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lunes, 18 de marzo de 2019


DOMINGO DE LA ORTODOXIA


En la Liturgia anterior a la proclamación de este domingo como el domingo del Triunfo de la Fe Ortodoxa, de la veneración de los Santos Iconos frente a la herejía de la iconoclastia, después del VII Concilio Ecuménico, en el día de hoy se celebraba a todos los Profetas que habían anunciado a Cristo.
Adán cayó, pecó y fue expulsado del Paraíso. Creado a imagen de Dios, lo contemplaba cara a cara, pero con el pecado destruyó esta imagen, se separó de Dios, fue expulsado del paraíso y entró la muerte en el mundo, quedando esclavo del pecado y del demonio.
Los Profetas del Antiguo Testamento, por inspiración de Dios anunciaron la encarnación del Verbo; Dios se les manifestó, les habló y reveló aquello que por la fe proclama en el Evangelio Natanael: “Rabí, Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel” Cristo es el Mesías que ellos anunciaron; en Cristo se cumplen todas las profecías; Cristo vence a la muerte y al pecado; aplasta bajo su pie a Satanás. Él es el nuevo Adán que nos abre las puertas del Paraíso.
Este Logos divino cuya encarnación fue anunciada en el Antiguo Testamento por los Santos Profetas es Cristo. Cristo es verdaderamente Dios, consubstancial con el Padre, y es verdaderamente hombre, consustancial con el hombre, menos en el pecado.
Cristo es el fuego que arde en la zarza del Sinaí sin consumirla y ante quién se postra Moisés y que era imagen del seno de la Santa Madre de Dios, que en si contuvo al que creo el universo, al Dios infinito que no la destruye al encerrarse en su seno finito.
Él es el autor de la nueva alianza firmada con su sangre, él es el que nos da la nueva ley pactada en el nuevo Sinaí, el Calvario.
Cristo murió, sus manos y pies fueron taladrados, descoyuntaron todos sus huesos; Cristo es el Rey de la gloria que destroza las puertas y dinteles del Hades con su Resurrección, según lo cantó el profeta y rey David.
Cristo es “Dios con nosotros” al que la Virgen da a luz; Él será la luz para todas las naciones, según lo anunció el profeta Isaías.
Lo que los profetas anunciaron bajo imágenes, nosotros lo hemos visto y lo proclamamos.
Los judíos no podían representar a Dios en imágenes porque: “Nadie ha visto a Dios”. Cuando los hebreos al pie del Sinaí, cansados de esperar la bajada de Moisés, quieren hacer una imagen de Dios para adorarlo, lo representan como un becerro, tal y como lo habían visto hacer en Egipto.
Nosotros, por la encarnación si que podemos representarlo, la prohibición de la Antigua Alianza ha caído porque Dios se ha encarnado, porque Dios está con nosotros, porque el Logos Divino se ha hecho hombre Cristo nuestro Dios.
Negar las sagradas imágenes es negar el misterio de la Encarnación divina, es negar que Cristo es Dios. Cuando nos postramos ante su purísima imagen, no adoramos el soporte de la imagen, ni tan siquiera la imagen misma sino a Aquél a quien la imagen representa.
Representamos también a la purísima Madre de Dios y a los Santos a los cuales no adoramos, sino que veneramos por encontrar en ellos los modelos a seguir en el camino que nos conduce a Cristo. Él es la Luz verdadera que nos ilumina y los santos representados en los santos iconos aparecen transfigurados por esta luz que ilumina sus rostros y envuelve sus vestiduras; luz divina e increada que manifiesta en ellos la imagen divina, su divinización y que hace de los Santos Iconos la representación del hombre purificado, de su naturaleza restaurada, de la semejanza de Dios.
En Cristo vemos al Padre: “Quien a mí me ve, ve al Padre”; de la misma manera en cada hombre vemos el icono de Cristo porque “Cuando hicisteis alguna de estas cosas con ellos a mi me lo hicisteis”. Por ello el diácono después de incensar los iconos inciensa al pueblo y se inclina ante él como imagen de Cristo.
Pero el hombre puede desfigurar en si está imagen por el pecado. Cada uno de nosotros se convierte en un iconoclasta que pisotea y destroza la imagen de Cristo que hay en él cuando peca, cuando se aparta de la luz de la gracia para entrar en las tinieblas del pecado, cuando no reconoce en sí la imagen de su Creador, cuando no reconoce en los demás la imagen de Dios. La gula, la fornicación, la avaricia, la tristeza, la cólera, la acedía, la vanagloria y el orgullo destruyen al hombre y lo conducen a la muerte.
Sin embargo, cuando contemplamos a los Santos en los iconos notamos que, si han sido pintados según los cánones ortodoxos, las imágenes son alargadas en una extensión permanente hacia Dios, tratando de hacer más espacio en ellos para que la Luz divina e increada brille a través de ellos. Esto lo podemos hacer realidad en nuestras vidas por medio del ayuno. Por medio de él nuestro cuerpo y nuestra alma se purifican de los pecados y de las pasiones, la naturaleza se afila, se “adelgaza” se espiritualiza y se limpia para que la luz de Dios pueda iluminar nuestras vidas después de esta purificación.
En la Creación, después de tres días Dios creo el sol. Cristo al tercer día se levanta de la tumba, sale de la oscuridad de la muerte. La Resurrección nos revela que ya no estamos bajo el dominio de la muerte que ha sido vencida; que el mundo ya no está dirigido a la muerte, sino a la transfiguración. Anticipándonos a esta transfiguración futura, a los nuevos cielos y la nueva tierra, el ayuno para nosotros es un estado de normalidad que como decíamos en el domingo anterior, nos retrotrae a ese Paraíso anterior a la caída. El ayuno junto a las buenas obras, a la ascesis y a la oración hacen a nuestro corazón sensible a la manifestación de la luz de Dios y de su gracia.
La fiesta de hoy nos brinda la oportunidad de actualizar, vivificar y fortalecer nuestra fe por medio de la celebración de la victoria de la Ortodoxia sobre todos los errores.
Afiancemos nuestra esperanza en que Dios conserve en nosotros su imagen santa.
Mantengámonos por medio de esta Santa Cuaresma en el amor de Dios, buscando por medio de las buenas obras honrar la imagen de Dios en nuestro prójimo.

miércoles, 23 de enero de 2019

"NO AMEMOS AL MUNDO"


El apóstol Juan el Teólogo, nos dice: "No amemos al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él" (I Jn 2,15). ¿Podría esto realmente ser una llamada a rechazar la creación de Dios?

El espíritu general presente en los escritos de San Juan, y también el de todo el Nuevo Testamento, descarta la posibilidad de tal interpretación.

El mundo hacia el cual el apóstol Juan nos llama a ser hostiles no es el mundo creado por Dios, sino esa enfermedad espiritual con la que el mundo fue golpeado, y de la cual el hombre puede, y está llamado a liberarse por el poder. del Espíritu Santo, que vive solo en la Iglesia de Cristo, en todos sus Misterios y especialmente en el Misterio de la Sagrada Eucaristía. Una persona, especialmente un cristiano ortodoxo, no puede menos que amar el mundo creado por Dios, el mundo con el que está atado eternamente en el acto de la Creación.

A través del ascetismo y el monacato, la persona restaura la imagen de Dios en sí misma, contribuyendo así a la curación del mundo entero, para regresar a la gloria y perfección con la que había coronado su creación.

jueves, 23 de enero de 2014

Mi opinión sobre la llamada "Semana de la Unidad"


Mi opinión sobre la llamada "Semana de la Unidad"

 Me quedo con San Marcos de Éfeso y San Nectario de Egina, con San Fotio el Grande y San Gregorio Palamás. Y siguiendo a San Nectario, precisamente por que se desprecia el error y no a quien está en él, precisamente por ese amor a la oveja que salió del rebaño, sin medias tintas y sin palabras y gestos equívocos, se ha de anunciar donde está la Verdad que es una y se ha de decir donde poder encontrarla. La diplomacia, las palmaditas en la espalda y las fotos para los políticos.

Hace muchos años yo estaba en la duda. No era tan fácil como ahora, en España no había casi ortodoxos y un santo archimandrita de USA en un e-mail me dijo claramente: "Todo lo que usted dice está muy bien, le gusta la Ortodoxia, su liturgia, los iconos... pero se esta olvidando de lo principal: su alma corre peligro de condenarse pues no profesa la fe verdadera, no está unido a Cristo, y no tiene la Jaris, la gracia. Busque la Gracia y la Fe verdadera y cuando la encuentre como el mercader encontró la perla... no lo dude, cómprela"

Bienaventurada sea su memoria y sus palabras, al mes y a pesar de todas las dificultades entraba en la Iglesia Ortodoxa en una pequeña iglesia del Patriarcado de Serbia en Benitachell. Si somos buenos cristianos y buenos pastores, por amor, eso es lo que hemos de hacer: quitar vendas, no ponérnoslas.




martes, 31 de diciembre de 2013

El Sacramento de la Confesión.

 
 
El Sacramento de la Confesión, según la doctrina de los Santos Padres, la tradición y praxis ininterrumpida de la Iglesia, ha de entenderse como una psicoterapia en el sentido más literal de esta palabra: terapia del alma, en la que el pecador, consciente de su situación y arrepentido por sus hechos, acude a Cristo, Medico de las almas y los cuerpos para recibir el bálsamo saludable que sane las heridas causadas por el pecado. Se habla de alma y cuerpo porque el pecado atañe tanto a una como al otro y todo pecado deja herida en el alma y esta herida se manifiesta también en el cuerpo ya que desordena la unidad antropológica y la acción theantrópica de Dios en el hombre.

¿Cómo pues hemos de acudir al Misterio? Lo primero conscientes del pecado, de su acción en nosotros y de su repercusión en toda la Iglesia. Hemos de acudir como el que acude al médico y describe los síntomas de la enfermedad, para que el médico pueda hacer el diagnóstico correcto y pueda aplicar el remedio y la medicina saludable. Más aquí es donde comienzan los problemas y es labor pastoral de los sacerdotes el catequizar debidamente a los fieles para que estos puedan acercarse convenientemente a participar en los Divinos Misterios.

Uno de los problemas con los que nos encontramos es la pérdida de conciencia de pecado incluso en aquellos que con frecuencia asisten a los servicios religiosos. Esa ausencia personal de pecado se ve influida por la pérdida en la propia sociedad lo que crea un ambiente propicio para ignorar el pecado y sus consecuencias en nuestras vidas. Prevalece en muchas ocasiones el hecho de que si algo lo hace la mayoría de la gente está bien y es moralmente aceptable. Ejemplo de esto lo encontramos en las relaciones prematrimoniales, las pequeñas estafas, el hurto, consultar videntes, tarotistas y horóscopos, las infidelidades dentro del matrimonio, el abandono de las oraciones diarias y los ayunos eclesiásticos…  Esta ignorancia actúa en el hombre  de la misma manera que un cáncer que va carcomiendo el interior y no se manifiesta hasta que la situación es de extrema gravedad. Ocasiona al final el alejamiento total de la Iglesia y de Dios y tiene como consecuencia la muerte espiritual.

Es frecuente también la situación de incapacidad del hombre de luchar contra los pathos, las pasiones del alma, que arraigan en ella y conforme pasan los años son más difíciles de quitar. Hay ocasiones en las que se es plenamente consciente de la existencia de estas pasiones como por ejemplo en la adicción al alcohol, pero es más fácil excusarse, dejarlo para mañana, considerarse incapaz de luchar que reaccionar contra ellas. Peor aún es cuando el hombre se cree capaz de luchar solo ignorando la ayuda de la Gracia Divina en esta contienda.

Una vez que el cristiano se acerca al Misterio de la Confesión ha de considerar como hacer esta para que sea efectiva y de los frutos convenientes. Ha de considerarse el hombre igual al Hijo Pródigo del Evangelio. Consciente de su pecado se levanta para volver a su Padre y recibir de Él su perdón y recuperar su condición de hijo.

Cuando el fiel se acerca al confesor ha de escuchar las palabras que dice el sacerdote al recibirlo: “Hijo, no te confiesas conmigo, sino con Cristo a quien represento” Esto es importantísimo ya que al acercarse a confesar se pone en la presencia del mismo Redentor de las almas, el único que puede sanarnos y es el sacerdote el que da en su nombre la absolución de los pecados. Esto descarta totalmente la falsa y diabólica creencia de que uno puede confesar sus pecados directamente con Dio, siendo innecesaria la figura del sacerdote. Es el mismo Jesucristo el que da a sus Apóstoles la autoridad de perdonar los pecados, de atar y desatar por lo que si no hay confesión no puede uno recibir el perdón de Dios.

Acercarse a la Confesión supone previamente el haber hecho un buen examen de conciencia siguiendo las guías que para esto hay. De entre todas, la mejor y más reconocida por la Iglesia es la realizada por San Nicodemo Aghiorita con las convenientes actualizaciones. El examen correcto de nuestros pecados nos lleva a desterrar la perniciosa idea que abunda y que muchas veces escuchamos los sacerdotes: “Padre, que puedo decirle, yo no peco, rezo, voy a la Iglesia… ” Esta idea también la inspira el enemigo mortal de las almas ya que el mismo Señor nos dice que el santo peca siete veces al día; ¡Que no haremos nosotros pobres pecadores! El que hace un buen examen descubre los pecados cometidos y en ese momento lo mejor es apuntarlos para poderlos leer ante el sacerdote, ya que una vez iniciada la confesión el demonio puede suscitar en nosotros vergüenza y callar los más graves por una falsa vergüenza de lo que pueda pensar el sacerdote. Vergüenza ha de darnos el pecar, no el reconocer que hemos pecado.

Puesto a la confesión esta ha de ser igual que como cuando acudimos al médico. Hemos de dar cuenta de los síntomas de la enfermedad lo más claramente posible, sin omitir ninguno, para que el médico pueda dar su diagnóstico y la medicina curativa. Son muchos los que acuden al confesor como si el confesionario fuera un patio de vecinas; acuden más a contar chismes, dando cuenta de lo malos que son los demás y lo bueno que es uno, escusando los pecados por las malas influencias… Esto ha de ser cortado tajantemente por el sacerdote ya que uno no va a confesar a su suegra por lo mal que ésta le trata, o las injusticias de su jefe, o lo malo que es el marido o lo mala esposa que es su mujer. Uno va a confesar sus pecados, ya irá su suegra a confesarse o su jefe. Igualmente ocurre cuando uno va al médico y no le dice: “mire es que a mi madre le duele la cabeza y a mi marido le produce ardor de estómago la cena” . Se habla en primera persona: “Padre, he mentido, he sido injusto con mis trabajadores, he descuidado la educación de mis hijos, no me hablo con mi hermano, he mirado con deseo a la mujer de mi prójimo, no hago las oraciones diarias, no he ayunado los miércoles y viernes, no doy limosna ni atiendo a los necesitados…” Uno no se anda con rodeos ni da demasiados detalles, ni se escusa… Uno reconoce ante Dios como el Hijo Pródigo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti y no merezco ser llamado hijo tuyo”.

Necesario es escuchar los consejos del sacerdote que da como el médico da el tratamiento necesario para la salvación y curación del alma y se ha de poner en situación de no volver a caer en los mismos pecados con la ayuda misericordiosa de Dios. El sacerdote impone la epitimia o canon correspondiente  que el fiel cumplirá convenientemente como se toma el enfermo sus medicinas los días y a las horas establecidas para la sanación.

Puede incluso el sacerdote según la gravedad de los pecados pedir al fiel que no reciba los Santos Misterios hasta que se haya cumplido el canon y el alma esté preparada convenientemente para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con el corazón purificado y como la medicina verdadera que nos sana y vivifica definitivamente. Este ayuno nos hace también ser conscientes de los terribles Misterios en los que vamos a participar.

Esto hace pues que sea necesario confesar convenientemente antes de comulgar no pudiendo nadie acercarse al santo Sacrificio si haberse purificado antes convenientemente con la confesión de los pecados, arrepentido de todo corazón y purificado de toda mancha aún de las más leves para no tragar la propia condenación tal y como nos dice el santo Apóstol Pablo.

martes, 10 de diciembre de 2013

Sobre el por qué del error de la inmaculada conceppción de la Madre de Dios.


Después de varios siglos de tensiones entre maculistas e inmaculistas, el 8 de diciembre de 1954, Pío IX definía el falso dogma de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios.

 Los defensores del dogma capitaneados por los franciscanos y posteriormente por los jesuitas, se habían basado durante siglos en las doctrinas de Duns Scoto, mientras que los maculistas contarios al dogma y centrados sobre todo en las filas de los dominicos se ceñían a la de Tomás de Aquino.

 Lo que al principio se consideró una pía opinión fue ganando adeptos poco a poco hasta hacer imposible la vida de los que defendían la opinión contraria que llegaron en el siglo XVII y XVIII a tener prohibida la predicación en contra del error teológico. En la defensa inmaculista se mezclaron intereses religiosos y políticos tal como se puede ver en la insistencia de los Austrias en la defensa del mismo.

 Al final, en la bula Ineffabilis Deus, se declaró como dogma de Fe, que:

 “...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha y de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles...”

 No ha ocurrido lo mismo en la Iglesia Ortodoxa que constantemente invoca a la Madre de Dios como purísima e inmaculada más como fruto de su santa ascesis. Occidente, obviando esto y basándose en un erróneo concepto de pecado original en términos puramente jurídicos tuvo como consecuencia que inventar este nuevo pseudodogma para poder conservar la pureza de María.

En su afán legislativo sobre todo a partir de las tarifaciones penitenciales irlandesas que se trasladaron a toda Europa se desarrolla paralelamente una errónea concepción del pecado original mediante la cual la humanidad entera queda presa de la culpa original, a la que se trasmite el pecado de Adán desde el momento de la concepción, quedando así manchados desde el seno de nuestras madres con una tacha moral que nos hace incapaces, en nuestra propia naturaleza, de llegar a conocer y amar a Dios. Así pues el pecado de Adán es también el pecado de cada hombre nacido de mujer, manchándolo irremediablemente desde el momento mismo de su concepción y por lo tanto incapacitados esencialmente para la realización de cualquier obra buena.

 Más ¿es esto la tradición constante y la fe de la Iglesia desde sus primeros siglos? ¿Es esto lo que nos dicen los Padres y la Tradición? Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que los Santos Padres nunca hablan de pecado original, sino de pecado ancestral y lo hacen refiriéndose al mismo como una consecuencia del pecado de Adán que merma la plenitud del ser humano, más no lo incapacita para que mediante la gracia y la comunión con Cristo pueda colaborar en la tarea de su salvación. Se da así la colaboración de la voluntad humana con el poder y la acción salvadora de Cristo. Es precisamente esta unión de colaboración y gracia lo que hizo de la Madre de Dios la Panaghía, la Toda Santa o Completamente Santa. Más sin esta culpa sólo nació Cristo igual en todo a nosotros menos en el pecado y sus consecuencias.

Es muy sencillo comprender este misterio. Es Adán el que come del fruto del árbol prohibido por Dios, es él que rompe el ayuno ascético impuesto por el Creador, Él es el que desobedece a Aquél que lo formó del barro y le insuflo el espíritu de vida. Más no somos nosotros los que desobedecimos, ni comimos del fruto, más sufrimos las consecuencias terribles de este acto que hicieron que irrumpieran la muerte y el pecado, por el pecado del primer hombre y sus descendientes sufren las consecuencias de este acto, más no somos nosotros los que pecamos, sino él. El ejemplo resultará clarificador: Si mi padre roba un banco y es condenado a prisión, no soy yo el que ha cometido pecado de robo, ni seré yo el que pague en la cárcel la pena por el delito, más como su hijo sufriré las consecuencias de su acto, creceré sin su compañía, me veré privado en ocasiones de lo necesario y tendré que sufrir la vergüenza de verme señalado como el hijo de un ladrón.

 Así pues nació maría concebida de forma natural y no sobrenatural por sus padres los justos Joaquín y Ana que en su ancianidad se vieron libres de la carga oprobiosa de la infertilidad. Más fue concebida como todos los seres humanos y con las consecuencias de esta culpa. No podría ser de otra manera y así debería de ser pues ella es el orgullo de nuestra raza. Si no, lo que hubiera nacido sería un engendro, se hubiera trastocado todo el plan de salvación y sobre todo se hubiera quitado el libre albedrío que en la Madre de Dios se manifiesta en el momento de la Encarnación, preguntando al  Ángel y aceptando libremente el plan de Dios sobre ella y su maternidad divina.

 ¿Más como es pues que la Iglesia la invoca como Panaghía? Magníficamente lo expresan los textos de la fiesta de la Entrada en el Templo de la Madre de Dios. Ella libremente colabora con la gracia y la acción del Espíritu Santo, libremente y por medio de la ascesis, ayudada por Dios, huye del pecado manteniéndose libre y alejada de él, rechazando al demonio. Es por esto que la Iglesia la ha considerado la primera y el modelo de todos los ascetas, el ejemplo más perfecto de ascesis para todos nosotros. Más Ella estaba también necesitada de redención y es la primera de los redimidos por Cristo. Dios no la pone fuera de la condición humana por ningún extraño privilegio, ni hay ningún anticipo redentor; Ella en su libertad colabora plenamente con Dios para el bien de todos los nacidos de Eva, es por ello la nueva Eva por la que viene el bien para todos los hijos de Adán.

 No hay una predestinación desde antes de todos los siglos pues esto sería una absoluta barbaridad. Nadie, ni la madre de Dios es predestinada a nada, pues si no fuera así se vería privada de su libertad. Su santidad está en que siendo plenamente mujer optó libremente por cumplir con la voluntad de Dios cada segundo de su vida y es esto lo que causa que el Ángel al saludarla la llame “llena de gracia”. No hemos sido creados ninguno de nosotros esclavos de ningún fatal destino, incluso podemos rechazar la acción de la gracia y al mismo Cristo. Más Ella ante el misterio divino se reconoce como la sierva de Dios abierta totalmente al cumplimiento de su voluntad.

 Esta es la causa pues de que los papistas añadieran esta nueva herejía, consecuencia de sus errores sobre el pecado ancestral, el libre albedrío y  la gracia enseñados por los Padres.

 

 

martes, 22 de octubre de 2013

Terapia del endemoniado. +Metropolita Agustín Kantiotis


Terapia del endeminado. +Metropolita Agustín Kantiotis


Lucas 8,30 Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: Legión. Porque muchos demonios habían entrado en él. (+Agustín Kantiotis)

A este endemoniado de la lectura evangélica de hoy le tenía miedo y ante él temblaba todo el mundo, pero ahora tiembla el mismo. Se encuentra ante nuestro Cristo Dios, que es el vencedor y triunfador de los demonios, y tiemblan como las hojas de los árboles. Y dice “Jesús Hijo de Dios altísimo”, ¿porque has venido aquí, qué quieres? El Cristo le pregunta: ¿Cómo te llamas? Y él contesta: «Λεγεών Legión» (Lc 8, 28-30).

¿Qué quiere decir «λεγεών legión»? La palabra significa un cuerpo del ejército romano, porque en aquella época reinaba el Imperio romano en todo el mundo, incluso en Palestina. «Λεγεών legión», pues, era una unidad de 6.000 hombres. Es decir, 6.000 demonios “pacían” en su corazón. ­-¿Qué dices?, puede decir alguien; ¿existen demonios hoy, vivimos en el siglo que hemos volado hasta la luna y tú nos hablas de demonios?... Existen muchos que no creen en los demonios. A pesar de esto las muestras y las demostraciones de que existen los demonios son miríadas. Existe el elemento demoníaco que tiraniza la humanidad, al mundo entero. Si uno duda, no tiene otra cosa que hacer que investigue. Que vaya a la isla Kefalonía del mar jónico. Allí traen endemoniados de todo el mundo. E inmediatamente cuando estas pobres criaturas vean las reliquias de san Gerásimo y sobre todo cuando vean una cruz, la cruz de hiero que tenía el Santo, aúllan, gritan y tiemblan ante la fuerza de san Gerásimo. Haced una visita pues allí y os convenceréis que existen los demonios que molestan a los pobres hombres.
Los endemoniados se distinguen de los psicópatas. No son psicópatas, son una cosa distinta mucho más grave. Pero si te es difícil, no hace falta que vaya a Kefalonía. Hecha una ojeada a tu interior y obsérvate a ti mismo. Si sois honestos y francos, si tenéis un poco de «γνῶθι σαυτόν conócete a ti mismo», una milésima de autoconocimiento que enseñaba Sócrates, y echáis un vistazo a sí mismos, a este universo espiritual que está encerrado en vuestro interior, allí confirmaréis las energías del astuto maligno espíritu. Porque existen dos universos, uno es el material que nos rodea y el otro es el espiritual que se abre en nuestro interior. El universo material es pequeño; el universo espiritual es inmenso y grandísimo, es el universo misterioso que está dentro de nosotros, somos nosotros mismos.  Si pues, echáis un vistazo a vosotros mismos, si examináis vuestras palabras, frases, actos, energías y las profundidades de vuestro corazón, veréis allí una legión de demonios. ¡Queréis que os cuente algunos?

- Uno de los más potentes es el demonio de la avaricia; es esto que hizo a Judas vender su Maestro por treinta dinares de plata.

- Otro es el demonio de la vanagloria que empuja al hombre a buscar continuamente axiomas y posiciones más altas.

- Otro es el demonio de la sarcolatría (culto al cuerpo), de la lujuria y del adulterio.

 - Otro es el demonio de la curiosidad.

- Otros demonios son las distintas malicias y varios pazos que atormentan y hacen sufrir la humanidad.
El famoso novelista cristiano ortodoxo Ruso, Fiodor Dostoievski, más o menos ciento veinte años antes, predijo el futuro de la humanidad. Escribió un libro, que se llama “Los endemoniados”, por favor que lo lean los intelectuales, quedarán maravillaos. Es una psicografía (descripción psíquica) con profundas observaciones, verdadera psicología de fondo. Investigó al hombre; ciento veinte años antes pronosticó y predijo: Rusia después de poco tiempo se convertirá en «λεγεών legión»… Y Rusia se hizo«λεγεών legión». La profecía salió; dominó la «λεγεών legión» de los demonios, el ateísmo y muchos más pazos y vicios. Y no crean que nosotros hemos quedado atrás.

«¿Cuál es tu nombreἙλλάς Grecia; «λεγεών legión» Legiones de demonios existen ahora en un país de mártires y santos. Ahora en cualquier lugar que vayas encuentras «λεγεών legión». Algunos números lo demuestran.
Antes no había divorcios en Grecia. Sólo la pala del sepulturero separaba al matrimonio. Ahora son millares los divorcios. ¡Horroroso! He aquí, pues, «λεγεών legión» de demonios para los divorcios. Otros fenómenos, como el robo; «λεγεών legión»; Antes nadie tocaba lo ajeno, no habían ladrones. Ahora no sabes por dónde protegerte. “¿Cuál es tu nombre?”, Grecia; «λεγεών legión» de “chorizos” ladrones. Hasta al extranjero nuestro país a causa de la «λεγεών legión» de los políticos ladrones, últimamente aparece como el país de los “chorizos”, ladrones. 

Mirad y contad cuántos jóvenes tienen y sufren el demonio o la «λεγεών legión» de las drogas. Millares aquí y millones en el mundo son castigados y atormentados por esta lapa, ¡qué desgracia!.

«Λεγεών legión» pues; si nos miramos a nosotros mismos, «λεγεών legión», si examinamos la sociedad, «λεγεών legión»; Tal y como los describe Dostoievski, incontables demonios siente el hombre que le molestan en su corazón (psicosomático). ¡Y qué debemos hacer; desesperarnos? No. Existe el vencedor de los demonios y este es uno. Es nuestro Señor Jesús Cristo. Él vino para destruir el estado y poder del diablo. Tiene la fuerza para destruir legiones de demonios. Con Cristo Dios, pues, también nosotros.
¿Nuestra arma, cuál es?

La honorable cruz. En las épocas antiguas que tenín mucha fe, decían: “me arrodillo, me santiguo y el ángel está a mi lado”.  Arma irresistible, poderosa e invencible es la cruz del Señor.
Y a Cristo el vencedor de los siglos, la doxa (gloria, luz increada) y honor por los siglos de los siglos. Amín.

(†) Obispo Agustín. Transcripción de la homilía que tuvo lugar en la Iglesia de San Pantaleón Florina, 20/10/1991

 Traducido por: χΧ jJ  
 

martes, 4 de diciembre de 2012

San Teófano el Recluso: Discurso sobre porqué el cristianismo no debe cambiar con los tiempos


Ha llegado a mis oídos que, por lo que parece, consideráis mis sermones muy estrictos y creéis que hoy en día nadie debería pensar de esta manera, nadie debería vivir así y por lo tanto nadie debería enseñar así. ¡Los tiempos han cambiado!

¡Cómo me alegré de escucharlo! Esto significa que escucháis con atención lo que digo, y no sólo lo escucháis, sino que también estáis dispuestos a cumplirlo. ¿Qué más podríamos querer nosotros, que predicamos todo lo que ha sido dispuesto y según nos fué ordenado?

A pesar de todo esto, de ningún modo puedo estar de acuerdo con vuestra opinión y considero que es mi deber comentarla y corregirla. Porqué (aunque tal vez va en contra de vuestra voluntad y convicción) proviene de una fuente pecaminosa; como si el Cristianismo pudiera alterar sus dogmas, sus cánones, sus ceremonias santificantes, para corresponder al espíritu de cada época y ajustarse a los gustos variables de los hijos de este siglo, que pudiera agregar o quitar algo...

Y sin embargo, no es así. El Cristianismo debe permanecer eternamente sin cambios, sin depender en absoluto o guiarse por el espíritu de cada diferente época. Por el contrario, el mismo Cristianismo está destinado para gobernar y administrar el espíritu del siglo para cualquier persona que obedece sus amonestaciones. Para convenceros sobre este tema en cuestión, os referiré algunos pensamientos para que los meditéis.

Algunos dijeron que mi enseñanza es estricta. En primer lugar, mi enseñanza no es mía, ni debe serlo. Sobre esta santa opinión, nadie puede ni debe predicarla como suya propia. Así que, si yo o alguien otro alguna vez nos atrevemos a hacerlo, podéis expulsarnos de la Iglesia.

Nosotros predicamos la enseñanza de nuestro Señor Dios y Salvador Jesús Cristo, de sus Santos Apóstoles y de la Santa Iglesia dirigida por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, cuidamos en todo lo posible de mantener esta enseñanza intacta e inviolable en vuestras mentes y corazones. Presentamos cada pensamiento y usamos cada palabra con sumo cuidado, con tal de no ensombrecer de algún modo esta brillante y divina enseñanza. Nadie puede actuar de manera diferente.

Una ley tal que defina la predicación de cada uno en la Iglesia para así ser realmente un enviado de Dios, fué establecida desde la creación del mundo y así debe permanecer válida hasta el fin del mundo. El Profeta Moisés, después de la entrega de los mandamientos de Dios mismo al pueblo Israelita, concluyó lo siguiente: «No añadáis nada a lo que os prescribo, ni quitéis nada de ello; antes guardad los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que os ordeno» (Deuterenomio 4, 2).

Esta ley de la fidelidad es tan invariable, que el mismo Señor y Salvador nuestro, cuando enseñaba a la gente en la montaña dijo: «No vayáis a pensar que he venido a abolir la Ley y los Profetas. Yo no he venido para abolir, sino para dar cumplimiento. En verdad os digo, hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una i, ni un ápice de la Ley pasará, sin que todo se haya cumplido» (Mateo 5, 17-18).

Entonces dio la misma autoridad a su propia enseñanza, antes de interpretar los mandamientos en el espíritu del Evangelio, añadiendo: “Por lo tanto, quien violare uno de estos mandamientos, aún los mínimos, y enseñare así a los hombres, será llamado el mínimo en la realeza de los cielos” (Mateo 5, 19).

Esto significa que cualquier persona que interprete erróneamente los mandamientos de Dios y disminuya su autoridad, será desheredado en la vida futura. Así lo dijo el Señor al comienzo de su predicación. Lo mismo confirmó Él también a San Juan el Teólogo, el espectador de las revelaciones inenarrables, al que le describió el juicio final del mundo y de la Iglesia, refiriendo en el Apocalipsis: “Yo advierto a todo el que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguien añade a estas cosas, le añadirá Dios las plagas escritas en este libro; y si alguien quita de las palabras del libro de esta profecía, le quitará Dios su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, que están descritos en este libro” (Apocalipsis 22, 18 - 19).

Para todo el intervalo de tiempo que transcurre desde Su primera presencia en el mundo hasta Su secunda presencia, Cristo dio a los santos apóstoles y sucesores la siguiente ley: “Id pues, y haced discípulos a todos los pueblos...enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado” (Mateo 28, 19-20).

Esto significa que enseñéis, no todo lo que algún otro fuera capaz de pensar, sino todo lo que Yo os he mandado, y esto hasta el fin del mundo. Y complementa con: “Y mirad que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del siglo” (Mateo 28, 20).

Los Apóstoles recibieron esta ley y sacrificaron sus vidas para cumplirla. Y a aquellos que querían obligarlos a no predicar lo que predicaban, bajo amenaza de castigo y muerte, les respondían: ”Juzgad vosotros si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios. Porque nosotros no podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído” (Hechos 4, 19-20).

Esta clara ley fue entregada por los Apóstoles a sus sucesores, fue aceptada por los segundos y tiene vigencia atemporal en la Iglesia de Dios. Debido a esta ley, la Iglesia es la columna y la base de la verdad. ¿Véis , pues, que invariable fidelidad tiene? Después de esto, ¿quién será tan desvergonzado para tocar tercamente o zarandear cualquier cosa en el dogma y ley cristiana?

A continuación, escuchad qué se nos refiere en el profeta Ezequiel, el cual durante siete días estuvo en éxtasis de oración y después de siete días escuchó la palabra del Señor: “Hijo de hombre, yo te pongo por atalaya de la casa de Israel; oirás de mi boca la palabra”(Ezequiel 3,17), y proclamó a la gente. ¡Aquí está la ley para tí! Si ves un impío que comete una ilegalidad y no le dices: deja tu ilegalidad y cambia tu camino, “ese impío morirá en su iniquidad; mas Yo demandaré de tu mano su sangre” (Ezequiel 3,18). Al contrario, si declaras al impío que tiene que huir de su camino ilegal y él no huye, entonces ese impío va a morir en su ilegalidad, mientras tú vas a salvar tu alma. De manera semejante, si ves un hombre justo que empieza a tambalearse en su virtud y no cuidas de traerlo al camino recto con tus palabras, entonces ese justo, ya que pecó, va a morir en sus pecados, pero su alma la pediré de tus manos que no lo apoyaron. Pero si avisas al justo que no debe pecar y él deja de pecar, entonces el justo vivirá y tú salvarás tu alma (ved Ezequiel 3, 19-21).

¡Que ley tan estricta! Sin embargo, suena en las conciencias de todos los pastores durante su elección y ordenación, cuando una carga pesada es colocada encima de ellos, el guiar el rebaño de Cristo que Él les confió, ya sea un rebaño pequeño o grande. No solo deben guiarlo, sino también conservarlo. ¿Cómo podría alguien ser tan presuntuoso, para pervertirlo todo en la ley de Cristo, cuando esto supone la destrucción de ambos, pastores y rebaño?

Si la fuerza salvifica de la enseñanza dependiera de nuestra opinion sobre ella y de nuestro consenso hacia ella, entonces tendría sentido que alguien concibiera en su mente el reconstruir el Cristianismo de acuerdo con las debilidades humanas o las exigencias de cada época y adaptarlo de acuerdo con los deseos de su corazón pecaminoso. Pero el poder salvifico de la ley Cristiana no depende en absoluto de nosotros, sino de la voluntad de Dios, del hecho que Dios mismo estableció con precisión el camino exacto de la salvación. Fuera de este camino no hay otra ruta alternativa, ni podría existir. Por tanto, cualquier persona que enseñe de cualquier otro modo, significa que se desvía del camino verdadero y se destruye a sí mismo y a vosotros. ¿Qué lógica existe en esto?

Fijaos cómo de estricto fué el juicio decretado cuando algo similar aconteció a la nación de Israel durante los años difíciles de su cautiverio. Algunos profetas, por lástima de los que sufrían y los enfermos hablaban al pueblo no como el Señor ordenó, sino como les dictaba su corazón. Para ellos, el Señor dio las siguientes órdenes a Ezequiel: “Y tú, oh hijo de hombre, pon tu rostro contra las hijas de tu pueblo que profetizan a su capricho, y vaticina contra ellas. Dirás: Así habla el Señor: ¡Ay de las que cosen almohadillas para todas las articulaciones de los brazos y hacen cabezales de todo tamaño para las cabezas, a fin de cazar y pervertir almas! ¿creéis acaso que cazando las almas de mi pueblo podréis salvar las vuestras?” (Ezequiel 13, 17-18)

Esto significa: ¡Ay! de aquellos que ordenan cualquier tipo de trato especial y sugieren una educación tan blandengue que nadie sienta el más pequeño desagrado, ya sea de los que están arriba o de los que están abajo, siendo indiferentes de si esto es para la salvacion o para la destrucción, de si es agradable o repulsivo para Dios. ¡Ay! de ellos, porqué “así dice el Señor Dios...vuestras almohadillas y cabezales”, es decir, vuestra acaramelada y confortante enseñanza, “con la que cazáis y pervertís almas”, las arrancaré de vuestros brazos, liberaré a las almas pervertidas de vuestra enseñanza y os exterminaré, corruptores (ved Ezequiel 13, 20-21).

Este es el provecho de este trato especial y de indulgencia, ¡tal y cómo deseáis escucharlo de los predicadores! Al poner estas cosas profundamente en vuestros corazónes, no es correcto que queráis que nosotros hagamos cualquier concesión en el dogma cristiano, teniendo el deseo erróneo de complaceros. Por el contrario, vosotros debéis exigirnos persistemente que permanezcamos en el dogma, tan firme y rigurosamente como sea posible.

¿Habéis oído hablar alguna vez de las Indulgencias del Papa de Roma? Mirad lo que son: Trato especial e indulgencia, las cuales él da desafiando a la ley de Cristo. ¿Y cuál es el resultado? Por ellas todo el Occidente está corrompido en la fe y en el estilo de vida, y ahora se está perdiendo en su increencia y en la vida desenfrenada debido a las Indulgencias.

El Papa cambió muchos dogmas, estropeó todos los Misterios (Sacramentos), anuló los cánones relativos a la regulación de la Iglesia y a la corrección de la ética y costumbres. Todo empezó a ir en contra de la voluntad del Señor, y todo fué de mal en peor.

Luego apareció Lutero, un hombre inteligente pero obstinado. Entonces dijo él: “El Papa lo cambió todo como quería; por qué no puedo hacer yo lo mismo?” Entonces empezó a modificar y remodificarlo todo a su manera, y fundó de esta manera la nueva fe luterana, la que apenas se parece a lo que el Señor ordenó y los santos Apóstoles nos entregaron.

Después de Lutero aparecieron filósofos. Y ellos a su vez dijeron: “Lutero ha establecido para sí mismo una nueva fe, supuestamente basada en el Evangelio, pero en realidad basada en su propia manera de pensar; entonces, ¿por qué nosotros no podemos componer doctrinas basadas sólo en nuestra propia manera de pensar, ignorando por completo el Evangelio?”. Así empezaron ellos también a pensar racionalistamente, y a conjeturar sobre Dios, sobre el mundo, sobre el hombre, cada uno a su manera, y mezclaron tantas doctrinas, que si alguien quisiera sólo enumerarlas, su cabeza se marearía.

Ahora los occidentales tienen la siguiente percepción: Cree lo te parezca mejor, vive como te gusta, satisface aquello que cautiva tu alma... Por tanto, no reconocen ninguna ley o limitación, y no se someten al Logos de Dios. Su camino es ancho, todos los obstáculos apartados. Pero el camino ancho conduce a la perdición, como dice el Señor. ¡Allí es dónde nos ha llevado la relajación e indulgencia en la enseñanza!

¡Libéranos, Señor, de este camino ancho!, pues es preferible amar cualquier dificultad que el Señor haya designado para nuestra salvación. Vamos a amar los dogmas Cristianos y a forzar nuestra mente con ellos, imponiéndole que no piense de manera diferente. Vamos a amar la ética y costumbres Cristianas y a forzar nuestra voluntad con ellas, obligándole a levantar el yugo ligero del Señor con humildad y paciencia. Vamos a amar todas las celebraciónes y servicios Cristianos que nos amonestan, nos corrigen, nos santifican. Vamos a forzar nuestro corazón con ellos, impulsándolo a trasladar sus preferencias desde las cosas terrenales y corruptibles a las celestiales e incorruptibles.

Vamos a limitarnos a nosotros mismos como si entráramos en una jaula. O mejor, vamos a arrastrarnos a nosotros mismos, como si pasaramos a través de un paso estrecho. Déjalo que sea estrecho, para que nadie pueda desviarse ni a la derecha ni a la izquierda. Pero, indudablemente, recibiremos mediante este paso estrecho, como recompensa, la realeza de los cielos. Porque esta realeza, como sabéis, es la realeza del Señor. El Señor fijó este camino estrecho y nos dijo: “Id exactamente por este camino y lograréis la realeza de los cielos."

¿Podría, ahora, alguien dudar de si el viajero va a llegar a su destino? ¿Y qué tipo de mente tendría que tener alguien para empezar a desear cualquier tipo de anulación de los mandamientos, cuando así perdería inmediatamente el camino y él mismo se perdería?

Ya que habéis entendido plenamente esta afirmación, no os aflijáis si alguna cosa en nuestra enseñanza parece estricta. La única cosa que debéis buscar es aseguraros si es del Señor. Y una vez os hayáis asegurado que es del Señor, aceptarla de todo corazón, sin importar cuán estricta u obligada pueda ser. Y no sólo no deseéis un trato especial e indulgencia en el dogma, ética y costumbres, sino que también alejaos de ese trato especial como si estuviérais huyendo del fuego de la Gehenna. De este fuego no pueden escapar los que inventan tales cosas y con ellas arrastran a los débiles de alma para que les sigan. Amén.

29 de Diciembre de 1863

Domingo después de Navidad

Traducido por J.C.


EL SANTO BAUTISMO


Esto es un bautizo ortodoxo, no hay otra forma de realizarlo sino haciendo la triple inmersión en el nombre de la Santa Trinidad. Y es una gran responsabilidad de los sacerdotes.


Que reflexionen los sacerdotes que se limitan a dejar caer un poco de agua sobre la cabneza tal y como hacen los papistas y demás herejes. Los que se dejan llevar por la histeria de madres y abuelas que piensan que su niño se va a ahogar... A qué extremos hemos llegado? Es qué se ha perdido completamente la fe? Es qué no sabemos que la pila del Bautismo es la fuente de la Vida? Es qué no sabemos que muchos que estando enfermos a punto de morir, al ser introducidos en las aguas vivificadoras han recibido no sólo la salud del alma , sino también la del cuerpo?

martes, 22 de mayo de 2012

Conmemoración del Segundo Concilio Ecuménico



El Segundo Concilio Ecuménico fue convocado en el año 381 y aseguro la victoria de la ortodoxia lograda en el año 325 en el Primer Concilio Ecuménico.

En los años difíciles después de la promulgación del Símbolo de Fe Niceno (el Credo), de la herejía arriana brotaban nuevas ramas. Bajo el disfraz de luchadores contra la herejía Sabeliana, que enseñaba la mezcla de las personas hipostáticas del Padre y el Hijo, como meros aspectos o modos de la Trinidad], Macedonio comenzó a emplear la palabra “Homoiusios” “de esencia similar” en contra de la enseñanza ortodoxa del “homoousios”, “de la misma esencia”  del Hijo y del Padre.

Esta formulación todavía presentaba un peligro más porque Macedonio se presentaba como alguien que luchaba contra la herejía arriana, quien usaba el término “como el Padre”. Así, los macedonios, siendo semi-arrianos, dependiendo en las condiciones del momento, se inclinaban aveces hacia lo ortodoxo y aveces hacia lo arriano. Ellos blasfemaban contra Espíritu Santo afirmando que no era “de la misma esencia” del Padre y el Hijo.

Un segundo hereje llamado Aetio, introdujo un segundo concepto, el “anomoion”, diferente en esencia. El decía que el Padre tiene una esencia completamente diferente a la del Hijo. Su discípulo Eunomio enseñaba una subordinación jerárquica del Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo. Todos los que venían a él eran re-bautizados en la “muerte de Cristo”, negando el bautismo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, que el Señor mismo nos mando hacer (Mt 28:19).

Una tercera herejía surgió en el Consejo Arimoniano de las enseñanzas de Valentio y Ursacio. Ellos intentaron contradecir a los obispos ortodoxos, proclamando que el Hijo es de Dios, y es a semejanza de Dios Padre, y no fue creado como los arrianos enseñaban. Los herejes no querían usar el término “uno en esencia” al describir la relación del Hijo al Padre, diciendo que la palabra “esencia” no se encuentra en las Santas Escrituras. A estas tres herejías,  se unían muchas otras enseñanzas falsas como la del hereje Apolinario que decía que la carne del Salvador no tenia alma humana. El Verbo de Dios tomo el lugar del alma ausente y que después de la crucifixión su divinidad permanecio muerta por tres días”.

Para desenmascar a estos fabricantes de herejías, el santo emperador Teodosio el Grande (379-395) convoco un Concilio Ecuménico en Constantinopla que se celebró en la Iglesia de Santa Irene, al cual asistieron 150 obispos. San Dámaso, Papa de Roma, por medio de su delegado el obispo Paulino de Antioquía, mandó una confesión de fe a la que se adhirieron todos los Santos Padres. Después de haber leído el documento en voz alta, anatematizaron la enseñanza falsa de Macedonio, y unánimemente afirmaron la enseñanza apostólica de que el Espíritu Santo no es un ser subordinado, sino Señor vivicador, que procede del Padre, y es adorado y glorificado con el Padre y el Hijo y en contra de las herejías de los Eunomianos, Arrianos y semi-arrianos, los Santos Padres confirmaron el símbolo Niceno de la fe Ortodoxa.y agregaron su octava, novena, decima, undécima y duodécima afirmación de fe. Ellos definitivamente formularon y afirmaron el Niceno-Constantinopolitano Símbolo de Fe, que se usa hasta hoy por todas las Iglesias Ortodoxas, anatematizando a aquel que se atreviera a tocarlo, tal y como luego hicieron los latinos por las insidias de los bárbaros germanos.













jueves, 19 de abril de 2012

LA SEMANA BRILLANTE O DE LA RENOVACIÓN



La Semana Brillante (Radiante) o de la Renovación, conocida también en la tradición ortodoxa occidental como “Septimana in Albis” va desde el Domingo de Resurrección hasta el Domingo de Tomás. El nombre lo toma de la vestidura blanca que llevaban durante toda esta semana los que habían sido bautizados el Sábado Santo y que habían recibido al salir de las aguas bautismales. En el ritual del bautismo, mientras el neófito recibe estas vestiduras blancas se canta precisamente la siguiente antífona: “Recibe esta vestidura de luz…”. Este día, el Sábado Santo, durante la Liturgia de San Basilio, era el único día al año en que recibían las aguas bautismales los catecúmenos que habían intensificado su preparación durante la Cuaresma mediante catequesis especiales, tal y como lo atestigua San Cirilo de Jerusalén y las preces especiales de la segunda letanía por los catecúmenos “que van a recibir la santa iluminación” y que se hacen durante la Liturgia de los Dones Presantificados, a partir del cuarto miércoles de Cuaresma.

Los siete días de la semana radiante, son vistos como un único día pascual, una continua celebración de la Resurrección en los que las horas son sustituidas por la Hora Pascual en la que continuamente suena el tropario de Pascua “Cristo ha resucitado de entre los muertos…” Se celebra todos los días la Liturgia del Domingo de Resurrección así como los Maitines, manifestándose así en la liturgia la unidad celebrativa.

De acuerdo con el canon nº 66 del Concilio de Trullo: “Desde el día Santo de l Resurrección de Cristo, nuestro Dios, hasta el Domingo Nuevo o de Tomás, durante toda la semana los fieles en las iglesias continuamente han de repetir los salmos e himnos espirituales regocijándose y celebrando a Cristo, escuchando las Sagradas Escrituras y gozando de los Sagrados Misterios. De esta manera seremos exaltados con Cristo y resucitaremos con Él. Durante estos días que no se hagan carreras de caballos o cualquier otro espectáculo público. Esta disposición sobre todo está pensada para que los fieles no tengan la tentación de distraerse de lo principal de estos días que es la celebración de la Resurrección de Cristo y que ésta no se vea empañada por espectáculos mundanos y vulgares. Bulgakov nos cuenta que en la Rusia de antes de la nefasta revolución bolchevique, las tabernas se cerraban durante esta semana en la que no se vendían bebidas alcohólicas.

Durante esta semana no hay ningún día de ayuno, prohibido severamente por los padres ya que es considerada en su unidad como un domingo en el que no se puede ayunar. Es un tiempo de renovación de todos los cristianos Ortodoxos que hemos participado en la Santa Resurrección de Cristo, no sólo de los que han sido bautizados. Es el tiempo en el que se disfrutan los frutos espirituales de la lucha cuaresmal y que ahora resplandecen a la luz sagrada de la resurrección por la que hemos sido iluminados.

Esta Semana es especialmente celebrada en toda la Iglesia siguiendo las antiguas costumbres de la ciudad imperial. El lunes y el martes son especialmente sagrados y en ellos se repiten las procesiones pascuales alrededor de la Iglesia. Estas procesiones adquieren su máximo esplendor actualmente en la sagrada montaña de Athos donde miles de peregrinos acuden a Kairies y al Monasterio de Ibirion para participar en las Letanías que se hacen con los iconos milagrosos de la Madre de Dios “Axion Estín” y Portaitisa. El Jueves Radiante, el Emperador y todo el pueblo participaban después de las Solemnes Vísperas en la Iglesia de Santa Sofía hasta la Iglesia de las Blanquernas en donde se bebían las aguas de la “Fuente de la Vida” y se permanecía en vigilia toda la noche celebrándose la Liturgia el Viernes por la mañana en presencia de los Emperadores. Así mismo en esta semana se indultaba a los presos y remitían las condenas militares.

Los servicios eclesiásticos se realizan con las puertas abiertas no cerrándose al terminar como signo del sepulcro abierto y vacío de Cristo y del velo del templo de los judíos deicidas, rasgado en el momento de la muerte de Cristo. El epitafio permanecerá encima del altar durante toda la Pascua que no se clausura el domingo de Tomás (siete días) como ocurre con las demás fiestas grandes sino que terminará en las vísperas del día de la Ascesión.

Durante toda la semana el Artos está delante del icono de la resurrección en la Iglesia. Este es un pan que se bendice en la noche de la Pascua y que simboliza la presencia de Cristo en medio de sus Apóstoles. Es besado por los fieles al entrar en la Iglesia como saludo a Cristo Resucitado. Es repartido durante la Liturgia del Sábado Radiante.

Durante estos cuarenta días pascuales, los fieles cambian sus saludos habituales por el “¡Cristo ha resucitado!” que resuena continuamente en toda la Iglesia Ortodoxa.

¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡EN VERDAD HA RESUCITADO!

miércoles, 18 de abril de 2012

San Justin Popovich: Las tres caídas




En la historia de la raza humana, ha habido tres principales caídas: la de Adán, la de Judas, y la del papa de Roma. La característica principal de caer en el pecado es siempre la misma: querer ser bueno por su propio bien, querer ser perfecto por su propio bien; querer ser Dios por su propio bien. De esta manera, sin embargo, el hombre inconscientemente se equipara al diablo, porque el diablo también quiere llegar a ser Dios por su propio bien, ponerse en el lugar de Dios. Y en esta auto-elevación instantáneamente se convierte en demonio, completamente separado de Dios, y siempre en oposición a Él. Por lo tanto, la esencia del pecado, de todo pecado (svegreha), consiste en este arrogante auto-engrandecimiento. Esta es la esencia misma del diablo, de Satanás. No es nada más que querer permanecer dentro de su propio ser, de no querer nada dentro de uno mismo que no sea uno mismo. El diablo entero se encuentra aquí: en el deseo de excluir a Dios, en el deseo de estar siempre por sí mismo, a pertenecer siempre sólo a uno mismo, de estar completamente dentro de sí mismo y siempre para sí mismo, de estar siempre cerrado herméticamente en oposición a Dios y todo lo que pertenece a Dios.

¿Y qué es esto? Es el egoísmo y el amor propio abrazado para toda la eternidad, es decir: es el infierno. Por eso es esencialmente lo que el humanista es, enteramente dentro de sí mismo, por sí mismo, para sí mismo, siempre con rencor cerrado en oposición a Dios. Aquí se encuentra todo el humanismo. La culminación de tan satánicamente orientado humanismo es el deseo de ser bueno para el bien del mal, de convertirse en Dios por el bien del diablo. Procede de la promesa del demonio a nuestros padres en el Paraíso, que con su ayuda “serían como dioses” (Gn 3: 5).El hombre fue creado con un potencial teantrópico (divino-humano) por Dios, que ama a la humanidad, para que voluntariamente pudiera dirigirse a sí mismo, a través de Dios, para llegar a ser Dios-hombre, basado en la divinidad de su naturaleza. El hombre, sin embargo, con su libre albedrío buscó la impecabilidad a través del pecado, buscó a Dios a través del diablo. Y seguramente, siguiendo este camino se habría hecho idéntico al diablo de no haber intercedido Dios con su inmenso amor a la humanidad y su gran misericordia. Al hacerse hombre, es decir, Dios-hombre, Él redirigió al hombre hacia el Dios-hombre. Él le presentó a la Iglesia que es su cuerpo, a la recompensa (podvig) de theosis a través de los santos misterios y las santas virtudes. Y de esta manera le dio al hombre la fuerza para convertirse en “un hombre perfecto, en la medida de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:13), para lograr, el destino divino, de convertirse voluntariamente en Dios-hombre por la gracia.

La caída del Papa es una consecuencia del deseo de sustituir al hombre por el Dios-hombre. En el reino del humanismo el lugar del Dios-hombre había sido usurpado por el Vicarius Christi, y el Dios-hombre ha sido así exiliado al Cielo. Esto sin duda da lugar a una reenarnación peculiar de Cristo, el Dios-hombre, ¿no?

A través del dogma de la infalibilidad el Papa usurpa para sí mismo lo que es para el hombre, toda la jurisdicción y todas las prerrogativas que pertenecen sólo al Señor Dios-hombre. Él efectivamente se proclamó como la Iglesia, la iglesia papal, y se ha convertido en su (de la iglesia) principio y final de todo, el autoproclamado gobernador de todo. De esta manera el dogma de la infalibilidad del Papa ha sido elevado al dogma central (svedogma) del papado. Y el Papa no puede negar esto de ninguna manera en tanto que siga siendo papa de un papado humanista.

De “Reflexiones sobre la infabilidad del hombre europeo” en el “Orthodox Faith and Life in Christ” Belmont, MA: Instituto de estudios griegos modernos y bizantinos, 1994, Asterios Gerostergios, ed.

Traducido por H.M.P ©

martes, 10 de abril de 2012

CONFESION DE FE O JUSTÍSIMA APOLOGÍA

CONFESION DE FE O JUSTÍSIMA APOLOGÍA

Por San Nicodemo el Aguiorita, introducción de su libro “Confesión de Fe”

Queridos, la envidia es una cosa terrible e intranquilizadora que siempre está en movimiento y nunca para de realizar su atributo natural, es decir, manchar a los immaculados, el inculpar a los no culpables, y a los muy piadosos y muy ortodoxos difamarles como heterodoxos e impíos. Como corroboración de esto son bastantes los ejemplos de los grandes Maestros y santos de nuestra Iglesia, es decir, San Atanasio el Grande, San Basilio el Grande, San Juan Crisóstomo y todos los demás, los cuales, mientras ellos mismos eran piadosísimos y muy ortodoxos, eran difamados por sus adversarios como impíos y heteroodoxos.

Entonces, si estos tan grandes e importantes Santos de la nuestra Iglesia no pudieron salvarse de la envidia y las calumnias, ¿como es posible que estemos nosotros por encima de ellos, de los cuales no somos dignos ni de lavarles los pies? No es nada extraño, entonces, si también nosotros somos acusados y calumniados con difamaciones y nombran como heterodoxos a causa de la envidia, de la terquedad y del odio incitado por algunos hermanos.

Hay incluso algunos, los cuales sin conocer qué significa Kolibás y sin conocer la causa por la cual somos acusados y calumniados, sólo al escuchar los demás llamarnos Kolibades, heréticos, heterodoxos y otras calumnias parecidas, inmediatamente ellos siguen las mismas calumnias.

Así se parecen a aquellos necios Atenienses, seres ignorantes, los cuales acusaron al justo Arístides y escribieron en su contra en el óstraco (fragmento de cerámica empleado para condenar, mediante voto, al ostracismo) que merecía ser condenado y exiliado de Atenas.Y aunque no lo conocían en absoluto con anterioridad, sin embargo, escuchaban sólo de los otros que era digno de condena y exilio, como está referido de él en los Paralelos de Plutarco; y no nos referimos, por motivo de la difamación, a aquel vulgar y popular refrán que encaja en esta situación y que dice: “Cuando ladra un perro, inmediatamente ladra también otro”.

Por este motivo, para que sea conocida la verdad, nos vemos obligados a exponer aquí la presente y de propia mano Confesión de nuestra Fe para defendernos con pocas palabras, para exponer qué creemos sobre todo aquello por lo que somos injustamente acusados. Porqué escuchemos al eminente Pedro anunciar: “Que estéis siempre preparados para contestar a todo aquel que os pida explicaciones” ( 1 Pedro 3,15), de manera que todos los que propagan con pasión estas cosas contra nosotros, que cierren sus bocas, temiendo a Dios y a la recompensa o castigo futuros; y los otros hermanos, que también se escandalizan por ignorancia y se enfrían por todo lo que se dice en contra nuestra, que paren de escandalizarse, viendo ya revelarse con este discurso y escrito las convicciones que hay en nuestros corazones. Ya que de acuerdo con el Apóstol “ con el corazón el hombre cree todo lo que conduce a la justicia, con la boca confiesa todo lo que conduce a la salvación” (Romanos 10, 10)

PRIMERO.

Confesamos, proclamamos y admitimos los 12 Artículos que existen en el Símbolo común de la Fe, es decir, a aquellos artículos que están contenidos en el Creo en un solo Dios, los cuales los leemos a diario en solitario, en común, en nuestras celdas, en los santos templos de Dios y en cualquier parte que nos encontremos. Ya que escuchamos al San Juan Crisóstomo decir: “Los terribles cánones que hay en el símbolo, son dogmas que han bajado del cielo” (Homilía 40 en la 1ª Epístola de los Corintios).

SEGUNDO.

Confesamos y admitimos todos los otros dogmas, todos los que confiesa (admite) y proclama la santa Católica y Apostólica Iglesia de Cristo, tanto todos aquellos dogmas que se refieren a la elevada y Trinitaria teología, es decir, sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de los cuales una es la divinidad, de acuerdo con el 5º cánon del Segundo Concilio Ecuménico, como los dogmas que conciernen a la profunda y encarnada Economía del Logos de Dios. También hacemos referencia aquí al discurso del padre de la Iglesia San Basilio el Grande: “Creemos tal como hemos sido bautizados, y alabamos y glorficamos a Dios tal como hemos creído” (1º Discurso Ascético).

TERCERO.

Confesamos y admitimos con piedad o con pensamiento los 7 divinos y santos misterios de nuestra Iglesia, los cuales son: el Santo Bautismo, la Santa Crismación, La Divina Eucaristía, el Sacerdocio, el Matrimonio legal, el Arrepentimiento y la Unción. Estos misterios honramos y reconocemos con toda nuestra fe y piedad, ya que ayudan de manera imprescindible a la salvación de nuestras almas, y admitimos la santa gracia y la santificación que provienen de estos misterios, de acuerdo al orden que actúa y se guarda en la Iglesia de Cristo de Oriente.

CUARTO.

Conservamos las tradiciones Apostólicas, en las cuales hemos sido enseñados, ya sea con discursos, ya sea con las epístolas de los divinos y venerables Apóstoles, y permanecemos creyentes en todo lo que aprendimos y en lo que fuimos cerciorados, como anuncia el Apóstol Pablo a nosotros y a todos los cristianos en su 1ª Epístola a las Corintios, en la 2ª Epístola a los Tesalonicenses y en la 2ª Epístola a Timoteo.

QUINTO.

Junto con las tradiciones de los Apóstoles, mantenemos y admitimos las Tradiciones de la Iglesia, es decir, las tradiciones que fueron determinadas por los sucesores de los Apóstoles. Así, aparece el heterodoxo Montano, que alcanzó su esplendor en el siglo II y su convicción era el violar e incumplir las tradiciones y las costumbres de la Iglesia, según Eusebio (Libro 5º cap. 15 de la Historia Eclesiástica). Ya que los dogmas y las tradiciones de la Iglesia no son opuestos entre si, todo lo contrario, más bien los unos completan a los otros. Ya que los dogmas de la Fe constituyen las tradiciones de la Iglesia, mientras que las Tradiciones de la Iglesia se sostienen encima de los dogmas de la fe, pero los dos juntos tienen el mismo e idéntico poder en el tema de la fe. Por esto también dijo San Basilio el Grande “los dos tienen idéntico poder en el tema de la fe” (Cánon 91).

Ya que, como las grandes piedras se tiene en pie junto con las pequeñas y las dos juntas constituyen el edificio, si alguien quiere echar abajo las pequeñas, simultáneamente echa abajo también las grandes, así los dogmas de la Fe permanecen juntos con las tradiciones de la Iglesia, también si alguien quiere violar e incumplir las tradiciones de la Iglesia, viola e incumple junto a éstas los dogmas de la Fe. Por esto dijo también San Basilio el Grande: “Si intentamos incumplir lo no escrito de las costumbres y tradiciones, con el pretexto que no tienen un gran poder, por este error, provocaremos un gran daño en el Evangelio. Más bien convertiremos el kerigma del Evangelio en simplemente un nombre bonito y fino.” (Cánon 91).

SEXTO.

Sostenemos y admitimos todos los santos cánones de los muy honorables Apóstoles, los cánones de los 7 Concilos Ecuménicos, los cánones de los Concilios Locales y de los santos y teóforos Padres que vivieron en todo lugar, los cánones que contiene el 2º Artículo del Sexto Concilio Ecuménico y los cánones que fueron ratificados en el 1º Artículo del Séptimo Concilio Ecuménico. Junto con los Cánones admitimos también las Actas de los mismos Concilios, ya que ambos tienen idéntico poder.

SEPTIMO.

Y hablando en general: todo lo que la Iglesia Santa, Universal, Apostólica y Oriental, nuestra madre común y espiritual, admite y confiesa, esto es lo que nosotros junto con ella aceptamos y confesamos. Y todo lo que ella aborrece, detesta y rechaza, igualmente también nosotros repudiamos, rechazamos y detestamos junto con ella como sinceros y verdaderos hijos suyos.

Traducido por T.C.G ©