domingo, 14 de junio de 2009

La doctrina de la Iglesia con respecto al Diablo, por el Obispo de Fanari,Aganthángelos

Comienza mañana el ayuno de preparación para la fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. La experiencia nos dice que es en los tiempos de ayuno cuando más tentaciones recibimos. Las pasiones parecen despertarse dificultando la ascesis. Y es que el enemigo de las almas no descansa y es precisamente en los tiempos de ayuno, según lo que nos dicen nuestros Santos Padres Teoforos, cuando ataca con mas vehemencia a los fieles que luchan con las armas de la oración y el ayuno contra la oscuridad de las tinieblas. En Occidente y principalmente entre los papistas hay un gran escrupulo de hablar del demonio, incluso son muchos los que niegan la existencia del enemigo. No hay cosa que más le agrade, pues es entonces cuando vence con mayor facilidad. Pero los cristianos ortodoxos sabemos de sus ataques, engaños y sobre todo conocemos su sutileza. No hay mejor arma que conocer al enemigo por eso os propongo la lectura de este texto de Monseñor Agatangelos, Obispo de Fanari.

Buen ayuno y pongámonos siempre en manos de Cristo, nuestro Dios y Señor, ya que con su ayuda podremos vencer siempre a todos los enemigos visibles e invisibles que nos acechan.

Según la tradición bíblico-patrística, el diablo no es personificación de las pasiones, sino persona creada por Dios como ángel y que, al perder su comunión con él, se convirtió en un espírtitu oscuro, diablo. El diablo, como persona, tiene libre albedrío, es decir, libertad, que Dios no fuerza ni suprime.


El misterio de la iniquidad se activa en la Historia, el diablo sigue engendrando el mal y llevando a cabo su labor destructiva desde el momento en que apareció la Iglesia. La tradición bíblica y patrística, aparte de toda visión teórica y moral del bien y el mal, habla del taimado rival de Dios y enemigo del hombre. Es el diablo, en quien sólo hay negación y que destruye y paraliza todo, porque es espíritu de mortandad por rechazo a la vida esencial.


Por consiguiente, el diablo es una entidad concreta, una existencia determinada. Se introduce en la historia mediante la soberbia, la arrogancia y el engaño, como deicida y homicida, como el fraude y la mentira de la nada, como el parásito que parodia y escarnece la creación y al hombre. El pecado, las pasiones, la muerte, es el mal que aquél engendra con su perversión y su odio, y sobre el cual ejerce su poder y autoridad. El mal no es suma de acciones humanas, sino una tentación activa que tiene su raíz en el principio demoníaco, en un principio, pues, ajeno al hombre y su naturaleza, y que la libertad humana puede aceptar o rechazar.


El diablo sobrevino por voluntad y acto de Dios. Los demonios no fueron creados demonios por Dios desde el principio, porque Dios no creó el mal, ya que todo lo hizo bueno. Fueron creados libres de mal en su esencia y naturaleza, libres, independientes y autónomos en cuanto a su voluntad y deseo, tal y como ocurrió con los ángeles. Pero a partir de su caída voluntaria debida a su soberbia, sus cuerpos delicados, etéreos e inmaculados se volvieron tenebrosos y oscuros, materiales y pasionales.


En vista de que en su creación los demonios constituyeron un orden entero, se considera que son muy numerosos y se dividen en grupos y órdenes. La multitud de demonios y su división en grupos y escalas se basa en su polinomia y su obra. Siendo, pues, numerosos y polinómicos los demonios, luchan incesantemente por invalidar la obra redentora de Cristo. No pudiendo hacer daño directamente a Dios, se vuelven contra los hombres y los combaten con su demónica sabiduría, enturbian nuestras voluntades, nos provocan creando tentaciones, hacen todo lo posible por herir al hombre, operan a través de las pasiones, nos combaten con las penas, ponen obstáculos a la oración. Opera de tantos modos que, si Dios es el Ser, el diablo puede caracterizarse como "el que se transforma".


La tentación y la guerra del diablo no están nunca por encima de las fuerzas del hombre, no violentan su autonomía ni afectan a su razón natural, que Dios ha permitido que mantenga mediante su deseo y libertad. El poder del diablo no es vinculante, sino que depende siempre de nuestra libertad. Sucumbir a las tentaciones es cuestión nuestra. O que Satanás domine y ejerza su poder es algo conectado con la decisión activa del hombre que, pervirtiendo su libertad, dice no a Dios y sí al diablo. Los Padres de la Iglesia insisten en que el hombre no se queda nunca solo. Si se aleja de la gracia de Dios, se hace vulnerable a la influencia satánica. Si el cuerpo del hombre no es manejado como arma por Dios, dice San Simeón el Nuevo Teólogo, lo maneja el diablo, con el consentimiento y la cooperación del hombre.


El creyente es llamado a ser el hombre de la purificación y la oración, porque Satanás no dejará de hacer burla y escarnio, de transformarse y de engañar, de corromper y desvirtuar el Evangelio de Dios y la libertad de la Cruz de Cristo prometiendo comodidades y felicidad. Y corremos el peligro de llegar a la plena humillación entregándonos a las tentaciones demoníacas, tal y como hoy las encontramos en las "Iglesias" y el culto de Satanás.


Si el diablo tiene la facultad de transformarse en ángel de luz, nos damos cuenta de hasta qué punto puede hoy tentar y humillar al hombre con las cosas más inocentes, felices y útiles. Consiguiendo tendernos la trampa más astuta: el aparente triunfo de la independencia humana.
Dicen muchos: no hay ni Dios, ni diablo. Pero la fuerza de los demonios es equivalente al rechazo de la Economía Divina de la Santísima Trinidad. Cristo humilló y puso al descubierto los principios demoníacos. Pero la negación de la existencia del diablo facilita más que ninguna otra cosa su labor. Debemos estar listos para convertirnos en espectadores de los más sorprendentes prodigios del diablo, con los cuales intenta alimentar al hombre moderno; haciendo pan de las piedras. Debemos estar listos para afrontar una época de engaños secretos y homicidas, que señalarán la nueva oscuridad de la tierra desde la sexta hasta la novena hora, en la cual se aniquilará al hombre y se perderán sus obras.


La Biblia Satánica proclama: " Da golpe por golpe, desprecio por desprecio, ruina por ruina, con usura cuatrocientas veces mayor ". " Anula todo sentimiento, todos los tabúes y todos los escrúpulos. Da la muerte a cuantos intentan arrebatarte este derecho ".


La omnipotencia de Dios, de acuerdo con su voluntad, no elimina la libertad de los seres racionales. De esta manera, deja al diablo trabajar por el mal porque es persona. Pero limita su destructiva labor mediante el amor y la caridad, cuando el hombre se arrepiente, lo perdona, y de este modo limita el reino del mal, pero la definitiva supresión del poder del diablo tendrá lugar durante el Juicio Final.


La obra del diablo es destructiva. Odia inmensamente al hombre y a toda la creación. Esta poseído por una mortal misantropía. Inspira pensamientos contra Dios y el prójimo, influye en la voluntad del hombre, actúa ontológicamente sobre la naturaleza. Los Padres dicen que como los hombres no eran capaces de comprender la existencia y el furor del diablo, que se manifiesta por medio de las ofensas contra el alma, Dios le permitió introducirse también en el cuerpo, de manera que todos podamos ser conscientes de su furor.


Satanás consiguió mediante el fraude y el engaño someter al hombre a las pasiones y el pecado. La causa que lo llevó a esta acción era la envidia. Envidiaba el diablo a Adán, pues lo veía habitar en el lugar del deleite completo e inmutable, el Paraíso, de donde él había sido justamente expulsado.


Esta ofensa y esfuerzos del diablo por arrastrar al hombre a las pasiones puede a veces tener lugar gradualmente. San Gregorio Palamás dice que Satanás no dicta directamente el pecado y la vida lejos de la Iglesia, sino que " hurtaba maliciosamente en pequeñas cantidades " susurrando al hombre la idea de que puede permanecer en la virtud y conocer por sí mismo qué debe hacer, sin necesidad siquiera de asistir a la iglesia y sin obedecer a los pastores y maestros de la Iglesia. Y cuando consigue sustraerlo a la vida de culto de la Iglesia, lo aleja de la Gracia de Dios, habiéndolo primeramente entregado a la esclavitud de las pasiones.


Ahora bien, ¿por qué Dios permite al diablo combatirnos? San Máximo el Confesor refiere cinco razones:


La primera es para que lleguemos a distinguir la virtud de la maldad llevando a cabo esta lucha .

La segunda, para que con la lucha conservemos segura e inmutable la virtud .

La tercera, para que no nos vanagloriemos de prosperar en la virtud, sino que la consideremos un don de Dios.

La cuarta, para que odiemos absolutamente la maldad,

y la quinta, para que no olvidemos nuestra propia debilidad y la fuerza de Dios, cuando alcancemos la ausencia de pasiones.

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