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lunes, 28 de noviembre de 2022

¿CÓMO SE PUEDE SALVAR UN LAICO? San Paisi (Velichkovsky) de Neamnt

 



Os aconsejo que leáis con más diligencia las Divinas Escrituras y las enseñanzas de nuestros Santos Padres Teóforos, a quienes por la gracia del Santísimo Espíritu les ha sido dado comprender los misterios del Reino de Dios, es decir, el verdadero significado de la Sagrada Escritura. En su enseñanza iluminada por el espíritu, encontrarás todo lo que necesitas para la salvación. Y yo, pecador, según mi débil mente, respondo a tu pregunta:

El Dios Misericordioso obra nuestra salvación por la fe ortodoxa, las buenas obras y Su gracia. La fe ortodoxa es la que lleva la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica; sin esta fe ortodoxa, nadie puede salvarse. Las buenas obras son los mandamientos del Evangelio, que, junto con la fe, son también necesarias para que cualquiera se salve. La Fe Ortodoxa sin buenas obras está muerta, y las buenas obras sin fe también están muertas. Aquellos que desean la salvación deben tener ambos juntos: tanto la Fe Ortodoxa con buenas obras como las buenas obras con la Fe Ortodoxa; y entonces, con la ayuda de la gracia de Dios, que favorece nuestras buenas obras, serán salvos según la palabra de Cristo, que dice: Separados de mí nada podéis hacer (Jn 15,5).

Y se ha de saber que Cristo Salvador, nuestro Dios verdadero, que quiere que todos los hombres se salven, ha establecido como ley las buenas obras, es decir, sus mandamientos salvadores del Evangelio, por igual para todos los cristianos ortodoxos, tanto monjes como laicos que conviven con sus esposas e hijos, y exige de todos los cristianos ortodoxos su más diligente cumplimiento, porque sus santos mandamientos no exigen grandes trabajos corporales, sino sólo la buena dispensación del alma: El yugo de sus santos mandamientos es fácil y la carga de cumplirlos es luz para ellos (Mt. 11:30).

Los santos mandamientos de Cristo, con la gracia de Dios, pueden ser cumplidos fácilmente por cualquier cristiano ortodoxo, cualquiera que sea su rango, sexo o edad: tanto los jóvenes como los ancianos, los sanos y los enfermos, si tan sólo tienen una buena disposición del alma. Por tanto, los que los transgredan y no se arrepientan serán condenados al tormento eterno junto con los demonios en la segunda venida de Cristo.

Los mandamientos del Santo Evangelio, especialmente los principales, son tan necesarios para la salvación que, si nos falta uno solo de ellos, nuestra alma no se salvará. Estos son los mandamientos sobre el amor a Dios y al prójimo, la mansedumbre y la humildad, la paz con todos y la paciencia, perdonar de corazón a los demás, no condenar a nadie, no tener odio, amar a los enemigos, dar limosnas espirituales y corporales en todo lo que podamos, y obligándonos con toda diligencia a cumplir todos los demás mandamientos de Cristo que están escritos en el Santo Evangelio.

Y, sobre todo, amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente, y amar al prójimo como a nosotros mismos; e imitando la mansedumbre de Cristo, luchar contra la pasión de la ira hasta derramar (la propia) sangre en la lucha.

Vivir en paz con todos es tan necesario que el Señor se vio en la necesidad de repetirlo más de una vez a sus santos discípulos y apóstoles: Paz a vosotros (Lc 24,36); La paz os dejo, mi paz os doy (Jn. 14:27). Y donde está la paz de Cristo, allí está Cristo mismo; pero si no hay paz en el alma, entonces Cristo no está allí.

La paciencia también es necesaria para la salvación. Cristo dice: En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas (Lc. 21:19). Y es necesario perseverar no sólo por un tiempo, sino hasta la misma muerte: El que persevere hasta el fin, ése será salvo (Mt. 10:22).

El que de todo corazón perdona las ofensas de su prójimo, recibirá de Dios el perdón de sus ofensas. El que no condena a su prójimo no será condenado por Dios. El que desea la salvación debe guardar también todos los demás mandamientos del Evangelio como tesoro de su corazón.

Y la humildad, que es el fundamento de todos los mandamientos del Evangelio, es tan necesaria para la salvación como la respiración para la vida. Como es imposible vivir sin respirar, así es imposible salvarse sin humildad. Los Santos de Dios se salvaron de varias maneras, pero ninguno se salvó sin humildad, lo cual sería imposible.

Por lo tanto, quien quiera salvarse debe considerarse de todo corazón pecador ante Dios, el más pecador de los hombres, peor que cualquier criatura de Dios; debe considerarse a sí mismo como polvo y cenizas, y en lo más recóndito de su corazón, debe reprocharse a sí mismo por todo, y culparse solo a sí mismo por cada uno de sus pecados.

Así, cumpliendo todos los mandamientos evangélicos con humildad de corazón, ofreciendo frecuentemente a Dios una oración con el corazón quebrantado para el perdón de sus pecados, el hombre es tenido por digno de la misericordia de Dios y del perdón de los pecados; La gracia de Dios lo visita, y sin duda será salvado por la misericordia de Dios.

Además, un cristiano ortodoxo también debe observar los mandamientos de la Iglesia como se establece en el libro de la Confesión Ortodoxa, pues también son necesarios para la salvación. El Sacramento de la Confesión consiste en arrepentirse de los pecados ante Dios, desecharlos y tener el firme propósito de, con la ayuda de Dios, no volver nunca más a ellos. Entonces, ante tu padre espiritual, como ante Dios mismo, confiesa todos tus pecados y recibe de él la absolución de los mismos.

Debemos prepararnos para comulgar de los Misterios Divinos con el ayuno, la tierna y sincera confesión de nuestros pecados, por la plena reconciliación con todos, leyendo toda la regla de la Iglesia en el tiempo señalado según la costumbre cristiana, y procediendo a la Sagrada Comunión con temor y temblor, con fe y amor, con la reverencia debida al único Dios.

Puedes encontrar las instrucciones más completas sobre cómo comportarse en la familia y sobre otros deberes cristianos en los escritos inspirados por Dios de San Juan Crisóstomo y otros hombres santos, pues el mismo Dios nos ilumina cuando leemos sus libros con la debida atención.

jueves, 17 de noviembre de 2022

ARRÁNCALA ANTES DE QUE CREZCA

 

Incluso si una falta te parece pequeña y en ciernes, arráncala antes de que crezca y madure. No descuidéis esta falta, aunque os parezca poca cosa; de lo contrario, más tarde se convertirá en un amo inhumano para ti, y tendrás que correr ante él como un esclavo encadenado. El que lucha contra una pasión desde el principio la dominará rápidamente.

San Isaac el Sirio, Discursos espirituales, V, 11.

viernes, 4 de noviembre de 2022

SENTARNOS A LA MESA COMO CRISTIANOS, DANDO GRACIAS A DIOS Y NO COMO LOS ANIMALES QUE CORREN AL PESEBRE.



En la mesa no se debe ver que comemos con avidez, sino que debemos mantener siempre el dominio propio, la serenidad y la moderación en todo, no dejando que la mente se aleje de Dios incluso entonces, pero también en ocasión de probar la comida y forma en que está compuesto el organismo que alimentamos, hagamos de esto una ocasión para la glorificación de Dios, ya que aun de las muchas variedades de alimentos que quedan para el mantenimiento del cuerpo humano se ve que fueron dejados por el Creador de todas las cosas. Antes de sentarnos a la mesa, debemos elevar nuestra alma a Dios, pidiéndole que nos haga dignos de sus dones tanto en el presente como en los que tiene reservados para el futuro.

San Basilio el Grande, Epístolas, Epístola 2, VI.

viernes, 7 de octubre de 2022

ORACIÓN Y HUMILDAD

 El que persevera en la oración, pero no en la humildad, el amor, la mansedumbre y las demás virtudes, llega a este resultado: a veces, dado que Dios es bueno, le envía su gracia y cumple sus peticiones. Pero, por no acostumbrarse su mente a las virtudes de que he hablado, (con el tiempo), o pierde la gracia que recibió, o, estando orgulloso, ya no avanza ni crece en ella. Porque, como se ha dicho, el Señor encuentra su morada y descanso en el alma humilde, amante, mansa (que, en una palabra, cumple los santos mandamientos de Cristo). Por tanto, el que quiere crecer y perfeccionarse espiritualmente, debe esforzarse, ante todo, para que su corazón orgulloso y pendenciero se vuelva manso y obediente a Dios. Que se obligue a acostumbrar su alma a la bondad de la que puede hacer un deber. Al hacerlo, el alma crecerá (se espiritualizará) y el don de la oración florecerá en ella según su conciencia. Entonces el Espíritu le enseñará la verdadera humildad, el verdadero amor y la mansedumbre. Sólo así, creciendo y perfeccionándose según (la voluntad del) Señor, se muestra digno del Reino (de los cielos)". 


San Macario de Egipto, Otras siete homilías, Palabra sobre la libertad de la mente, 19.

martes, 22 de enero de 2019

SAN ANTONIO EL GRANDE
La semana pasada en el nuevo calendario, celebrábamos la semana de los padres del monasticismo: San Pablo de Tebas, San Antonio el Grande y San Macario de Egipto.
Hoy son muchas las voces que se alzan diciendo que hay que adaptar el mensaje del Evangelio a los nuevos tiempos que corren, a la sociedad de hoy día, que el mensaje de los Padres ya no es válido porque los tiempos han cambiado.
Pocos son los que han leído la vida de San Antonio escrita por San Atanasio. En occidente se quedan con la visión de un santo simpático con un cerdito que lo acompaña. No saben de las terribles luchas de Antonio en medio del desierto, de su continua batalla con los demonios que lo tentaban y que precisamente ese cerdo es la imagen del demonio que logró vencer con la ayuda de la fe, oración y la penitencia.
San Antonio era un joven que vivía cerca de la ciudad de Menfis. Se había terminado la última de las persecuciones y los cristianos del imperio vivían por primera vez en paz. Alejandría era la capital de la cultura mundial, Pero también la paz trajo la relajación.
Un domingo Antonio entró en la iglesia. Se estaba leyendo el Evangelio: "Ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo..." Y así lo hizo, vendió todo lo que tenía, tierra, casa... todo y se retiró al desierto. Muerto al mundo, fue a vivir a una tumba. Pronto el desierto se llenó de miles (literalmente) de monjes y monjas que no adaptaron el Evangelio a aquel momento en el que vivían, sino que adaptaron ellos su vida al Evangelio de forma radical y el desierto floreció.
Hoy necesitamos hacer lo mismo, somos nosotros los que hemos de adaptar nuestras vidas al Evangelio de Cristo. Qué adaptación puede tener el "Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo" Cómo se puede adaptar a hoy el "No podeis servir a dos señores..." o el "Nadie te condena, ve y no peques más..."
Si queremos que este mundo cambie, no hemos de esperar a grandes acciones por parte de los poderosos de este mundo. Hemos de cambiar nuestro corazón como lo hizo San Antonio, abrirlo a la gracia, a Cristo nuestro Redentor.
Qué él interceda por nosotros para que sean salvadas nuestras almas.

martes, 15 de octubre de 2013

San Juan Crisóstomo: Los cinco caminos de la penitencia

¿Queréis que os recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo.

El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el salmista: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios.

Éste es un primer y óptimo camino de penitencia; hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas. Porque si perdonáis a los demás sus culpas –dice el Señor–, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros.

¿Quieres conocer un tercer camino de penitencia? Lo tienes en la oración ferviente y continuada, que brota de lo íntimo del corazón.

Si deseas que te hable aún de un cuarto camino, te diré que lo tienes en la limosna: ella posee una grande y extraordinaria virtualidad.

También, si eres humilde y obras con modestia, en este proceder encontrarás, no menos que en cuanto hemos dicho hasta aquí, un modo de destruir el pecado: De ello tienes un ejemplo en aquel publicano, que, si bien no pudo recordar ante Dios su buena conducta, en lugar de buenas obras presentó su humildad y se vio descargado del gran peso de sus muchos pecados.

Te he recordado, pues, cinco caminos de penitencia: primero, la acusación de los pecados; segundo, el perdonar las ofensas de nuestro prójimo; tercero, la oración; cuarto, la limosna; y quinto, la humildad.

No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil, y no te puedes excusar aduciendo tu pobreza, pues, aunque vivieres en gran penuria, podrías deponer tu ira y mostrarte humilde, podrías orar asiduamente y confesar tus pecados; la pobreza no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes —hablo de la limosna—, pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas.

Ya que has aprendido con estas palabras a sanar tus heridas, decídete a usar de estas medicinas, y así, recuperada ya tu salud, podrás acercarte confiado a la mesa santa y salir con gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo.

martes, 4 de diciembre de 2012

San Teófano el Recluso: Discurso sobre porqué el cristianismo no debe cambiar con los tiempos


Ha llegado a mis oídos que, por lo que parece, consideráis mis sermones muy estrictos y creéis que hoy en día nadie debería pensar de esta manera, nadie debería vivir así y por lo tanto nadie debería enseñar así. ¡Los tiempos han cambiado!

¡Cómo me alegré de escucharlo! Esto significa que escucháis con atención lo que digo, y no sólo lo escucháis, sino que también estáis dispuestos a cumplirlo. ¿Qué más podríamos querer nosotros, que predicamos todo lo que ha sido dispuesto y según nos fué ordenado?

A pesar de todo esto, de ningún modo puedo estar de acuerdo con vuestra opinión y considero que es mi deber comentarla y corregirla. Porqué (aunque tal vez va en contra de vuestra voluntad y convicción) proviene de una fuente pecaminosa; como si el Cristianismo pudiera alterar sus dogmas, sus cánones, sus ceremonias santificantes, para corresponder al espíritu de cada época y ajustarse a los gustos variables de los hijos de este siglo, que pudiera agregar o quitar algo...

Y sin embargo, no es así. El Cristianismo debe permanecer eternamente sin cambios, sin depender en absoluto o guiarse por el espíritu de cada diferente época. Por el contrario, el mismo Cristianismo está destinado para gobernar y administrar el espíritu del siglo para cualquier persona que obedece sus amonestaciones. Para convenceros sobre este tema en cuestión, os referiré algunos pensamientos para que los meditéis.

Algunos dijeron que mi enseñanza es estricta. En primer lugar, mi enseñanza no es mía, ni debe serlo. Sobre esta santa opinión, nadie puede ni debe predicarla como suya propia. Así que, si yo o alguien otro alguna vez nos atrevemos a hacerlo, podéis expulsarnos de la Iglesia.

Nosotros predicamos la enseñanza de nuestro Señor Dios y Salvador Jesús Cristo, de sus Santos Apóstoles y de la Santa Iglesia dirigida por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, cuidamos en todo lo posible de mantener esta enseñanza intacta e inviolable en vuestras mentes y corazones. Presentamos cada pensamiento y usamos cada palabra con sumo cuidado, con tal de no ensombrecer de algún modo esta brillante y divina enseñanza. Nadie puede actuar de manera diferente.

Una ley tal que defina la predicación de cada uno en la Iglesia para así ser realmente un enviado de Dios, fué establecida desde la creación del mundo y así debe permanecer válida hasta el fin del mundo. El Profeta Moisés, después de la entrega de los mandamientos de Dios mismo al pueblo Israelita, concluyó lo siguiente: «No añadáis nada a lo que os prescribo, ni quitéis nada de ello; antes guardad los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que os ordeno» (Deuterenomio 4, 2).

Esta ley de la fidelidad es tan invariable, que el mismo Señor y Salvador nuestro, cuando enseñaba a la gente en la montaña dijo: «No vayáis a pensar que he venido a abolir la Ley y los Profetas. Yo no he venido para abolir, sino para dar cumplimiento. En verdad os digo, hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una i, ni un ápice de la Ley pasará, sin que todo se haya cumplido» (Mateo 5, 17-18).

Entonces dio la misma autoridad a su propia enseñanza, antes de interpretar los mandamientos en el espíritu del Evangelio, añadiendo: “Por lo tanto, quien violare uno de estos mandamientos, aún los mínimos, y enseñare así a los hombres, será llamado el mínimo en la realeza de los cielos” (Mateo 5, 19).

Esto significa que cualquier persona que interprete erróneamente los mandamientos de Dios y disminuya su autoridad, será desheredado en la vida futura. Así lo dijo el Señor al comienzo de su predicación. Lo mismo confirmó Él también a San Juan el Teólogo, el espectador de las revelaciones inenarrables, al que le describió el juicio final del mundo y de la Iglesia, refiriendo en el Apocalipsis: “Yo advierto a todo el que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguien añade a estas cosas, le añadirá Dios las plagas escritas en este libro; y si alguien quita de las palabras del libro de esta profecía, le quitará Dios su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, que están descritos en este libro” (Apocalipsis 22, 18 - 19).

Para todo el intervalo de tiempo que transcurre desde Su primera presencia en el mundo hasta Su secunda presencia, Cristo dio a los santos apóstoles y sucesores la siguiente ley: “Id pues, y haced discípulos a todos los pueblos...enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado” (Mateo 28, 19-20).

Esto significa que enseñéis, no todo lo que algún otro fuera capaz de pensar, sino todo lo que Yo os he mandado, y esto hasta el fin del mundo. Y complementa con: “Y mirad que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del siglo” (Mateo 28, 20).

Los Apóstoles recibieron esta ley y sacrificaron sus vidas para cumplirla. Y a aquellos que querían obligarlos a no predicar lo que predicaban, bajo amenaza de castigo y muerte, les respondían: ”Juzgad vosotros si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios. Porque nosotros no podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído” (Hechos 4, 19-20).

Esta clara ley fue entregada por los Apóstoles a sus sucesores, fue aceptada por los segundos y tiene vigencia atemporal en la Iglesia de Dios. Debido a esta ley, la Iglesia es la columna y la base de la verdad. ¿Véis , pues, que invariable fidelidad tiene? Después de esto, ¿quién será tan desvergonzado para tocar tercamente o zarandear cualquier cosa en el dogma y ley cristiana?

A continuación, escuchad qué se nos refiere en el profeta Ezequiel, el cual durante siete días estuvo en éxtasis de oración y después de siete días escuchó la palabra del Señor: “Hijo de hombre, yo te pongo por atalaya de la casa de Israel; oirás de mi boca la palabra”(Ezequiel 3,17), y proclamó a la gente. ¡Aquí está la ley para tí! Si ves un impío que comete una ilegalidad y no le dices: deja tu ilegalidad y cambia tu camino, “ese impío morirá en su iniquidad; mas Yo demandaré de tu mano su sangre” (Ezequiel 3,18). Al contrario, si declaras al impío que tiene que huir de su camino ilegal y él no huye, entonces ese impío va a morir en su ilegalidad, mientras tú vas a salvar tu alma. De manera semejante, si ves un hombre justo que empieza a tambalearse en su virtud y no cuidas de traerlo al camino recto con tus palabras, entonces ese justo, ya que pecó, va a morir en sus pecados, pero su alma la pediré de tus manos que no lo apoyaron. Pero si avisas al justo que no debe pecar y él deja de pecar, entonces el justo vivirá y tú salvarás tu alma (ved Ezequiel 3, 19-21).

¡Que ley tan estricta! Sin embargo, suena en las conciencias de todos los pastores durante su elección y ordenación, cuando una carga pesada es colocada encima de ellos, el guiar el rebaño de Cristo que Él les confió, ya sea un rebaño pequeño o grande. No solo deben guiarlo, sino también conservarlo. ¿Cómo podría alguien ser tan presuntuoso, para pervertirlo todo en la ley de Cristo, cuando esto supone la destrucción de ambos, pastores y rebaño?

Si la fuerza salvifica de la enseñanza dependiera de nuestra opinion sobre ella y de nuestro consenso hacia ella, entonces tendría sentido que alguien concibiera en su mente el reconstruir el Cristianismo de acuerdo con las debilidades humanas o las exigencias de cada época y adaptarlo de acuerdo con los deseos de su corazón pecaminoso. Pero el poder salvifico de la ley Cristiana no depende en absoluto de nosotros, sino de la voluntad de Dios, del hecho que Dios mismo estableció con precisión el camino exacto de la salvación. Fuera de este camino no hay otra ruta alternativa, ni podría existir. Por tanto, cualquier persona que enseñe de cualquier otro modo, significa que se desvía del camino verdadero y se destruye a sí mismo y a vosotros. ¿Qué lógica existe en esto?

Fijaos cómo de estricto fué el juicio decretado cuando algo similar aconteció a la nación de Israel durante los años difíciles de su cautiverio. Algunos profetas, por lástima de los que sufrían y los enfermos hablaban al pueblo no como el Señor ordenó, sino como les dictaba su corazón. Para ellos, el Señor dio las siguientes órdenes a Ezequiel: “Y tú, oh hijo de hombre, pon tu rostro contra las hijas de tu pueblo que profetizan a su capricho, y vaticina contra ellas. Dirás: Así habla el Señor: ¡Ay de las que cosen almohadillas para todas las articulaciones de los brazos y hacen cabezales de todo tamaño para las cabezas, a fin de cazar y pervertir almas! ¿creéis acaso que cazando las almas de mi pueblo podréis salvar las vuestras?” (Ezequiel 13, 17-18)

Esto significa: ¡Ay! de aquellos que ordenan cualquier tipo de trato especial y sugieren una educación tan blandengue que nadie sienta el más pequeño desagrado, ya sea de los que están arriba o de los que están abajo, siendo indiferentes de si esto es para la salvacion o para la destrucción, de si es agradable o repulsivo para Dios. ¡Ay! de ellos, porqué “así dice el Señor Dios...vuestras almohadillas y cabezales”, es decir, vuestra acaramelada y confortante enseñanza, “con la que cazáis y pervertís almas”, las arrancaré de vuestros brazos, liberaré a las almas pervertidas de vuestra enseñanza y os exterminaré, corruptores (ved Ezequiel 13, 20-21).

Este es el provecho de este trato especial y de indulgencia, ¡tal y cómo deseáis escucharlo de los predicadores! Al poner estas cosas profundamente en vuestros corazónes, no es correcto que queráis que nosotros hagamos cualquier concesión en el dogma cristiano, teniendo el deseo erróneo de complaceros. Por el contrario, vosotros debéis exigirnos persistemente que permanezcamos en el dogma, tan firme y rigurosamente como sea posible.

¿Habéis oído hablar alguna vez de las Indulgencias del Papa de Roma? Mirad lo que son: Trato especial e indulgencia, las cuales él da desafiando a la ley de Cristo. ¿Y cuál es el resultado? Por ellas todo el Occidente está corrompido en la fe y en el estilo de vida, y ahora se está perdiendo en su increencia y en la vida desenfrenada debido a las Indulgencias.

El Papa cambió muchos dogmas, estropeó todos los Misterios (Sacramentos), anuló los cánones relativos a la regulación de la Iglesia y a la corrección de la ética y costumbres. Todo empezó a ir en contra de la voluntad del Señor, y todo fué de mal en peor.

Luego apareció Lutero, un hombre inteligente pero obstinado. Entonces dijo él: “El Papa lo cambió todo como quería; por qué no puedo hacer yo lo mismo?” Entonces empezó a modificar y remodificarlo todo a su manera, y fundó de esta manera la nueva fe luterana, la que apenas se parece a lo que el Señor ordenó y los santos Apóstoles nos entregaron.

Después de Lutero aparecieron filósofos. Y ellos a su vez dijeron: “Lutero ha establecido para sí mismo una nueva fe, supuestamente basada en el Evangelio, pero en realidad basada en su propia manera de pensar; entonces, ¿por qué nosotros no podemos componer doctrinas basadas sólo en nuestra propia manera de pensar, ignorando por completo el Evangelio?”. Así empezaron ellos también a pensar racionalistamente, y a conjeturar sobre Dios, sobre el mundo, sobre el hombre, cada uno a su manera, y mezclaron tantas doctrinas, que si alguien quisiera sólo enumerarlas, su cabeza se marearía.

Ahora los occidentales tienen la siguiente percepción: Cree lo te parezca mejor, vive como te gusta, satisface aquello que cautiva tu alma... Por tanto, no reconocen ninguna ley o limitación, y no se someten al Logos de Dios. Su camino es ancho, todos los obstáculos apartados. Pero el camino ancho conduce a la perdición, como dice el Señor. ¡Allí es dónde nos ha llevado la relajación e indulgencia en la enseñanza!

¡Libéranos, Señor, de este camino ancho!, pues es preferible amar cualquier dificultad que el Señor haya designado para nuestra salvación. Vamos a amar los dogmas Cristianos y a forzar nuestra mente con ellos, imponiéndole que no piense de manera diferente. Vamos a amar la ética y costumbres Cristianas y a forzar nuestra voluntad con ellas, obligándole a levantar el yugo ligero del Señor con humildad y paciencia. Vamos a amar todas las celebraciónes y servicios Cristianos que nos amonestan, nos corrigen, nos santifican. Vamos a forzar nuestro corazón con ellos, impulsándolo a trasladar sus preferencias desde las cosas terrenales y corruptibles a las celestiales e incorruptibles.

Vamos a limitarnos a nosotros mismos como si entráramos en una jaula. O mejor, vamos a arrastrarnos a nosotros mismos, como si pasaramos a través de un paso estrecho. Déjalo que sea estrecho, para que nadie pueda desviarse ni a la derecha ni a la izquierda. Pero, indudablemente, recibiremos mediante este paso estrecho, como recompensa, la realeza de los cielos. Porque esta realeza, como sabéis, es la realeza del Señor. El Señor fijó este camino estrecho y nos dijo: “Id exactamente por este camino y lograréis la realeza de los cielos."

¿Podría, ahora, alguien dudar de si el viajero va a llegar a su destino? ¿Y qué tipo de mente tendría que tener alguien para empezar a desear cualquier tipo de anulación de los mandamientos, cuando así perdería inmediatamente el camino y él mismo se perdería?

Ya que habéis entendido plenamente esta afirmación, no os aflijáis si alguna cosa en nuestra enseñanza parece estricta. La única cosa que debéis buscar es aseguraros si es del Señor. Y una vez os hayáis asegurado que es del Señor, aceptarla de todo corazón, sin importar cuán estricta u obligada pueda ser. Y no sólo no deseéis un trato especial e indulgencia en el dogma, ética y costumbres, sino que también alejaos de ese trato especial como si estuviérais huyendo del fuego de la Gehenna. De este fuego no pueden escapar los que inventan tales cosas y con ellas arrastran a los débiles de alma para que les sigan. Amén.

29 de Diciembre de 1863

Domingo después de Navidad

Traducido por J.C.


miércoles, 24 de octubre de 2012

SAN GREGORIO EL TEÓLOGO: SOBRE LAS DOS NATURALEZAS DE CRISTO


Dios y Hombre verdadero. (Discurso 29, 19 - 20).

Fue envuelto en pañales, pero, al resucitar, arrojó las vendas de la sepultura.

Fue reclinado en un pesebre, mas después fue celebrado por los ángeles (Lc 2, 7), señalado por la estrella y adorado por los magos (Mt 2, 2).

¿Por qué te maravillas de lo que has visto con los ojos, mientras no observas lo que es percibido con el nous (ojo espiritual) y con el corazón?

Fue obligado a huir a Egipto; pero convierte en fuga el andar errante de los egipcios.

No tenía ni aspecto, ni belleza humana (Is 53, 2) entre los judíos; pero, según David, era hermoso de rostro por encima de los hijos de los hombres (Sal 45, 3); y también en la cima del monte, a manera de fulgor, resplandece y llega a ser más luminoso que el sol (Mt 17, 2), vislumbrándose así el esplendor futuro.

Fue bautizado (Mt 3, 16) como hombre, pero carga sobre sí los pecados como Dios; no porque tuviese necesidad de purificación, sino para que las mismas aguas produjesen la santidad.

Fue tentado como hombre, pero consiguió la victoria como Dios. Nos manda tener confianza en Él como en Aquél que ha vencido al mundo.

Sufrió hambre (Mt 4, 1 - 2), pero sació a muchos miles de personas (Mt 14, 21) y Él mismo se ha convertido en pan que da la vida y el Cielo (Jn 6, 41). Padeció sed (Jn 19, 28), pero exclamó: si alguno tiene sed, venga a mí y beba (Jn 7, 37): y también prometió hacer manar, para aquellos que tienen fe, fuentes de agua viva.

Experimentó la fatiga (Jn 4, 6), pero se hace reposo de los que están cansados y oprimidos (Mt 11, 28).

Se sintió extenuado por el sueño (Mt 8, 24), pero camina ligero sobre el mar, increpa a los vientos y salva a Pedro que estaba a punto de ser sumergido por las olas (Mt 14, 25).

Paga los impuestos con un pez (Mt 17, 23), pero es el Rey de los recaudadores. Es llamado samaritano y poseído del demonio (Jn 8, 48), pero lleva la salvación a aquél que, bajando de Jerusalén, fue asaltado por unos ladrones. Es reconocido por los demonios (Mc 1, 24; Lc 4, 34), pero expulsa a los demonios y empuja a legiones de espíritus malignos a arrojarse al mar (Mc 5, 7) y ve al príncipe de los demonios, casi como un relámpago, precipitarse desde el cielo (Lc 8, 18).

Es agredido con piedras, pero no es apresado (cfr. Jn 8, 59).

Ruega, pero acoge a los demás que piden. Llora, pero enjuga las lágrimas. Pregunta dónde ha sido sepultado Lázaro, pues efectivamente era hombre; pero resucita a Lázaro de la muerte a la vida, porque en efecto era Dios.

Es vendido, y a poco precio: por treinta siclos de plata (Mt 16, 15); pero mientras tanto redimía el mundo a gran precio: con su sangre (1P 1, 19; 1Co 6, 20). Es conducido a la muerte como una oveja (Is 53, 7), pero Él apacienta a Israel y ahora también al mundo entero.

Está mudo como un cordero (Sal 57, 71), pero Él es el mismo Logos, anunciado en el desierto por la voz de aquél que gritaba (Jn 1, 23). Fue abatido y herido por la angustia (Is 53, 4 - 5), pero vence toda enfermedad y sufrimiento (Mt 9, 35).

Es bajado de la cruz en donde fue suspendido, pero nos restituyó a la vida con la cruz, y da la salvación también al ladrón (que pende de la cruz) y oscurece todo lo que se descubre.

Se le da a beber vinagre y se le nutre con hiel (Lc 23, 33 Mt 27, 34), pero ¿a quién? A Aquél que transformó el agua en vino (Jn 2, 7). Saboreó aquel gusto amargo, Aquél que era la misma dulzura y todo lo apetecible (Cant 16).

Confía a Dios su alma, pero conserva la facultad de tomarla de nuevo (Jn 10, 18). El velo se rasga (y las potencias superiores se manifiestan) y las piedras se despedazan, pero los muertos resucitan (Mt 27, 51).

Él muere, pero devuelve la vida y derrota a la muerte con su muerte.

Es honrado con la sepultura, pero resucita de la tumba.

Desciende a los infiernos, pero acompaña las almas a lo alto, y sube al cielo, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos y a examinar las palabras de los hombres.

miércoles, 23 de mayo de 2012

San Ambrosio de Milán: Comentario al Evangelio de San Lucas

La fe, pues, es el fundamento de la Iglesia, pues no fue dicho de la carne de Pedro (su persona), sino de su fe, que «las puertas del Hades no prevalecerían contra ella» ... ¡Haz un esfuerzo, por tanto, en ser una roca! ¡No busques la roca fuera de ti, sino dentro de ti! Tu roca es tu obra, tu roca es tu mente. Sobre esta roca se construye tu casa. Tu roca es tu fe, y la fe es el fundamento de la Iglesia. Si eres una roca, estarás en la Iglesia, porque la Iglesia está sobre una roca. Si estás en la Iglesia las puertas del infierno no prevalecerán contra ti.

sábado, 19 de mayo de 2012

San Paisios el Aghioita: Sobre las oraciones comunes

Las oraciones comunes




Desgraciadamente, hoy en día, la cortesía europea ha llegado e intenta mostrarse gentil. Quieren mostrar su superioridad, y finalmente acaban por adorar al diablo de dos cuernos. “Una sola religión, os dicen, debería existir”, y lo nivelan todo.

Algunos vienen también a verme y me dicen: “Todos los que creen en Cristo deberían creer en una sola religión”. Y yo les digo: “Ahora, es como si me dijeseis, a propósito del oro y del cobre, que el oro de tantos quilates y tal cantidad de cobre, que han sido separados, hay que unirlos y no hacer más que uno solo.

¿Es correcto mezclarlos de nuevo? Preguntadle a un joyero. ¿Es apropiado mezclar la basura y el oro? Ha sido echa tanta lucha para destilar un dogma.” Los Santos Padres debían saber algo para impedir las relaciones con los heréticos.

Hoy, dice: “Debemos orar conjuntamente, no solo con los heréticos, sino también con los budistas y los adoradores del fuego, y los adoradores del demonio. Los ortodoxos deben igualmente estar presentes en la oración común y en sus conferencias. Es una presencia …” ¿Qué presencia? Lo resuelven todo con la lógica y justifican lo injustificable.

El espíritu europeo estima que incluso las cosas espirituales pueden, igualmente entrar en el Mercado común. Algunos ortodoxos que son poco profundos y que desean hacer promoción, “una misión”, organizan conferencias con los heterodoxos para crear sensación, creyendo que de esta forma favorecen a la Ortodoxia, llegando a ser, por así decir, un gulash húngaro con los falsos creyentes.

Después, los súper celotes se apoderan del otro extremo, blasfeman también contra los misterios de los Nuevos Calendaristas, y escandalizan profundamente las almas que tienen piedad y sensibilidad ortodoxa.

Por otra parte, los heterodoxos vienen a sus conferencias, actúan como maestros, toman cualquiera que sea el bien espiritual que encuentra en la Iglesia ortodoxa, y lo transforman, dándole su propio color y marca y lo presentan como un prototipo.

Y el mundo contemporáneo extranjero es tocado por cosas extrañas y es destruido espiritualmente. El Señor, sin embargo, en el momento oportuno, presentará a los santos Marcos Eugenikos y a los Gregorios Palamás que reunirán a todos nuestros hermanos profundamente escandalizados, para confesar la fe ortodoxa y reforzar las tradiciones de la Iglesia, dando un gran júbilo a nuestra Madre la Iglesia.

Traducido por P.A.B

jueves, 17 de mayo de 2012

Las moscas y las abejas



“Sé por experiencia que, en esta vida, las personas están separadas en dos categorías. Una tercera no existe: se pertenece o bien a una, o bien a otra.

La primera categoría se asemeja a la mosca. La principal característica de la mosca, es que es atraída por todo lo que es sucio. Por ejemplo, cuando una mosca vuela sobre un jardín lleno de flores de buenas fragancias, ella las ignorará e irá a posarse en la cima de un montón de suciedad tirada por el suelo. Comenzará a agitarse y se sentirá bien en la fetidez. Si la mosca pudiera hablar, y le pidierais que os enseñara una rosa del jardín. Ella os respondería: “no sé a que se parece una rosa. Yo sé solamente como encontrar basura, aguas sucias y suciedad.” Hay personas que se asemejan a la mosca. Aquellos que pertenecen a esta categoría, han aprendido a pensar negativamente, y buscan siempre las malas cosas de la vida, ignoran y renuncian a la presencia del bien.

La otra categoría de personas es como la abeja cuya particularidad principal es que busca siempre cualquier cosa dulce y buena donde posarse. Cuando una abeja se encuentra con algo llego de suciedad y hay un pequeño trozo de algo delicioso en una esquina, ignora la suciedad y va a posarse sobre la delicia. Ahora, si le pedimos a la abeja que nos muestre donde está la basura, responderá: “No lo sé. Solamente puedo deciros dónde encontrar flores, delicias, miel y azúcar”. No conoce más que las buenas cosas de la vida e ignora todo mal. Es esta la segunda categoría de personas, que tienen una manera de pensar positiva, y no ven más que el lado bueno de las cosas. Intentan siempre ocultar el mal, a fin de proteger a su prójimo; por el contrario, las personas de la primera categoría intentan exponer el mal y llevarlo a la superficie.

Cuando alguien viene a mí y comienza a acusar a otros, y me pone en una situación difícil, yo le expongo el ejemplo precedente. Después le pido que decida a qué categoría quiere pertenecer, para que pueda encontrar personas del mismo espíritu para frecuentarlas”.

Traducido por P.A.B

martes, 13 de marzo de 2012

El joven que resistió la tentación y vio a Cristo

El Geronta Paisios el Athonita contaba el siguiente suceso.

Dios no nos pide grandes cosas a cambio de su ayuda en nuestra lucha. Él que es infinito, consciente de nuestra pequeñez, nos pide poco para derramar abundantemente su misericordia sobre nosotros.

Un joven me contaba que inició su camino a Patmos para venerar a Cristo en la Cueva de la Revelación. En el camino, una turista medio desnuda se le abalanzó abrazándolo, más él la rechazó diciendo: “Oh Cristo, he venido aquí para adorarte, no para estar con esta mujer”. Esa misma noche, mientras hacía sus oraciones en el hotel, vio a Cristo en medio de la luz increada. esta es la recompensa que recibió por resistirse a la tentación. Otros sin embargo se esfuerzan durante años en la vida ascética y nunca son bendecidos con una visión como la de este joven que rechazó a aquella mujer portadora de la tentación durante su peregrinación.

Si uno no es compasivo, puede sentarse horas con su kombosquini y su oración no tendrá resultado alguno. Otros sin embargo alcanzas las más altas cotas de la oración con un solo suspiro salido de lo profundo del corazón siendo este suspiro sincero mejor que las mil postraciones. Con eso no quiero decir que no se tengan que hacer las oraciones, sino que éstas han de brotar del corazón, con humildad, compasión y dolor por nuestros pecados.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

En la fiesta de la Exaltación de la Santísima Cruz

Icono de la Santa Cruz con partículas de
la Verdadera Cruz que se venera en
la parroquia de Alicante
San Cirilo de Jerusalén y la Santa Cruz.

«Cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal; pero el máximo motivo de gloria es la cruz. Así lo expresa con acierto Pablo, que tan bien sabía de ello: “lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Cristo” (Gál 6,14).


«Fue, ciertamente, digno de admiración el hecho de que el ciego de nacimiento recobrara la vista en Siloé; pero, ¿en qué benefició esto a todos los ciegos del mundo? Fue algo grande y preternatural la resurrección de Lázaro, cuatro días después de muerto; pero este beneficio lo afectó a él únicamente, pues, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo estaban muertos por el pecado?… En cambio, el triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres.

«Por consiguiente, no hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien gloriarnos de ella. Por­que “el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para nosotros salvación”. Para los que están en vías de perdición es necedad, mas para nosotros, que estamos en vías de salvación, es fuerza de Dios (1Cor 1,23-24). Porque el que moría por nosotros no era un hom­bre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre.

«En otro tiempo, aquel cordero sacrificado por orden de Moisés alejaba al exterminador; con mucha más razón, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo nos li­brará del pecado. Si la sangre de una oveja irracional fue signo de salvación, ¿cuánto más salvadora no será la san­gre del Unigénito?

«Él no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo que dice: “soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar. Tengo poder para entregar mi vida y tengo poder para recupe­rarla” (Jn 10,17-18). Fue, pues, a la pasión por su libre determinación, contento con la gran obra que iba a realizar, consciente del triunfo que iba a obtener, gozoso por la salvación de los hombres; al no rechazar la cruz, daba la salvación al mundo. El que sufría no era un hombre vil, sino el Dios humanado, que luchaba por el premio de su obediencia.

«Por lo tanto, que la cruz sea tu gozo no sólo en tiempo de paz; también en tiempo de persecución has de tener la misma confianza, de lo contrario, serías amigo de Jesús en tiempo de paz y enemigo suyo en tiempo de guerra. Ahora recibes el perdón de tus pecados y las gracias que te otorga la munificencia de tu rey. Cuando sobrevenga la lucha, pelea denodadamente por tu rey.

«Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú ¿no te crucificarás por él, que fue clavado en la cruz por amor a ti? No eres tú quien le haces un favor a él, ya que tú has recibido primero. Lo que haces es de­volverle el favor, saldando la deuda que tienes con aquel que por ti fue crucificado en el Gólgota».

(Catequesis de Jerusalén 13,1.3.6.23: MG 33, 771-774. 779. 802)

El bautismo nos hace participar de la Pasión sagrada y de la Resurrección gloriosa de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.


«Fuisteis conducidos a la santa piscina del divino bautismo, como Cristo desde la cruz fue llevado al sepulcro. Y se os preguntó a cada uno si creíais en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Después de haber confesado esta fe salvadora, se os sumergió por tres veces en el agua y otras tantas fuisteis sacados de la misma: con ello significasteis, en imagen y símbolo, los tres días de la sepultura de Cristo…

«Por eso os cuadra admirablemente lo que dijo Salomón, a propósito de otras cosas: “tiempo de nacer, tiempo de morir” (Ecl 3,2). Pero a vosotros os pasó esto en orden inverso: tuvisteis un tiempo de morir y un tiempo de nacer, aunque en realidad un mismo instante os dio ambas cosas, y vuestro nacimiento se realizó junto con vuestra muerte.

«¡Oh maravilla nueva e inaudita! Nosotros no hemos muerto ni hemos sido sepultados, ni hemos resucitado después de crucificados, en el sentido material de estas expresiones, pero, al imitar estas realidades en imagen hemos obtenido así la salvación verdadera. Cristo sí que fue realmente crucificado y su cuerpo fue realmente sepultado y realmente resucitó; a nosotros, en cambio, nos ha sido dado, por gracia, que, imitando lo que él padeció con la realidad de estas acciones, alcancemos de verdad la salvación.

«¡Oh exuberante amor para con los hombres! Cristo fue el que recibió los clavos en sus inmaculadas manos y pies, sufriendo grandes dolores, y a mí, sin experimentar ningún dolor ni ninguna angustia, se me dio la salvación por la comunión de sus dolores… “¿Es que no sabéis que los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo Jesús fuimos incorporados a su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte” (Rm 6,34)».

(Catequesis de Jerusalén 20, Mystagogica 2,4-6: MG 33, 1079-1082)

sábado, 3 de septiembre de 2011

San Juan Crisóstomo: Homilia sobre el Evangelio del joven rico.

Uno se le acercó y le dijo: Maestro bueno ¿qué haré para alcanzar la herencia de la vida eterna? (Mt 19,16).

Hay quienes recriminan a este joven como fraudulento y malvado y como si se hubiera acercado a Jesús con el objeto de tentarlo. Por mi parte yo no dudaría en llamarlo avaro y amante codicioso de las riquezas, pues Cristo así se lo demostró. Pero fraudulento no, de ninguna manera, pues no es lícito ni seguro el juzgar temerariamente de lo interno y oculto, en especial cuando se trata de juzgar a alguno; y aun apoyándome en Marcos, rechazaría semejante sospecha que el evangelista repudia. Porque dice: Corrió hacia él uno y de rodillas le preguntaba; Y luego: Jesús jijó en él la mirada y lo amó. Sin embargo, grande es la tiranía de las riquezas como en este pasaje se advierte. Pues aun cuando cultivemos todas las demás virtudes, ella echa por tierra todos los bienes. Con razón Pablo la llamó raíz de todos los males: La raíz de todos los males es la avaricia?

¿Por qué entonces Cristo le responde: Nadie es bueno? Porque lo tenía por hombre sencillo y del vulgo y como un doctor de los judíos. Por eso le habla como a tal hombre. Pues ordinariamente responde según lo que piensan los que le preguntan; como cuando dice: Nosotros adoramos con un culto legítimo. Y también: Si yo doy testimonio de mí mismo, entonces mi testimonio no es verdadero. Pero cuando dice: Nadie es bueno, no quiere decir que El no sea bueno ¡lejos tal cosa! Porque no dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Yo no soy bueno. Sino que dijo: Nadie es bueno, es decir, ningún hombre; no porque al decirlo excluyera a los hombres de la bondad, sino que hablaba en comparación con la bondad de Dios. Por eso añade: Sino solamente Dios. Y no dijo: Solamente mi Padre, para que entiendas que no se reveló al joven aquel. También antes había llamado malos a los hombres con estas palabras: Pues si vosotros siendo malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos. Ahí los llamó malos, no porque asignara la perversidad a toda la humana naturaleza, pues el vosotros no incluye a todos los hombres, sino que se expresó así, comparando la bondad de los hombres con la bondad divina. Y por eso añadió: Cuánto más vuestro Padre dará cosas buenas a los que le piden.

Preguntarás: ¿qué le urgía o qué bien se seguía de semejante respuesta? Poco a poco va llevando al joven a mayores alturas y lo enseña a prescindir de toda adulación y lo saca de las cosas terrenas y lo lleva hasta Dios y lo persuade a buscar las cosas futuras y a conocer quién es el verdaderamente bueno, raíz y fuente de todo y a tributarle honor. Así cuando dice: No os hagáis llamar Maestro, lo dice en comparación consigo y también para que sepan cuál es el primer origen de todo. El joven hasta aquel momento había demostrado no pequeño anhelo y amor, de manera que mientras otros se acercaban a Cristo para tentarlo y otros para que curara sus enfermedades o las ajenas, él se aproxima y viene para preguntar acerca de la vida eterna. Tierra fecunda y campo fértil era, pero la multitud de espinas sofocó la simiente. Advierte cuan bien preparado estaba para obedecer a lo que se le mandara. Dice: ¿Qué haré para poseer la vida eterna? Tan pronto parecía para obedecer. Si se hubiera acercado a Cristo con intención de tentarlo, sin duda nos lo hubiera declarado el evangelista, como lo hizo en los otros casos, por ejemplo el del doctor de la ley. Y aun cuando el evangelista calla, eso no lo habría dejado ocultarse

Cristo, sino que abiertamente lo habría confundido, o secretamente lo habría hecho sentir su falta, para que no creyera que engañaba o se ocultaba y así saliera con daño.

Por otra parte, si se hubiera acercado como tentador no se habría apartado triste por lo que oyó de Cristo; puesto que tal cosa nunca le aconteció a ningún fariseo, sino que éstos cuanto más se los redargüía tanto más se enfurecían. Este joven en cambio se apartaba triste, lo que es señal grande de que no se había acercado con mala voluntad, sino con voluntad un tanto débil, pero con verdadero anhelo de la vida, aunque estaba impedido por gravísima enfermedad. Habiéndole, pues, dicho Jesús: Si quieres entrar a la vida guarda los mandamientos, el joven preguntó: ¿Cuáles? no para tentar a Cristo ¡lejos tal cosa! sino porque pensó que se trataba de unos preceptos diversos de los de la Ley, tales que podrían serle conductores para la vida: cosa propia de quien ardía en deseos. Y cuando Cristo le recitó los mandamientos, él respondió: Todo eso lo he guardado desde mi adolescencia. Pero no se detuvo aquí, sino que añadió: ¿Qué más me falta? lo que también fue señal de que- ardía en deseos. Ni era poco eso mismo de que juzgara que algo le faltaba y pensara no ser suficiente lo que se le había dicho para alcanzar lo que deseaba.

¿Qué hace entonces Cristo? Pues le iba a proponer cosas muy levantadas, comienza por enunciar los premios, y dice: Si quieres ser perfecto anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; y luego ven y sigúeme. ¿Miras cuántos premios, cuántas coronas concede a esta palestra? Cierto que si el joven hubiera sido un tentador no le habría Cristo contestado en esa forma.

Ahora, en cambio, sí lo hace y para atraerlo le muestra la gran recompensa, pero todo lo deja a su libre voluntad, dejando en la sombra las cosas que en semejante advertencia eran pesadas. De modo que antes de declararle el certamen y sus trabajos, le muestra el premio diciendo: Si quieres ser perfecto; y hasta después añade: Vende todo lo que posees y dalo a los pobres; y al punto pone el premio y dice: Tendrás un tesoro en el cielo y ven y sigúeme. Porque ya el seguir a Cristo es gran recompensa. Y tendrás un tesoro en el cielo.

Pues se trataba de dineros y Jesús lo exhortaba a despojarse de todo, para demostrarle que no sólo no quedaba despojado de lo suyo, sino que en realidad incluso se le acrecentaba, le ofrece y da mayores cosas que las que se le ordena dejar. Ni solamente más, sino tanto más superiores cuanto lo es el cielo sobre la tierra y aún más todavía. Y la excelencia del premio, su firmeza y seguridad las declara llamándolas tesoro, en cuanto por las cosas humanas podía darle a entender eso al oyente. De modo que no basta con despreciar los dineros, sino que conviene alimentar a los pobres; y ante todo seguir a Jesús, es decir, cumplir todos sus mandatos y estar preparados para la muerte y muerte cotidiana. Pues dice: Si alguno quiere venir en pos de mí, niegúese a sí mismo y tome su cruz y sígame. Ciertamente este mandato de derramar la propia sangre es superior al de despreciar los dineros. Sin embargo, éste ayuda no poco para lograr el otro. Y el joven, habiéndolo oído, se alejó triste. Y el evangelista advierte que no fue eso sin motivo, pues el joven tenía muchas posesiones.

Porque no tienen igual impedimento los que tienen pocas posesiones y los que abundan en ellas. Porque en este segundo caso la codicia es más violenta, cosa que no me cansaré de repetir: o sea que se enciende mayor la llama con el acrecerse las riquezas y así se hacen más pobres los que las poseen, pues quedan enredados en mayores codicias y sienten más la necesidad y penuria. Y en este punto quisiera que adviertas cuán grande fuerza demostró esa enfermedad. El que con gozo y presteza se había acercado a Cristo, en cuanto Cristo le ordenó dejar las riquezas, en tal grado la enfermedad lo envolvió y afligió, que ni siquiera dio a Cristo alguna respuesta, sino que callado, triste, apesadumbrado, se alejó.

Y ¿qué hizo Cristo? Dijo: ¡Cuan difícilmente los ricos entrarán en el reino de los cielos! No porque vituperara las riquezas, sino a quienes andan enredados e impedidos en ellas. Pero si difícil es para los ricos, más aún lo es para los avaros. Pues si es impedimento para lograr el reino de los cielos el no dejar lo propio, piensa cuán grande incendio prepara en la gehena el arrebatar lo ajeno. Mas ¿por qué dice a los discípulos cuan difícil sea que un rico entre en el reino de los cielos, siendo así que ellos eran pobres y nada poseían? Los enseña a no avergonzarse de la pobreza y da la razón de por qué ha querido que ellos nada posean. Y una vez que dijo cuan difícil cosa y casi imposible era aquello, declara que no sólo era imposible, sino que, poniendo la comparación con el camello y la aguja, parece añadir algo más, pues dice: Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de los cielos.

Por aquí se ve que a los ricos que sean capaces de semejante virtud, se les prepara una gran recompensa. Por lo mismo afirmó ser eso obra de Dios para declarar que a quien ha de emprender este camino le es muy necesaria la gracia. Y como los discípulos quedaran perturbados, les dijo: Esto es imposible a los hombres, pero para Dios todas las cosas son posibles. Mas ¿por qué se perturban los discípulos, pues son pobres y en exceso pobres? ¿por qué se perturban? Es que se duelen de la perdición de muchos, como quienes estaban poseídos de ardiente caridad para con los demás y ya iban teniendo entrañas de maestros. Temían y temblaban por la salud del orbe todo, turbados con aquella palabra de Cristo, de manera que andaban necesitados de mucho consuelo. Por esto Jesús, tras de pasear por ellos su mirada, dijo: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Primeramente a ellos, poseídos de terror, los consoló; y habiéndolos librado de aquella angustia, pues esto significa el evangelista al decir: paseando su mirada por ellos, finalmente les levanta el ánimo con la otra sentencia, trayendo al medio la omnipotencia divina y dándoles así confianza.

Y si quieres oír el modo y manera en que lo imposible se hace posible, óyelo. Porque el motivo de decir que lo imposible para los hombres es posible para Dios, no fue para que decayeras de ánimo y desistieras de esa virtud como si fuera imposible en absoluto, sino para que, comprendiendo la magnitud de la empresa, más fácilmente la emprendas y así, tras de invocar a Dios para que te auxilie en tan bellos certámenes, logres la vida eterna. En fin: ¿cómo se puede lograr esto? Si te despojas de las posesiones, si dejas los dineros, si te apartas de esa mala concupiscencia. Y para que veas que eso no es obra exclusivamente de Dios, sino que lo que dijo fue para explicar la dificultad de la empresa, oye lo que sigue. Pues a Pedro que decía: He aquí que nosotros lo abandonamos todo y te hemos seguido; y que añadió luego y preguntó: ¿qué habrá, pues, para nosotros?, Cristo, determinando la recompensa, le respondió: Y cualquiera que abandonare su casa, o sus campos o a sus hermanos, o al padre o la madre, recibirá el ciento tanto en el siglo presente y luego poseerá la vida eterna. Así se hace posible lo que era imposible.

Insistirás: pero ¿cómo es posible abandonar esas cosas? ¿cómo puede el que está oprimido por tan ingente codicia de riquezas salir al punto de ese abismo? Si comienza por ir despachando las riquezas y recortando lo superfluo. Así irá adelante y luego más fácilmente podrá incluso correr. De manera que no acometas todo a la vez, sino ve subiendo por esta escala lentamente -escala que conduce al cielo- si es que el todo te parece difícil de alcanzar. Pues a la manera de los febricitantes y los que sobreabundan interiormente en amarga bilis, cuando toman su alimento y su bebida, no sólo no apagan su sed, sino que tornan la llama más ardiente y viva, lo mismo hacen los avaros cuando a esta perversa codicia, más ruda que la bilis, le acarrean riquezas: la tornan más activa y encendida. De manera que nada hay que la calme si no es que se corte la codicia del lucro; así como aplaca el acre humor de la bilis el moderado alimento y evacuación.

Todavía preguntarás: pero esto ¿cómo se conseguirá? Si meditas en que, mientras abundes en riquezas no podrás apagar la sed, sino que por el anhelo de más poseer acabarás en enfermedad; pero si dejas las riquezas, podrás echar de ti semejante morbo. No quieras pues agitar más cosas, no andes buscando lo que no se puede alcanzar ni sufras con esa incurable enfermedad, y corroído por esa peste rabiosa vengas a ser el más miserable de todos los hombres. ¡Vaya! ¡dime! ¿Quién diremos que es atormentado y vejado: el que anhela bebidas y alimentos espléndidos que no logra alcanzar ni gozar o el que no tiene semejante pasión? Sin duda alguna, aquel que anhela pero no puede conseguir lo que anhela. Cosa tan miserable es el que no pueda el anhelante alcanzar lo que codicia ni el que tiene sed poder beber, que Cristo, queriendo describir la gehena, por este medio la pinta y pone delante al rico atormentado con el fuego, y que pidiendo una gota de agua ni aun eso alcanzaba y de ese modo era castigado.

De manera que quien desprecia las riquezas habrá apagado la codicia; mientras que quien anhela enriquecerse, y amontonar más y más, la aumenta y nunca logra conseguir su objeto, ni se detiene. Pues aun cuando reciba infinitos talentos anhela otros tantos; y si los consigue, anhela el doble; y pasando adelante desea que montes, tierras, mares se le conviertan en oro, loco con un nuevo y extraño género de locura que nunca logra desvanecerse y apagarse. Y para que comprendas que semejante enfermedad no puede extinguirse con nuevas adquisiciones, sino con el desprecio y alejamiento de las riquezas, compara: si alguna vez te llegara el deseo absurdo de volar y de levantarte por los aires ¿cómo podrías apagarlo? ¿arreglándote alas y otros instrumentos que te fabricaras o mejor persuadiéndote ser eso cosa imposible y no intentándolo más? Sin duda alguna mediante esta persuasión.

Instarás diciendo: es que eso de volar es del todo imposible. Pues bien: más imposible con mucho es apagar semejante enfermedad y ponerle término. Cierto que es más fácil que los hombres vuelen que satisfacer la codicia de poseer con nuevas adquisiciones. Cuando anhelamos cosas posibles nos consolamos con la esperanza de llegar a disfrutarlas; pero cuando anhelamos lo imposible, lo único que debemos procurar es apartarnos de semejante deseo, pues no hay otro modo de que consigamos la tranquilidad de ánimo En consecuencia, no nos dolamos vanamente; sino que rechazando ese amor al dinero, que continuamente se exaspera y no puede reprimirse, acojámonos al otro amor que puede hacernos felices y que es facilísimo: anhelemos y amemos los tesoros de allá arriba. No hay en esto un trabajo desmesurado y la ganancia es indecible; y por cierto quien está vigilante y desprecia las cosas presentes, jamás puede dejar de obtener lo que anhela; al revés de quienes están entregados a la servidumbre de las riquezas, que en absoluto no logran su finalidad.

Meditando en todo esto, echa de tu ánimo la mala codicia de las riquezas No puedes decir que ella te colma de bienes presentes y te libra de los males futuros. Pues aun cuando eso diera, todavía eso mismo sería un extremo suplicio y castigo. Pues aun antes de la gehena y aparte de ella, te arroja al presente en más grave castigo. Porque la dicha codicia echa por tierra muchas familias y ha suscitado tremendos conflictos y guerras y ha obligado a muchos a darse una muerte violenta y así acabar su vida. Y antes de esos peligros, derrumba y destruye la nobleza del alma y con frecuencia torna al que semejante enfermedad padece tímido, perezoso, atrevido, mendaz, sicofante, ratero y avaro y cualquier otro extremo que quieras decir.

Quizá con frecuencia te halaga el brillo del oro y la plata Y te engaña, lo mismo que la multitud de esclavos, la magnificencia de las habitaciones y la clientela que en el foro te rodea. ¿Qué remedio puede ponerse a llaga tan grande? Pensando en qué actitud queda el alma con esas cosas y cómo la tornan tenebrosa, abandonada, torpe y deforme; y meditando contigo mismo el sinnúmero de males que a semejante concupiscencia acompaña. Y cuan grandes peligros y trabajos hay para poder conservar las riquezas. Y ni siquiera se pueden conservar hasta el fin. Pues aun cuando logres evadir las asechanzas de todos, vendrá la muerte y todas tus riquezas las pasará a manos de tus enemigos; y a ti, despojado de todo te arrebatará, sin que puedas llevar contigo nada, sino únicamente las llagas y úlceras que de esta vida saca el alma cuando de aquí parte.

Cuando veas a alguno resplandeciente en lo exterior con magníficas vestiduras y rodeado de abundante séquito de guardias, registra su conciencia y encontrarás en su interior cantidad de arañas y abundante polvo. Piensa en Pablo y en Pedro; piensa en Juan el Bautista y en Elías; mejor aún, piensa en el Hijo de Dios, que no tuvo en dónde reclinar su cabeza. A él imítalo y a sus siervos y medita en aquellas inestimables riquezas. Pero si aún tras de haberlas meditado todavía se te oscurece la mente con las riquezas del siglo, como sumido en un naufragio mientras se enfurece la tempestad, oye la sentencia de Cristo que dice: es imposible que el rico entre en el reino de los cielos. Teniendo delante semejante sentencia, compara con ella los montes, la tierra y el mar; y si quieres, con el pensamiento hazlos todos oro: no encontrarás daño alguno que sea inferior al que esto te acarrea.

Por tu parte, enumeras tantas más tantas yugadas de tierras, diez casas o veinte, otros tantos baños, un millar de esclavos o si quieres dos millares y carrozas recubiertas de láminas de plata o de oro. Pero yo por mi parte digo que si alguno de entre vosotros los ricos, desechando semejante pobreza -que pobreza es delante de las riquezas que voy a decir- poseyera el orbe entero y tuviera a su servicio tantos hombres cuantos andan por la tierra y por los mares, si cada uno poseyera el orbe entero o sea tierras y mares y en todas partes tuviera casas y ciudades y pueblo y de todas partes hacia él confluyeran en vez de aguas y fuentes ríos de oro, yo a todos esos ricos y ni aun a uno solo de ellos, si pierde el reino de los cielos, lo estimaría ni siquiera en tres óbolos.

Si ahora los codiciosos de las pasajeras riquezas de tal forma se atormentan si no las consiguen, ¿qué consuelo les quedará r-i algún sentido tuvieran de lo que son aquellos bienes inefables? ¡Ningún consuelo, por cierto! Por lo cual, no me hagas cuentas de la cantidad de dineros, sino piensa en el grandísimo mal que de ellas se les sigue a todos los que las codician, pues a cambio de ellas pierden el reino de los cielos. Les acontece lo mismo que a quien, habiendo perdido el regio honor que en los palacios se tributa, se gloriara de poseer un montón de estiércol y grandemente lo estimara. Pues el montón de riquezas en nada es mejor sino mucho peor que ese otro. Al fin y al cabo, el estiércol es útil para la agricultura, para calentar el agua en los baños y para otros usos semejantes, mientras que eso sepultado en la tierra, para nada de eso es útil; y ojalá fuera solamente inútil, pues lo que pasa es que a quien lo posee le enciende mil hornos si no lo usa en la forma que conviene. Pues de esos dineros se siguen muchos males.

Por esto aun los autores paganos llaman a la avaricia acrópolis de los males. Y el bienaventurado Pablo, mucho mejor y con mayor énfasis, la llamó raíz de todos los males. Pensando, pues, en todo esto, emulemos lo que es digno de emulación: no los magníficos edificios, no los campos grandemente fructíferos, sino los varones que tienen gran entrada con Dios y son ricos allá en el cielo y poseen aquellos tesoros y son de verdad opulentos: los pobres por Cristo. Para que así consigamos los bienes eternos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, sea la gloria, el honor y el poder y la adoración, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 27 de abril de 2011



Homilia Pascual de San Juan Crisóstomo


Aquél que es devoto y amante de Dios, que disfrute de esta magnífica y brillante fiesta. Aquél que es un siervo agradecido, que entre alegremente en el gozo del Señor. Aquél que está cansado en ayuno que reciba ahora el denario de recompensa. Si alguien ha trabajado desde la primera hora, que reciba su gratificación correspondiente. Si alguien ha llegado después de la tercera hora, que participe en la fiesta agradecido. Aquél que llega después de la sexta hora, que no dude: él nada pierde. Si alguien ha demorado hasta la novena hora, que se aproxime, sin vacilación. Aquel que llega en la undécima hora, que no tema a causa de su demora, porque el Señor es de gracia y de generosidad. El recibe tanto a los últimos como a los primeros. El concede descanso al que viene en la undécima hora, igual como aquél que ha trabajado desde la primera hora. El tiene misericordia del último, y satisface al primer. A aquél da, y a éste regala. El recibe las obras y acepta la intención. Honra los hechos, y alaba el empeño. Por lo tanto, entrad vosotros todos al gozo de vuestro Señor. Los primeros y los últimos, tomad vuestra recompensa. Ricos y pobres, regocijaos y alegraos juntos. Porque la mesa está llena, deleitaos de ella todos. El ternero está echado entero; que nadie se retire con hambre. Regocijaos todos del banquete de la fe. Disfrutad de todas las riquezas de la bondad. Que nadie se queje de su pobreza, porque el Reino Universal se ha manifestado. Que nadie se lamente a causa de los pecados, porque el perdón ha surgido resplandeciente del Sepulcro. Que nadie tema la muerte, porque la muerte del Salvador nos ha librado. Porque destruyó la muerte cuando ésta se apoderó de El. Aquel que descendió al infierno aniquiló al infierno; y lo hizo experimentar la amargura; cuando éste tomó su Cuerpo. Esto predijo Isaías cuando exclamó diciendo: “El hades fue amargado, cuando Te encontró abajo. Ha sido amargado, funestamente, porque ha sido destruido. Ha sido amargado porque ha sido encadenado. Recibió un Cuerpo, y he aquí que era Dios. Tomó la tierra, y encontró Cielo. Tomo lo visible, y fue vencido invisiblemente. ¿Oh muerte donde está Tu poder? ¿Oh hades dónde está Tu victoria Cristo resucitó, y fuiste aniquilado. Cristo resucitó y fueron arrojados los demonios, Cristo resucitó y los ángeles se regocijaron. Cristo resucitó y reinó la vida. Cristo resucitó, y los sepulcros se vaciaron de los muertos. Porque Cristo habiendo resucitado de entre los muertos, fue el Primogénito de entre los muertos, a El sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 4 de abril de 2011

Carta de Juan, Higúmeno de Raitu, al Venerable Juan, Higúmeno del Monte Sinaí.

Al admirable Padre de Padres, igual a los Ángeles y doctor excelente: Juan, higúmeno del monasterio del monte Sinaí, de Juan el pecador, higúmeno del monasterio de Raitu.

Conociendo nosotros, que tan alejados estamos de la perfección, oh venerable padre, tu singular y perfecta obediencia, la cual nada sabe de objetar lo que se manda, que embellece toda suerte de virtudes, y que ha hecho fructificar todos los talentos que Dios te ha dado, hemos decidido, puesto que está escrito: "Pregunta a tu padre, y él te enseñará; y a los ancianos, y ellos te responderán" (cf. Dt. 32), poner en práctica dicho mandamiento. Por tal motivo, a través de esta carta todos postrados ante ti, y ante la cumbre de tus virtudes, te suplicamos que, como padre común de todos, como el más antiguo de todos por la ascética, y por la penetración de su espíritu el más aventajado en la perfección de las virtudes, tengas por bien escribir, a nosotros, rudos e ignorantes, las cosas que en la contemplación divina - como otro Moisés — viste en este mismo monte, y que de allí quieras traernos las tablas divinamente escritas, o sea una doctrina que propongas al nuevo Israel, es decir: aquellos que perfectamente han salido del Egipto espiritual y del mar tempestuoso de este mundo. Y tal como la vara de Moisés hizo maravillas en el mar, así pedimos que con esa lengua divinamente inspirada nos quieras enseñar las cosas en que consiste la perfección de la vida monástica, como gran maestro de ella, para consolación de todos los que han escogido este celestial y santo modo de vida. No pienses que exista por nuestra parte afán de halagarte, ya que bien sabes, oh santo varón, cuan lejos de todo tipo de lisonjas está nuestro género de vida, sino que hemos expresado lo que todos vemos y entendemos con claridad. Confiamos en el Señor, por lo tanto, que en breve nos traigas las letras esculpidas de estas tablas, con las cuales serán correctamente guiados los que desean caminar sin desviaciones, y con ellas nos hagas una escalera que llegue hasta las puertas del cielo, la cual lleve suavemente, sanos y salvos, a todos los que por ella quieran ascender, y sin que las milicias espirituales de los gobernantes de las tinieblas de este mundo y de los príncipes del aire, puedan impedir esta subida. Porque si aquel santo patriarca Jacob, siendo pastor de ovejas, pudo ver en una ocasión aquella escalera tan terrible que llegaba hasta el cielo, con mucha mayor razón el pastor de las ovejas racionales, no solamente verá, sino también armará esta escalera que nos hará seguro el camino hasta Dios, y libre de todo error. Sea Dios siempre contigo, amantísimo y muy venerable padre.

Respuesta de San Juan Clímaco.

Recibí, santo varón, tu venerable carta, no menos digna de la honestidad y religiosidad de tu vida que de tu humilde y limpio corazón, y a la cual este pobre hombre, falto de virtudes, más que carta pudo llamar precepto o mandamiento que excedía sus fuerzas. Reconozco en esta demanda tuya la santidad de tu alma — pues es propio de ella pedir a quien como yo es tan ignorante en palabras como corto en obras, reglas de doctrina y virtud-. Por nuestra parte, para confesar la verdad, nunca hubiéramos osado acometer esta tarea que nos excedía, de no haber sido compelidos por el miedo a faltar a la santa obediencia, que es madre de todas las virtudes. Porque mejor hubiera sido ¡oh admirable padre! que hubieras procurado, para ser instruido en estas materias, a otros más avanzados, ya que nosotros debemos ser contados todavía en el número de los principiantes. Mas ya que nuestros santos padres, maestros de la verdadera sabiduría, dicen que la verdadera y pura obediencia consiste en el cumplimiento de aquellas cosas que exceden las fuerzas del hombre, olvidando mi incapacidad, me aboqué osadamente a cumplir con lo que me has pedido (no porque pueda decir algo de provecho o que tú no sepas mejor que yo — ya que estoy convencido de que los purísimos ojos de tu alma, libres por completo de las tinieblas de las perturbaciones humanas, generadoras de las tinieblas que oscurecen el entendimiento, sin obstáculo ni impedimentos ven la luz divina y por ella son esclarecidos e instruidos).

No obstante, temiendo como dije la muerte de la desobediencia, compelido por este temor y con el deseo de cumplir con tu santo mandamiento, como hijo agradecido, obediente e inútil de un sabio pintor, determiné hacer este dibujo, o mejor dicho, este borrón, y delinear con mi poco saber las reglas y documentos de la vida espiritual, dejando para ti, como gran maestro, añadir los colores, corregir las fallas que hubiere, y tratar más claramente lo que yo no supe explicar.

Este trabajo nuestro lo enviamos sin pensar, por cierto, que pudiera ser de algún provecho — y quiera Dios nunca lo pensemos, pues sería extremada locura, ya que tú eres suficiente, por virtud de Cristo para enseñar, no solamente a los otros, sino también a nosotros, tanto con palabras como con ejemplos de virtud — sino que lo hacemos llegar a esa santa congregación que es como yo instruida por ti — con cuyas oraciones, cual espirituales manos, aliviado del peso de mi ignorancia, quiero comenzar a extender las velas de mi pluma-, entregando a Cristo el gobierno de mi discurso. Confiando, pues, en este socorro y en vuestro mandamiento, dimos comienzo a esta doctrina.

Y ruego a todos aquellos en cuyas manos cayera este libro, que si en él hallaren alguna cosa provechosa, se lo atribuyan a nuestro excelente superior y a él se lo agradezcan, y a nosotros paguen con oraciones, suplicando al Señor nos de el premio sin mirar las cosas que decimos, que en verdad son bajísimas y llenas de ignorancia y simplicidad, sino solamente por la intención y la alegría con que ofrecemos esto, imitando la devoción de aquella viuda del Evangelio (Lc 21), que aunque no ofreció mucho ofreció con mucha voluntad aquello que tuvo. Porque no mira Dios tanto la cantidad de las ofrendas, cuanto la intención y el fervor de la voluntad.

domingo, 3 de abril de 2011

Vida del San Juan Climaco, por Daniel, monje de monasterio de Raitu.

1. Cuál ha sido la ciudad en que nació y creció este devoto varón antes de ingresar en la gloriosa milicia de su profesión, no se sabe con certeza; mas cuál es la que ahora lo alberga, brindándole eternos deleites, mucho antes que nosotros lo declaró el apóstol San Pablo (Ef. 2). Porque él es ahora ciudadano de la celestial Jerusalén, y está, en compañía de los primogénitos "cuya conversación es en los cielos" (Flp.) contemplando, con ojos purísimos y libres de toda materia y tinieblas, aquella invisible hermosura, y recibiendo el glorioso salario por sus trabajos.

Porque gozando de la heredad del reino celestial, para siempre cantará y se alegrará con aquellos cuyos pies estuvieron siempre fijos en la senda de la virtud. Mas ahora hemos de narrar brevemente de qué manera y por qué medios conquistó esta corona.

2. Habiendo alcanzado la edad de dieciséis años, él se ofreció a Cristo en sacrificio santo y agradable, recibiendo sobre sí el yugo de la vida monástica en un convento que estaba sobre el monte Sinaí, pretendiendo con esto que hasta el mismo nombre y condición del lugar visible despertase su corazón, llevase sus ojos a la contemplación del Dios invisible y le convidase a ir hacia él. Desterrándose de esta manera, y alejándose de su patria, y amando la peregrinación, y despidiendo de su corazón toda vana estima y confianza en sí mismo, y abrazando la santa humildad, venció perfectamente al demonio aquel que trabaja por hacer que nos tengamos en algo y confiemos en nosotros mismos.

Por otra parte, inclinando la cabeza, confiando en Dios, y sujetándose perfectamente al padre espiritual, atravesó sin peligro las olas grandes y bravías de esta vida mortal como un experto piloto. Y, progresando día a día en este estado, llegó a estar muerto para el mundo y para sus propias voluntades, a un grado tal que parecía tener el alma del todo despojada del propio parecer y de la propia voluntad. Lo cual era más llamativo por tratarse de él, que anteriormente había sido instruido en el mundo en las ciencias seculares. Y la soberbia y la arrogancia de la humana filosofía suelen por lo general apartar de la humildad y de la sujeción a Cristo.

3. De esta manera permaneció durante diecinueve años, hecho un perfecto dechado de obediencia y sujeción, hasta que falleció el santo padre que lo tenía a su cargo. Entonces, confiando en sus oraciones como en potentísimas armas, pasó a la vida solitaria. Escogió para ello un lugar llamado Thola, que estaba a cinco millas de una iglesia. En este sitio perseveró constantemente por espacio de cuarenta años, con gran alegría y fervor de su espíritu.

4. Mas ¿quién podría, con palabras y alabanzas explicar lo que allí pasó durante tan largo tiempo? ¿cómo se podría sacar a luz lo que allí padeció a solas y sin testigos? Sin embargo, a partir de algunos indicios y de algunas noticias, podremos decir ciertas cosas de la muy santa conducta de este gran santo.

5. Primeramente, en cuanto a la forma de su abstinencia, comía de todos aquellos alimentos que según su profesión era lícito comer, pero de todo poco. Porque comiendo de todo rehuía la nota de singularidad y vanagloria; y comiendo poco vencía la furiosa rabia de la gula, hablando muchas veces con ella y diciéndole: "Calla, calla." Con la soledad, y por el poco trato y compañía de los hombres, apagó de tal modo la llama de la lujuria que ésta ya no le daba pena ni molestia. La avaricia - que el Apóstol llama idolatría- fue vencida por la generosidad y la misericordia para con los otros y la escasez de las cosas necesarias para consigo mismo. Porque contentándose con lo poco, no tenía necesidad de codiciar lo mucho; que es propio de esta pestilencia. A la pereza y a la acedía (que con razón puede llamarse una perpetua muerte del alma) las venció con la memoria de la muerte y con los continuos ejercicios de piedad. Más, a la tiranía de la ira él ya la había degollado con el cuchillo de la obediencia.

En cuanto a su lucha contra el mayor de los vicios, que es la soberbia, a la cual este nuevo Beleel comenzó a vencer con la mansedumbre de la obediencia, debo decir que acabó en victoria cuando el Señor de la celestial Jerusalén , con su presencia levantó contra ella la virtud de la humildad, sin la cual ni es posible vencer al príncipe de este mundo, ni a la flota de vicios que trae consigo.

6. Mas ¿en qué sitio de esta celestial corona pondré la abundancia de sus lágrimas? Rara cosa es ésta, por cierto, y en muy pocos se encuentra. Pues bien, existe, aún hoy día, un secreto refugio — una cueva en la ladera de una montaña-, tan apartado de su celda y de cualquier otra celda cuanto bastase para cerrar puertas y oídos al vicio de la vanagloria. Allí elevaba su voz al cielo con tan grandes gemidos, suspiros y clamores como quien recibiera el cauterio del fuego y otras curas del mismo estilo.

7. Dormía apenas lo necesario como para conservar la claridad y quietud del entendimiento y para no desfallecer por exceso de vigilias. Antes de entregarse al sueño, tenía por costumbre orar largamente y escribir un poco, combatiendo de este modo a la acedía. Pero, en verdad, todo el transcurrir de su vida era oración permanente, continuo ejercicio en el amor de Dios, al cual miraba día y noche en el espejo purísimo de su alma llena de castidad y sin hartarse jamás de ese manjar.

8. Un monje llamado Moisés, que era de los que profesaban la vida solitaria, deseando imitar a este santo varón y ser guiado por él hacia la verdadera sabiduría, pidió a los otros padres que intervinieran en su favor a fin de ser aceptado. Ayudado por tales intercesores, fue finalmente recibido. Al poco tiempo, fue enviado por Juan en busca de buena tierra para agregar al huerto. Yendo, pues, el discípulo a cumplir lo que el Maestro le mandaba, trabajó con gran ahinco hasta el mediodía, en que fatigado por la tarea se concedió un rato de reposo a la sombra de una gran roca que había en el lugar, la cual podía caer en cualquier momento. Mas aquel clementísimo Señor, que tan especial cuidado tiene de sus siervos, al ver el peligro que corría Moisés, le socorrió de esta manera:

9. El gran Juan, nuestro padre, que estaba como tenía por hábito en su celda, recogido en sí mismo y en Dios, fue sorprendido por un suave sueño y tuvo una visión, en la que contempló a un hombre de aspecto venerable que le reprendió de este modo; 'Tú estás aquí, seguramente durmiendo, mientras Moisés, tu discípulo, está en grave peligro." Rápidamente despertó el santo varón y se armó con la oración, rogando con gran fervor por Moisés. Cuando éste regresó, le preguntó si le había pasado algo, y él respondió que se había visto en peligro de que una gran piedra le cayera encima mientras dormía, haciéndolo pedazos, de no haber sido porque estando así oyó la voz de Juan que le despertaba, por lo que dio un gran salto escapando de la roca que en ese momento caía en tierra. Al escuchar estas palabras, el varón de Dios, verdaderamente humilde de corazón, nada dijo de su visión; aunque por otra parte, y en secreto, elevaba su voz en ardientes clamores, cantando himnos a Dios y agradeciendo aquella gracia.

10. Era también este santo varón médico de secretas llagas. Había, en efecto, en aquel tiempo, un monje llamado Isaac, el cual, viéndose arder en el fuego de una tentación carnal acudió a él con gran prisa, y abatido por el dolor de una gran tristeza, descubrió su secreta herida ante el padre Juan. Éste, maravillado ante la fe y la humildad del monje, lo consoló diciendo: 'Oremos, hijo mío, y el Señor, que es clemente y misericordioso, no despreciará nuestros ruegos." Y mientras todavía oraban, estando el religioso enfermo, postrado en tierra, hizo el Señor la voluntad de su siervo: aquella serpiente de la carne huyó, castigada por el látigo de la oración. El monje Isaac, entonces, viéndose libre de la enfermedad, dio muchas gracias a Dios y a su gran servidor.

11. Como pasado un tiempo este padre venerable comenzara a apacentar a las almas que a él venían con el pasto de la palabra de Dios, haciéndoles beber generosamente en el río de la sabiduría divina, ciertos émulos, inflamados con el fuego de la envidia, procuraron estorbar al Maestro afirmando que sólo era un charlatán. Mas él, aun sabiendo que en el Cristo que lo fortificaba todo lo podía, y deseando instruir a aquellos que a él venían en busca de edificación no solamente con palabras, sino mucho más con el silencio y el ejemplo de la paciencia, determinó callar por un tiempo y detener el fluir de aquella corriente celestial, teniendo por más útil que los amadores de la virtud sufrieran este detrimento antes que provocar la ira de aquellos ingratos y malos jueces. Ocurrió entonces que éstos, maravillados ante su gran humildad y modestia, viendo cómo se había cegado una fuente de tanta utilidad, y habiendo sido ellos mismos los culpables de tan grave daño, compungidos se acercaron a él llenos de humildad y, junto con los otros, le pidieron el acostumbrado alimento de su doctrina, lo cual el padre Juan les otorgó benignamente. Y así retornó a proseguir lo comenzado.

12. Y como nuestro padre Juan resplandeciese de esta manera en todo género de virtudes, y como no se hallase ninguno semejante a él, vinieron todos los monjes del monasterio del Sinaí, con un mismo afecto y deseo, y como a un nuevo Moisés, te enseñan de la divina ley, y contra toda su voluntad, le entregaron la conducción de aquel monasterio, para que alumbrase a todos. En lo que no fueron defraudados.

Y así subió también él al monte, y entrando en aquella sagrada niebla, como Moisés recibió la ley escrita por la mano de Dios, gozando primero de su contemplación; y ascendiendo por los escalones de las virtudes intelectuales abrió su boca para que brotara la palabra de Dios, y atrayendo hacia sí el Espíritu, sacó palabras de vida del tesoro de su corazón.

13. Testigo de todo esto son aquellos que se beneficiaron por su boca de las palabras del Espíritu Santo y de su gracia, muchos de los cuales por su doctrina alcanzaron la salvación. Testigo es también el padre Juan, abad del monasterio de Raitu, por cuyos ruegos este santo varón descendió del monte Sinaí trayendo estas tablas escritas por el dedo de Dios, las cuales contienen, exteriormente las reglas de la vida activa, y en su interior las de la vida contemplativa.