martes, 14 de enero de 2014

Teofania Boboteaza 2014: Bendición de las Aguas

Bendición de las Aguas de Dentro el domingo, día 5,
en la Parroquia de San Andrés y san Nicolás de Alicante
 
 



































martes, 31 de diciembre de 2013

Puer natus est pro nobis

La música de la antigua liturgia romana. Estos cantos recibieron la influencia de la música antioquena, cuna de la música litúrgica cristiana. Es el introito del día Navidad y celebra el misterio de la Encarnación de Cristo.

El Sacramento de la Confesión.

 
 
El Sacramento de la Confesión, según la doctrina de los Santos Padres, la tradición y praxis ininterrumpida de la Iglesia, ha de entenderse como una psicoterapia en el sentido más literal de esta palabra: terapia del alma, en la que el pecador, consciente de su situación y arrepentido por sus hechos, acude a Cristo, Medico de las almas y los cuerpos para recibir el bálsamo saludable que sane las heridas causadas por el pecado. Se habla de alma y cuerpo porque el pecado atañe tanto a una como al otro y todo pecado deja herida en el alma y esta herida se manifiesta también en el cuerpo ya que desordena la unidad antropológica y la acción theantrópica de Dios en el hombre.

¿Cómo pues hemos de acudir al Misterio? Lo primero conscientes del pecado, de su acción en nosotros y de su repercusión en toda la Iglesia. Hemos de acudir como el que acude al médico y describe los síntomas de la enfermedad, para que el médico pueda hacer el diagnóstico correcto y pueda aplicar el remedio y la medicina saludable. Más aquí es donde comienzan los problemas y es labor pastoral de los sacerdotes el catequizar debidamente a los fieles para que estos puedan acercarse convenientemente a participar en los Divinos Misterios.

Uno de los problemas con los que nos encontramos es la pérdida de conciencia de pecado incluso en aquellos que con frecuencia asisten a los servicios religiosos. Esa ausencia personal de pecado se ve influida por la pérdida en la propia sociedad lo que crea un ambiente propicio para ignorar el pecado y sus consecuencias en nuestras vidas. Prevalece en muchas ocasiones el hecho de que si algo lo hace la mayoría de la gente está bien y es moralmente aceptable. Ejemplo de esto lo encontramos en las relaciones prematrimoniales, las pequeñas estafas, el hurto, consultar videntes, tarotistas y horóscopos, las infidelidades dentro del matrimonio, el abandono de las oraciones diarias y los ayunos eclesiásticos…  Esta ignorancia actúa en el hombre  de la misma manera que un cáncer que va carcomiendo el interior y no se manifiesta hasta que la situación es de extrema gravedad. Ocasiona al final el alejamiento total de la Iglesia y de Dios y tiene como consecuencia la muerte espiritual.

Es frecuente también la situación de incapacidad del hombre de luchar contra los pathos, las pasiones del alma, que arraigan en ella y conforme pasan los años son más difíciles de quitar. Hay ocasiones en las que se es plenamente consciente de la existencia de estas pasiones como por ejemplo en la adicción al alcohol, pero es más fácil excusarse, dejarlo para mañana, considerarse incapaz de luchar que reaccionar contra ellas. Peor aún es cuando el hombre se cree capaz de luchar solo ignorando la ayuda de la Gracia Divina en esta contienda.

Una vez que el cristiano se acerca al Misterio de la Confesión ha de considerar como hacer esta para que sea efectiva y de los frutos convenientes. Ha de considerarse el hombre igual al Hijo Pródigo del Evangelio. Consciente de su pecado se levanta para volver a su Padre y recibir de Él su perdón y recuperar su condición de hijo.

Cuando el fiel se acerca al confesor ha de escuchar las palabras que dice el sacerdote al recibirlo: “Hijo, no te confiesas conmigo, sino con Cristo a quien represento” Esto es importantísimo ya que al acercarse a confesar se pone en la presencia del mismo Redentor de las almas, el único que puede sanarnos y es el sacerdote el que da en su nombre la absolución de los pecados. Esto descarta totalmente la falsa y diabólica creencia de que uno puede confesar sus pecados directamente con Dio, siendo innecesaria la figura del sacerdote. Es el mismo Jesucristo el que da a sus Apóstoles la autoridad de perdonar los pecados, de atar y desatar por lo que si no hay confesión no puede uno recibir el perdón de Dios.

Acercarse a la Confesión supone previamente el haber hecho un buen examen de conciencia siguiendo las guías que para esto hay. De entre todas, la mejor y más reconocida por la Iglesia es la realizada por San Nicodemo Aghiorita con las convenientes actualizaciones. El examen correcto de nuestros pecados nos lleva a desterrar la perniciosa idea que abunda y que muchas veces escuchamos los sacerdotes: “Padre, que puedo decirle, yo no peco, rezo, voy a la Iglesia… ” Esta idea también la inspira el enemigo mortal de las almas ya que el mismo Señor nos dice que el santo peca siete veces al día; ¡Que no haremos nosotros pobres pecadores! El que hace un buen examen descubre los pecados cometidos y en ese momento lo mejor es apuntarlos para poderlos leer ante el sacerdote, ya que una vez iniciada la confesión el demonio puede suscitar en nosotros vergüenza y callar los más graves por una falsa vergüenza de lo que pueda pensar el sacerdote. Vergüenza ha de darnos el pecar, no el reconocer que hemos pecado.

Puesto a la confesión esta ha de ser igual que como cuando acudimos al médico. Hemos de dar cuenta de los síntomas de la enfermedad lo más claramente posible, sin omitir ninguno, para que el médico pueda dar su diagnóstico y la medicina curativa. Son muchos los que acuden al confesor como si el confesionario fuera un patio de vecinas; acuden más a contar chismes, dando cuenta de lo malos que son los demás y lo bueno que es uno, escusando los pecados por las malas influencias… Esto ha de ser cortado tajantemente por el sacerdote ya que uno no va a confesar a su suegra por lo mal que ésta le trata, o las injusticias de su jefe, o lo malo que es el marido o lo mala esposa que es su mujer. Uno va a confesar sus pecados, ya irá su suegra a confesarse o su jefe. Igualmente ocurre cuando uno va al médico y no le dice: “mire es que a mi madre le duele la cabeza y a mi marido le produce ardor de estómago la cena” . Se habla en primera persona: “Padre, he mentido, he sido injusto con mis trabajadores, he descuidado la educación de mis hijos, no me hablo con mi hermano, he mirado con deseo a la mujer de mi prójimo, no hago las oraciones diarias, no he ayunado los miércoles y viernes, no doy limosna ni atiendo a los necesitados…” Uno no se anda con rodeos ni da demasiados detalles, ni se escusa… Uno reconoce ante Dios como el Hijo Pródigo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti y no merezco ser llamado hijo tuyo”.

Necesario es escuchar los consejos del sacerdote que da como el médico da el tratamiento necesario para la salvación y curación del alma y se ha de poner en situación de no volver a caer en los mismos pecados con la ayuda misericordiosa de Dios. El sacerdote impone la epitimia o canon correspondiente  que el fiel cumplirá convenientemente como se toma el enfermo sus medicinas los días y a las horas establecidas para la sanación.

Puede incluso el sacerdote según la gravedad de los pecados pedir al fiel que no reciba los Santos Misterios hasta que se haya cumplido el canon y el alma esté preparada convenientemente para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con el corazón purificado y como la medicina verdadera que nos sana y vivifica definitivamente. Este ayuno nos hace también ser conscientes de los terribles Misterios en los que vamos a participar.

Esto hace pues que sea necesario confesar convenientemente antes de comulgar no pudiendo nadie acercarse al santo Sacrificio si haberse purificado antes convenientemente con la confesión de los pecados, arrepentido de todo corazón y purificado de toda mancha aún de las más leves para no tragar la propia condenación tal y como nos dice el santo Apóstol Pablo.

lunes, 30 de diciembre de 2013

¿Por qué encendemos velas en la iglesia?


 
Lo primero que hacemos los cristianos ortodoxos al entrar en la iglesia es venerar los Santos iconos y encender velas. ¿Por qué encendemos estas velas?

Las velas pueden ser un modelo espiritual para nosotros según nos dice san Simeón de Tesalónica.

-          Las velas están hechas de cera pura de abeja, de cera purificada de toda impureza por lo que nuestros corazones han de estar purificados.

-          La cera es maleable, no rígida como la parafina. Las velas de cera pura las podemos doblar, así nuestras almas han de ser maleables para que se conviertan y fortalezcan con las enseñanzas del Santo Evangelio.

-          Así como la cera se elabora del polen de las flores y tiene una fragancia dulce, así nuestras almas deben tener el buen olor de la fragancia divina.

-          A medida de que la vela se va consumiendo, se funde y alimenta la cera la llama, así tenemos que luchar ascéticamente para obtener la unión con Dios.

-          Así como la llama de la vela ilumina la oscuridad, brille la luz de Cristo en nuestros corazones delante de los hombres para glorificar el nombre de Dios.

-          Así como la vela ofrece su propia luz para iluminar las tinieblas del hombre, así las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad han de iluminar la vida del cristiano.

-          Como la cera se derrite, así hemos de derretirnos en el amor a nuestro prójimo.
Roguemos para que la luz de Cristo brille en nosotros.

domingo, 29 de diciembre de 2013

29 de diciembre: recordamos en la liturgia la matanza de las Santos Inocentes.

 
EL ABORTO ES DIABÓLICO
 
El diablo es mentiroso y homicida. Así lo afirma Jesús en una predicación a los judíos. Viendo la hostilidad con que le escuchaban, hace en público esta declaración: «¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo, porque es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,43-44).

El diablo en el aborto miente y mata.

El diablo miente primero. A todos los hombres, gobiernos, partidos políticos, intelectuales, legisladores, que en mayor o menor grado están bajo su influjo, les hace creer y difundir diversas mentiras. El aborto es un derecho de la mujer. Un derecho inalienable, que el Estado debe asegurar y financiar en su ejercicio. La mujer tiene derecho a disponer de su propio cuerpo, y ese derecho incluye el de abortar. El ente concebido en el seno de la mujer es un ser viviente, pero no consta que sea un ser humano. La ley moral cristiana está vigente para los cristianos, pero no puede imponerse a toda una nación, en la que muchos no son cristianos. Una ley abortista es aceptable si es menos permisiva que otra peor, antes vigente o establecida en otras naciones. El aborto es una exigencia de la paz social. Y no puede ser evitado por una mejora en la atención a la mujer embarazada, ni tampoco por una facilitación legal de la adopción. Ante el daño fisico o psicológico que puede en determinadas circunstancias sufrir una mujer a causa de su embarazo, su derecho a la salud ha de prevalecer sobre el derecho que el feto tiene a vivir, a que no lo maten.

El diablo mata después. La mentira hace legal y moralmente lícito el homicidio. En España, a partir de la ley abortista de 1985 hasta la ley de 2010, se produjeron 1.600.000 abortos legales, que en el 97% de los casos eran justificados por el daño psicológico previsible en la madre –mejor dicho, en la mujer–. En 2001, en números redondos, los abortos anuales eran ya 70.000. Y la cifra fue aumentando en los años siguientes: 2002 (77.000), 2003 (80.000), 2004 (85.000), 2005 (92.000), 2006 (102.000), 2007 (112.000), 2008 (115.000), 2009 (111.000), 2010 (113.000). En la ley de 2010 se declara «el derecho al aborto», y ya los abortos no son exigidos por riesgo de la salud de la mujer, sino que en un 90% de los casos, por simple petición suya: es un derecho, asegurado y financiado por el Estado. Los abortos en 2011 son (118.000) y en 2012 (112.000). Y hay que hacer notar que en todos estos años las cifras han sido similares cuando al frente del Gobierno nacional o de las diversas Autonomías estaban políticos socialistas o populares. Por otra parte, la generalización de la píldora postcoital y de otros modos abortistas similares va haciendo prácticamente imposible la contabilización estadística de los abortos.

La ley abortista proyectada para 2014 vuelve a permitir el aborto ante el riesgo físico o psicológico de la mujer. Siendo este supuesto en un 97% de los casos el «justificante» durante muchos años de esa enorme cifra de abortos en la nación, todo hace pensar que la matanza de los inocentes continuará más o menos igual en los próximos años. Las autoridades políticas que entonces hubieran podido evitar un fraude de ley que era evidente y habitual –certificados falsos de médicos deshonestos–, no lo hicieron. Y como son ellos mismos los que habrán de aplicar la ley abortista de 2014, lo más probable es que tampoco ahora evitarán el fraude de ley, y seguirá la matanza. No es éste «un juicio temerario». Ya sabemos lo que de ellos se puede esperar.

Toda ley abortista, sea de plazos o de supuestos, es diabólica, porque es mentirosa y homicida, ya que autoriza el homicidio en el aborto. Dios nuestro Señor, Creador de los hombres y del universo, ordena: «no matarás». Y el diablo, enemigo del Creador y de la creación, dice al hombre: «sabe Dios que el día que comáis de él [del árbol prohibido por Dios] se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal». Es decir, vosotros mismos decidiréis qué es lo bueno y qué lo malo (Gén 3,5).

El diablo, enemigo del hombre, es mentiroso y homicida, y lleva a la muerte y al infierno.

Jesucristo, el Salvador del hombre, es la verdad y la vida, y lleva a la vida y al cielo.