lunes, 14 de noviembre de 2022

UNA ALEGRÍA DE CUARENTA DÍAS.





Mañana, día 15, comenzará en el nuevo calendario la Cuaresma de Navidad, que nos recuerda el ayuno de Moisés en el Monte Sinaí, antes de recibir el Decálogo escrito en las tablas de piedra de las Tablas de la Ley. Por eso, la Iglesia nos exhorta a prepararnos mediante el ayuno y la oración, para recibir a Cristo Salvador, nacido de la Virgen María para la salvación del mundo.

ALIMENTO PARA EL ALMA



Lunes XXIII después de Pentecostés
Lucas 10, 22-24
En aquel tiempo dijo el Señor: Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo. Luego, volviéndose a los discípulos, aparte les dijo: Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis, porque yo os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron.
San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, hom. 39.
No se alegra y da gracias porque ocultaba los misterios a los escribas y fariseos (esto en verdad no era motivo de alegría, sino de tristeza); sino que da gracias porque los pequeños conocieron lo que los sabios habían ignorado. Por esto da gracias al Padre, con quien hace El esto a la vez, demostrando la excesiva caridad con que nos amó. Manifiesta también a continuación que la causa de esto es su voluntad y la del Padre, quien hacía todo esto por voluntad propia. Prosigue: «Así es, Padre, porque así ha sido de tu agrado».
Después de haber dicho: «Yo te doy gracias, porque revelaste estas cosas a los pequeñuelos», para que no se creyese que Cristo, privado de esta virtud, no podría hacer esto, añadió: «Todas las cosas me son entregadas por mi Padre».
De aquí deducen algunos que los profetas no tuvieron noticia de Cristo. Pero sí desearon ver lo que los apóstoles vieron; conocieron que vendría a los hombres y les dispensaría las gracias que les dispensó. Ninguno desea lo que no conoce; luego habían conocido al Hijo de Dios. Por lo que no dice simplemente: «Quisieron verme», sino «lo que vosotros veis»; ni «oírme», sino «lo que vosotros oís». Lo habían visto, en efecto, aunque no ya encarnado, ni tratando con los hombres, ni hablándoles con tanta majestad.
San Gregorio Libros Morales. 25. cap. 13
En estas palabras nos da ejemplo admirable de humildad, para que no presumamos censurar temerariamente los eternos decretos acerca de la vocación de unos y de la repulsión de otros, pues no puede considerarse como injusto lo que agrada al justo. Así, pues, en todas las cosas que se ejecutan exteriormente, la causa de la razón manifiesta es la justicia de la voluntad oculta.
San Agustín de Hipona, Sobre el salmo 118.
“Muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis”
“Anhelo tu salvación, Señor,” (Sal 119,174) es decir, tu venida. Bienaventurada debilidad que está impregnada por el deseo de algo no conseguido todavía, pero esperado con verdadera pasión. ¿A quién corresponden estas palabras, desde los orígenes de la humanidad hasta el final de los tiempos, sino al pueblo escogido, al sacerdocio real, a la nación santa (cf 1P 2,9) a todos los que en esta tierra y en este tiempo han vivido, viven y vivirán en el deseo de poseer a Cristo?
El anciano Simeón es testigo de esta espera cuando, recibiendo a Cristo en sus brazos, exclama: “Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar que tu siervo muera en paz. Mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2,29). Este deseo no se ha desvanecido nunca en los santos y nunca se desvanecerá en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, hasta la consumación de los siglos, hasta que venga “el deseado de las naciones”, prometido por el profeta (Ag 2,8).
El deseo del que hablamos se refiere, con el apóstol, a “la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo” (1 Tim 6,14). De ella habla San Pablo a los colosenses: “cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él» (Col 3,4). La Iglesia, en los primeros tiempos, antes de que la Virgen diera a luz contaba ya con los santos que anhelaban la venida de Cristo en carne humana. Hoy cuenta con otros santos que anhelan la manifestación de Cristo. Nunca se ha interrumpido este anhelo.
San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, IV 14,2.
“…muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron…” (Lc 10,24)
Desde el comienzo, Dios ha formado al hombre en vista de sus dones. Ha escogido a los patriarcas en vista de su salvación. Se preparó un pueblo, instruyendo a los ignorantes para que siguieran las huellas de Dios. Más tarde, instruyó a los profetas para habituar al hombre a convivir con su Espíritu ya en este mundo y a entrar en comunión con Dios. El mismo Dios no tenía necesidad de nadie, pero a los que necesitaban de él les ofrecía su comunión. Para aquellos, en quienes se complacía, (cf Lc 2,14) ha destinado desde un principio, igual que un arquitecto, el edificio de la salvación. El mismo fue su guía en las tinieblas de Egipto; en el desierto donde erraban, les daba una Ley apropiada; y a los que entraron en la tierra prometida les ofreció una herencia escogida. En fin, para todos aquellos que se levantan y vuelven junto al Padre, él mata la ternera cebada y los reviste de una túnica de fiesta. (cf Lc 15,22ss)
Así, de muchas maneras, Dios disponía al género humano en vista de la “música y danza de la salvación” (cf Lc 15,25) Por esto, Juan escribe en el Apocalipsis: “Su voz era la voz de aguas caudalosas” (Ap 1,15) Ya que realmente, las aguas del Espíritu de Dios son múltiples, porque el Padre es grande y posee todas la riquezas. Y, pasando a través de todo ello, el Verbo acordó generosamente su ayuda a los que se le someten, dando a toda criatura las prescripciones apropiadas.
“Muchos vendrán de Oriente y Occidente…”
«He aquí que vienen días, oráculo del Señor, en que yo sellaré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva… Pondré mi Ley en el fondo de su ser y la escribiré en su corazón» (Jr 31,31s). Isaías anuncia que estas promesas deben ser el anuncio de una herencia para la llamada a los paganos; también para ellos se ha abierto el libro de la Nueva Alianza: «Esto dice el Dios de Israel: ‘Aquel día se dirigirá el hombre a su Creador, y sus ojos mirarán hacia el Santo de Israel. No se fijará en los altares, obras de sus manos, ni lo que hicieron sus dedos mirará…’» (17,7s). Es del todo evidente que estas palabras se dirigen a los que abandonan los ídolos y creen en Dios nuestro Creador gracias al Santo de Israel, y el Santo de Israel, es Cristo…
En el libro de Isaías, el mismo Verbo dice que debía manifestarse estando entre los hombres –en efecto, el Hijo de Dios se hizo hijo del hombre- y dejarse encontrar por los que anteriormente no le conocían: «Me he hecho encontradizo de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: «Aquí estoy, aquí estoy» a gente que no invocaba mi nombre (65,1). Que este pueblo, del que habla Isaías, debía ser un pueblo santo, fue anunciado también, entre los doce profetas, por Oseas: «Amaré a No-Amada y a No-mi-pueblo y diré: ‘Tú eres mi pueblo’… y serán llamados ‘hijos del Dios vivo’» (Rm 9,25-26; Os 2,25; cf 1,9). Es este también el sentido de lo que dijo Juan Bautista: «Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras» (Mt 3,9). En efecto, después de haber sido arrancados, por la fe, del culto a las piedras, nuestros corazones ven a Dios y somos hechos hijos de Abrahán, que fue justificado por la fe.
Eusebio de Cesárea, Demostración evangélica, II, 3, 35.
«Muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán… en el festín del Reino de los cielos»
Son numerosos los testimonios de la Escritura que enseñan que las naciones paganas no han recibido menos gracias que el pueblo judío. Si los judíos participan de la bendición de Abrahán, el amigo de Dios, porque son sus descendientes, acordémonos de que Dios se comprometió en dar a los paganos una bendición semejante, no sólo a la de Abrahán, sino también a las de Isaac y Jacob. En efecto, explícitamente predijo que todas las naciones serían igualmente bendecidas e invitó a todos los pueblos a un solo y mismo gozo con los bienaventurados amigos de Dios: «¡Exultad, naciones, con su pueblo!» (Dt 32,43) y también: «Los príncipes de los gentiles se reúnen con el pueblo del Dios de Abrahán» (Sal 46,10).
Si Israel se gloría del Reino de Dios diciendo que ellos son los herederos, los oráculos divinos nos dicen que Dios reinará también sobre los demás pueblos: «Decid a los pueblos: el Señor es rey» (Sal 95,10) y también: «Dios reina sobre las naciones» (Sal 46,9). Si los judíos fueron elegidos para ser los sacerdotes de Dios y darle culto, la palabra de Dios ha prometido conceder a las naciones el mismo ministerio: «Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor. Entrad en sus atrios trayéndole ofrendas» (Sal 95, 7-8)
Y si antaño, en un primer tiempo, «el lote del Señor fue Jacob, su pueblo, e Israel su parte de heredad» (Dt 32,9 LXX), en un segundo tiempo, la Escritura afirma que todos los pueblos serán dados al Señor en herencia, según la palabra del Padre: «Pídemelo, y te daré en herencia las naciones» (Sal 2,8). La profecía anuncia también que «dominará» no sólo en Judea, sino «de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra; todos los reyes se postrarán ante él, le servirán todas las naciones». (Sal 71, 8-11). Es así como el Dios del universo «da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia» (Sal 97,2).
San Basilio el Grande, Epístolas, epístola 235, II.
Pero lo que confesamos es el hecho de que, en realidad, sabemos de Dios tanto como se puede saber, pero que es imposible saber lo que pasa más allá de nuestro poder de juicio. De modo que si me preguntas qué es la arena y te respondo que lo sé, entonces por supuesto que te reirás de mí si me pides que te diga inmediatamente cuántos granos de arena hay, porque tu primera pregunta se refería al aspecto en el que se introduce arena, mientras que la otra pregunta era sobre el número de granos de arena. Este sofisma se asemeja a lo que alguien preguntó de esta manera: ¿Conoces a Timoteo? (Aristóteles, Metafísica) Bueno, si lo conoces, también conoces su naturaleza, porque acabas de admitir que lo conoces. En realidad, puedo decir que lo conozco y que no conozco a Timoteo, pero en ambas formas mi conocimiento es diferente. Porque no es lo mismo la forma en que lo conozco que la forma en que no lo conozco, pero una es el aspecto bajo el cual puedo decir que lo conozco y el bajo el cual no lo conozco es otro. En otras palabras, conozco a Timoteo solo por su apariencia y otras notas similares, pero no conozco su ser interior. Porque, al final, sigo diciendo de la misma manera que también me conozco de alguna manera, pero de otra manera no.
San Atanasio el Grande, Tres homilías contra los arrianos, I Homilía contra los arrianos, XII
"Y si (la creación) fue hecha por el Hijo y todo subsiste en Él, se sigue inmediatamente que quien mira la creación como un derecho ve también al Verbo que la hizo y por Él comienza a conocer al Padre como bien. Pero el Salvador también dijo: Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo revela (Mateo 11, 27). Y a Felipe, que le preguntó: Muéstranos al Padre, no le dijo: Mira la creación, sino que el que me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn 14, 9). Por eso, en verdad, Pablo -reprendiendo a los griegos que, aunque miran la armonía y el buen orden de la creación, no conocen el Verbo que la crea (porque las criaturas anuncian a su Hacedor), para que por Él puedan piensa también en el Padre y deja de adorar a las criaturas - dijo su eterno poder y divinidad, para mostrar al Hijo.

viernes, 11 de noviembre de 2022

Cuando oramos por los demás, nosotros mismos somos los primeros en sentir la ayuda de Dios

 


San Teodoro el Estudita , Pequeñas Catequesis. Catequesis 52.

        Hermanos y padres, muchas veces os hablo, y no lo hago para halagaros, sino que hablo conforme a la verdad, no porque quiera lamentarme de los que viven en el mundo, sino porque quiero haceros aún más celosos. Porque aún hoy sabéis las cosas que se hacen en el mundo, banquetes y borracheras, orgías, gritos y bailes, y todas las demás cosas que son resultado de las obras del maligno, cuyo juicio es justo, como está escrito. Pero nuestra hermandad no es así. ¿Pero cómo? Día y noche alabamos al Señor, según el camino que nos enseñaron nuestros santos padres. La salmodia sigue a la salmodia, la lectura sigue a la lectura, la oración, a la oración. En la mente, atención a los pensamientos., en el corazón, la meditación de las palabras divinas, el silencio apropiado, la palabra útil. Nos servimos unos a otros, nos soportamos unos a otros, todas las cosas están ordenadas con templanza y medida, y aunque debemos ser consolados en la fiesta, incluso esto no se hace indebidamente. Escucha lo que el Señor le dice a Judas: Lo que estás haciendo, hazlo pronto. Pero ninguno de los que estaban sentados a la mesa entendió por qué ella le dijo esto. Porque algunos pensaron, ya que Judas tenía la bolsa, que Jesús le dijo: Compra lo que necesitamos para la fiesta o dale algo a los pobres. ¿Ves que cuidaron tanto de la fiesta como de los pobres? Lo que nosotros, los humildes, como ves, estamos tratando de cumplir. Pero bendito sea Dios, que nos ha hecho dignos de emprender esta vida, No la de las obras justas hechas por nosotros , porque nada bueno hemos hecho en la tierra, sino de su misericordia que es el don y la llamada.

        Por tanto, cada uno de nosotros está obligado a decir siempre con el corazón quebrantado: ¿Quién soy yo, Señor, Dios mío, y cuál es la casa de mi padre? ¿Por qué me has amado? Rara vez se pueden encontrar tales hombres en el mundo. Porque el día y la noche pasan en el cuidado de este siglo, en el amor a la riqueza, en los otros cuidados, de modo que el hombre ya no puede respirar. Se afrentan, se golpean. El adulterio y el robo y la maldición y la mentira se derramaron sobre la tierra, por así decirlo, según la palabra profética, y todas las demás cosas que no es fácil enumerar. Recordando todo esto, el Bendito Crisóstomo vino a decir: “Solo una pequeña parte del mundo se salva”. Y esto infunde un gran temor, especialmente porque es verdad. Por esto, el que tiene verdadero sentimiento debe llorar y afligirse ante tal sentencia. ¿No somos uno, hermanos, no somos todos dependientes unos de otros? ¿No somos todos de una misma sangre? ¿No somos de la misma tierra? Si alguien ve a un animal caer al abismo, ¿no siente pena por él? ¡Cuánto más tratándose de hermanos y de la misma fe! Por eso el Santísimo Apóstol lloró por los enemigos de la Cruz de Cristo, orando con incesante angustia. Por eso el profeta Jeremías lamentó a Israel y dejó muchas y diversas lamentaciones en las Escrituras. Por eso el gran Moisés clamó a Dios: Si quieres perdonar su pecado, perdónalo. Si no, bórrame también de Tu libro. Y cada uno de los santos, teniendo la misma compasión, oraba por los demás. Por tanto, también nosotros, si queremos seguir sus huellas, no sólo tengamos en cuenta a los que con nosotros buscan la salvación, sino también oremos por el mundo, teniendo misericordia y compadeciéndonos de los que viven una vida corrupta, de los fortalecidos en las herejías. , por los atrapados en el engaño, por los gentiles atrapados en las tinieblas del paganismo, simplemente, por todas las personas, como nos lo mandó el Apóstol: hacer oraciones y súplicas . Así, delante de los demás, nos serviremos de nosotros mismos, traspasando nuestro corazón y limpiándonos del hábito de las pasiones, y libres de ellas, seremos dignos de obtener la vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dada la gloria y el poder, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

ALIMEN TO PARA EL ALMA





Lucas 10, 1-15

En aquel tiempo designó Jesús a otros setenta y dos y los envió, de dos en dos, delante de sí, a toda ciudad y lugar adonde Él había de venir, y les dijo: La mies es mucha y los obreros pocos; rogad, pues, al Amo de la mies mande obreros a su mies. Id, yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias, y a nadie saludéis por el camino. En cualquier casa en que entréis, decid primero: La paz sea con esta casa. Si hubiere en ella un hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en esa casa y comed y bebed lo que os sirvieren, porque el obrero es digno de su salario. No vayáis de casa en casa. En cualquier ciudad en que entrareis y os recibieren, comed lo que os fuere servido, y curad a los enfermos que en ella hubiere, y decidles: El Reino de Dios está cerca de vosotros. En cualquier ciudad en que entréis y no os recibieren, salid a las plazas y decid: Hasta el polvo que de vuestra ciudad se nos pegó a los pies, os lo sacudimos, pero sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os digo que aquel día Sodoma será tratada con menos rigor que aquella ciudad. ¡Ay de ti, Corazeín! ¡Ay de ti, Betsaida! Que si en Tiro y en Sidón hubieran sido hechos los milagros que en vosotras se han hecho, tiempo vestidos de saco y sentados sobre ceniza hubieran hecho penitencia. Pero Tiro y Sidón serán tratadas con más blandura que vosotras en el Juicio. Y tú, Cafarnaúm, ¿te levantarás hasta el Cielo? Hasta el Infierno serás abatida.

San Gregorio Dialoguista, Homilía 17,1-3: PL 76,1139
Los envió, de dos en dos, delante de sí, a toda ciudad y lugar adonde Él había de venir. (Lc 10,1)

Nuestro Señor y Salvador, hermanos muy amados, nos enseña unas veces con sus palabras, otras con sus obras. Sus hechos, en efecto, son normas de conducta, ya que con ellos nos da a entender tácitamente lo que debemos hacer. Manda a sus discípulos a predicar de dos en dos, ya que es doble el precepto de la caridad, a saber, el amor de Dios y el del prójimo.
El Señor envía a los discípulos a predicar de dos en dos, y con ello nos indica sin palabras que el que no tiene caridad para con los demás no puede aceptar, en modo alguno, el ministerio de la predicación.
Con razón se dice que los mandó por delante a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. En efecto el Señor viene detrás de sus predicadores, ya que, habiendo precedido la predicación, viene entonces el Señor a la morada de nuestro interior, cuando ésta ha sido preparada por las palabras de exhortación, que han abierto nuestro espíritu a la verdad. En este sentido, dice Isaías a los predicadores: Preparadle un camino al Señor; allanad una calzada para nuestro Dios. Por esto, les dice también el salmista: Alfombrad el camino del que sube sobre el ocaso. Sobre el ocaso, en efecto, sube el Señor, ya que en el declive de su pasión fue precisamente cuando, por su resurrección, puso más plenamente de manifiesto su gloria. Sube sobre el ocaso, porque, con su resurrección, pisoteó la muerte que había sufrido. Por esto, nosotros alfombramos el camino del que sube sobre el ocaso cuando os anunciamos su gloria, para que él, viniendo a continuación, os ilumine con su presencia amorosa.
Escuchemos lo que dice el Señor a los predicadores que envía a sus campos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Por tanto, para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. Mirad cómo el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, es muy difícil encontrar un trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibido el ministerio sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio.
Pensad, pues, amados hermanos, pensad bien en lo que dice el Evangelio: Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Rogad también por nosotros, para que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca de exhortaros, no sea que, después de haber recibido el ministerio de la predicación, seamos acusados ante el justo Juez por nuestro silencio.

Agustín de Hipona, Sermón 101, 1.2.3.11 : PL 38, 605.606.607.610
«La mies es abundante y los obreros pocos» (Lc 10,2)

En la lectura evangélica que acaba de proclamársenos, se nos invita a indagar cuál sea la mies de la que dice el Señor: La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. Entonces agregó a sus doce discípulos —a quienes nombró apóstoles— otros setenta y dos y los mandó a todos —como se deduce de sus palabras— a la mies ya en sazón.
¿Cuál era, pues, aquella mies? Esa mies no hay que buscarla ciertamente entre los gentiles, donde nada se había sembrado. No queda otra alternativa que entenderla de la mies que había en el pueblo judío. A esta mies vino el dueño de la mies, a esta mies mandó a los segadores: a los gentiles no les envió segadores, sino sembradores. Debemos, por consiguiente, entender que la cosecha se llevó a cabo en el pueblo judío, y la sementera en los pueblos paganos. De entre esta mies fueron elegidos los apóstoles, pues, al segarla, ya estaba madura, porque la habían previamente sembrado los profetas. Es una delicia contemplar los campos de Dios y recrearse viendo sus dones y a los obreros trabajando en sus campos.
Estad, pues, atentos y deleitaos conmigo en la contemplación de los campos de Dios y, en ellos, dos clases de mies: una, ya cosechada, y otra todavía por cosechar: cosechada ya en el pueblo judío, todavía por cosechar en los pueblos paganos. Vamos a tratar de demostrarlo. Y ¿cómo hacerlo sino acudiendo a la Escritura de Dios, el dueño de la mies? Pues bien, en el presente capítulo hallamos escrito: La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. En otro lugar el Señor dijo a sus discípulos: ¿No decís vosotros que todavía queda lejos el verano? Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega. Y añadió: Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores. Trabajaron Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés, los profetas; trabajaron sembrando y al llegar el Señor se encontró con una mies ya madura. Enviados segadores con la hoz del evangelio, acarrearon las gavillas a la era del Señor, donde había de ser trillado Esteban.
En este momento aparece en escena Pablo, y es enviado a los gentiles. Y al hacer valer la gracia que él ha recibido como un don particular y personal, no oculta este extremo. El nos dice efectivamente en sus escritos que fue enviado a predicar el evangelio allí donde el nombre de Cristo era desconocido. Y como aquella cosecha es ya una cosa hecha, fijémonos en esta mies, que somos nosotros. Sembraron los apóstoles y los profetas. Sembró el mismo Señor, ya que él estaba presente en los apóstoles y porque el mismo Cristo recolectó. Sin él, en efecto, ellos no pueden hacer nada, mientras que él es perfecto sin ellos. Por eso les dijo: Porque sin mí no podéis hacer nada. Y una vez que Cristo se decidió a sembrar entre los gentiles, ¿qué es lo que dice? Salió el sembrador a sembrar. Y allí son enviados los obreros a segar.
Que estos apóstoles de Cristo, predicadores del evangelio, que no se detienen a saludar a nadie por el camino, esto es, que no buscan ni hacen otra cosa que anunciar el evangelio con genuina caridad, vengan a casa y digan: Paz a esta casa. No lo dicen sólo de boquilla: escancian de lo que están llenos; predican la paz y poseen la paz. Así pues, el que rebosa paz y saluda: Paz a esta casa, si allí hay gente de paz descansará sobre ellos su paz.

San Ambrosio de Milán, Sermones sobre el Evangelio de Lucas 7, 45.49
«Os envío como corderos en medio de lobos» (Lc 10,3)

Cuando Jesús mandó a los discípulos ir a su mies, que había sido bien sembrada por el Verbo del Padre, pero que necesitaba ser trabajada, cultivada, cuidada con solicitud para que los pájaros no saquearan la simiente, les dijo: «Mirad que os mando como corderos en medio de lobos»... El Buen Pastor no podía temer a los lobos para su rebaño; sus discípulos no fueron enviados para ser una presa, sino para difundir la gracia. La solicitud del Buen Pastor hace que los lobos no puedan emprender nada contra los corderos que envía; les envía para que se cumpla la profecía de Isaías: «Llegará el día en que lobos y corderos pacerán juntos» (Is 65,25). Por otra parte ¿no han sido enviados los discípulos con la orden de no llevar ni tan siquiera un bastón en la mano?
Lo que el humilde Señor les ha mandado, sus discípulos los cumplen por la práctica de la humildad. Porque les envía a sembrar la fe no por obligación sino por la enseñanza; no haciendo servir la fuerza de su poder, sino exaltando la doctrina de la humildad. Y juzgó necesario unir la paciencia a la humildad, y de ahí el testimonio de Pedro en favor de Cristo: «Cuando lo insultaban no devolvía el insulto; cuando lo golpeaban, no devolvía los golpes» (I Pe 2,23).
Todo eso quiere decir: «Sed mis imitadores: abandonad el gusto por la venganza, a los golpes arrogantes responded devolviendo el mal a través de una paciencia que perdona. Que nadie imite por su propia cuenta lo que reprende de otro; la suavidad es la mejor respuesta a los insolentes».

San Juan Casiano, Instituciones Cenobíticas, Libro IV, Cap. IX.

A los jóvenes (monjes de Egipto y Tebaida) se les enseña constantemente a no esconder, por vergüenza peligrosa, absolutamente ningún pensamiento que les turbe el corazón, sino que tan pronto como despierten se los revelen a los ancianos (El Geronta o Duhovnic, padre espiritual de los monjes). Al juzgarlos (los pensamientos), nunca confiad en vuestro propio juicio, sino en aquello que el análisis del anciano haya decidido después de una larga deliberación como bueno o malo. Así es que el hábil enemigo de ninguna manera puede rodear al joven, como a un inexperto e ignorante, ni atrapar con astucia a quien se apoya, no en su juicio, sino en el del anciano. No puede persuadirlo de que oculte al anciano las exhortaciones de cualquier tipo que ha lanzado en su corazón como dardos de fuego. De ninguna otra manera podría el diablo, tan astuto, engañar y hacer tropezar al joven, a menos que por vanidad o avaricia lo indujera a ocultar sus pensamientos. Además, los ancianos declaran que el signo conocido y evidente de los pensamientos diabólicos es la vergüenza de confesarlos al anciano.
Cuando oramos por los demás, nosotros mismos somos los primeros en sentir la ayuda de Dios
San Teodoro el Estudita , Pequeñas Catequesis. Catequesis 52.
Hermanos y padres, muchas veces os hablo, y no lo hago para halagaros, sino que hablo conforme a la verdad, no porque quiera lamentarme de los que viven en el mundo, sino porque quiero haceros aún más celosos. Porque aún hoy sabéis las cosas que se hacen en el mundo, banquetes y borracheras, orgías, gritos y bailes, y todas las demás cosas que son resultado de las obras del maligno, cuyo juicio es justo, como está escrito. Pero nuestra hermandad no es así. ¿Pero cómo? Día y noche alabamos al Señor, según el camino que nos enseñaron nuestros santos padres. La salmodia sigue a la salmodia, la lectura sigue a la lectura, la oración, a la oración. En la mente, atención a los pensamientos., en el corazón, la meditación de las palabras divinas, el silencio apropiado, la palabra útil. Nos servimos unos a otros, nos soportamos unos a otros, todas las cosas están ordenadas con templanza y medida, y aunque debemos ser consolados en la fiesta, incluso esto no se hace indebidamente. Escucha lo que el Señor le dice a Judas: Lo que estás haciendo, hazlo pronto. Pero ninguno de los que estaban sentados a la mesa entendió por qué ella le dijo esto. Porque algunos pensaron, ya que Judas tenía la bolsa, que Jesús le dijo: Compra lo que necesitamos para la fiesta o dale algo a los pobres. ¿Ves que cuidaron tanto de la fiesta como de los pobres? Lo que nosotros, los humildes, como ves, estamos tratando de cumplir. Pero bendito sea Dios, que nos ha hecho dignos de emprender esta vida, No la de las obras justas hechas por nosotros , porque nada bueno hemos hecho en la tierra, sino de su misericordia que es el don y la llamada.
Por tanto, cada uno de nosotros está obligado a decir siempre con el corazón quebrantado: ¿Quién soy yo, Señor, Dios mío, y cuál es la casa de mi padre? ¿Por qué me has amado? Rara vez se pueden encontrar tales hombres en el mundo. Porque el día y la noche pasan en el cuidado de este siglo, en el amor a la riqueza, en los otros cuidados, de modo que el hombre ya no puede respirar. Se afrentan, se golpean. El adulterio y el robo y la maldición y la mentira se derramaron sobre la tierra, por así decirlo, según la palabra profética, y todas las demás cosas que no es fácil enumerar. Recordando todo esto, el Bendito Crisóstomo vino a decir: “Solo una pequeña parte del mundo se salva”. Y esto infunde un gran temor, especialmente porque es verdad. Por esto, el que tiene verdadero sentimiento debe llorar y afligirse ante tal sentencia. ¿No somos uno, hermanos, no somos todos dependientes unos de otros? ¿No somos todos de una misma sangre? ¿No somos de la misma tierra? Si alguien ve a un animal caer al abismo, ¿no siente pena por él? ¡Cuánto más tratándose de hermanos y de la misma fe! Por eso el Santísimo Apóstol lloró por los enemigos de la Cruz de Cristo, orando con incesante angustia. Por eso el profeta Jeremías lamentó a Israel y dejó muchas y diversas lamentaciones en las Escrituras. Por eso el gran Moisés clamó a Dios: Si quieres perdonar su pecado, perdónalo. Si no, bórrame también de Tu libro. Y cada uno de los santos, teniendo la misma compasión, oraba por los demás. Por tanto, también nosotros, si queremos seguir sus huellas, no sólo tengamos en cuenta a los que con nosotros buscan la salvación, sino también oremos por el mundo, teniendo misericordia y compadeciéndonos de los que viven una vida corrupta, de los fortalecidos en las herejías. , por los atrapados en el engaño, por los gentiles atrapados en las tinieblas del paganismo, simplemente, por todas las personas, como nos lo mandó el Apóstol: hacer oraciones y súplicas . Así, delante de los demás, nos serviremos de nosotros mismos, traspasando nuestro corazón y limpiándonos del hábito de las pasiones, y libres de ellas, seremos dignos de obtener la vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dada la gloria y el poder, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

jueves, 10 de noviembre de 2022

NO CREAS TODO LO QUE ESCUCHAS

 

No creas fácilmente lo que oyes, porque hay quienes lo dicen tal como lo entienden. Una vez alguien fue a Hagi-efendi (así llamaban los habitantes de Farasa a San Arsenio el Capadocio) y le dijo: "Bendígame su Santidad, Hagi-efendi, cien serpientes se han reunido allí". “¿Cien serpientes? ¿Como llegaron ahí?" San Arsenio le preguntó. "Bueno, puede que no hayan sido cien, pero deben haber sido cincuenta". "¡¿Cincuenta serpientes?!". "Veinticinco era seguro". "¿Alguna vez has oído hablar de la reunión de veinticinco serpientes?" le dice el Santo. Luego le dice que deben haber sido las diez. "Está bien", dice el Santo, "pero qué, ¿tuvieron una conferencia donde se reunieron diez serpientes? ¡para! ¡No es posible!". "Debe haber sido alrededor de cinco", luego dice que "¿Cinco?" "Todavía quedaban dos". Después de eso San Arsenio le pregunta: "¿Tú las viste?" "No", dice aquél, "las escuché haciendo ssss....a través de las ramas". Puede que también haya habido un lagarto... Por lo que escuché, nunca saco conclusiones precipitadas sin investigar. Uno puede decir algo para juzgar, otro lo dice sólo para estar ocupado y otro con un propósito.

¡Qué falsos y mentirosos son algunos! Había dos muy buenos amigos en Konita. Los días festivos y los domingos nunca caminaban por la ciudad, sino que venían al monasterio de Stomio y cantaban en el banco. Después de eso subieron a la montaña, el Camello (pico del Pindo que tiene la forma de un camello). Un día, un hombre pervertido los engañó. Va a uno y dice: “¿Sabes lo que dijo ese tipo sobre ti? Esto y esto." Luego va hacia el otro y le dice: "¿Sabes lo que dijo de ti el que también es tu amigo? Esto y esto." ¡Inmediatamente ambos se convirtieron en bestias y armaron un gran alboroto en el monasterio! Mientras tanto, la persona que encendió la mecha se fue y continuaron discutiendo. El menor estaba un poco nervioso y regañó al mayor. "¿Ahora qué hago?" dije yo. Voy y le digo al mayor: "Escucha, él es más pequeño! Y solo porque esté un poco nervioso, no lo des por sentado. ¡Pídele perdón!". “Padre, ¿qué perdón le debo pedir”, me dice, “no ves cómo me insulta? No tengo idea de lo que me está diciendo". Entonces me dirijo al más joven y le digo: "Escucha, es mayor, las cosas no son como las ves. ¡Ve y pídele perdón!". Ese da un salto y empieza a gritarme: "¡Nosotros también vamos a pelear, Padre!" "¡Discutamos, hermano, Pantaleimon! Pero déjame prepararme un rato...", le dije y me fui. Afuera del monasterio tenía un leño largo para cercar el jardín. Voy, recojo a unos 400 m de distancia un tronco de casi 5 m y lo arrastro lentamente detrás de mí, para hacerlo reír. Ese escuchó que lo estaba arrastrando, pero ¿cómo puede imaginar para qué lo necesito? Entré al patio arrastrando la madera hasta llegar al porche. "Vamos hermano ¡Pantaleimon, discutamos!" Le digo al tronco. Ambos se echaron a reír cuando entendieron por qué traje la madera. ¡Se rompió el hielo! El diablo se quebró. Y volvieron a ser amigos.

– ¿La calumnia se dijo el mismo día?

- Sí, y se insultaron mucho. ¿Ves lo que está haciendo el diablo? Puede que les envidiara que fueran tan buenos amigos, como hermanos. Chismorreo entre ellos y se fue. La calumnia es muy mala. Por eso al diablo también se le llama calumniador. Él chismorrea. Uno le dice al otro y causa divisiones. Y viste, pobres de ellos, creyeron y riñeron.

– ¿Les dijo eso a propósito?

- Sí, para separarlos del "amor", no de la "envidia"...

San Paisios Aghiorita, Palabras espirituales vol.2, Sobre la sobriedad espiritual. Ed. Evangelismos Publishing House, Bucarest, 2011, pp. 70-72.

 

ALIMENTO PARA EL ALMA

 


10 de noviembre
Lucas 9, 49-56
En aquel tiempo se acercó uno de los discípulos a Jesús y le dijo: Maestro, hemos visto a uno echar los demonios en tu nombre y lo detuve, porque no te sigue con nosotros. Le contestó Jesús: No lo detengas, pues el que no está contra vosotros, está con vosotros. Estando para cumplirse los días de su ascensión, se dirigió resueltamente a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que en su camino entraron en una aldea de samaritanos para prepararle albergue. No fueron recibidos, porque iban a Jerusalén. Viéndolo los discípulos, Santiago y Juan dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que los consuma? Volviéndose Jesús, los reprendió, y se fueron a otra aldea.
Catena Aurea:
San Cirilo de Jerusalén
51 Cuando llegó el tiempo en que convenía que el Señor subiese a los cielos, una vez terminada su pasión, determinó ir a Jerusalén. Por lo que dice: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén».
52 Envió delante de sí mensajeros, para que preparasen alojamiento para Él y a sus discípulos, los cuales, habiendo ido a tierra de samaritanos, no fueron recibidos. Por lo que prosigue: «Y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada…».
53-54 «Pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén…» El Señor que sabe todas las cosas antes de que sucedan, sabía que sus emisarios no habían de ser recibidos por los samaritanos. Sin embargo, les mandó que fuesen, porque acostumbraba hacer todas las cosas para instrucción de sus discípulos. Subía a Jerusalén cuando se aproximaba el tiempo de su pasión; y para que no se escandalizasen cuando le vieran padecer, considerando que también ellos debían ser pacientes cuando los ultrajasen, hizo preceder, como cierto preludio, la repulsa de los samaritanos. Y los instruyó de otro modo; habían de ser los doctores del mundo y habían de recorrer las ciudades y aldeas predicando la doctrina evangélica; y les habría de ocurrir que algunos no recibiesen la sagrada predicación, como no permitiendo que Jesús permaneciese con ellos. Les enseñó, pues, que cuando anunciasen la celestial doctrina, debían estar llenos de paciencia y mansedumbre, no demostrarse hostiles, ni iracundos, ni vengativos contra sus perseguidores. Pero aún no estaban dispuestos para ello, e incitados por un celo indiscreto, querían que bajase fuego del cielo sobre ellos. Prosigue: «Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?».
San Beda el Venerable
51 «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» Cesen, pues, los paganos de insultar como hombre crucificado a Aquél que previó ciertamente (como Dios) el tiempo de su crucifixión y que ha venido Él mismo (como para ser crucificado voluntariamente) al lugar donde había de ser crucificado, con semblante firme, esto es con intención decidida y resuelta.
53 «Pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén» Ven que va a Jerusalén y los Samaritanos no reciben al Señor; pues los judíos no se comunican con los samaritanos, como dice San Juan (Jn 4).
54 «Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?»» Muchos santos, sabiendo que la muerte que separa el alma del cuerpo no debe temerse, castigaron con la pena de muerte algunos pecados. Con lo cual buscaban infundir miedo útil a los vivos, y a los que eran castigados con la muerte, ésta les era menos funesta que el pecado que podría aumentarse si viviesen.
55 «Pero volviéndose, les reprendió» Reprendió el Señor en ellos, no el ejemplo de un profeta santo, sino la ignorancia de vengarse que había en ellos, rudos aún, haciéndoles ver que no deseaban la enmienda por amor, sino la venganza por odio. Así es que, a pesar de haberles enseñado lo que era amar al prójimo como a sí mismo, e infundiéndoles también el Espíritu Santo, no faltaron tales venganzas, aunque fueron mucho más raras que en el antiguo Testamento. Por ello prosigue: «El Hijo del hombre no había venido a perder las almas, sino a salvarlas»; como diciendo: Y vosotros, pues, que lleváis el sello de su espíritu, imitad también sus acciones, ahora obrando bien y después juzgando con rectitud.
San Ambrosio de Milán
53 «Pero no le recibieron…» Observa que no quiso ser recibido por aquellos que no eran sencillos de corazón. Porque si hubiese querido, de indevotos los hubiese vuelto devotos. El Señor llama a los que quiere y hace religioso a quien le place. El Evangelista dice por qué no lo recibieron: «Porque tenía intención de ir a Jerusalén».
54 «Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?»» Sabían que Finees fue tenido por justo cuando mató a unos sacrílegos (cf. Núm 15,7ss.; Sal 105,30ss), y que por los ruegos de Elías había bajado fuego del cielo, con el que quedó vengada la injuria del Profeta (cf. 1Re 18,38).
54 «Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?»» Aunque sea vengado el que teme, el que no teme no busca la venganza. Además, se nos da a conocer que los apóstoles tenían los méritos de los profetas, cuando presumen que su petición tendrá derecho al poder que mereció el profeta; por ello presumen, con razón, que a su súplica bajaría fuego del cielo, puesto que son hijos del trueno.
55 El Señor no se indignó contra ellos para manifestar que la verdadera virtud no es vengativa y que no hay verdadera caridad allí donde existe la ira. No debe repudiarse la flaqueza humana, sino que debe ser confortada; la indignación debe estar muy distante de los que profesan la religión. Lejos de los que tienen un alma grande el deseo de la venganza. Y prosigue: «Pero volviéndose, les reprendió».
No siempre conviene castigar al que obra mal, porque en ocasiones aprovecha más la clemencia. A ti para la paciencia y al reo para la corrección. Por último, los samaritanos, de quienes ahora aparta el fuego, creyeron más pronto.
San Agustín de Hipona, Meditaciones, c. 18
El camino hacia Jerusalén
El peso de nuestra fragilidad hace que nos inclinemos del lado de las realidades de aquí abajo; el fuego de tu amor, Señor, nos eleva y nos lleva hacia las realidades de allá arriba. Subimos hasta ellas por el impulso de nuestro corazón, cantando los salmos de la subida. Quemamos con tu fuego, el fuego de tu bondad; es él el que nos transporta.
¿Adónde nos haces subir de esta manera? Hacia la paz de la Jerusalén celestial. «Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor» (Sal 121,1). Tan sólo el deseo de permanecer allí eternamente puede hacernos llegar hasta ella. Mientras estamos en nuestro cuerpo caminamos hacia ti. Aquí abajo no tenemos ciudad permanente; buscamos sin cesar nuestra morada en la ciudad futura (Hb 13,14). Que tu gracia, Señor, me conduzca hasta el fondo de mi corazón para cantar allí tu amor, a ti mi Rey y mi Dios… Acordándome de esta Jerusalén celestial, mi corazón subirá hasta ella: hacia Jerusalén mi verdadera patria, Jerusalén mi verdadera madre (Gal 4,26). Tú eres su Rey, su luz, su defensor, su protector, su pastor; tú eres su gozo inalterable; tu bondad es la fuente de todos sus bienes inexpresables… -tú, mi Dios y mi divina misericordia.
Bernabé, Epístola, Cap. V, 10-14,
“Si no hubiera venido en la carne, ¿Cómo podrían los hombres permanecer vivos mirándolo, ya que no pueden mirar con los ojos abiertos los rayos del sol, que es obra de sus manos, y que ha de dejar de ser? Por tanto, el Hijo de Dios para esto vino en la carne para colmar la medida de los pecados de aquellos que persiguieron a muerte a sus profetas. Así que por esto sufrió. Porque Dios dice que de ellos sale la herida de su cuerpo: cuando golpean a su pastor, entonces perecerán las ovejas del rebaño. Él mismo quiso sufrir así que tuvo que sufrir sobre el madero. El Profeta que profetizó de Él dice: “Libra mi alma de la espada”; y en otro lugar: “Traspasaron mi cuerpo, porque las asambleas de los impíos se levantaron contra mí.”
San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el Evangelio de San Juan, Libro IX, Introducción,
Porque la medida del amor es grande. De este modo, es propio que aquéllos que han decidido amar se den a conocer en todas partes y a través de todo que son discípulos de Cristo: adornándose con la corona del amor y usándola como un signo de este hecho de amarse unos a otros. Y esto lo mostraré brevemente. Porque si alguno de nosotros es artesano en cosas de bronce o en telas, ¿no se considerará, y aún muy claramente, que fue aprendiz de un artesano maestro en estas artes? ¿Y quién es un obrero en los edificios no mostrará, por el hecho de que puede construir bellamente, que tuvo un maestro en la construcción? Del mismo modo, pienso, los que han realizado el poder del amor hacia Dios dan a conocer sin dificultad que fueron discípulos del Amor, o de Cristo, que tiene en Él el amor supremo. Porque la amó tanto que dio su vida por ella (I Juan 4, 10); (...) Él mismo, diciendo a sus discípulos: Nadie tiene mayor amor que éste, que da su alma por sus amigos (Juan 15, 13)."

miércoles, 9 de noviembre de 2022

¿POR QUÉ DIOS PERMITE LAS TENTACIONES?




Se permiten las tentaciones para revelar nuestras pasiones ocultas, para combatirlas y sanar nuestras almas. También son un signo de la misericordia divina. Para ello, ponte confiadamente en las manos de Dios y pídele su ayuda, para que Él te fortalezca en tu necesidad.

La esperanza en Dios nunca puede terminar en desesperación. Las tentaciones traen humildad. Dios sabe cuánto podemos soportar cada uno de nosotros y permite las tentaciones según nuestras fuerzas. Pero también debemos tener cuidado, para no caer solos en la tentación. 

Encomiéndate al Dios bueno, fuerte y vivo y Él te llevará al descanso. Después de las pruebas viene el gozo espiritual. El Señor se acuerda de los que soportan pruebas y dolores por su amor. ¡Así que no te desanimes y no tengas miedo!

San Nectario de Pentápolis , Enseñanzas, Editorial Evanghelismos, Bucarest, 2009, p. 17.