 3, 38). Es cosa insólita que el Hijo de Dios, el tácito, el incomprensible, como el Padre, haya venido al mundo de un seno virginal. Recibió por nacer de mujer tener por antepasados a ​​David y Abraham. No sólo tuvo antepasados, sino también algunas mujeres pecadoras, mencionadas en las páginas del Evangelio.

 

El nacimiento de Cristo es un gran misterio. Siendo Hijo de Dios, nacido del Padre antes de la eternidad, nace también como Hombre, pero asemejándose a nosotros, porque no de sangre, ni de concupiscencia carnal, ni de concupiscencia masculina, sino nacido de Dios (Jn 1, 13). ), su nacimiento trasciende las leyes de la naturaleza, encarnándose del Espíritu Santo y de la Virgen María.

 

El nacimiento del Señor Jesús es el comienzo de toda la economía de la salvación, de las bendiciones que nos son dadas. Así como Moisés tituló su libro como "del cielo y de la tierra", aunque no habla sólo del cielo y de la tierra, así también aquí se da el nombre del libro a partir de los hechos registrados en él, el Libro de Jesús, el Hijo de David, hijo de Abrahán.

 

¿Por qué David fue puesto primero? Estaba en boca de todos, tenía una reputación y disfrutaba de un honor indescriptible. Tanto Abraham como David habían recibido de Dios la promesa de que el Salvador nacería de su linaje. El evangelista Mateo colocó a Abraham en un segundo plano, porque era mayor, ya David al principio, porque estaba más cerca del corazón y de la atención de la gente. Incluso los judíos decían: ¿No sería de la simiente de David y de los de la ciudad de Belén de donde vendría Cristo? Nadie llamó a Cristo Hijo de Abraham, pero todos le llamaron Hijo de David.

 

José, el prometido, era del linaje de David. La ley ordenaba que ella sólo debería casarse con alguien de la misma tribu. El patriarca Jacob dijo que el Salvador surgiría de la tribu de Judá (cf. Génesis 49, 10).

 

San Mateo llama al acontecimiento presentado en el fragmento de este Evangelio el Libro del nacimiento de Jesucristo, porque su nacimiento es el mismo, pero no como el de los hombres. San Juan Boca de Oro nos dice: El labrador no quiere sembrar una tierra que ha echado a perder su semilla.

 

San Pablo explica, en la Epístola a los Corintios (10, 11), que todo fue escrito para nuestra edificación. Si debemos tomar el Santo Evangelio en nuestras manos, y no lo hacemos si nuestras manos están sucias, ¿por qué no consideramos que lo que en él contiene es de mucho mayor valor? Tal enfoque nos ayuda a relacionarnos correctamente con las palabras de la eternidad.

 

Cristo Salvador nos dice: Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna. Y esos son los que dan testimonio de Mí (Juan 5, 39), es decir, aprendemos la verdad sobre la vida de Jesucristo de las Sagradas Escrituras.

 

El evangelio reúne nuestros pensamientos. Cuando oímos cantar un salmo sentimos la paz del corazón, por eso San Pablo nos dice: No os dejéis engañar. Las malas asociaciones echan a perder los buenos hábitos (I Corintios 15, 33).

 

Hay una razón misteriosa por la que se recuerda a José en la genealogía del Salvador, aunque no contribuyó en nada al nacimiento de Jesús. Dios no mostró a los judíos, antes de la encarnación, que Cristo nacería de la Virgen, queriendo librarla de la mala sospecha. Si los judíos hubieran sabido desde el principio, por una mala interpretación de las palabras de la Escritura, habrían condenado a la Virgen por adulterio. Si se portaron descaradamente respecto a las obras del Señor, de las cuales a veces tenían parábolas en el Antiguo Testamento (por ejemplo: decían que tenía un demonio cuando echaba fuera demonios de las personas, lo consideraban contra Dios cuando sanó a los enfermos en sábado, aunque muchos habían quebrantado el sábado antes que él), ¿cómo habría reaccionado ante el nacimiento virginal de Cristo? Si los judíos llamaron al Señor hijo de José, aun después de haber realizado innumerables milagros ante ellos, ¿cómo pudieron creer que nació de una virgen?

 

Por esto, José fue mencionado en la genealogía, quien desposó a María con él.

 

José, un hombre justo, necesitaba muchos testimonios antes de creer en lo que se había hecho. Pero vino el ángel, le trajo las palabras de los profetas, y él creyó, cosa que los demás judíos no habrían recibido, porque estaban en contra de Cristo.

 

Se mencionan diferentes personas, incluidas personas que han pecado contra Dios. San Juan Crisóstomo pregunta: ¿Qué haces, hombre? ¿Me estás hablando de la historia de la cohabitación impía? Si estuviera haciendo la genealogía de un hombre famoso, por supuesto, pasaría por alto a tales ancestros en silencio, pero cuando hago la historia de Dios encarnado no solo debo ocultarla, sino contarla a oídos de todos para tener su comportamiento cuidado. ¡Por eso Cristo vino a la tierra, no para huir de nuestros insultos, sino para destruirlos!

 

Desde los primeros versículos de la historia del nacimiento del Salvador, el Evangelista mostró que Él no se avergonzaba de ninguna de nuestras debilidades, enseñándonos que no debemos avergonzarnos de los pecados de nuestros antepasados, sino buscar la virtud. Un hombre que busca la virtud no será dañado por nada, incluso si su antepasado fue pecador o malvado.

 

Si un pecador vuelto al camino correcto no puede ser ridiculizado por su vida anterior, cuánto menos el error avergonzará a un hombre virtuoso, nacido de una ramera.

 

El Evangelista nos dice que todos los hombres son pecadores, incluso los antepasados ​​del Señor. Judas, de quien deriva su nombre, no parecía haber cometido algunos pecados. Tamara se paró frente a él y lo acusó de lascivia. David engendró a Salomón de una ramera; lo mismo le pasaba a la gente grande y a la pequeña...

 

Todos los hombres han pecado y por eso vino Cristo. El Evangelista mencionó a los 12 patriarcas para quitar la arrogancia de sus descendientes, quienes inmerecidamente se arrogaron la nobleza de sus antepasados.

 

¡Muchos de los patriarcas nacieron de siervas! La Iglesia tendrá que mirar de la misma manera. Ser esclavo o libre no te hace mejor, ni te disminuye. La Iglesia os pide una sola cosa: los pensamientos que tenéis deben estar dirigidos a Dios, el alma debe estar envuelta en luz y las obras deben ser proporcionadas al bien.

 

Ruth y Rahab eran una de una raza diferente, la segunda era una ramera. El Señor mostró, a través de su recuerdo, que vino a redimir los pecados de los caídos. Vino como médico, no como juez. San Juan Crisóstomo dice que, así como los antepasados ​​de Jesús se casaron con rameras, Dios se unió a sí mismo con la naturaleza humana caída.

 

En la historia de la vida de Ruth descubrimos nuestra vida. Era de otra raza, vivía en la pobreza. Sin embargo, cuando Booz la vio, no despreció su pobreza, no aborreció el nombre de la nación de donde ella era. De la misma manera, Cristo se casó con la Iglesia, aunque era de otra raza, pobre, haciéndola partícipe de sus grandes bondades. Si Rut no hubiera dejado primero a su padre, si no hubiera despreciado a la nación, a la patria y a los parientes, no habría gozado de la atención de Booz, así también la Iglesia, después de dejar las costumbres ancestrales, se hizo querida por el Esposo. David dice lo mismo: Olvida tu pueblo y la casa de tu padre, y el rey deseará tu hermosura (Salmo 44).

 

El Evangelista elaboró ​​la genealogía y habló de estas mujeres cuya vida no fue intachable, para avergonzar a sus contemporáneos y recordarles que no se jactaran.

 

San Mateo dividió las generaciones en tres grupos, para mostrar que la gente no mejoraba, no cambiaba, aunque la forma de gobierno fuera diferente. Eran tan pecadores y alejados de Dios cuando eran gobernados por aristócratas o gobernantes, no se volvían más virtuosos aun cuando eran gobernados por jueces, por sacerdotes o reyes.

 

 

jueves, 6 de octubre de 2022

 ALIMENTO PARA EL ALMA

6 octubre

Marcos 11, 27-33

En aquel tiempo, Jesús entró de nuevo en Jerusalén, y mientras pasaba por el templo, se le acercaron los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le dijeron: ¿Con qué poder haces estas cosas? ¿O quién te dio este poder para hacerlas? Y Jesús les dijo: Yo también os preguntaré una cosa respondedme, y también os diré con qué poder hago estas cosas: ¿Era el bautismo de Juan del cielo, o de los hombres? ¡Respondedme! Y hablaban entre sí, diciendo: Si decimos: del cielo, dirá: ¿Pero por qué no creísteis en él? Y si decimos: de la gente, tenían miedo de la multitud, porque todos pensaban que Juan era realmente un profeta. Y respondiendo, dijeron a Jesús: No sabemos. Y Jesús les dijo: Ni yo os digo con qué poder hago estas cosas".

... cuando hablas de Dios

Clemente de Alejandría, Stromata, Stromata V, Cap. XII, 81.3-81.6,

(...) Algunos llamaban a Dios "insondable", porque es inaccesible e ilimitado, porque lo rodea todo y lo incluye todo en sí mismo. Sí, cuando se trata de Dios, esta parte es la más difícil de tratar. Si es difícil descubrir el principio de cualquier cosa, ¿es difícil mostrar el principio primero y más antiguo, que es la causa del nacimiento y la existencia continua de todas las cosas? ¿Cómo podría hablarse de Aquél que no es ni género, ni diferencia, ni especie, ni individuo, ni número, sino accidente, ni cosa sujeta al accidente? (...) No se debe hablar de partes de Dios, porque uno es indivisible; por lo tanto, es también infinito, no en el sentido de que no puede ser atravesado, sino en el sentido de que no tiene dimensión ni fin; y por lo tanto es sin forma y sin nombre.

San Juan Casiano, Colaciones, Parte II, Segunda Conversación con el Padre Queremón, Cap. XIII, 1.

Cuanto más avance la mente hacia una mayor pureza, tanto más recibirá a Dios, y descubrirá en sí misma una mayor fuente de admiración que en el arte del habla, o el oficio de la expresión. Así como el que no ha probado el sentimiento de alegría no puede entenderlo con su mente, así el que lo ha probado no podrá ponerlo en palabras. Si, por ejemplo, alguien quisiera explicar la dulzura de la miel a alguien que nunca ha comido nada dulce, seguramente ni el que no la ha recibido en la boca sentirá su sabor con los oídos, ni el que ha conocido su dulzura. por el placer que le ofrece su sabor no podrá explicar su sabor con palabras, sino que sólo apreciará su sabor en silencio.

martes, 4 de octubre de 2022

 

ALIMENTO PARA EL ALMA

4 de octubre

Marcos 11, 11-23

En aquel tiempo, Jesús entró en Jerusalén y fue al templo y, al anochecer, salió para Betania con los doce. Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue allí, para ver si había algo en ella; y cuando llegó a la higuera, no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Y hablando, le dijo: De ahora en adelante, nadie en el mundo debe comer fruto de ti. Y sus discípulos lo escucharon. Y llegaron a Jerusalén. Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían ya los que compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas. Y no permitió que nadie pasara por el templo con un vaso, y les dijo: ¿No está escrito: ¿"Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones"? Pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones. Y los principales sacerdotes y los escribas lo oyeron, y buscaban cómo prenderlo. Pero tenían miedo, porque toda la multitud estaba asombrada de su enseñanza. Y cuando llegó la noche, salieron de la ciudad. Por la mañana, al pasar, vieron la higuera seca desde las raíces. Y Pedro, acordándose, le dijo: Maestro, he aquí, la higuera que maldijiste se ha secado. Y respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios. De cierto os digo, que cualquiera que dijere a este monte: Levántate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que se hará lo que dice, y se hará todo lo que diga

 

¿Qué es la fe?

 Clemente de Alejandría, Stromata, Stromata II, Cap. VI, 28.1-28.2.

La fe es una suposición que aceptas de buena gana, es una suposición juiciosa antes de comprender, es la expectativa de una cosa que adquieres en el futuro, la expectativa de otras cosas que no son las de la fe, es una opinión de cosas inciertas, y la confianza es la creencia segura de que recibirás lo que esperas. Por eso creemos, porque estamos comprometidos con lo que creemos. Y es para la gloria de Dios y nuestra salvación. Confiamos en el único Dios, que sabemos que no romperá sus buenas promesas que nos ha hecho, no nos negará las bondades creadas en virtud de sus promesas, que nos son dadas graciosamente.

Clemente de Alejandría, Stromata, Stromata V, Cap. I, 2.1,

Feliz el que habla al oído de los que escuchan (Eclesiástico 25, 12). La fe es el oído del alma, y ​​el Señor alude a esta fe cuando dice: El que tiene oídos para oír, que oiga (Mateo 11, 15; 13, 9, 43; Marcos 4, 9, 23; Lucas 8; 14, 35), para que por la fe entiendan lo que dice el Señor y cómo lo dice.

lunes, 3 de octubre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

3 de octubre
Marcos 10, 46-52
En aquel tiempo, cuando Jesús salía de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, el ciego Bartimeo, hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino y pedía limosna. Y al oír que era Jesús de Nazaret, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Y muchos lo regañaron para que se callara; pero gritó mucho más fuerte: ¡Hijo de David, ten piedad de mí! Y Jesús, deteniéndose, dijo: ¡Llámalo! Y llamaron al ciego, diciéndole: ¡Ánimo, levántate! Él te está llamando. Y el ciego, tirando su manto, se levantó de un salto y se acercó a Jesús. Y Jesús le preguntó, diciendo: ¿Qué quieres que haga por ti? Y el ciego le respondió: Maestro, déjame ver de nuevo. Entonces Jesús le dijo: ¡Ve, tu fe te ha salvado! Y al instante vio a Jesús y seguía a Jesús por el camino".
La fe nos revela lo que no se ve
San Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Creación, homilía LXIII, V
Entonces tenemos fe, cuando no nos limitamos sólo a los ojos del cuerpo, sino que vemos con los ojos del alma lo que no se ve. Especialmente aquello que vemos con los ojos del alma debemos considerarlo más digno de fe que aquello que vemos con los ojos del cuerpo.
San Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de San Juan, Libro XI, Cap. 5.
Cuando decimos fe, nos referimos al verdadero conocimiento de Dios, y nada más. Por lo tanto, el conocimiento es por la fe. El profeta Isaías dará testimonio de esto: Si no creéis, no entenderéis (Isaías 7, 9). Y que un conocimiento que consiste en una simple teoría es declarado inútil por los escritos de los Santos (de las Escrituras), también puedes entenderlo de lo siguiente. Dijo uno de los Santos Discípulos: ¿Crees que uno es Dios? Lo estás haciendo bien; pero también los demonios creen y tiemblan (Jacob 2, 19). Entonces, ¿qué les diremos a estos? ¿Cómo, pues, será veraz Cristo al decir que tener la vida eterna es conocer al Dios único y verdadero y, junto con Él, al Hijo? Considero que debemos decir de la palabra del Salvador que es ciertamente cierta, porque el conocimiento es vida.
¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador!
Un Padre santo dice:
El nombre del Hijo de Dios es grande e ilimitado y sostiene todo el universo”, afirma el Pastor de Hermas, y no apreciaremos el papel de la Oración de Jesús en la espiritualidad ortodoxa sin conocer el poder y el don del nombre divino. Si la Oración de Jesús es superior a otras invocaciones, es porque contiene el nombre de Dios.
El nombre es poder, pero una repetición puramente mecánica no tendrá ningún efecto por sí misma. La Oración de Jesús no es un talismán mágico. Como en todos los actos sacramentales, la persona humana está llamada a colaborar con Dios mediante la fe activa y el esfuerzo ascético. Estamos llamados a pronunciar su nombre con quietud y sobriedad interior, cerrando nuestros pensamientos en las palabras de la oración, sabiendo quién es Aquél a quien nos dirigimos y quién responde en nuestro corazón. Una oración tan ardiente no es fácil desde el principio y es descrita por los Padres como un martirio interior.
San Gregorio el Sinaí habla repetidamente del "moderamiento y el trabajo" que asumen los que siguen el camino del nombre de Jesús: se requiere "un esfuerzo continuo"; serán tentados al levantarse pronto, y serán atacados por la pereza causada por el dolor del trabajo y por el grito comprensivo de la mente y por el toque del alma. Sólo a través de tal fidelidad descubriremos el poder del nombre de Jesús.
Esta perseverancia fiel se manifiesta sobre todo en la repetición frecuente y atenta. Cristo les dice a los discípulos que no hablen mucho, como el "mucho hablar" de los gentiles (Mateo 6, 7), pero la repetición de la Oración de Jesús, cuando se hace con sinceridad interior y concentración, da un fruto inmenso.

lunes, 18 de marzo de 2019


DOMINGO DE LA ORTODOXIA


En la Liturgia anterior a la proclamación de este domingo como el domingo del Triunfo de la Fe Ortodoxa, de la veneración de los Santos Iconos frente a la herejía de la iconoclastia, después del VII Concilio Ecuménico, en el día de hoy se celebraba a todos los Profetas que habían anunciado a Cristo.
Adán cayó, pecó y fue expulsado del Paraíso. Creado a imagen de Dios, lo contemplaba cara a cara, pero con el pecado destruyó esta imagen, se separó de Dios, fue expulsado del paraíso y entró la muerte en el mundo, quedando esclavo del pecado y del demonio.
Los Profetas del Antiguo Testamento, por inspiración de Dios anunciaron la encarnación del Verbo; Dios se les manifestó, les habló y reveló aquello que por la fe proclama en el Evangelio Natanael: “Rabí, Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel” Cristo es el Mesías que ellos anunciaron; en Cristo se cumplen todas las profecías; Cristo vence a la muerte y al pecado; aplasta bajo su pie a Satanás. Él es el nuevo Adán que nos abre las puertas del Paraíso.
Este Logos divino cuya encarnación fue anunciada en el Antiguo Testamento por los Santos Profetas es Cristo. Cristo es verdaderamente Dios, consubstancial con el Padre, y es verdaderamente hombre, consustancial con el hombre, menos en el pecado.
Cristo es el fuego que arde en la zarza del Sinaí sin consumirla y ante quién se postra Moisés y que era imagen del seno de la Santa Madre de Dios, que en si contuvo al que creo el universo, al Dios infinito que no la destruye al encerrarse en su seno finito.
Él es el autor de la nueva alianza firmada con su sangre, él es el que nos da la nueva ley pactada en el nuevo Sinaí, el Calvario.
Cristo murió, sus manos y pies fueron taladrados, descoyuntaron todos sus huesos; Cristo es el Rey de la gloria que destroza las puertas y dinteles del Hades con su Resurrección, según lo cantó el profeta y rey David.
Cristo es “Dios con nosotros” al que la Virgen da a luz; Él será la luz para todas las naciones, según lo anunció el profeta Isaías.
Lo que los profetas anunciaron bajo imágenes, nosotros lo hemos visto y lo proclamamos.
Los judíos no podían representar a Dios en imágenes porque: “Nadie ha visto a Dios”. Cuando los hebreos al pie del Sinaí, cansados de esperar la bajada de Moisés, quieren hacer una imagen de Dios para adorarlo, lo representan como un becerro, tal y como lo habían visto hacer en Egipto.
Nosotros, por la encarnación si que podemos representarlo, la prohibición de la Antigua Alianza ha caído porque Dios se ha encarnado, porque Dios está con nosotros, porque el Logos Divino se ha hecho hombre Cristo nuestro Dios.
Negar las sagradas imágenes es negar el misterio de la Encarnación divina, es negar que Cristo es Dios. Cuando nos postramos ante su purísima imagen, no adoramos el soporte de la imagen, ni tan siquiera la imagen misma sino a Aquél a quien la imagen representa.
Representamos también a la purísima Madre de Dios y a los Santos a los cuales no adoramos, sino que veneramos por encontrar en ellos los modelos a seguir en el camino que nos conduce a Cristo. Él es la Luz verdadera que nos ilumina y los santos representados en los santos iconos aparecen transfigurados por esta luz que ilumina sus rostros y envuelve sus vestiduras; luz divina e increada que manifiesta en ellos la imagen divina, su divinización y que hace de los Santos Iconos la representación del hombre purificado, de su naturaleza restaurada, de la semejanza de Dios.
En Cristo vemos al Padre: “Quien a mí me ve, ve al Padre”; de la misma manera en cada hombre vemos el icono de Cristo porque “Cuando hicisteis alguna de estas cosas con ellos a mi me lo hicisteis”. Por ello el diácono después de incensar los iconos inciensa al pueblo y se inclina ante él como imagen de Cristo.
Pero el hombre puede desfigurar en si está imagen por el pecado. Cada uno de nosotros se convierte en un iconoclasta que pisotea y destroza la imagen de Cristo que hay en él cuando peca, cuando se aparta de la luz de la gracia para entrar en las tinieblas del pecado, cuando no reconoce en sí la imagen de su Creador, cuando no reconoce en los demás la imagen de Dios. La gula, la fornicación, la avaricia, la tristeza, la cólera, la acedía, la vanagloria y el orgullo destruyen al hombre y lo conducen a la muerte.
Sin embargo, cuando contemplamos a los Santos en los iconos notamos que, si han sido pintados según los cánones ortodoxos, las imágenes son alargadas en una extensión permanente hacia Dios, tratando de hacer más espacio en ellos para que la Luz divina e increada brille a través de ellos. Esto lo podemos hacer realidad en nuestras vidas por medio del ayuno. Por medio de él nuestro cuerpo y nuestra alma se purifican de los pecados y de las pasiones, la naturaleza se afila, se “adelgaza” se espiritualiza y se limpia para que la luz de Dios pueda iluminar nuestras vidas después de esta purificación.
En la Creación, después de tres días Dios creo el sol. Cristo al tercer día se levanta de la tumba, sale de la oscuridad de la muerte. La Resurrección nos revela que ya no estamos bajo el dominio de la muerte que ha sido vencida; que el mundo ya no está dirigido a la muerte, sino a la transfiguración. Anticipándonos a esta transfiguración futura, a los nuevos cielos y la nueva tierra, el ayuno para nosotros es un estado de normalidad que como decíamos en el domingo anterior, nos retrotrae a ese Paraíso anterior a la caída. El ayuno junto a las buenas obras, a la ascesis y a la oración hacen a nuestro corazón sensible a la manifestación de la luz de Dios y de su gracia.
La fiesta de hoy nos brinda la oportunidad de actualizar, vivificar y fortalecer nuestra fe por medio de la celebración de la victoria de la Ortodoxia sobre todos los errores.
Afiancemos nuestra esperanza en que Dios conserve en nosotros su imagen santa.
Mantengámonos por medio de esta Santa Cuaresma en el amor de Dios, buscando por medio de las buenas obras honrar la imagen de Dios en nuestro prójimo.

jueves, 24 de enero de 2019


Por nuestra falta de fe vivimos apresurados, inquietos, de aquí para allá. Nos olvidamos de lo que nos dice Cristo en el Evangelio:

"Por esto os digo: No os inquietéis por vuestra vida, sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, sobre qué os vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? ¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su vida un solo codo? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Mirad a los lirios del campo cómo crecen: no se fatigan ni hilan. Yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana es arrojada al fuego, Dios así la viste, ¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No os preocupéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos o qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo eso; pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad.' Buscad, pues, primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástale a cada día su afán."'(Mt 6, 25-34)

Fe, fe, ay, el don divino, el regalo que no tiene precio pues infinito es su valor, esto es lo que nos falta, y sin embargo no clamamos con los ojos llenos de lágrimas día y noche a Dios para que nos lo conceda.

No nos apresuremos a correr hacia el “mañana”. Vivamos hoy, aprendamos a ver hoy la voluntad de Dios en nuestras vidas para el hoy que estamos viviendo y sobre todo tengamos una determinación inquebrantable para cumplirla a cada segundo.


sábado, 11 de mayo de 2013

DOMINGO DE TOMÁS


El primer Domingo después de la Resurrección de Cristo, llamado también Contrapascua, está dedicado al discípulo de Cristo, Tomás, quien por su incredulidad se hace ya el “medio” para que sea cierto el acontecimiento de la victoria de la muerte. “La incredulidad generó la fe cierta” según el himnógrafo. Y eso porque esta incredulidad “provoca” al Señor a indicarle más intensamente las señales de Su presencia y conducirlo a la salvadora confesión: “mi Señor y mi Dios”.
1. Así la incredulidad de Tomás se hace buena. Por muy paradójico que se oye esto, la realidad es esta: hay buena y mala incredulidad. Buena incredulidad es la que en primera fase atrapa al hombre a la duda y negación, poniéndole como prioridad la fe a la razón y los sentidos. “Si no veo, no creeré”. Es el escepticismo que encontramos muchas veces dentro en los relatos evangélicos, como por ejemplo el caso de Natanael, cuando está llamado por su amigo Felipe conocer a Mesías –“¿de Nazaret puede haber algo bueno?”- o como el caso del padre trágico que acude a Cristo para sanar su hijo, pero lleno de controversias, dudas y preguntas: “Si puedes ayúdanos”. Y el Señor este escepticismo, duda y desafío no los rechaza. Los toma como primeras chispas de la fe que conducirán en la fe inquebrantable, firme y segura. Porque ve que esta fe nace de un corazón que padece y anhela.
Así que la cualidad de la buena incredulidad se ve que es esto: el corazón afligido, ansiado y angustiado que lucha entre la fe y la infidelidad. “Si Señor, creo, ayuda mi incredulidad”, recordándonos otra vez al padre que hemos referido antes. Uno aquí se acuerda de un acontecimiento parecido que le ocurrió al Yérontas Paisios en su infancia, cuando la incredulidad de un estudiante sacudió las certidumbres que tenía sobre la fe. Nos describe el sufrimiento, la ansiedad y la angustia de este estado: “Se nubló mi horizonte. Me llené de dudas. La tristeza cubrió mi psique”. Es una situación similar que pasa cada hombre, hasta que la fe en Cristo sea consolidada, hecho que significa que esta fase de incredulidad no se considera como algo negativo y paradójico, sino un escalón fisiológico en el camino de la madurez espiritual del hombre.
2. ¿Cuándo la incredulidad es considerada mala? Cuando no se considera como fruto de la lucha interior, sino motivo para que el hombre sea alejado definitivamente de Cristo, algo que evidentemente se ha decidido por el mismo hombre. En otras palabras, cuando el hombre ha decidido trabajar y funcionar en sus pazos, cuando su prioridad es su apego a este mundo malicioso y vicioso como el hedonismo, placeres viciosos, la codicia y la avaricia, entonces la incredulidad la utiliza como excusa para justificar sus elecciones. En este caso no es ayudado por la jaris (energía increada) de Dios de modo positivo, o más bien de otra manera le remite en esto: “es terrible caer en las manos del Dios vivo”. En el caso de Judas discípulo traidor de Cristo, que también pasó por el fuego de la incredulidad, creemos que es muy indicativa.
3. ¿Cuál puede ser el punto decisivo del paso de la incredulidad a la fe? Pues, la existencia por lo menos de un mínimo grado de humildad, es decir, el hombre al dudar de las absolutas elecciones del sí mismo, le hace confiar en la experiencia común de los demás y le conduce en la Iglesia. Tomás logra liberarse de su incredulidad, justo cuando decide salir de su “caparazón”. La humildad que muestra, como giro hacia los demás y no hacia sí mismo, es el riesgo que corre para entrar al espacio de la sorpresa: la experiencia del Cristo resucitado. Vemos que el Señor se revela allí: en la congregación de los discípulos, en la Iglesia, y no en la nube nebulosa de los loyismí (pensamientos simples o unidos con la fantasía, ideas, reflexiones) de su soledad. Y le llama de una manera absolutamente personal: “trae tu dedo aquí y mira mis manos, y trae tu mano y ponla en mi costado, no seas incrédulo, sino fiel”. Esta experiencia conmovedora de Tomás le conduce ya en la situación normal de los discípulos: en la veneración de Cristo y en la confesión de la fe: “Mi Señor y mi Dios”.
4. Así se comprueba que la fe en la Resurrección del Señor es un acontecimiento vivido dentro en la Iglesia y sólo allí. Solamente el que vive en la Iglesia y sobre todo aquel que lucha en andar el camino del Señor, es decir, aplicar y cumplir Sus santos mandamientos, puede también estar viendo y sintiendo la presencia resucitada de Aquel. “Como me has visto has creído, bienaventurados y felices los que no me han visto y creen”. Más allá de este acontecimiento con Tomás, el Señor lo había predicho a Sus discípulos, en Su extendida enseñanza de los marcos de la Cena Mística: después de Su sacrificio por la Cruz será visible y Le sentirían sólo Sus discípulos. En la denuncia de Judas no el Iscariote, “Señor, ¿qué pasará cuando Tu aparezcas en nosotros y no en el mundo?” es decir, en la denuncia de la razón humana que requiere una exterior imposición y victoria contra los enemigos de la fe, el Señor es absoluto, certero y claro: Sólo aquel que aplica y cumple Sus mandamientos, por lo tanto Sus discípulos, Le vivirán y estarán viéndole. “Si uno me ama, cumple y aplica mis logos, también mi padre le amará, y vendremos en él y crearemos una morada”.
Y esto es la respuesta permanente y firme, más allá de todo lo que hemos dicho sobre cómo se asegura uno en la fe de Cristo: sólo por la agapi (amor desinteresado) a su semejante. “Fe energetizada u operada por la agapi (amor, energía increada divina)”, que apunta san Pablo. En otras palabras, cuando la duda y la incredulidad empiezan a castigarme, la respuesta es que con más fuerza caliento mi corazón para cada prójimo mío, sobre todo al considerado como enemigo. El momento que lucho para amar a aquel con el que parece que tengo problema, exactamente este momento siento también la jaris (gracia, energía increada) del Cristo resucitado fluyendo en mi corazón. Es una experiencia de la Resurrección que por su puesto, es obvio, que uno debe experimentar el sí mismo para sentirla. Amín.
ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ     παπα Γιώργης Δορμπαράκης      Padre Jorge Dorbarakis

Traducido por: χΧ jJ  www.logosortodoxo.com  (En español)

 
 

miércoles, 23 de mayo de 2012

San Ambrosio de Milán: Comentario al Evangelio de San Lucas

La fe, pues, es el fundamento de la Iglesia, pues no fue dicho de la carne de Pedro (su persona), sino de su fe, que «las puertas del Hades no prevalecerían contra ella» ... ¡Haz un esfuerzo, por tanto, en ser una roca! ¡No busques la roca fuera de ti, sino dentro de ti! Tu roca es tu obra, tu roca es tu mente. Sobre esta roca se construye tu casa. Tu roca es tu fe, y la fe es el fundamento de la Iglesia. Si eres una roca, estarás en la Iglesia, porque la Iglesia está sobre una roca. Si estás en la Iglesia las puertas del infierno no prevalecerán contra ti.

sábado, 21 de enero de 2012

Homilia Vísperas: Domingo 32 después de Pentecostés

II Timoteo 4, 9-15

Veámos que es lo que nos dice el apóstol Pablo en la lectura de este domingo. A primera vista nos aparece como una queja continua. Sus colaboradores y personas de confianza lo han abvadonado, sólo ha quedado a su lado el evangelista Lucas.

La situación eque está viviendo san Pablo es la de los momentos cercanos a su martirio en Roma. Ante este peligro se ve abandonado. Demas lo deja por amor a este siglo, o sea da la espalda a Dios y a los trabajos apostólicos de anunciar el Reino de los Cielos por el amor a las cosas terrenales. Eran momentos difíciles, amenazaba la persecución de la que será víctima el Apóstol, vivían en suma pobreza y estrechez y ante esta situación vuelve a las glorias, vanidades y tesoros de este mundo. Crescente y Tito han marchado a sus respectivas Iglesias. Sólo Lucas, como decíamos antes permanece a su lado.

De la estrechez en la que vive el Apóstol en sus últimos momentos da fe el hecho de que pida que le traigan una capa que se dejó en Troade, pues ni tenía, ni disponía de dinero para poder comprar otra.

Y no sólo son las carencias materiales, sino también uno de los peligros que han amenzado a la Iglesia desde sus mismos comienzos, el de la herejía. La palabra "herejía" en su significado original, se refire al hecho de preferir o discurrir según las propias ideas y esto es precisamente lo que dice el Apóstol de Alejandro, que no sólo se opuso y contradijo las palabras de San Pablo, sino que se opuso a él buscando su daño y su mal. Esto ha sido una constante en la vida de la Iglesia. Los herejes se han separado de la fe de la Iglesia y han preferido sus propias ideás, han abandonado la verdadera Teología, para crearse su propia teología separada de lo transmitido por los Apóstoles y rabiosos, impulsado por los demonios, han perseguido a aquellos que profesaban la verdadera fe. Más el Señor pagará a cada uno según sus obras y no dejará sin castigo a aquellos que se levantan en contra de los que anuncian el Elvangelio.

El consejo de San Pablo a Timoteo es claro: Huye de él, apártate del que ha causado perjuicios y daños a la Iglesia y se ha opuesto al Evangelio de Cristo. En otra de sus cartas dirá “No os juntéis bajo el yugo desigual con los que no creen. Pues ¿qué tienen en común la justicia y la iniquidad? ¿ O en que coinciden la Luz y las tinieblas? ¿Qué concordia Cristo y Belial? ¿Oh que comunión puede tenerel que cree con el que no cree? (II Cor 6, 14-15)

Todos abandonaron al Apóstol en los momentos de peligro y dificultad. Esta es una constante pues si el Señor se quedó solo completamente en el Huerto de Getsemaní, traicionado por uno de los suyos, ¿no iba a ocurrirle lo mismo a sus siervos? Ás, si él les perdonó, ¿no habremos también de hacerlo nosotros tal y como lo hace el Apóstol?.

Más el Santo Apóstol Pablo, ante esta situación de abandono y necesidad en la que se encuentra no cae abatido por la tristeza y el desánimo. “El Señor me asitió y me fortaleció”, y por qué Dios es nuestra única esperanza, por qué sólo hemos de depositar nuestra confianza en Él.

Porque Él es el verdadero Dios

El único Dios verdadero, Creador del cielo y de la tierra que todo lo sostiene y conserva, dador de vida, Señor del universo, Dios Todopoderoso y Padre Nuestro. No está muerto como los falsos ídolos, habitáculos de los demonios, que tienen ojos y no ven, que tienen boca y no hablan. Él es el Dios vivo que escucha los suspiros de nuestro corazón, que atiende y alivia los dolores de los que sufren. Todo sucede bajo sus ojos vigilantes, Señor de la Historia y del tiempo y según su voluntad.

Por que Él es nuestro Salvador y Redentor.

No es sólo el Creador que sostiene lo creado, sino que es también el salvador y Redentor de los que creen en Él. Así el Apóstol pablo nos dirá: “Fui librado de las fauces del león (del demonio). El Señor me librará de toda obra mala y me salvará para su Reino celestial.” Para ello se encarnó liberándonos del fango del pecado que oscurecía nuestra imagen creada a imagen de Dios. Por su muerte en la Cruz reciben los que creen la absolución, la redención y la vida eterna. Él abrió las puertas del Paraíso no sólo para el Buen Ladrón, sino para todo el que cree en Él y se arrepiente siceramente, pues Él quiere “Que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la Verdad” (I Tim 2, 4)

Porque Él es el salvador de la muerte

El Dios en quien creemos y esperamos es el Señor de la vida y de la muerte. Por ello no hemos de tener miedo a nada, ni a la muerte. Él cuando está ya cercano su fin, abandonado de todos, en gran necesidad escribe esta carta, más no teme al leon, no teme a los perseguidores y mucho menos teme a la muerte. Ha arriesgado en muchos momentos su vida por el anuncio del Evangelio y ahora espera “la salvación para el Reino celestial”.

No hemos de esperar en nada ni en nadie, sólo en Él que ha resucitado de entre los muertos, Él que nos librará de la red del cazador, de todo mal y peligro. Él que nos ha liberado de la esclavitud del pecado y d ela muerte.

Por eso estamos llamados a vivir en Dios pues Él es Dios de vivos, no de muertos y la muerte del hombre es el pecado pues el la causa de la muerte eterna. Él nos fortalece con la gracia y nosotrotros hemos de volvernos hacia Él con arrepentimiento y humildad para tener vida y vida en abundancia.

“A Él sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amén”

lunes, 21 de noviembre de 2011

Cuidaos porque esta noche Dios puede pediros cuentas.


Dos cosas son las que condena el Señor en la actitud del hombre del Evangelio: Por un lado su egoísmo y por otro su pensamiento material.

En realidad, si aplicamos la verdad que nos muestra Cristo en este Evangelio descubrimos que no es necesario ser rico, en el sentido en el que lo entendemos actualmente, para vernos reflejados en ese hombre que después de haber tenido una gran cosecha, se ve disfrutando de la buena vida.

El problema, el gran pecado es el egoísmo, vio sus riquezas reunidas, el grano que había recogido y lo primero en lo que piensa es en construir unos graneros más grandes para acumular sus bienes. En ningún momento se para agradecer a Dios esos bienes que le han sido concedidos. Gratitud al Creador de todas las cosas, que hizo a la tierra fecunda, que hizo crecer los granos, derramó las lluvias que hicieron mullida la tierra en la que fueron plantados y que hace salir el sol cada día para que con su calor de vida a todo lo que crece bajo su luz.

¡Por cuantas cosas tendría que haber glorificado y haberle dado gracias aquel rico a Dios! Sin embargo, Dios está fuera de su mente, él se considera el autor de todo.

Y a esta ingratitud hacia Dios hay que añadir el que nadie, ni sus vecinos, ni amigos entren en sus planes. En su mente y corazón sólo hay sitio para él mismo. Esta es la locura de la que habla el Evangelio, la insensatez, la enfermedad del corazón y el alma.

Su locura es anteponer lo material a todo lo demás, a Dios, a los demás, a su propia alma. Su descanso está puesto en lo que ha de llenar los graneros, eso es lo que él cree que le permitirá descansar y será causa de su alegría.

Más que es lo que contemplamos a nuestro alrededor. ¿Son estas cosas materiales las que causan la alegría en el hombre, son las que conceden la paz al alma? No, las riquezas materiales, su acumulación no producen más que intranquilidad, desasosiego. Por la posesión de las cosas materiales los hombres se matan entre ellos, los países entran en guerra. El que tiene mira a su alrededor con recelo y su corazón enfermo cada vez quiere más.

Nuestra sociedad, alejada de los valores del Evangelio, nuestra sociedad, que ha dado la espalda a Dios, el hombre se mira a si mismo incapaz de reconocer los beneficios que Dios le otorga y olvida que si esos bienes se le dan es para que los comparta.

El Evangelio nos enseña a huir del egoísmo y a poner en el centro de nuestras vidas a Dios. Él creo la hermosura de la creación, puso cada cosa en su orden y nosotros queremos y pretendemos ocupar su lugar, pensando que somos el centro del universo.

Nada más que tenemos que mirar a nuestro alrededor y más en estos días en los que comienza el ayuno de la Navidad. Todo se prepara para incitar a gastar a la gente incluso el dinero que no tiene, los centros comerciales, las tiendas se llenan de mensajes que incitan al hombre a mirarse así mismo olvidando que el verdadero sentido de la Navidad es el de Dios que se hace hombre para traernos lo verdaderamente importante la redención y salvación de nuestras almas .

En cualquier momento Dios puede llamarnos a su presencia, nada de lo que hayamos atesorado en esta tierra podremos llevárnoslo con nosotros, todo lo que hayamos acumulado se quedará aquí, el único tesoro que podremos llevarnos serán nuestras buenas obras, nuestro amor a Dios y a los hombres nuestros hermanos.

Pidamos a Dios que nos ayude a comprender este misterio y pidamos a la madre de Dios que nos acompañe. Ella fue llevada al templo en cumplimiento de la promesa hecha por sus padres a Dios, despreciando las cosas de este mundo se entregó completamente a Dios, por su ascesis y oración se liberó de las pasiones y ataduras de este mundo manteniendo la lámpara encendida de la fe.

Ella, que fue alimentada con pan celestial por el ángel, nos conduzca al alimento que da la vida, al Pan bajado del cielo, Cristo nuestro Dios, al que llevó en su seno y para cuyo nacimiento nos preparamos con ayuno y oración.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Homilia del Domingo XXV después de Pentecostés: El Buen Samaritano

Dos son los mandamientos principales que han de regir la vida del cristiano y en ellos se resume toda la ley y las enseñanzas de los profetas según nos lo dice el Señor en su Evangelio:

Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Amor a Dios y amor al prójimo y el que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso ya que todo lo que hacemos a aquellos que nos rodean a Dios mismo se lo hacemos.

Y el que ama a los que lo rodean pero no ama a Dios, se olvida que Él es el autor y Señor de toda la creación y su amor no es cristiano sino mera filantropía.

¿Y quién es nuestro prójimo? Para los judíos el prójimo era aquel que pertenecía al pueblo de Israel, el miembro de la tribu, el que compartía la sangre y la fe.

¿Más para nosotros quien es nuestro prójimo? Para el cristiano, nuestros prójimos son todos los hombres, son no sólo aquellos a los que mamamos, pues si ayudamos a los que amamos y nos aman, qué mérito tiene ese amor, eso ya lo hacen los paganos y los sin Dios. El amor al prójimo cristiano da un paso más adelante: “Mi prójimo es incluso aquél que me odia y me desea el mal.

Este es el mensaje de esta parábola del Evangelio que hemos leído en este domingo y que ha resonado en todos los oídos de los ortodoxos: “Todos los hombres son tu prójimo”.

Un hombre que iba camino de Jerusalén es asaltado, robado, apaleado y dejado como muerto al lado del camino. Un sacerdote del templo de Jerusalén, sujeto a la ley mosaica, pasa a su lado y mirando a otro lado sigue su camino. Luego es un levita, perteneciente al clero menor el que pasa de largo no asistiendo al que agoniza por los golpes de los salteadores. Según la antigua ley de los judíos, el contacto de los sacerdotes con cuerpos muertos los convertía en impuros, tanto el sacerdote como el levita se dirigen al templo a ejercer su sacerdocio, si se acercan al herido no podrán ofrecer el sacrificio. Para ellos este sacrificio, Dios, está por encima del herido, y lo dejan allí abandonado a su suerte, moribundo, por no contaminarse.

El tercero que pasa es un samaritano. Ellos eran los enemigos declarados de los judíos, se odiaban mutuamente, y siempre estaban enzarzados en guerras y luchas fratricidas pues ambos se consideraban Hijos de Abraham.

El samaritano, cuando pasa al lado del hombre, no ve en él a un judío, sólo ve alguien que lo necesita y sin dudarlo un momento, baja, lava sus heridas con vino, las unge con aceite, las venda, lo carga en su caballo y lo lleva a la posada pagando al dueño para que lo cuide hasta que se restablezca.

¿Quién es el que actuó correctamente, pregunta el Señor al especialista en la ley de los judíos? El que demostró amor, y compasión por el herido.

El Señor nos revela este infinito amor misericordioso del Padre hacia la humanidad. Dice el apóstol San Pablo que tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su propio Hijo para que sufriera y muriera en la cruz y así la humanidad fuera salvada.

Esta es la interpretación que nos dan los santos Padres de esta parábola:

El hombre cae herido en la emboscada que le tienden los demonios que lo golpean con las pasiones y el pecado dejándolo como muerto, quitándole la vida de la gracia.

El aceite y el vino son los sacramentos que curan las heridas dejadas por el pecado;

La Iglesia es la posada donde es llevado el que está caído en medio del pecado, el arca de la Salvación donde el hombre encuentra el tratamiento que le devuelve la salud del alma y el cuerpo.

Los dos dinares son el Antiguo y el Nuevo testamento donde Dios se ha revelado a los hombres, y donde se muestran los cuidados de Dios hacia los hombres.

Cristo es el Buen Samaritano que se acerca a los hombres caídos en medio de las sombras de la muerte, golpeados por los vicios y las pasiones. Es el que venda y unge nuestras heridas curándolas con la medicina de su divina y preciosa sangre y el aceite de la alegría.

Queridos hijos:

¿No somos ungidos con el divino aceite que llena y sella nuestros corazones con el Espíritu Santo una vez que han sido borrados nuestros pecados al salir de la fuente del bautismo?

¿Y no se nos da como prenda de salvación y salud de nuestras almas y cuerpos y perdón de nuestros pecados, el divino Cuerpo y la Sangre preciosa de nuestro Salvador y Dios Jesucristo?

¿Y no actúa el Padre Todo todopoderoso concediendo la salud del alma y el cuerpo a los que son ungidos con la mezcla del vino y el aceite en el Sacramento de la Santa Unción?

¿No veis actuar a la santa Trinidad en este misterio de las heridas lavadas, ungidas y vendadas con el aceite de la misericordia y el vino de la Redención?

Más en esta época en la que reina el egoísmo, el individualismo, el antropocentrismo, la indiferencia, en el que hasta se ha profanado y desvirtuado el verdadero sentido del amor y la compasión, actuar según nos enseña nuestro Señor en esta parábola tendría que ser lo que nos distinguiera como verdaderos Cristianos ortodoxos.

¿No era este amor lo que más asombraba a los paganos? ¿Y no era ese amor verdadero y puro, entregado totalmente lo que los llevaba a acercarse a la Iglesia? Más si nuestro comportamiento es como el de los paganos, como el de los ateos, ¿qué es lo que llevara a los hombre a encontrase con el amor de Dios si no ve reflejado ese amor en nosotros sus hijos?

El amor es la esencia de la vida y el fundamento de la Iglesia que según nos dice san Ignacio de Antioquía es la unidad de la fe y el amor. Por eso el mayor acto de amor hacia nuestros semejantes es mostrarles cuál es la verdadera fe a los hombres, donde está la salvación y la redención, donde la vida eterna. Y solamente la fe nos hace capaces de amar hasta a los enemigos porque en ellos vemos a Dios y lo que a ellos hacemos es a Dios mismo a quien se lo hacemos.

Así y solamente así se manifestará en la vida cotidiana la bondad, la amabilidad, la reconciliación, la mansedumbre y en definitiva el amor infinitamente de nuestro Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén