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martes, 29 de noviembre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

 



Martes XXV después de Pentecostés
Lucas 12, 42-48
En aquel tiempo dijo el Señor: ¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente, a quien pondrá el amo sobre su servidumbre para distribuirle la ración de trigo a su tiempo? Dichoso ese siervo a quien el amo, al llegar, lo encuentre haciendo así. En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes. Pero si ese siervo dijese en su corazón: Mi amo tarda en venir, y comenzase a golpear a sus siervos y siervas, a comer, beber, y embriagarse, llegará el amo de ese siervo el día que menos lo espere y a la hora que no sabe, y le mandará azotar y le pondrá entre los infieles. Ese siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no se preparó ni hizo conforme a ella, recibirá muchos azotes. El que, no conociéndola, hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos. A quien mucho se le da, mucho se le reclamará, y a quien mucho se le ha entregado, mucho se le pedirá.
Catena Aurea
San Teofilacto
42-43. La parábola antedicha se refiere en general a todos los fieles; pero oíd lo que os afecta a vosotros, apóstoles y doctores. Os pregunto, pues, ¿qué administrador hay que tenga en sí fidelidad y prudencia? Porque, así como en la administración de los bienes se pierden éstos si el administrador no es prudente, aunque sea fiel, o no es fiel, aunque sea prudente, así también es necesario fidelidad y prudencia en las cosas divinas. He conocido a muchos que, adorando a Dios y siendo fieles, no podían ocuparse con prudencia de asuntos religiosos y no solamente perdían los bienes, sino también las almas, tratando a los pecadores con un celo indiscreto, ya por preceptos inmoderados de penitencia, ya por una mansedumbre inoportuna.
Cualquiera, pues, que se encuentre fiel y prudente, presida a la familia del Señor para darle la medida de trigo en todo tiempo, ya sea por medio de la predicación con que el alma se alimenta, ya por medio del buen ejemplo por el que la vida se endereza.
44. «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente?» O bien, los pondrá sobre todos sus bienes, no sólo sobre su familia, sino sobre todas las cosas del cielo y de la tierra que someterá a su obediencia, como estuvieron Josué y Elías mandando el primero al sol y el segundo a las nubes, y todos los santos, como amigos de Dios, usan de todo lo que le pertenece. Todo el que practica la virtud y dirige perfectamente a sus siervos -es decir la ira y la concupiscencia-, ofreciéndoles la medida de trigo en todos los tiempos -esto es, de la ira, para que se indignen contra los que aborrecen al Señor y de la concupiscencia, para que usando de la carne en debida forma, la encaminen a Dios- quedará constituido sobre todo lo que Dios tiene y será digno de conocer con plena claridad todas las cosas.
45-46. Muchas veces por no pensar en nuestra última hora cometemos muchos pecados, porque si pensáramos que el Señor ha de venir y que nuestra vida ha de concluir pronto, pecaríamos menos. Por esto prosigue: «Pero si aquel siervo se dice en su corazón: “Mi señor tarda en venir”, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse…»
El administrador infiel recibirá muy justamente el castigo de los infieles, porque careció de verdadera fe.
47-48. Aquí el Señor nos da a conocer algo más grande y terrible, puesto que no sólo el administrador infiel quedará privado de la gracia recibida para que nada pueda librarlo de los castigos, sino que más bien la mayor dignidad que alcanzó le servirá de condenación. Por esto sigue: «Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes.»
Algunos objetan esto, diciendo: con razón es castigado todo aquel que, conociendo la voluntad del Señor, no la sigue. Pero, ¿por qué es castigado el que la desconoce? Porque habiendo podido conocerla no quiso, y por su pereza fue él mismo la causa de su ignorancia.
En seguida el Señor da a conocer por qué la pena que se imponga a los doctores y a los sabios será más intensa cuando dice: «A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más.» A los doctores se concede la gracia de hacer milagros, pero se les confía la de la predicación y la enseñanza. Y no dice que se le pida más en lo que se le ha dado, sino en lo que se le ha confiado o depositado en él. Porque la gracia de la palabra necesita desarrollo y se pide al doctor más de lo que ha recibido. No debe, por tanto, estar ocioso, sino cultivar el talento de la palabra.
San Beda el Venerable
39-41. El Señor advertía dos cosas en esta parábola: primero, que El vendría de pronto; y segundo, que se debía estar preparado para recibirlo. Pero no se manifiesta claramente cuál de estas dos cosas preguntó San Pedro o si preguntó las dos a la vez, ni a quiénes se refería al decir todos cuando preguntó: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» Y por tanto, cuando dice nosotros y todos, es de creer que habla de los apóstoles y de los que se les asemejaban y de los demás fieles, o de los cristianos y los infieles, o de los que van muriendo uno a uno recibiendo de buen o mal grado la venida de su juez y los que, cuando llegue el juicio universal estén aún vivos en la carne. Sería extraño que San Pedro dudase que deben vivir en la sobriedad, la piedad y la justicia los que aguardan la esperanza bienaventurada, o que hubiera de ser imprevisto el juicio de todos y el de cada uno. Por lo que sólo falta decir que, conociendo bien ambas cosas, preguntaba lo que podía ignorar, a saber: si la sublime enseñanza de la vida celestial, por la que había mandado vender los bienes, hacer bolsas que no envejeciesen, tener ceñidos los lomos y vigilar con las antorchas encendidas, se refería a los apóstoles y a sus semejantes, o a todos los que deben salvarse.
42-44. Tanta como sea la diferencia que hay entre los méritos de los que oyen bien y de los que enseñan bien, así será la diferencia de sus premios. Cuando el que ha de venir los encuentre vigilando, los hará sentarse a su mesa. Mas a los que encuentre administrando fiel y prudentemente, los colocará sobre todo lo que posee, es decir sobre todas las alegrías del reino de los cielos. No hará esto para que tengan solos el dominio de ellos, sino para que disfruten de su posesión eterna con mayor abundancia que los demás santos.
45-46. Observa que entre los defectos del siervo malo cuenta el de que cree que su señor tarda en volver; y entre las virtudes del bueno no cuenta que esperó que viniese pronto, sino solamente que le sirvió con fidelidad. Nada hay mejor que soportar con paciencia la ignorancia de lo que no podemos saber y entre tanto trabajemos para que se nos encuentre idóneos.
En este siervo se da a conocer la condenación de todos los superiores malos, quienes, menospreciando el temor de Dios, no sólo se entregan a la lujuria, sino que también llenan de injurias a los que tienen a sus órdenes. Aquí puede entenderse por maltratar a los siervos y criados el corromper los corazones de los débiles con el mal ejemplo: comer, beber y embriagarse, u ocuparse en los delitos y placeres mundanos que enloquecen al hombre. Acerca de su castigo añade: «Vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera (esto es, en la hora del juicio o de la muerte) y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles.»
También puede entenderse que lo dividirá separándolo de la comunidad de los fieles y asociándolo a los que nunca pertenecieron a la fe. Por esto prosigue: «Y le dividirá y pondrá su parte con los desleales», porque el que no se cuida de los suyos y de sus domésticos niega la fe y es peor que el infiel, como dice el Apóstol (1Tim 5,8).
47-48. A veces se da mucho a algunas personas juntamente con el conocimiento de la voluntad de Dios y la facultad de cumplir lo que conocen, pero se encomienda mucho a aquél a quien se confía con su propia salud el cuidado de apacentar al rebaño del Señor. Por tanto, como son dotados de gracias más importantes, si faltan merecen mayor castigo. Y los que, fuera de la culpa original con la que vinieron al mundo, no cometan ningún pecado merecerán la menor de las penas. En cuanto a los demás que cometieron recibirán un castigo tanto más tolerable, cuanto menor fue aquí su iniquidad.
San Basilio el Grande
43. No dice obrando por casualidad, sino así haciendo. Porque no sólo conviene vencer, sino pelear convenientemente, lo que consiste en hacer cada cosa según se nos ha mandado. (in Cat. graec. Patr. ex Asceticis)
46. El cuerpo no se divide de modo que una parte sea entregada a los tormentos y la otra perdonada, porque no es racional ni justo que, delinquiendo el todo, sólo la mitad sufra la pena. Ni tampoco el alma puede dividirse, porque está unida totalmente a la conciencia culpable y ha cooperado con el cuerpo a obrar mal. Esta división del alma consiste en su perpetua separación del Espíritu. Ahora, pues, aun cuando la gracia del Espíritu no esté con los que no lo merecen, parece que en cierto modo los asiste esperando su conversión a la salud, hasta que se separare en absoluto del alma. El Espíritu Santo es, pues, tanto el premio de los justos como la primera condenación de los pecadores porque los indignos lo pierden. (In lib. de Spiritu Sancto, cap. 16)
47-48. Pero se dirá: Si éste sufre muchos castigos y aquél pocos, ¿por qué se dice que estos castigos no tendrán fin? Mas téngase en cuenta que aquí se habla, no de la medida de las penas o de su fin, sino de la diferencia entre ellas, porque alguno puede ser digno del fuego eterno más o menos intenso, y del gusano que ha de atormentar siempre con más o menos fuerza. (In Regulis brevioribus, ad interrogat. 267)
San Juan Crisóstomo, Homilía 77 sobre San Mateo.
«Estad a punto» (cf. Lc 12,47).
“Es a la hora que menos pensáis que vendrá el Hijo del hombre.” Jesús dice esto a los discípulos a fin de que no dejen de velar, que estén siempre a punto. Si les dice que vendrá cuando no lo esperarán, es porque quiere inducirlos a practicar la virtud con celo y sin tregua. Es como si les dijera: “Si la gente supiera cuando va a morir, estarían perfectamente preparados para este día”. Pero el momento del fin de nuestra vida es un secreto que escapa a cada hombre.
Por eso el Señor exige a su servidor, dos cualidades: que sea fiel, a fin de que no se atribuya nada de lo que pertenece a su señor, y que sea sensato, para administrar convenientemente todo lo que se le ha confiado. Así pues, nos son necesarias estas dos cualidades para estar a punto a la llegada del Señor. Porque mirad lo que pasa por el hecho de no conocer el día de nuestro encuentro con él: uno se dice: “Mi amo tarda en llegar”. El servidor fiel y sensato no piensa así. Desdichado, bajo pretexto de que tu Amo tarda ¿piensas que no va a venir ya? Su llegada es totalmente cierta. ¿Por qué, pues, no permaneces en tu puesto? No, el Señor no tarda en venir; su retraso no está más que en la imaginación del mal servidor.
San Fulgencio de Ruspe, Sermón 1: CCL 91A, 889.
«¿Quién es el administrador fiel y prudente?» (Lc 12,42).
Para precisar el papel que deben desempeñar los servidores que él ha puesto a la cabeza de su pueblo, el Señor dice esta frase que trae el Evangelio: «¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así». ¿Quién es este amo, hermanos míos? Sin duda alguna es Cristo que dijo a sus discípulos: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y hacéis bien porque lo soy» (Jn 13,13). ¿Y cuál es la gente de la casa de este amo? Evidentemente que es la que el mismo Señor ha rescatado de las manos del enemigo y que ha hecho de ella su propiedad. Esta gente de la casa es la Iglesia santa y universal que se extiende por el mundo con maravillosa fecundidad y se gloria de ser rescatada al precio de la sangre del Señor…
Si nos preguntamos por esta medida de trigo, san Pablo nos dice: «Es la medida de la fe que Dios os ha otorgado» (Ro 12,3). Lo que Cristo llama medida de trigo, Pablo dice medida de la fe, para enseñarnos que no hay otro trigo espiritual que el venerable misterio de la fe cristiana. Esta medida de trigo os la damos en nombre del Señor cada vez que, iluminados por el don espiritual de la gracia, os hablamos según la regla de la verdadera fe. Esta medida, la recibís por los administradores del Señor cada día que escucháis de boca de sus servidores la palabra de verdad. Que sea nuestro alimento esta medida de trigo que Dios nos distribuye. Sea el alimento de nuestra buena conducta para llegar a la recompensa de la vida eterna. Creamos en el que se da a sí mismo como alimento a nosotros para que no desfallezcamos en el camino, y que se reserva como nuestra recompensa para que encontremos el gozo en la patria. Creamos y esperemos en él; amémosle sobre todo y en todo. Porque Cristo es nuestro alimento y será nuestra recompensa. Cristo es el alimento y el consuelo de los viajeros en el camino; saciedad y exultación de los bienaventurados en su descanso.
Más, ¿quién es el administrador fiel y prudente? El apóstol Pablo nos lo enseña cuando, hablando de él mismo y de sus compañeros, dice: «Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador lo que se busca es que sea fiel» (1Co 4,1-2). Y para que nadie de entre nosotros piense que sólo los apóstoles han llegado a ser administradores o para que un servidor perezoso e infiel no abandone el combate espiritual y se ponga a dormir, el santo apóstol da a entender que también los obispos son administradores: «Porque el obispo, siendo administrador de Dios, tiene que ser intachable» (Tit 1,7). Somos, pues, los servidores del Padre de familia, los administradores del Señor, y hemos recibido la ración de trigo para distribuirla entre vosotros.

jueves, 17 de noviembre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

 





Jueves XIII después de Pentecostés
Lucas 11, 14-23
En aquel tiempo Jesús expulsó un demonio de un hombre enfermo que estaba mudo, y así que salió el demonio, el mudo habló. Las muchedumbres se admiraron, pero algunos de ellos dijeron: Por el poder de Belcebú, príncipe de los demonios, expulsa Éste los demonios; otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo su pensamiento, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo será devastado, y caerá casa sobre casa. Si, pues, Satanás se halla dividido contra sí mismo, ¿Cómo se mantendrá su reino? Puesto que decís que por poder de Belcebú expulso yo los demonios. Si yo expulso a los demonios por Belcebú, vuestros hijos, ¿por quién los expulsarán? Por esto ellos mismos eran vuestros jueces. Pero, si expulso a los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte bien armado guarda su palacio, están seguros sus bienes; pero si llega uno más fuerte que él, le vencerá, le quitará las armas en que confiaba y repartirá su botín. El que no está conmigo, está contra mí, y el que conmigo no recoge, desparrama.

Simeón el Nuevo Teólogo, 27 : SC 113,116-118
«El que no recoge conmigo, desparrama» (Lc 11, 23)
Los que son amigos de Dios y le aman, los que lo poseen en su interior como un tesoro inviolable, acogen los insultos y las humillaciones con una alegría y una felicidad indecibles (Mt 5,10-12). Rebosan amor y un amor sincero hacia los que les hacen sufrir todo esto, como bienhechores... El que no conoció caída alguna, el Señor Jesús nuestro Dios, fue golpeado, para que los pecadores que le imitan no sólo reciban el perdón, sino que lleguen a participar de su divinidad por su obediencia. El que no acepta las afrentas con humildad de corazón, el que se avergüenza de imitar los sufrimientos de su Maestro, entonces, también Cristo se avergonzará de él, en presencia de los ángeles (Lc 9,26)
Fue abofeteado, cubierto de escupitajos, crucificado: estremeceos, hombres, temblad, y soportad también vosotros con alegría los insultos que Dios sufrió por nuestra salvación. Dios recibe una bofetada del último de sus siervos (Jn 18,22) para darte un ejemplo de victoria; ¿y tú no aceptas el mismo tratamiento por parte de uno de tus semejantes? Si te avergüenzas de llegar a ser imitador de Dios, ¿cómo reinarás con él? Si, esperándolo, no eres paciente en las vejaciones, ¿Cómo serás glorificado con él en el Reino de los cielos?

San Cipriano de Cartago
«El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama» (Lc 11,23)
Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre. El Señor nos lo advierte cuando dice: «Quien no está conmigo está contra mí, quien no recoge conmigo, desparrama.» El que rompe la paz y la concordia de Cristo actúa contra Cristo. El que recoge fuera de la Iglesia, desparrama la Iglesia de Cristo.
El Señor dice: «El Padre y yo somos uno.» (Jn 10,30) Está escrito, a propósito del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: «... los tres están de acuerdo.» (cf 1Jn 5,7) ¿Quién, a partir de aquí, creerá que la unidad que tiene su origen en esta armonía divina, pueda ser rota en pedazos en la Iglesia...por conflictos de la voluntad? El que no observa esta unidad no observa la ley de Dios ni la fe en el Padre ni en el Hijo; no obtendrá ni la vida ni la salvación.
Este sacramento de la unidad, este lazo de concordia en una cohesión indisoluble se nos muestra en el evangelio por la túnica del Señor. No puede ser dividida ni rota, sino que echarán la suerte para saber a quién le toca revestirse de Cristo. (cf Jn 19,24)... Es el símbolo de la unidad que viene de arriba.

Orígenes, Sobre Josué, 15, 1-4: SC 71, 331-345
«Estaba Jesús echando un demonio mudo» (Lc 11,14)
En la guerra contra los moabitas y amonitas, Josué [que lleva el mismo nombre que Jesús] «mató a todos los reyes con la espada» (Jos 11,12). Estábamos todos «bajo el domino del pecado» (Ro 6,12); todos, todos estábamos bajo el dominio de las malas pasiones. Cada uno mantenía en sí un rey particular que reinaba en él y le dominaba. Por ejemplo, a uno le dominaba la avaricia, a otro el orgullo, a otro la mentira; a uno le dominaban las pasiones carnales, otro sufría el reino de la cólera. Había, pues, en cada uno de nosotros y antes de tener fe, un reino de pecado.
Pero cuando vino Jesús, mató a todos los reyes que detentaban en nosotros los reinos del pecado, y nos enseñó a matarlos a todos sin dejar escapar a ninguno. Si se conserva en vida, aunque sea uno tan sólo, no se podrá pertenecer al ejército de Jesús. Porque el Señor Jesús nos ha purificado de toda clase de pecado; los ha destruido a todos. En efecto, todos «nosotros con nuestra insensatez y obstinación, íbamos fuera de camino; éramos esclavos de pasiones y placeres de todo género, nos pasábamos la vida fastidiando y comidos de envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros» (Tit 3,3), con todas las clases de pecados que se encontraban en los hombres antes de creer. Es muy verdadero decir que Jesús mató a todos los que salían para armar guerra; porque no hay pecado tan grande que Jesús no pueda poner sus pies encima, él que es el Verbo y la «Sabiduría de Dios» (1Co, 1,24). Él triunfa de todo, es vencedor de todo.
¿No creemos que todos los pecados, cualesquiera que sean, son echados fuera de nosotros cuando venimos al bautismo? Es lo que dice el apóstol Pablo quien después de haber enumerado todas las clases de pecados, añade finalmente: «Así erais algunos. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron invocando al Señor Jesucristo y al Espíritu de nuestro Dios» (1Co 6,11).
Si las guerras (del Antiguo Testamento) no fueran símbolo de las guerras espirituales, pienso que nunca los libros históricos de los judíos se hubieran transmitido a los discípulos de Cristo que ha venido para traer la paz. Nunca los hubieran transmitido los apóstoles como lectura pública en las asambleas. ¿Para qué servirían tales descripciones de guerras a aquéllos que oyen a Jesús que dice: «La paz os dejo, mi paz os doy», (Jn 14,27) a aquéllos a quienes manda Pablo: «No os toméis la justicia por vuestra mano.»? (Ro 12,19) y «¿No sería preferible soportar la injusticia y permitir ser despojados?» (1Cor 6,7)
Pablo sabe muy bien que ya no tenemos que ganar batallas materiales, sino que hay que luchar con gran esfuerzo en nuestra alma contra nuestros adversarios espirituales. Como un jefe de ejército, nos da este precepto a los soldados de Cristo: «Revestíos de las armas que Dios os ofrece para que podáis resistir a las asechanzas del diablo.» (Ef 6,11) Y para poder aprovecharnos de los ejemplos de nuestros antepasados en las guerras espirituales, quiso que sea leído en la asamblea el relato de sus hazañas. Así, si somos hombres espirituales, nosotros que sabemos que la ley es «espiritual» (cf. Ro 7,14) nos acercamos en estas lecturas a las realidades espirituales en términos espirituales. (cf. 1Cor 2,13) Así contemplamos a través de estas naciones que atacaron materialmente al pueblo de Israel, el poder de las «naciones espirituales» enemigas interiores, los espíritus malos que están en el aire (cf. Ef 6,12) que levantan las guerras contra la Iglesia del Señor, el nuevo Israel.

San Basilio el Grande, Homilías y discursos, Homilía IX, IX-X.
Se le llama Satanás porque se opone al bien. Tiene este significado en lengua hebrea, como sabemos por los Libros de los Reyes: Y el Señor hizo surgir un satanás contra Salomón levantó a Hader, el Idumeo (III Reyes, 11,14). Se le llama diablo porque es a la vez cómplice de nuestro pecado y acusador; se regocija en nuestra pérdida, pero también denuncia nuestras obras. Su naturaleza es incorpórea, según las palabras del apóstol: Nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los (…) espíritus del mal (Ef 6,12). Su oficio es el de un líder, también según las palabras del apóstol: Nuestra lucha es contra los príncipes, contra los maestros de esta oscuridad (Ef 6, 2). El lugar donde se asienta su regla es el aire, como dice el mismo apóstol: Según el gobernante de la potestad del aire, del espíritu que ahora opera en los hijos de la desobediencia (Ef 2,2). Por eso también se le llama el soberano del mundo, porque su dominio se ejerce alrededor de la tierra. Así dice el Señor: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera (Jn 12,31); y otra vez: Viene el príncipe de este mundo, y nada hallará en mí (Jn 14,30). Pero porqué del ejército del diablo se dijo que son espíritus del mal en los lugares celestiales (Ef 6,12), se ha de saber que la Escritura suele llamar cielo al aire, como en los siguientes textos: Las aves del cielo (Mt 6, 26) y: Asciende a los cielos (Sal 106, 26), es decir, asciende a las regiones más altas del aire. Por eso también el Señor vio a Satanás caer del cielo como un rayo (Lc 10, 18)

martes, 15 de noviembre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA



Martes XXIII después de Pentecostés
Lucas 11, 1-10
En aquel tiempo, estando Jesús orando en cierto lugar, así que acabó, le dijo uno de los discípulos: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñaba a sus discípulos. Él les dijo: Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino; danos cada día nuestro pan de vida; perdónanos nuestras deudas, porque también nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos pongas en tentación, mas líbranos del maligno. Y les dijo: Si alguno de vosotros tuviere un amigo y viene a él a medianoche y le dijera: “Amigo, préstame tres panes, pues un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo qué darle”; y él, respondiendo de dentro, le dijese: “No me molestes, pues la puerta está ya cerrada, y mis niños están ya conmigo en la cama, no puedo levantarme para dártelos,” yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Os digo, pues: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre.

San Agustín de Hipona, Carta 130, a Proba sobre la oración dominical 11-12.
«Enséñanos a orar» (Lc 11,1).
A nosotros, cuando oramos, nos son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos descubren lo que debemos pedir; pero lejos de nosotros el pensar que las palabras de nuestra oración sirvan para mostrar a Dios lo que necesitamos o para forzarlo a concedérnoslo. Por tanto, al decir: Santificado sea tu nombre, nos amonestamos a nosotros mismos para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos; lo cual, ciertamente, redunda en bien de los mismos hombres y no en bien de Dios. Y cuando añadimos: Venga a nosotros tu reino, lo que pedimos es que crezca nuestro deseo de que este reino llegue a nosotros y de que nosotros podamos reinar en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente, lo queramos o no. Cuando decimos: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, pedimos que el Señor nos otorgue la virtud de la obediencia, para que así cumplamos su voluntad como la cumplen sus ángeles en el cielo. […]
Cuando decimos: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, nos obligamos a pensar tanto en lo que pedimos como en lo que debemos hacer, no sea que seamos indignos de alcanzar aquello por lo que oramos. […] Cuando decimos: Líbranos del maligno, recapacitamos que aún no estamos en aquel sumo bien en donde no será posible que nos sobrevenga mal alguno movido por el enemigo. Y estas últimas palabras de la oración dominical abarcan tanto, que el cristiano, sea cual fuere la tribulación en que se encuentre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabras con que empezar su oración, la reflexión en la cual meditar y las expresiones con que terminar dicha oración.
Es, pues, muy conveniente valerse de estas palabras para grabar en nuestra memoria todas estas realidades. Porque todas las demás palabras que podamos decir […], no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente.

Sermón 80.
«Enséñanos a orar» (Lc 11,1).
¿Creéis, hermanos, que Dios no sabe lo que os es necesario? El que conoce nuestro desamparo, conoce anticipadamente nuestros deseos. Por eso, cuando el Señor enseñó el Padrenuestro, recomendó a sus discípulos a ser sobrios en palabras: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras como los paganos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis» (Mt 6,7-8). Si nuestro Padre sabe lo que nos hace falta ¿por qué decírselo, aunque sea en pocas palabras?… Señor, si Tú lo sabes, ¿es necesario orar?
Ahora bien, el que aquí nos dice: «No uséis muchas palabras en vuestras oraciones» nos dice en otra parte: «Pedid y recibiréis», y para que nadie crea que lo dice como de paso, en otra parte añade: «Buscad y hallaréis», y para que nadie piense que es una simple manera de hablar, mirad cómo termina: «Llamad y se os abrirá» (Mt 7,7). Quiere, pues, el Señor que, para recibir, primero pidas, que para hallar primero te pongas a buscar, y, en fin, para entrar no dejes de llamar… ¿Para qué pedir? ¿Para qué buscar? ¿Para qué llamar? ¿Para qué cansarnos orando, buscando, llamando como para hacer saber al que ya lo sabe todo? E incluso leemos en otra parte: «Es preciso orar sin parar, sin cansarse» (Lc 18,1). Pues bien, para aclarar este misterio ¡pide, busca, llama! Si el Señor cubre de velos este misterio, es que quiere que te ejercites en buscar y encontrar tú mismo la explicación. Todos nosotros debemos alentarnos mutuamente a orar.

San Cipriano, Tratado de la oración dominical, 8-9,11: PL 4, 520-523.
«Padrenuestro» (Lc 11,1-4,).
¡Cuán grandes y abundantes riquezas se encierran en la oración del Señor! Están recogidas en pocas palabras, pero tienen una densidad espiritual inmensa, hasta tal punto que no falta nada en este compendio de la doctrina celestial sobre la oración. Nos dice: “Orad así: Padre Nuestro que estás en los cielos!” (Mt 6,9)
El hombre nuevo, nacido de nuevo por la gracia y vuelto a su Dios, dice para comenzar: “Padre”, porque ha sido hecho hijo. “Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron: A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios.” (Jn 1,11-12) El que ha creído en su nombre y que ha llegado a ser hijo de Dios debe iniciar su oración dando gracias y proclamando que es hijo de Dios. No basta, hermanos muy queridos, con tener conciencia que invocamos al Padre que está en los cielos. Añadimos: “Padre Nuestro”, es decir, Padre de aquellos que creen, de aquellos que han sido santificados por Él y han nacido de nuevo por la gracia: éstos han empezado a ser hijos de Dios…
¡Cuán grande es la misericordia del Señor, cuán grandes su favor y su bondad al enseñarnos orar así en presencia de Dios y llamarlo Padre. Y como Cristo es Hijo de Dios, así nosotros también somos llamados hijos. Nadie de entre nosotros se hubiera atrevido nunca a emplear esta palabra en la oración. Era necesario que el Señor nos animase a ello.
He aquí que el Señor nos dice como debemos de orar: «Padre nuestro que estás en los cielos». El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: «Padre» porque ya ha empezado a ser hijo «El vino a su casa, dice el Evangelio, y los suyos no le recibieron, pero a cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios: a aquellos que creen en su nombre» (Jn.1,11-12) Por esto el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe de comenzar a devolver su gracia proclamándose hijo de Dios y llamando a Dios Padre que estás en los cielos…
¡Que grandísima indulgencia y que inmensa bondad del Señor para con nosotros! Él ha querido que ofreciéramos nuestra plegaria a Dios llamándole Padre. Y lo mismo que Cristo es Hijo de Dios, ha querido que también nosotros llevemos el nombre de hijos de Dios. Este nombre, de entre nosotros, nadie hubiera osado ponerlo en la oración si Él mismo no lo hubiera hecho.
Nosotros debemos recordarnos mutuamente, hermanos amados, y debemos saber que los que llamamos a Dios Padre, nuestro comportamiento debe ser de hijos de Dios, porque El se complace en nosotros, como nosotros nos complacemos en El. Conduzcámonos como templos de Dios (1Co 3,16), y Dios permanecerá en nosotros.

San Juan Damasceno, Homilía sobre la Transfiguración, 10: PG 96, 545.
«Un día, en alguna parte, Jesús rezaba» (Lc 11,1).
«Jesús rezaba aparte» (Lc 9,18). La oración encuentra su fuente en el silencio y la paz interior; es ahí donde se manifiesta la gloria de Dios (cf. Lc 9,29). Porque, cuando cerremos los ojos y los oídos, cuando nos encontremos dentro en presencia de Dios, cuando liberados de la agitación del mundo exterior estemos dentro de nosotros mismos, entonces veremos claramente en nuestras almas el Reino de Dios. Porque el Reino de los cielos o, si se prefiere, el Reino de Dios, está en nosotros mismos: es Jesús nuestro Señor quien nos lo dijo (Lc 17,21).
Sin embargo, los creyentes y el Señor rezan de modo diferente. Los servidores, en efecto, se acercan al Señor en su oración, con un temor mezclado de deseo, y la oración se hace para ellos un viaje hacia Dios y hacia la unión con Él, que los alimenta de su propia sustancia y los fortalece. ¿Pero Cristo, cuya alma santa es el mismo Verbo de Dios, cómo va a rezar? ¿Cómo el Maestro va a presentarse en una actitud de petición? Si lo hace ¿no es que después de haber revestido nuestra naturaleza, quiere instruirnos y mostrarnos el camino que, por la oración, nos hace subir hacia Dios? ¿No quiere enseñarnos que la oración contiene en su seno la gloria de Dios?

Homilía del siglo V sobre la oración: PG 64, 461.
«Enséñanos a orar» (Lc 11,1).
El bien supremo es la oración, la conversación familiar con Dios. Ésta es la relación que tenemos con Dios y la unión con él. Igual que los ojos del cuerpo quedan iluminados al ver la luz, asimismo el alma que tiende hacia Dios queda iluminada por su inefable luz. La oración no es efecto de una actitud exterior sino que viene del corazón. No queda reducida a unas horas o a momentos determinados sino que es una actividad continua, tanto de día como de noche. No nos contentemos orientando nuestro pensamiento a Dios durante el tiempo dedicado exclusivamente a la oración, sino que cuando otras ocupaciones nos absorben –como son el cuidado de los pobres o cualquier otra ocupación dirigida a una obra buena y útil- es importante mantener al mismo tiempo el deseo y el recuerdo de Dios, a fin de ofrecer al Señor del universo un alimento muy suave, sazonado con la sal del amor de Dios. Podemos sacar de ahí una gran ventaja para toda la vida si consagramos a ella buena parte de nuestro tiempo.
La oración es la luz del alma, el verdadero conocimiento de Dios, la mediación entre Dios y los hombres. A través de ella el alma se eleva hacia el cielo y abraza al Señor con un abrazo inexpresable. Como un niño de pecho hace con su madre, el alma llama a Dios llorando, hambrienta de la leche divina. Expresa sus deseos más profundos y recibe regalos que sobrepasan todo lo que se puede ver en la naturaleza. La oración con la cual nos presentamos con respeto delante de Dios, es gozo para el corazón y descanso del alma.

San Siluan Athonita, Escritos.
«Cuando oréis» (Lc 11,2).
Si quieres orar con el espíritu y corazón unidos y no lo alcanzas, di la plegaria con los labios y fija tu espíritu en las palabras de la plegaria, tal como está escrito en la Escalera Santa [de san Juan Clímaco]. Con el tiempo el Señor te dará la “oración del corazón”, sin distracción, y tú orarás con facilidad. Algunos, en el esfuerzo de la oración, habiendo forzado a la inteligencia a descender hasta su corazón, lo han estropeado hasta tal punto que han llegado a no poder ni tan sólo pronunciar la plegaria con los labios. Pero tú, conoces la ley de la vida espiritual: los dones sólo se conceden al alma simple, humilde y obediente. Al que es obediente y comedido en todo –en comida, en palabras y en movimientos- el Señor le dará la oración, y se realizará con facilidad en su corazón.
La oración incesante procede del amor, pero se pierde por los juicios, las vanas palabras y la intemperancia. El que ama a Dios puede pensar en él día y noche, porque ninguna ocupación puede dificultarle el amar a Dios. Los apóstoles amaban al Señor sin que el mundo se lo impidiera y, sin embargo, se acordaban del mundo, oraban por él y se dedicaban a la predicación. Por el contrario, se dijo a san Arsenio: “huye de los hombres”, pero el Espíritu divino nos enseña, incluso en el desierto, a orar por los hombres y por el mundo entero.

Ambrosio de Milán, Obras de San Ambrosio, t. I, BAC, 1966, p. 386-388
«Al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite» (Lc 11,8)
Si alguno de vosotros tiene un amigo y viniere a él media noche y le dijere: Amigo, préstame tres panes… Este es un Pasaje del que se desprende el precepto de que hemos de orar en cada momento no sólo de día, sino también de noche; en efecto, ves que este que a media noche va a pedir tres panes a su amigo y persevera en esa demanda instantemente, no es defraudado en lo que pide. Pero ¿qué significan estos tres panes? ¿Acaso no son una figura del alimento celestial?; y es que, si amas al Señor tu Dios, conseguirás sin duda, lo que pides no sólo en provecho tuyo, sino también en favor de los otros. Pues ¿quién puede ser más amigo nuestro que Aquel que entregó su cuerpo por nosotros? David le pidió a media noche panes y los consiguió; porque en verdad lo pidió cuando decía: Me levantaba a media noche para alabarte (Sal 118,62); por eso mereció esos panes que después nos preparó a nosotros para que los comiéramos. También los pidió cuando dijo: Lavaré mi lecho cada noche (Sal 6,7); y no temió despertar de su sueño a quien sabe que siempre vive vigilando.
Haciendo caso, pues, a las Escrituras, pidamos el perdón de nuestros pecados con instantes oraciones, día y noche; pues si hombre tan santo y que estaba tan ocupado en el gobierno del reino alababa al Señor siete veces al día (Sal 118,164), pronto siempre a ofrecer sacrificios matutinos y vespertinos, ¿qué hemos de hacer nosotros, que debemos rezar más que él, puesto que, por la fragilidad de nuestra carne y espíritu, pecamos con más frecuencia, para que no falte a nuestro ser, para su alimento, el pan que robustece el corazón del hombre (Sal 103,1), a nosotros que estamos ya cansados del camino, muy fatigados del transcurrir de este mundo y hastiados de las cosas de esta vida?
No quiere decir el Señor que haya que vigilar solamente a media noche, sino en todos los momentos; pues Él puede llamar por la tarde, o a la segunda o tercera vigilia. Bienaventurados, pues, aquellos siervos a los que encuentre el Señor vigilantes cuando venga. Por tanto, si tú quieres que el poder de Dios te defienda y te guarde (Lc 12,37), debes estar siempre vigilando; pues nos cercan muchas insidias, y el sueño del cuerpo frecuentemente resulta peligroso para aquel que, durmiéndose, perderá de seguro el vigor de su virtud. Sacude, pues, tu sueño, para que puedas llamara la puerta de Cristo, esa puerta que pide también Pablo se le abra para él, pidiendo para tal fin las plegarias del pueblo, no confiándose sólo en las suyas; y así pueda tener la puerta abierta y pueda hablar del misterio de Cristo (Col 4,3).
Quizás sea ésta la puerta que vio abierta Juan; pues, al verla dijo: Después de estas cosas tuve una visión y vi una puerta abierta en el cielo, y la voz aquella primera que había oído como de trompeta me hablaba y decía: Sube acá y te mostraré las cosas que han de acaecer (Ap 4,1). En verdad, la puerta ha estado abierta para Juan, y abierta también para Pablo, con el fin de que recibiesen los panes que nosotros comeremos. Y, en efecto, este ha perseverado llamando a la puerta oportuna e importunamente (II Tim 4,2) para dar nueva vida, por medio de la abundancia del alimento espiritual, a los gentiles que estaban cansados del camino de este mundo.
Este pasaje, primero por medio de un mandato, y después a través del ejemplo, nos prescribe la oración frecuente, la esperanza de conseguir lo pedido y una especie de arte para persuadir a Dios. En verdad, cuando se promete una cosa se debe tener esperanza en lo prometido, de suerte que se preste obediencia a los avisos y fe a las promesas, esa fe, que, mediante la consideración de la piedad humana, logra enraizar en si misma una esperanza mayor en la bondad eterna, aunque todo con tal que se pidan cosas justas y la oración no se convierta en pecado (Sal 108,7). Tampoco Pablo tuvo vergüenza en pedir el mismo favor repetidas veces, y eso con objeto de que no pareciera que desconfiaba de la misericordia del Señor, o que se quejaba con arrogancia de que no había obtenido lo que pedía con su primera oración; por lo cual —dijo— he rogado tres veces al Señor (2 Cor 12,8); con eso nos enseñó que, con frecuencia, Dios no concede lo que se le pide por la razón de que sabe que, lo que creemos que nos va a ser bueno, nos va a resultar perjudicial.

San Hilario de Poitiers, Sobre la Trinidad, I, 37-38.
«Pedid y se os dará, buscad y hallaréis» (Lc 11,9).
Lo sé muy bien, oh Dios, Padre todopoderoso, ofrecerme a ti para que todo en mí hable de ti, es el principal deber de mi vida. Me has concedido el don de la palabra, y no puede darme recompensa mayor que el honor de servirte y de enseñar al mundo que lo ignora, al hereje que lo niega, que Tú eres, Tú, el Padre del Hijo único de Dios. ¡Sí, verdaderamente eso es mi único deseo! Pero tengo gran necesidad de implorar el auxilio de tu misericordia a fin de que, con el aliento de tu Espíritu, hinches las alas de mi fe, tensadas por ti, y que me empujes a predicar por todas partes tu santo nombre. Porque tú no has hecho en balde esta promesa: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá».
Pobres como somos, imploramos eso que nos hace falta. Nos aplicaremos con celo al estudio de tus profetas y de tus apóstoles; llamaremos a todas las puertas que nuestro entendimiento encontrará cerradas. Pero sólo tú puedes atender nuestra oración; sólo tú puedes abrir esta puerta a la cual llamaremos. Tú animarás nuestros difíciles comienzos; tú darás solidez a nuestros progresos; y nos llamarás a participar de tu Espíritu que es quien ha guiado a tus profetas y a tus apóstoles. Así no daremos a sus palabras un sentido diferente al que ellos quisieron dar.
Danos, pues, el verdadero sentido de las palabras, la luz de la inteligencia, la belleza de la expresión, la fe en la verdad. Danos poder decir lo que creemos: que no hay más que un solo Dios, el Padre, y un solo Señor, Jesucristo.

Simeón el Nuevo Teólogo, Catequesis XXXIII.
«Al que llama, se le abre la puerta» (Lc 11,10).
Cristo dice a los doctores de la Ley: «Malditos vosotros porque habéis quitado la llave del conocimiento» (Lc 11,52). ¿Qué es la llave del conocimiento sino la gracia del Espíritu Santo dada por la fe, que por la iluminación da el pleno conocimiento, y abre la puerta a nuestro espíritu cerrado y velado? Y yo añadiría: la puerta, es el Hijo: «Yo soy la puerta», dice él mismo. La llave de la puerta, el Espíritu Santo: «Recibid el Espíritu Santo, dice; a los que perdonéis los pecados, les serán perdonados, a los que se los retengáis, les serán retenidos». La casa, es el Padre: «Porque en la casa de mi Padre, hay muchas estancias». Poned, pues, una esmerada atención al sentido espiritual de estas palabras. Si la puerta no se abre, nadie entra en la casa del Padre, como dice Cristo: «Nadie va al Padre si no por Mí».
Ahora bien, que el Espíritu es el primero que abre nuestro espíritu y nos enseña todo lo que se refiere al Padre y al Hijo, es él mismo quien nos lo ha dicho: «Cuando vendrá el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y os guiará hasta la verdad plena». Así ves, como, por el Espíritu, o mejor aún, en el Espíritu, el Padre y el Hijo se dan a conocer inseparablemente.
En efecto, si llamamos ‘llave’ al Espíritu Santo, es que por Él y en Él, primeramente, tenemos el espíritu iluminado, y, purificados, estamos iluminados con la luz del conocimiento y bautizados de lo alto, regenerados y hechos hijos de Dios, tal como lo dice Pablo: «El mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables», y también: «Dios ha derramado su Espíritu en nuestros corazones, que clama: ‘Abba, Padre’». Es, pues, él quien nos da a conocer la puerta, puerta que es luz, y la puerta nos enseña que aquél que habita en la casa es, él también, luz inaccesible.

viernes, 11 de noviembre de 2022

ALIMEN TO PARA EL ALMA





Lucas 10, 1-15

En aquel tiempo designó Jesús a otros setenta y dos y los envió, de dos en dos, delante de sí, a toda ciudad y lugar adonde Él había de venir, y les dijo: La mies es mucha y los obreros pocos; rogad, pues, al Amo de la mies mande obreros a su mies. Id, yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias, y a nadie saludéis por el camino. En cualquier casa en que entréis, decid primero: La paz sea con esta casa. Si hubiere en ella un hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en esa casa y comed y bebed lo que os sirvieren, porque el obrero es digno de su salario. No vayáis de casa en casa. En cualquier ciudad en que entrareis y os recibieren, comed lo que os fuere servido, y curad a los enfermos que en ella hubiere, y decidles: El Reino de Dios está cerca de vosotros. En cualquier ciudad en que entréis y no os recibieren, salid a las plazas y decid: Hasta el polvo que de vuestra ciudad se nos pegó a los pies, os lo sacudimos, pero sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os digo que aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella ciudad. ¡Ay de ti, Corazeín! ¡Ay de ti, Betsaida! Que si en Tiro y en Sidón hubieran sido hechos los milagros que en vosotras se han hecho, tiempo vestidos de saco y sentados sobre ceniza hubieran hecho penitencia. Pero Tiro y Sidón serán tratadas con más blandura que vosotras en el Juicio. Y tú, Cafarnaúm, ¿te levantarás hasta el Cielo? Hasta el Infierno serás abatida.

San Gregorio Dialoguista, Homilía 17,1-3: PL 76,1139
Los envió, de dos en dos, delante de sí, a toda ciudad y lugar adonde Él había de venir. (Lc 10,1)

Nuestro Señor y Salvador, hermanos muy amados, nos enseña unas veces con sus palabras, otras con sus obras. Sus hechos, en efecto, son normas de conducta, ya que con ellos nos da a entender tácitamente lo que debemos hacer. Manda a sus discípulos a predicar de dos en dos, ya que es doble el precepto de la caridad, a saber, el amor de Dios y el del prójimo.
El Señor envía a los discípulos a predicar de dos en dos, y con ello nos indica sin palabras que el que no tiene caridad para con los demás no puede aceptar, en modo alguno, el ministerio de la predicación.
Con razón se dice que los mandó por delante a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. En efecto el Señor viene detrás de sus predicadores, ya que, habiendo precedido la predicación, viene entonces el Señor a la morada de nuestro interior, cuando ésta ha sido preparada por las palabras de exhortación, que han abierto nuestro espíritu a la verdad. En este sentido, dice Isaías a los predicadores: Preparadle un camino al Señor; allanad una calzada para nuestro Dios. Por esto, les dice también el salmista: Alfombrad el camino del que sube sobre el ocaso. Sobre el ocaso, en efecto, sube el Señor, ya que en el declive de su pasión fue precisamente cuando, por su resurrección, puso más plenamente de manifiesto su gloria. Sube sobre el ocaso, porque, con su resurrección, pisoteó la muerte que había sufrido. Por esto, nosotros alfombramos el camino del que sube sobre el ocaso cuando os anunciamos su gloria, para que él, viniendo a continuación, os ilumine con su presencia amorosa.
Escuchemos lo que dice el Señor a los predicadores que envía a sus campos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Por tanto, para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. Mirad cómo el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, es muy difícil encontrar un trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibido el ministerio sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio.
Pensad, pues, amados hermanos, pensad bien en lo que dice el Evangelio: Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Rogad también por nosotros, para que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca de exhortaros, no sea que, después de haber recibido el ministerio de la predicación, seamos acusados ante el justo Juez por nuestro silencio.

Agustín de Hipona, Sermón 101, 1.2.3.11 : PL 38, 605.606.607.610
«La mies es abundante y los obreros pocos» (Lc 10,2)

En la lectura evangélica que acaba de proclamársenos, se nos invita a indagar cuál sea la mies de la que dice el Señor: La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. Entonces agregó a sus doce discípulos —a quienes nombró apóstoles— otros setenta y dos y los mandó a todos —como se deduce de sus palabras— a la mies ya en sazón.
¿Cuál era, pues, aquella mies? Esa mies no hay que buscarla ciertamente entre los gentiles, donde nada se había sembrado. No queda otra alternativa que entenderla de la mies que había en el pueblo judío. A esta mies vino el dueño de la mies, a esta mies mandó a los segadores: a los gentiles no les envió segadores, sino sembradores. Debemos, por consiguiente, entender que la cosecha se llevó a cabo en el pueblo judío, y la sementera en los pueblos paganos. De entre esta mies fueron elegidos los apóstoles, pues, al segarla, ya estaba madura, porque la habían previamente sembrado los profetas. Es una delicia contemplar los campos de Dios y recrearse viendo sus dones y a los obreros trabajando en sus campos.
Estad, pues, atentos y deleitaos conmigo en la contemplación de los campos de Dios y, en ellos, dos clases de mies: una, ya cosechada, y otra todavía por cosechar: cosechada ya en el pueblo judío, todavía por cosechar en los pueblos paganos. Vamos a tratar de demostrarlo. Y ¿cómo hacerlo sino acudiendo a la Escritura de Dios, el dueño de la mies? Pues bien, en el presente capítulo hallamos escrito: La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. En otro lugar el Señor dijo a sus discípulos: ¿No decís vosotros que todavía queda lejos el verano? Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega. Y añadió: Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores. Trabajaron Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés, los profetas; trabajaron sembrando y al llegar el Señor se encontró con una mies ya madura. Enviados segadores con la hoz del evangelio, acarrearon las gavillas a la era del Señor, donde había de ser trillado Esteban.
En este momento aparece en escena Pablo, y es enviado a los gentiles. Y al hacer valer la gracia que él ha recibido como un don particular y personal, no oculta este extremo. El nos dice efectivamente en sus escritos que fue enviado a predicar el evangelio allí donde el nombre de Cristo era desconocido. Y como aquella cosecha es ya una cosa hecha, fijémonos en esta mies, que somos nosotros. Sembraron los apóstoles y los profetas. Sembró el mismo Señor, ya que él estaba presente en los apóstoles y porque el mismo Cristo recolectó. Sin él, en efecto, ellos no pueden hacer nada, mientras que él es perfecto sin ellos. Por eso les dijo: Porque sin mí no podéis hacer nada. Y una vez que Cristo se decidió a sembrar entre los gentiles, ¿qué es lo que dice? Salió el sembrador a sembrar. Y allí son enviados los obreros a segar.
Que estos apóstoles de Cristo, predicadores del evangelio, que no se detienen a saludar a nadie por el camino, esto es, que no buscan ni hacen otra cosa que anunciar el evangelio con genuina caridad, vengan a casa y digan: Paz a esta casa. No lo dicen sólo de boquilla: escancian de lo que están llenos; predican la paz y poseen la paz. Así pues, el que rebosa paz y saluda: Paz a esta casa, si allí hay gente de paz descansará sobre ellos su paz.

San Ambrosio de Milán, Sermones sobre el Evangelio de Lucas 7, 45.49
«Os envío como corderos en medio de lobos» (Lc 10,3)

Cuando Jesús mandó a los discípulos ir a su mies, que había sido bien sembrada por el Verbo del Padre, pero que necesitaba ser trabajada, cultivada, cuidada con solicitud para que los pájaros no saquearan la simiente, les dijo: «Mirad que os mando como corderos en medio de lobos»... El Buen Pastor no podía temer a los lobos para su rebaño; sus discípulos no fueron enviados para ser una presa, sino para difundir la gracia. La solicitud del Buen Pastor hace que los lobos no puedan emprender nada contra los corderos que envía; les envía para que se cumpla la profecía de Isaías: «Llegará el día en que lobos y corderos pacerán juntos» (Is 65,25). Por otra parte ¿no han sido enviados los discípulos con la orden de no llevar ni tan siquiera un bastón en la mano?
Lo que el humilde Señor les ha mandado, sus discípulos los cumplen por la práctica de la humildad. Porque les envía a sembrar la fe no por obligación sino por la enseñanza; no haciendo servir la fuerza de su poder, sino exaltando la doctrina de la humildad. Y juzgó necesario unir la paciencia a la humildad, y de ahí el testimonio de Pedro en favor de Cristo: «Cuando lo insultaban no devolvía el insulto; cuando lo golpeaban, no devolvía los golpes» (I Pe 2,23).
Todo eso quiere decir: «Sed mis imitadores: abandonad el gusto por la venganza, a los golpes arrogantes responded devolviendo el mal a través de una paciencia que perdona. Que nadie imite por su propia cuenta lo que reprende de otro; la suavidad es la mejor respuesta a los insolentes».

San Juan Casiano, Instituciones Cenobíticas, Libro IV, Cap. IX.

A los jóvenes (monjes de Egipto y Tebaida) se les enseña constantemente a no esconder, por vergüenza peligrosa, absolutamente ningún pensamiento que les turbe el corazón, sino que tan pronto como despierten se los revelen a los ancianos (El Geronta o Duhovnic, padre espiritual de los monjes). Al juzgarlos (los pensamientos), nunca confiad en vuestro propio juicio, sino en aquello que el análisis del anciano haya decidido después de una larga deliberación como bueno o malo. Así es que el hábil enemigo de ninguna manera puede rodear al joven, como a un inexperto e ignorante, ni atrapar con astucia a quien se apoya, no en su juicio, sino en el del anciano. No puede persuadirlo de que oculte al anciano las exhortaciones de cualquier tipo que ha lanzado en su corazón como dardos de fuego. De ninguna otra manera podría el diablo, tan astuto, engañar y hacer tropezar al joven, a menos que por vanidad o avaricia lo indujera a ocultar sus pensamientos. Además, los ancianos declaran que el signo conocido y evidente de los pensamientos diabólicos es la vergüenza de confesarlos al anciano.
Cuando oramos por los demás, nosotros mismos somos los primeros en sentir la ayuda de Dios
San Teodoro el Estudita , Pequeñas Catequesis. Catequesis 52.
Hermanos y padres, muchas veces os hablo, y no lo hago para halagaros, sino que hablo conforme a la verdad, no porque quiera lamentarme de los que viven en el mundo, sino porque quiero haceros aún más celosos. Porque aún hoy sabéis las cosas que se hacen en el mundo, banquetes y borracheras, orgías, gritos y bailes, y todas las demás cosas que son resultado de las obras del maligno, cuyo juicio es justo, como está escrito. Pero nuestra hermandad no es así. ¿Pero cómo? Día y noche alabamos al Señor, según el camino que nos enseñaron nuestros santos padres. La salmodia sigue a la salmodia, la lectura sigue a la lectura, la oración, a la oración. En la mente, atención a los pensamientos., en el corazón, la meditación de las palabras divinas, el silencio apropiado, la palabra útil. Nos servimos unos a otros, nos soportamos unos a otros, todas las cosas están ordenadas con templanza y medida, y aunque debemos ser consolados en la fiesta, incluso esto no se hace indebidamente. Escucha lo que el Señor le dice a Judas: Lo que estás haciendo, hazlo pronto. Pero ninguno de los que estaban sentados a la mesa entendió por qué ella le dijo esto. Porque algunos pensaron, ya que Judas tenía la bolsa, que Jesús le dijo: Compra lo que necesitamos para la fiesta o dale algo a los pobres. ¿Ves que cuidaron tanto de la fiesta como de los pobres? Lo que nosotros, los humildes, como ves, estamos tratando de cumplir. Pero bendito sea Dios, que nos ha hecho dignos de emprender esta vida, No la de las obras justas hechas por nosotros , porque nada bueno hemos hecho en la tierra, sino de su misericordia que es el don y la llamada.
Por tanto, cada uno de nosotros está obligado a decir siempre con el corazón quebrantado: ¿Quién soy yo, Señor, Dios mío, y cuál es la casa de mi padre? ¿Por qué me has amado? Rara vez se pueden encontrar tales hombres en el mundo. Porque el día y la noche pasan en el cuidado de este siglo, en el amor a la riqueza, en los otros cuidados, de modo que el hombre ya no puede respirar. Se afrentan, se golpean. El adulterio y el robo y la maldición y la mentira se derramaron sobre la tierra, por así decirlo, según la palabra profética, y todas las demás cosas que no es fácil enumerar. Recordando todo esto, el Bendito Crisóstomo vino a decir: “Solo una pequeña parte del mundo se salva”. Y esto infunde un gran temor, especialmente porque es verdad. Por esto, el que tiene verdadero sentimiento debe llorar y afligirse ante tal sentencia. ¿No somos uno, hermanos, no somos todos dependientes unos de otros? ¿No somos todos de una misma sangre? ¿No somos de la misma tierra? Si alguien ve a un animal caer al abismo, ¿no siente pena por él? ¡Cuánto más tratándose de hermanos y de la misma fe! Por eso el Santísimo Apóstol lloró por los enemigos de la Cruz de Cristo, orando con incesante angustia. Por eso el profeta Jeremías lamentó a Israel y dejó muchas y diversas lamentaciones en las Escrituras. Por eso el gran Moisés clamó a Dios: Si quieres perdonar su pecado, perdónalo. Si no, bórrame también de Tu libro. Y cada uno de los santos, teniendo la misma compasión, oraba por los demás. Por tanto, también nosotros, si queremos seguir sus huellas, no sólo tengamos en cuenta a los que con nosotros buscan la salvación, sino también oremos por el mundo, teniendo misericordia y compadeciéndonos de los que viven una vida corrupta, de los fortalecidos en las herejías. , por los atrapados en el engaño, por los gentiles atrapados en las tinieblas del paganismo, simplemente, por todas las personas, como nos lo mandó el Apóstol: hacer oraciones y súplicas . Así, delante de los demás, nos serviremos de nosotros mismos, traspasando nuestro corazón y limpiándonos del hábito de las pasiones, y libres de ellas, seremos dignos de obtener la vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dada la gloria y el poder, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.