jueves, 10 de noviembre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

 


10 de noviembre
Lucas 9, 49-56
En aquel tiempo se acercó uno de los discípulos a Jesús y le dijo: Maestro, hemos visto a uno echar los demonios en tu nombre y lo detuve, porque no te sigue con nosotros. Le contestó Jesús: No lo detengas, pues el que no está contra vosotros, está con vosotros. Estando para cumplirse los días de su ascensión, se dirigió resueltamente a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que en su camino entraron en una aldea de samaritanos para prepararle albergue. No fueron recibidos, porque iban a Jerusalén. Viéndolo los discípulos, Santiago y Juan dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que los consuma? Volviéndose Jesús, los reprendió, y se fueron a otra aldea.
Catena Aurea:
San Cirilo de Jerusalén
51 Cuando llegó el tiempo en que convenía que el Señor subiese a los cielos, una vez terminada su pasión, determinó ir a Jerusalén. Por lo que dice: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén».
52 Envió delante de sí mensajeros, para que preparasen alojamiento para Él y a sus discípulos, los cuales, habiendo ido a tierra de samaritanos, no fueron recibidos. Por lo que prosigue: «Y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada…».
53-54 «Pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén…» El Señor que sabe todas las cosas antes de que sucedan, sabía que sus emisarios no habían de ser recibidos por los samaritanos. Sin embargo, les mandó que fuesen, porque acostumbraba hacer todas las cosas para instrucción de sus discípulos. Subía a Jerusalén cuando se aproximaba el tiempo de su pasión; y para que no se escandalizasen cuando le vieran padecer, considerando que también ellos debían ser pacientes cuando los ultrajasen, hizo preceder, como cierto preludio, la repulsa de los samaritanos. Y los instruyó de otro modo; habían de ser los doctores del mundo y habían de recorrer las ciudades y aldeas predicando la doctrina evangélica; y les habría de ocurrir que algunos no recibiesen la sagrada predicación, como no permitiendo que Jesús permaneciese con ellos. Les enseñó, pues, que cuando anunciasen la celestial doctrina, debían estar llenos de paciencia y mansedumbre, no demostrarse hostiles, ni iracundos, ni vengativos contra sus perseguidores. Pero aún no estaban dispuestos para ello, e incitados por un celo indiscreto, querían que bajase fuego del cielo sobre ellos. Prosigue: «Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?».
San Beda el Venerable
51 «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» Cesen, pues, los paganos de insultar como hombre crucificado a Aquél que previó ciertamente (como Dios) el tiempo de su crucifixión y que ha venido Él mismo (como para ser crucificado voluntariamente) al lugar donde había de ser crucificado, con semblante firme, esto es con intención decidida y resuelta.
53 «Pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén» Ven que va a Jerusalén y los Samaritanos no reciben al Señor; pues los judíos no se comunican con los samaritanos, como dice San Juan (Jn 4).
54 «Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?»» Muchos santos, sabiendo que la muerte que separa el alma del cuerpo no debe temerse, castigaron con la pena de muerte algunos pecados. Con lo cual buscaban infundir miedo útil a los vivos, y a los que eran castigados con la muerte, ésta les era menos funesta que el pecado que podría aumentarse si viviesen.
55 «Pero volviéndose, les reprendió» Reprendió el Señor en ellos, no el ejemplo de un profeta santo, sino la ignorancia de vengarse que había en ellos, rudos aún, haciéndoles ver que no deseaban la enmienda por amor, sino la venganza por odio. Así es que, a pesar de haberles enseñado lo que era amar al prójimo como a sí mismo, e infundiéndoles también el Espíritu Santo, no faltaron tales venganzas, aunque fueron mucho más raras que en el antiguo Testamento. Por ello prosigue: «El Hijo del hombre no había venido a perder las almas, sino a salvarlas»; como diciendo: Y vosotros, pues, que lleváis el sello de su espíritu, imitad también sus acciones, ahora obrando bien y después juzgando con rectitud.
San Ambrosio de Milán
53 «Pero no le recibieron…» Observa que no quiso ser recibido por aquellos que no eran sencillos de corazón. Porque si hubiese querido, de indevotos los hubiese vuelto devotos. El Señor llama a los que quiere y hace religioso a quien le place. El Evangelista dice por qué no lo recibieron: «Porque tenía intención de ir a Jerusalén».
54 «Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?»» Sabían que Finees fue tenido por justo cuando mató a unos sacrílegos (cf. Núm 15,7ss.; Sal 105,30ss), y que por los ruegos de Elías había bajado fuego del cielo, con el que quedó vengada la injuria del Profeta (cf. 1Re 18,38).
54 «Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?»» Aunque sea vengado el que teme, el que no teme no busca la venganza. Además, se nos da a conocer que los apóstoles tenían los méritos de los profetas, cuando presumen que su petición tendrá derecho al poder que mereció el profeta; por ello presumen, con razón, que a su súplica bajaría fuego del cielo, puesto que son hijos del trueno.
55 El Señor no se indignó contra ellos para manifestar que la verdadera virtud no es vengativa y que no hay verdadera caridad allí donde existe la ira. No debe repudiarse la flaqueza humana, sino que debe ser confortada; la indignación debe estar muy distante de los que profesan la religión. Lejos de los que tienen un alma grande el deseo de la venganza. Y prosigue: «Pero volviéndose, les reprendió».
No siempre conviene castigar al que obra mal, porque en ocasiones aprovecha más la clemencia. A ti para la paciencia y al reo para la corrección. Por último, los samaritanos, de quienes ahora aparta el fuego, creyeron más pronto.
San Agustín de Hipona, Meditaciones, c. 18
El camino hacia Jerusalén
El peso de nuestra fragilidad hace que nos inclinemos del lado de las realidades de aquí abajo; el fuego de tu amor, Señor, nos eleva y nos lleva hacia las realidades de allá arriba. Subimos hasta ellas por el impulso de nuestro corazón, cantando los salmos de la subida. Quemamos con tu fuego, el fuego de tu bondad; es él el que nos transporta.
¿Adónde nos haces subir de esta manera? Hacia la paz de la Jerusalén celestial. «Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor» (Sal 121,1). Tan sólo el deseo de permanecer allí eternamente puede hacernos llegar hasta ella. Mientras estamos en nuestro cuerpo caminamos hacia ti. Aquí abajo no tenemos ciudad permanente; buscamos sin cesar nuestra morada en la ciudad futura (Hb 13,14). Que tu gracia, Señor, me conduzca hasta el fondo de mi corazón para cantar allí tu amor, a ti mi Rey y mi Dios… Acordándome de esta Jerusalén celestial, mi corazón subirá hasta ella: hacia Jerusalén mi verdadera patria, Jerusalén mi verdadera madre (Gal 4,26). Tú eres su Rey, su luz, su defensor, su protector, su pastor; tú eres su gozo inalterable; tu bondad es la fuente de todos sus bienes inexpresables… -tú, mi Dios y mi divina misericordia.
Bernabé, Epístola, Cap. V, 10-14,
“Si no hubiera venido en la carne, ¿Cómo podrían los hombres permanecer vivos mirándolo, ya que no pueden mirar con los ojos abiertos los rayos del sol, que es obra de sus manos, y que ha de dejar de ser? Por tanto, el Hijo de Dios para esto vino en la carne para colmar la medida de los pecados de aquellos que persiguieron a muerte a sus profetas. Así que por esto sufrió. Porque Dios dice que de ellos sale la herida de su cuerpo: cuando golpean a su pastor, entonces perecerán las ovejas del rebaño. Él mismo quiso sufrir así que tuvo que sufrir sobre el madero. El Profeta que profetizó de Él dice: “Libra mi alma de la espada”; y en otro lugar: “Traspasaron mi cuerpo, porque las asambleas de los impíos se levantaron contra mí.”
San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el Evangelio de San Juan, Libro IX, Introducción,
Porque la medida del amor es grande. De este modo, es propio que aquéllos que han decidido amar se den a conocer en todas partes y a través de todo que son discípulos de Cristo: adornándose con la corona del amor y usándola como un signo de este hecho de amarse unos a otros. Y esto lo mostraré brevemente. Porque si alguno de nosotros es artesano en cosas de bronce o en telas, ¿no se considerará, y aún muy claramente, que fue aprendiz de un artesano maestro en estas artes? ¿Y quién es un obrero en los edificios no mostrará, por el hecho de que puede construir bellamente, que tuvo un maestro en la construcción? Del mismo modo, pienso, los que han realizado el poder del amor hacia Dios dan a conocer sin dificultad que fueron discípulos del Amor, o de Cristo, que tiene en Él el amor supremo. Porque la amó tanto que dio su vida por ella (I Juan 4, 10); (...) Él mismo, diciendo a sus discípulos: Nadie tiene mayor amor que éste, que da su alma por sus amigos (Juan 15, 13)."

miércoles, 9 de noviembre de 2022

¿POR QUÉ DIOS PERMITE LAS TENTACIONES?




Se permiten las tentaciones para revelar nuestras pasiones ocultas, para combatirlas y sanar nuestras almas. También son un signo de la misericordia divina. Para ello, ponte confiadamente en las manos de Dios y pídele su ayuda, para que Él te fortalezca en tu necesidad.

La esperanza en Dios nunca puede terminar en desesperación. Las tentaciones traen humildad. Dios sabe cuánto podemos soportar cada uno de nosotros y permite las tentaciones según nuestras fuerzas. Pero también debemos tener cuidado, para no caer solos en la tentación. 

Encomiéndate al Dios bueno, fuerte y vivo y Él te llevará al descanso. Después de las pruebas viene el gozo espiritual. El Señor se acuerda de los que soportan pruebas y dolores por su amor. ¡Así que no te desanimes y no tengas miedo!

San Nectario de Pentápolis , Enseñanzas, Editorial Evanghelismos, Bucarest, 2009, p. 17.

ALIMENTO PARA EL ALMA



9 de noviembre

Lucas 9, 44–50
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Estad atentos a lo que voy a deciros: El Hijo del hombre ha de ser entregado en poder de los hombres. Pero ellos no sabían lo que significaban estas palabras, que estaban para ellos veladas, de manera que no las entendieron, y temían preguntarle sobre ellas. Les vino a ellos este pensamiento: quién sería entre ellos el mayor. Conociendo Jesús los pensamientos de su corazón, tomó un niño, lo puso junto a sí, y les dijo: El que recibiere a este niño en mi nombre, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió; y el menor entre todos vosotros, ése será el más grande.' Tomando la palabra, Juan dice: Maestro, hemos visto a uno echar los demonios en tu nombre y lo detuve, porque no te sigue con nosotros. Le contestó Jesús: No lo detengas, pues el que no está contra vosotros, está con vosotros.

Orígenes, Tratado de los Principios, II, 6,2; PG 11, 210.
«Ellos no entendían estas palabras» (Lc 9,45).
Entre las cosas sublimes y las maravillas que se pueden decir de Cristo hay una que sobresale de todas las demás y excede absolutamente la capacidad de admiración del hombre y la fragilidad de nuestra inteligencia mortal no es capaz de comprender ni imaginar. Y es que la omnipotencia de la majestad divina, la Palabra misma del Padre, la misma Sabiduría de Dios, por la que todas las cosas fueron creadas –lo visible y lo invisible—(cf Col 1,16) se deja contener en los límites de este hombre que se manifestó en Judea. Esta es nuestra fe.
Pero todavía hay más. Creemos que la sabiduría de Dios se ha encerrado en el seno de una mujer, que ha nacido entre llantos y gemidos comunes a todos los recién nacidos. Y sabemos que después de todo esto, Cristo ha conocido la angustia ante la muerte hasta el punto de exclamar: “Siento una tristeza mortal.” (Mt 26,38) Fue arrastrado hacia una muerte ignominiosa…aunque sabemos que el tercer día resucitó…
Realmente, dar a entender estas verdades a los oídos humanos, intentar expresarlas con palabras, excede la capacidad del lenguaje humano… y probablemente el de los ángeles.

San Clemente de Alejandría, El Pedagogo, I, 21-24.
«Quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, me acoge a mi» (Lc 9,48).

“Llevarán en brazos, dice la Escritura, a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66 12-13). La madre atrae hacia sí a sus hijos pequeños y nosotros buscamos a nuestra madre, la Iglesia. Todo ser débil y tierno, cuya debilidad tiene necesidad de ayuda, es gracioso, atrayente, hermosos; Dios no rechaza su ayuda a un ser tan joven. Los padres dedican una ternura especial a sus pequeños…De la misma manera, el Padre de toda la creación, acoge a los que se refugian en él, los regenera por el Espíritu y los adopta como hijos; conoce cuan dulces son y a ellos solos ama, ayuda, protege; y por ello les llama sus hijos pequeños (cf. Jn 13, 33).
El Santo Espíritu, por boca de Isaías, aplica al mismo Señor el término hijo pequeño: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado…” (Is 9,5). ¿Quién es este Hijo pequeño, este recién nacido, a imagen del cual somos hijos pequeños? Por el mismo profeta, el Espíritu nos describe su grandeza: “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz” (v. 6).
¡Oh el gran Dios! ¡Oh el Niño perfecto! El Hijo está en el Padre y el Padre está en el Hijo ¿Podría no ser perfecta la instrucción que nos da este Niño pequeño? Ella nos engloba a todos para guiarnos a nosotros, sus hijos pequeños. Ha extendido sus manos sobre nosotros y en ellas hemos puesto toda nuestra confianza. Es de este Hijo pequeño de quien Juan Bautista da testimonio: “He aquí, dice, el cordero de Dios” (Jn 1,29). Puesto que la Escritura nombra corderos a los hijos pequeños, llama “Cordero de Dios” al Verbo de Dios que se ha hecho hombre por nosotros y ha querido ser, en todo, semejante a nosotros, Él, el Hijo de Dios, el Hijito del Padre.

San Clemente Romano, Homilía sobre la segunda Epístola a los Corintios, cap. XIII.
¡Arrepintámonos de una vez, hermanos! ¡Estemos despiertos para siempre! Que estamos llenos de mucha locura y maldad. Borremos nuestros pecados anteriores y salvémonos, arrepintiéndonos de corazón”.

San Macario el Grande, Otras siete homilías, Palabra de amor, 16.
“Pero, ¿cómo un alma herida se transforma (en un alma) hermosa, con un rostro resplandeciente y digna de vivir con Cristo? ¿Cómo puede ser, si no es conociendo tanto su rostro primigenio como sus (posteriores) heridas y pobreza? Porque si no siente placer en llevar las heridas y contusiones de sus pecados, ni justifica sus errores, el Señor no toma en cuenta su fealdad, sino que, viniendo a él, lo cuida, lo sana y le devuelve su belleza (primera). Con una condición: Que ya no apruebe en sí mismo, como se ha dicho, lo que se ha hecho y que ya no se entregue a hacer malas acciones (y que al mismo tiempo), que clame con todas sus fuerzas al Señor, para que, con la ayuda del buen Espíritu, merezca ser libre de las pasiones".

San Basilio el Grande, Reglas pequeñas, I. 10.
Pregunta 10: El alma que se ha degradado en muchos pecados, ¿con qué tipo de temor y con qué tipo de lágrimas debe separarse de los pecados, y con qué esperanza y disposición (alma) debe acercarse a Dios?
Respuesta: Primero debe odiar su anterior vida desordenada, y el mismo tener recuerdo de ella y de lo que aborrece y le repugna; porque la Escritura dice: Aborrecí la injusticia, y amé tu ley (Salmos 118, 163); entonces debe aprender el temor del juicio y del castigo eternos, y con abundantes lágrimas debe conocer el tiempo del arrepentimiento”.

San Clemente el Romano, Homilía, sobre la segunda Epístola a los Corintios, cap. VIII.
Mientras estemos en este mundo, arrepintámonos con todo nuestro corazón de los pecados que hemos cometido en el cuerpo, para que seamos salvados por el Señor mientras tengamos tiempo para arrepentirnos.
San Juan Casiano, Colaciones, n. 15, 6-7
«El más pequeño de vosotros es el más importante» (Lc 9,48).
«Venid, dice Cristo a sus discípulos, y aprended de mí», ciertamente que no a echar demonios por el poder del cielo, ni a curar leprosos, ni a devolver la vista a los ciegos, ni a resucitar muertos…; sino, dice él: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,28-29). En efecto, esto es lo que todos podemos aprender y practicar. Hacer signos y milagros no siempre es necesario, ni tan sólo ventajoso para todos, ni tampoco se concede a todos.
Es, pues, la humildad la maestra de todas las virtudes, fundamento inquebrantable de todo el edificio, don magnífico y propio del Señor. El que la posea podrá hacer, sin peligro de envanecerse, todos los milagros que Cristo obró porque busca imitar al manso Señor, no en la sublimidad de sus prodigios sino en las virtudes de la paciencia y la humildad. Por el contrario, el que está deseoso de mandar a los espíritus impuros, de devolver la salud a los enfermos, de mostrar a las multitudes cualquier signo maravilloso, podrá invocar el nombre de Cristo en medio de toda su ostentación, pero es extraño a Cristo porque su alma orgullosa no sigue al maestro de humildad.
Este es el legado que el Señor hizo a sus discípulos poco antes de volver a su Padre: «Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros; como yo os he amado amaos unos a otros»; e inmediatamente añade: «En esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros» (Jn 13,34-35). Y es cierto que el que no es manso y humilde no podrá amar así.
Los grandes en la fe de ninguna manera se vanagloriaban del poder que tenían de obrar maravillas. Confesaban que no eran sus propios méritos los que actuaban sino que era la misericordia del Señor la que lo había hecho todo. Si alguien se admiraba de sus milagros, rechazaban la gloria humana con estas palabras tomadas de los apóstoles: «Hermanos, ¿por qué os admiráis de esto, o por qué nos miráis fijamente, como si por nuestro poder o piedad hubiéramos hecho caminar a éste?» (Hch 3,12). Nadie, a su juicio, debía se alabado por los dones y maravillas que sólo son propias de Dios…
Pero sucede, a veces, que hombres inclinados al mal, reprobables por lo que se refiere a la fe, echan demonios y obran prodigios en nombre del Señor. Es de esto que un día los apóstoles se quejaron al Señor: «Maestro, decían, hemos visto un hombre que echa a los demonios en tu nombre, y se lo hemos prohibido porque no es de los nuestros». Inmediatamente Cristo respondió: «No se lo impidáis, porque el que no está contra vosotros está con vosotros». Pero cuando al final de los tiempos esta gente dirá: «Señor, Señor, ¿no es en tu nombre que hemos profetizado? ¿No hemos echado demonios en tu nombre? ¿Y en tu nombre hemos hecho muchos milagros?» él asegura que replicará: «Nunca os he conocido; alejaos de mí, malvados». (Mt 7,22s).
A los que ha concedido la gloria de los signos y milagros, el Señor les advierte de no creerse mejores a causa de ello: «No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos» (Lc 10,20). El autor de todos los signos y milagros llama a sus discípulos a recoger su doctrina: «Venid, les dice; y aprended de mí» –no a echar a los demonios por el poder del cielo, ni a curar leprosos, ni a devolver la vista a los ciegos, ni a resucitar a los muertos, sino que dice: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,28-29).

martes, 8 de noviembre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA



8 de noviembre

Lc 9, 23-27

 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quisiere salvar su vida, la perderá; pero quien quisiere perder su vida por amor de mí, la salvará. Pues ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si él se pierde y se condena? Porque quien se avergonzare de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su gloria y en la del Padre y de los santos ángeles. En verdad os digo que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte antes que vean el reino de Dios.

 

Teodoro de Mopsuestia, Sobre el Evangelio de San Juan, 116, 171-172

 «Si alguien quiere servirme, que me siga» (Jn 12,26)

 «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado» (Jn 12,23). Se acerca la hora, dice Jesús, en que seré glorificado ante la mirada de todo el mundo... Y añade: «Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante.» ... Después de estos anuncios que se referían a él, Jesús exhorta a los discípulos a seguirlo: «Quien vive preocupado por su vida, la perderá; en cambio, quien no se aferre excesivamente a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna.» Así que, no os tiene que escandalizar mi pasión ni haceros dudar de mis palabras que serán confirmadas por los acontecimientos, sino que tenéis que estar dispuestos a padecer vosotros los mismos sufrimientos para dar los mismos frutos. Porque aquel que se preocupa de su vida terrena y no quiere aceptar las pruebas, la perderá en el mundo venidero, mientras que aquel que no retiene su vida de aquí bajo y acepta los sufrimientos que se presentan, recogerá mucho fruto...

Luego, el Señor añade: «Si alguien quiere servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo.» Pero, uno podría añadir y preguntarle: ¿qué ganarán los que sufren contigo? Jesús responde: «Dónde estoy yo estará también mi siervo. Todo aquel que me sirva será honrado por mi Padre.» Aquel que participa en mis sufrimientos tendrá parte en mi gloria; estará para siempre conmigo en el mundo venidero y participará en el gozo del reino de los cielos. Así honrará mi Padre a aquellos que me habrán servido fielmente.

 

San Anastasio de Antioquía, Sermón 4, 1-2: PG 89, 1347-1349

Era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria.

Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a Jerusalén: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, se burlen de él y lo crucifiquen. Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. Las sagradas Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y todo lo que sufriría antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos extremos; a saber, en su pasión y en su impasibilidad; como también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a quienes él se las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma manera que el Espíritu sondea la profundidad de los misterios divinos.

El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al guía de nuestra salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el guía de nuestra salvación, perfeccionado y consagrado con sufrimientos.

Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había asumido; dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella agua que dijo el Salvador que manaría como un torrente de las entrañas del que crea en él. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado; aquí el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz. Por eso el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de su pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él, antes que el mundo existiese.

 

Isaac de Siria, Discursos, Primera serie, 71-74

La Pasión de Cristo, signo del amor de Dios

El Señor entregó a su propio Hijo a la muerte en cruz a causa del ardiente amor por la creación... No porque no hubiera podido rescatarla de otro modo, sino porque ha querido manifestar así su amor desbordante, como una enseñanza para nosotros. Por la muerte de su Hijo único nos ha reconciliado consigo. Sí, si hubiera tenido algo más precioso, nos lo habría entregado para que volviéramos enteramente a él.

A causa de su gran amor hacia nosotros, no quiso violentar nuestra libertad, aunque hubiera podido hacerlo. Antes bien prefirió que nosotros nos acercáramos a Él por amor.

A causa de su amor por nosotros y por la obediencia a su Padre, Cristo aceptó gozosamente los insultos y la aflicción. De la misma manera, cuando los santos llegan a su plenitud, desbordando de amor por los demás y por la compasión hacia todos los hombres, se parecen a Dios.

 

San Juan Casiano, Instituciones cenobíticas, Libro IV, cap. 32-43,

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí (Mateo 10, 38). Pero se podría decir, quizás: ¿cómo podría el hombre llevar continuamente su cruz, o de qué manera puede vivir uno crucificado? Escucha brevemente la explicación: Nuestra cruz es el temor del Señor. Así como el hombre crucificado ya no puede mover sus miembros a voluntad, de la misma manera ya no debemos guiar nuestras necesidades y deseos según lo que nos agrada y nos deleita en el momento, sino según la ley del Señor, donde Él la llevará a cabo. Y como el clavado en el madero de la cruz, ya no mira el presente, ya no piensa en sus sentimientos, ya no lo atormenta la ansiedad y la preocupación por el mañana, ya no lo motiva ningún deseo de riqueza, ya no está encendido por ningún orgullo, por ninguna lucha, ya no sufre de ninguna ofensa presente, ya no recuerda las soportadas, y, aunque todavía respira en su cuerpo, se cree muerto para todo el mundo, la vista de su corazón está dirigida allí, donde ya no duda de que pronto pasará, así también nosotros, traspasados ​​por el temor del Señor, deberíamos estar muertos a todas estas cosas, es decir, no sólo a las pasiones de la carne, sino aun a las mundanas; allí estarán fijos los ojos del alma, donde debemos esperar a cada instante partir. De esta manera podremos realmente matar todos los deseos de la carne.

 

San Atanasio el Grande, Vida de nuestro Padre San Antonio, XXXV.

Así que cuando los demonios vengan a ti por la noche y quieran decirte el futuro y te digan: “Somos ángeles”, no les hagas caso, porque están mintiendo. E incluso para alabar tu esfuerzo y hacerte feliz, no les hagas caso y no les creas. Más bien sellaos vosotros y vuestra casa con la señal de la cruz y orad. Y los veréis haciéndose invisibles, porque son cobardes y tienen mucho miedo de la señal de la cruz del Señor, porque por ella el Salvador los desnudó y los descubrió.

 

San Basilio el Grande, Epístolas, epístola 293.

En aquellos que cambian fácilmente de opinión, es bastante natural que la vida misma sea desordenada, pero aquellos cuyos planes son determinados, firmes y siempre iguales, se espera que lleven una vida de acuerdo con sus principios. En efecto, no está en poder del marinero poder calmar las olas cuando quiere, pero es muy fácil hacer una vida tranquila y sin olas si sabemos silenciar los ruidos que las pasiones levantan en nosotros y si ayudamos a la voluntad a ser más fuerte que cualquier cosa que pueda venir de afuera. Porque ni las pérdidas, ni las enfermedades, ni otras penalidades de la vida podrán tocar al hombre virtuoso mientras mantenga su mente lo suficientemente alta para caminar sobre los pasos de Dios, para mirar hacia el futuro y dominar con facilidad y destreza la tempestad que sube de la tierra.

 

San Metodio de Olimpo, El Banquete o Sobre la Castidad, Discurso VIII.

Los sabios han dicho con razón que nuestra vida es un juego; venimos a la vida para defender nuestra parte en el drama de la Verdad, para abogar por la santidad, y nuestros adversarios son Satanás y los demonios. Nos corresponde, pues, tener la frente en alto y remontarnos hacia el cielo, para evitar más de lo que los marineros evitaban a las sirenas y sus deleites.

viernes, 4 de noviembre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

Lucas 9, 12-18

 

En aquel tiempo, acercándose los Doce a Jesús, le dijeron: Despide a la muchedumbre, para que vayan a las aldeas y alquerías de alrededor, donde se alberguen y encuentren alimentos, porque aquí estamos en el desierto. Él les contestó: Dadles vosotros de comer. Ellos le dijeron: No tenemos más que cinco panes y dos peces, a no ser que vayamos a comprar provisiones para todo este pueblo. Porque eran unos cinco mil hombres. Y dijo a sus discípulos: Hacedlos recostarse por grupos de cincuenta. Lo hicieron así, diciéndoles que se recostasen todos, y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, los bendijo y se los dio a los discípulos para que los sirviesen a la muchedumbre. Comieron, se saciaron todos y se recogieron de las sobras doce cestos de trozos de pan. Aconteció que, orando él a solas, estaban con Él sus discípulos.

 

San Juan Crisóstomo, Homilías a la I Carta a los Corintios, Homilía IV.

«Comieron todos y se saciaron» (Lc 9,17)

Cristo nos dio su carne para saciarnos, invitándonos a una amistad cada vez más íntima. Acerquémonos, pues, a Él con fervor y con una ardiente caridad, y no incurramos en castigo. Pues cuanto mayores fueren los beneficios recibidos, tanto más gravemente seremos castigados si nos hiciéramos indignos de tales beneficios.

Los Magos adoraron también este cuerpo recostado en un pesebre. Y siendo hombres irreligiosos y paganos, abandonando casa y patria, recorrieron un largo camino, y al llegar, lo adoraron con gran temor y temblor. Imitemos al menos a estos extranjeros nosotros que somos ciudadanos del cielo. Ellos se acercaron efectivamente con gran temor a un pesebre y a una gruta, sin descubrir ninguna de las cosas que ahora te es dado contemplar: tú, en cambio, no lo ves en un pesebre, sino sobre un altar; no contemplas a una mujer que lo tiene en sus brazos, sino al sacerdote que está de pie en su presencia y al Espíritu, rebosante de riqueza, que se cierne sobre las ofrendas. No ves simplemente, como ellos, este mismo cuerpo, sino que conoces todo su poder y su economía de salvación, y nada ignoras de cuanto él ha hecho, pues al ser iniciado, se te enseñaron detalladamente todas estas cosas. Exhortémonos, pues, mutuamente con un santo temor, y demostrémosle una piedad mucho más profunda que la que exhibieron aquellos extranjeros para que, no acercándonos a él temeraria y desconsideradamente, no se nos tenga que caer la cara de vergüenza.

Digo esto no para que no nos acerquemos, sino para que no nos acerquemos temerariamente. Porque, así como es peligroso acercarse temerariamente, así la no participación en estas místicas cenas significa el hambre y la muerte. Pues esta mesa es la fuerza de nuestra alma, la fuente de unidad de todos nuestros pensamientos, la causa de nuestra esperanza: es esperanza, salvación, luz, vida. Si con este bagaje saliéramos de aquel sacrificio, con confianza nos acercaríamos a sus atrios sagrados, como si fuéramos armados hasta los dientes con armadura de oro.

¿Hablo quizá de cosas futuras? Ya desde ahora este misterio te ha convertido la tierra en un cielo. Abre, pues, las puertas del cielo y mira; mejor dicho, abre las puertas no del cielo sino del cielo de los cielos, y entonces contemplarás lo que se ha dicho. Todo lo que de más precioso hay allí, te lo mostraré yo aquí yaciendo en la tierra. Pues, así como lo más precioso que hay en el palacio real no son los muros ni los techos dorados, sino el rey sentado en el trono real, así también en el cielo lo más precioso es la persona del Rey.

Y la persona del Rey te es dado contemplarla ya ahora en la tierra. Pues no te presento a los ángeles, ni a los arcángeles, ni a los cielos, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor de todos ellos. ¿Te das cuenta cómo en la tierra contemplas lo que hay de más precioso? Y no solamente lo ves, sino que además lo tocas; y no sólo lo tocas, sino que también lo comes; y después de haberlo recibido, te vuelves a tu casa. Purifica, por tanto, tu alma, prepara tu menté a la recepción de estos misterios.

 

San Juan Crisóstomo, Homilías sobre Mateo, homilía LXIX, III.

"¿Quién pone los cimientos en un campo de batalla? ¡Nadie! Por el contrario, si alguien intentara hacer tal cosa, sería asesinado como traidor. ¿Quién compra acres de tierra en un campo de batalla? ¿Quién hace negocios? ¡Nadie! Y con razón. ¡Has venido a pelear, se te puede decir, no a regatear! ¿Por qué te afanas en un lugar del que te irás después de un tiempo? ¡Haz esto cuando volvamos al país! Estas palabras también os las digo ahora: Haced esto cuando vayamos a la ciudad alta. Pero, mejor dicho, ahí no tienes que preocuparte; El Rey celestial hará todo por ti. (...) Así deben vivir los cristianos. Vivir como viajeros de paso en la tierra, haciendo la guerra al diablo y liberando a los que él tenía cautivos;

 

San Gregorio de Nisa, Sobre el Padrenuestro, Homilía IV.

Pide el Pan de vida. Con esto la naturaleza te ha hecho deudor del cuerpo. Y todo lo que ha brotado encima, a través de las invenciones de aquéllos que se entregan a los placeres, son malas hierbas añadidas a la semilla. La simiente del dueño de la casa es el trigo, y del trigo se hace pan. Y los placeres son la cizaña sembrada por el enemigo, junto al trigo. Pero las personas, dejando el servicio de la naturaleza por las cosas de necesidad, verdaderamente se ahogan, como dice la Palabra en alguna parte, afanándose en las cosas vanas y quedando infructuosas, ocupándose siempre su alma en ellas.

 

San Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de San Juan, Libro III, Cap. IV.

No os afanéis diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? (Mateo 6, 31), considerando que el alma es mayor que el alimento, y el cuerpo mayor que el vestido, porque son más honorable que el que cuidamos".

SENTARNOS A LA MESA COMO CRISTIANOS, DANDO GRACIAS A DIOS Y NO COMO LOS ANIMALES QUE CORREN AL PESEBRE.



En la mesa no se debe ver que comemos con avidez, sino que debemos mantener siempre el dominio propio, la serenidad y la moderación en todo, no dejando que la mente se aleje de Dios incluso entonces, pero también en ocasión de probar la comida y forma en que está compuesto el organismo que alimentamos, hagamos de esto una ocasión para la glorificación de Dios, ya que aun de las muchas variedades de alimentos que quedan para el mantenimiento del cuerpo humano se ve que fueron dejados por el Creador de todas las cosas. Antes de sentarnos a la mesa, debemos elevar nuestra alma a Dios, pidiéndole que nos haga dignos de sus dones tanto en el presente como en los que tiene reservados para el futuro.

San Basilio el Grande, Epístolas, Epístola 2, VI.

jueves, 3 de noviembre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

 

Lucas 9, 7-11

 

En aquel tiempo Herodes el tetrarca tuvo noticia de todos estos sucesos, y estaba vacilante, por cuanto algunos decían que era Juan, que había resucitado de entre los muertos; otros, que era Elías, que había aparecido, y otros, que había resucitado alguno de los antiguos profetas. Dijo Herodes: A Juan le degollé yo, ¿quién puede ser este de quien oigo tales cosas? Y deseaba verle. A su vuelta, los apóstoles le contaron cuanto habían hecho. Él, tomándolos consigo, se retiró a un lugar apartado cerca de una ciudad llamada Betsaida. Pero la muchedumbre se dio cuenta, y fue en pos de Él. Habiéndolos recibido, les hablaba del Reino de Dios y curaba a todos los necesitados.

 

San Ireneo de Lyon, Contra las Herejías, libro IV, 20, 4- 5.

El hombre por sí mismo no puede ver a Dios.

«Herodes trataba de ver a Jesús» (Lc 9,9).

Los profetas, pues anunciaban por anticipado que Dios sería visto por los hombres, conforme a lo que dice también el Señor: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Ciertamente, según su grandeza y gloria inenarrable, “nadie puede ver a Dios y quedar con vida”(Ex 33,20), pues el Padre es incomprensible. Sin embargo, según su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia, el Padre llega hasta a conceder a quienes aman el privilegio de ver a Dios, -como anunciaban los profetas- pues “lo que el hombre no puede, lo puede Dios” (Lc 18,27).

El hombre por sí mismo no puede ver a Dios; pero Dios, si quiere, puede manifestarse a los hombres: a quien quiera, cuando quiera y como quiera. Dios, que todo lo puede, fue visto en otro tiempo por los profetas en el Espíritu, ahora es visto en el Hijo gracias a la adopción filial y será visto en el reino de los cielos como Padre. En efecto, el Espíritu prepara al hombre para recibir al Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, y el Padre en la vida eterna le da la inmortalidad, que es la consecuencia de ver a Dios. Pues del mismo modo que quienes ven la luz están en la luz y perciben su esplendor, así también los que ven a Dios están en Dios y perciben su esplendor. Ahora bien, la claridad divina es vivificante. Por tanto, los que contemplan a Dios tienen parte en la vida divina.

 

San Pedro Crisólogo, Sermón 147 : PL 52, 594-596.

El amor no consiente no ver al que ama. ¿No es cierto que todos los santos han tenido por cosa insignificante, sea lo que fuere que consiguieran, si no podían ver a Dios? […] Por eso Moisés se atreve a decir: “Si he hallado gracia ante ti, muéstrame tu rostro” (Ex 33,13). Y el salmista: “Muéstrame tu rostro” (Sal 79,4). ¿No es por esta misma razón que los paganos se hacen ídolos? En el seno mismo del error, con sus propios ojos ven al que adoran.

Dios conocía el tormento que sufren los mortales por el deseo de verle. Lo que él ha escogido para mostrarse era grande en la tierra y no es menor en el cielo. Porque eso que, sobre la tierra, Dios ha hecho semejante a él, no podía quedar sin ser honorado en el cielo: “Hagamos, dice, al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26) […] Que nadie, pues, piense que Dios se ha equivocado al venir a los hombres por medio un hombre: Se ha hecho carne entre nosotros para ser visto por nosotros.

 

San Isaac el Sirio, Discursos espirituales, primera serie, n. 20.

Sólo el humilde puede ver a Dios.

¿Cómo pueden los seres creados contemplar a Dios? La visión de Dios es tan terrible que el mismo Moisés dice que tiembla de temor. En efecto, cuando la gloria de Dios aparece en la tierra, en el monte Sinaí (Ex 20) la montaña echa humo y tiembla ante la inminente revelación. Los animales que se acercan a la falda de la montaña morían. Los hijos de Israel se habían preparado: se habían purificado durante tres días según la orden de Moisés, para ser dignos de oír la voz de Dios y de ver su manifestación. Cuando llegó el tiempo no pudieron ni asumir la visión de su luz ni soportar el trueno de su voz terrible.

Pero ahora, cuando Dios ha derramado su gracia en su venida, ya no es a través de un terremoto, ni en el fuego, ni en la manifestación de una voz terrible y fuerte que ha bajado, sino como el rocío sobre el orvalle. (Jue 6,37), como una gota que cae suavemente sobre la tierra. Ha venido a nosotros de manera diferente. Ha cubierto su majestad con el velo de nuestra carne. Ha hecho de ella un tesoro. Ha vivido entre nosotros en esta carne que su voluntad se había formado en el seno de la Virgen María, Madre de Dios, para que, viéndolo de nuestra raza y viviendo entre nosotros, no nos quedáramos turbados contemplando su gloria. Por esto, los que se han revestido con el vestido con que el Creador apareció entre nosotros, se han revestido de Cristo mismo. (Gal 3,27) Han deseado llevar en su persona interior (Ef 3,16) la misma humildad con la que Cristo se manifestó a su creación y ha vivido en ella, como se manifiesta ahora a sus servidores. En lugar del vestido de honor y de gloria exteriores, éstos se han revestido de su humildad.

 

San Juan Damasceno, La Fe ortodoxa, I, 1.

Dios no nos deja en la completa ignorancia.

«Nunca nadie ha visto Dios. El Hijo único que se encuentra en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). Lo divino es inexplicable e incomprensible: «nadie conoce al Padre, excepto el Hijo o aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27), y el Espíritu Santo conoce igualmente a Dios. Pero después de este primero y bendito conocimiento divino, nadie ha conocido a Dios sino aquellos a quien Dios mismo se revele…

Por tanto, Dios no nos dejó en la completa ignorancia, porque cada uno ha sembrado en sí, el conocimiento de que existe un Dios. La creación, por su cohesión y su dirección, proclama la magnificencia de la naturaleza divina (cf. Rm 1.20). A continuación, la Ley y los Profetas y su único Hijo, el Señor, «nuestro Dios y Salvador Jesucristo» (II Pe 1,1), han demostrado el conocimiento de Dios, de acuerdo a lo que podemos conseguir. Por eso todo lo que nos fue transmitido por la Ley y los Profetas, los Apóstoles y los Evangelistas, lo aceptamos, lo conocemos, aplicamos nuestra devoción y no buscamos más allá.

Dios es bueno; apela al bien. Como Él lo sabe todo y lo que nos conviene a cada uno, nos revela lo que nos es útil de conocer y lo que podemos llevar. Debemos, por lo tanto, contentarnos con esto y permanecer en ello.

 

San Columbano, Instrucción 1,2-4 ; PL 80, 231-232.

Dios cercano, por la fe.

Dios está en todas partes, de manera total, inmensa. En todas partes está cercano tal como Él mismo da testimonio de ello: «Soy un Dios cercano, y no un Dios lejano» (Jr 23,23). El Dios que buscamos no es un Dios que esté lejos de nosotros. Lo tenemos entre nosotros. Habita en nosotros como el alma en el cuerpo si somos para Él, por lo menos, miembros sanos a quienes el pecado no ha matado… «En Él, dice el apóstol Pablo, tenemos la vida, el movimiento y el ser» (Hch 17,28).

Más, ¿quién podrá seguir al Altísimo hasta llegar a su ser inexpresable e incomprensible? ¿Quién escrutará las profundidades de Dios? ¿Quién se atreverá tratar sobre el origen eterno del universo? ¿Quién se gloriará de conocer al Dios infinito que lo llena todo, lo envuelve todo, lo penetra todo y lo sobrepasa todo, lo abraza todo y se esconde a todo, «a Él a quien nadie ha visto jamás» tal cual es? (1Tm 6,16). Que nadie, pues, tenga la presunción de sondear la impenetrable profundidad de Dios, el qué, el cómo, y el por qué de su ser. Todo lo cual no se puede expresar, ni escrutar, ni penetrar. Cree simplemente, pero con fuerza, que Dios es tal como ha sido y tal como será porque en Él no hay cambios.

RUEGA POR LA SALVACIÓN DE LOS DEMÁS

 

Ruega por el perdón de los pecados de los demás como suplicas por el perdón de tus propios pecados cuando, con el alma abrumada por el dolor y la presión, sientes dentro de ti la necesidad de orar a Dios, con el corazón quebrantado, con sinceridad, con lágrimas, pidiendo y misericordia.

Ruega por la salvación de los demás, así como ruegas por la tuya. Si logras hacer esto y se convierte en un hábito para ti, recibirás del Señor abundantes dones espirituales, los dones del Espíritu Santo, que ama las almas de los que se compadecen de la salvación de los demás, porque Él mismo, el Espíritu Santo, desea en todos los sentidos la salvación de todos nosotros, si tan solo lo deseamos y no estamos endurecidos en nuestros corazones. "El Espíritu mismo ruega por nosotros con gemidos indecibles" (Rm 8, 26).

 

San Juan de Kronstadt, Mi vida en Cristo, Editorial Sophia, Bucarest, 2005, p. 31

 



miércoles, 2 de noviembre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

 

2 de noviembre

Lucas 8, 22-25

 

En aquel tiempo Jesús subió con sus discípulos a una barca, y les dijo: Pasemos a la otra orilla del lago. Y se dieron a la mar. Mientras navegaban, se durmió. Vino sobre el lago una tormenta con viento fuerte, y el agua que entraba los ponía en peligro. Acercándose a Él, le despertaron diciendo: ¡Maestro, Maestro, que perecemos! Despertó Él e increpó al viento y al oleaje del agua, que se aquietaron, haciéndose la calma. Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Llenos de pasmo, se admiraban y se decían unos a otros: Pero ¿quién es éste, que manda a los vientos y al agua y le obedecen?

 

San Gregorio de Nisa, Sobre la educación religiosa, cap. XXV.

Así como aquéllos que se han extraviado en las vueltas de un laberinto y no saben cómo salir de él si no siguen a quien lo conoce y siguen sus pasos hasta que están fuera, y si no lo siguen, no podrán salir de él de ninguna manera, imaginemos también esta vida como un laberinto, a través del cual el hombre no puede pasar y del cual sólo podemos salir si seguimos de cerca el camino por el que escapó Aquél que escapó de esta prisión".

 

San Basilio el Grande, Homilías sobre los Salmos, Homilía sobre el Salmo XLVIII, I.

Algunos de los forasteros (filósofos paganos) deliraron sobre el propósito de la vida humana y llegaron a diferentes opiniones sobre su propósito. Algunos han afirmado que la meta de la vida es el conocimiento; otros que es la creación; otros que es para usar de otra manera la vida y el cuerpo; y los que son como los que pastan (los irracionales) han afirmado que el propósito de la vida es el placer. Para nosotros, la meta de la vida, por la cual hacemos todo y hacia la cual nos apresuramos, es vivir felices en la era que será. Y esto se cumplirá cuando Dios reine sobre nosotros. La naturaleza racional ni siquiera podría pensar en algo mejor que esto.

 

San Juan Crisóstomo, Homilías sobre la creación, homilía XXXV, VII.

Toda esta vida es una imagen y un engaño, indistinguible de los sueños. Por eso el bienaventurado Pablo dijo en su epístola: ¡La apariencia de este mundo pasa! (I Corintios 7, 31), mostrando que cada una de las cosas humanas es sólo una imagen, pasa como una sombra y un sueño, no tiene nada real y duradero. ¿No sería tener mente de niño, ser iluminado por las sombras, jactarse de sueños y pegar el corazón a los que al poco tiempo perecen? ¡Pase la faz de este mundo! Cuando escuchas que está pasando, ¿por qué sigues buscándolo? Cuando oyes que todas las cosas humanas son sólo una apariencia, desprovistas de toda realidad, ¿por qué te dejas engañar voluntariamente, por qué no piensas que son fácilmente cambiantes e inciertas, por qué no te hacen pasar por ellas y encediendo el deseo de lo eterno?

 

San Ambrosio de Milán, Cartas, carta VII, 2.

La fe es la dracma que, como leemos en el Evangelio, al perderla, aquella mujer la buscó con la vela y revolvió su casa por ella, y si la encontraba, llamaba a sus vecinos y amigos para que se alegraran con ella por haber encontrado la dracma que había perdido (Lc 15, 8-9). Grande es el daño al alma si alguien ha perdido la fe, o el amor del Señor, que ganó con el precio de la fe.

 

San Teófilo de Antioquía, Tres cartas a Autolycus, Primer libro, VIII.

¿No sabéis que la fe precede a todo lo que hace el hombre? ¿Qué hombre que ara puede segar, a menos que primero crea en la tierra en la que siembra? ¿O quién puede viajar por el mar, si primero no cree en el barco y en el capitán del barco? ¿Qué enfermo puede curarse, si no cree primero en el médico? ¿Quién puede aprender un oficio o una ciencia, si antes no se entrega al maestro y cree en él? Por tanto, si el labrador cree en la tierra, si el que va por mar cree en el barco, si el enfermo cree en el médico, ¿por qué no quieres creer en Dios, cuando tienes tantas garantías de Él?

 

San Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de San Juan, Libro XI, Cap. 5.

Pero cuando decimos fe, nos referimos al verdadero conocimiento de Dios, y nada más. Por lo tanto, el conocimiento es por la fe. El profeta Isaías dará testimonio de esto: Si no creéis, no entenderéis (Isaías 7, 9). Y que un conocimiento que consiste en una simple teoría es declarado inútil por los escritos de los Santos (de las Escrituras), también se puede entender de lo siguiente. Dijo uno de los Santos discípulos: ¿Crees que uno es Dios? lo estás haciendo bien; pero también los demonios creen y tiemblan (Jacob 2, 19). Entonces, ¿qué les diremos a estos? Entonces, ¿cómo lo probará Cristo, diciendo que tener vida eterna significa conocer al único y verdadero Dios y, junto con Él, al Hijo? Considero que debemos decir de la palabra del Salvador que es totalmente cierta, porque el conocimiento es vida.

2 de noviembre: Fiesta de San Gabriel de Georgia


 

Palabras de San Gabriel de Georgia, Loco por Cristo.

Quien aprende a amar será feliz. Pero no creas que el amor es un talento innato. Uno puede aprender a amar, y debemos hacerlo.

Sin sacrificio por el bien del Señor y del prójimo nada saldrá de la vida espiritual. No aprenderás a amar sin sacrificio.

Dios no aceptará palabras vacías. Dios ama las obras. Las buenas obras son lo que es el amor.

Vive para que no solo Dios te ame, sino también para que la gente te ame, no hay cosa más grande que esto.

Si ves la desgracia de tu prójimo, empieza a orar por él. Aprende a hacer esto poco a poco. Y cree que la oración puede mover montañas

 

De su testamento

Dios es Amor, pero, aunque me he esforzado mucho, no he podido alcanzar el amor a Dios y al prójimo según los mandamientos del Señor. Toda adquisición del hombre del Reino de los Cielos en este mundo visible y la herencia de la Eternidad (Vida Eterna) consiste en amor. Sé amable y humilde; el Señor se acordó de nosotros en nuestra humildad, porque da gracia a los humildes.

Sé humilde, bondadoso y amoroso ante todo hombre nacido en este mundo por Dios. Llevo conmigo amor por todos, tanto por los ortodoxos como por cada hombre nacido en este mundo por Dios. La finalidad de la vida y de todo este mundo visible es la adquisición del Reino de Dios, acercarse a Dios y heredar la Vida Eterna. Os deseo esto a todos vosotros. 

Os dejo con mi bendición, que ninguno pierda la gran misericordia de Dios, y que a todos os sea concedida la adquisición del Reino. No hay hombre viviente que no peque. Yo soy un gran pecador, indigno en todos los sentidos y extremadamente débil. Os suplico con todo mi amor: cuando pases junto a mi tumba, pide perdón por mí, pecador. Polvo fui, y al polvo he vuelto.

 

Oración de Mama Gabrieli

 Oh Señor, te suplico, escúchanos desde el cielo, míranos con favor, concédenos tu misericordia, déjanos ir en paz, para que podamos caminar por tu camino, cumplir tus mandamientos y renunciar al pecado. Enséñanos, oh Señor, a orar ante ti y a guardar tu santa ley, para que nuestros corazones se vuelvan devotos a ti, y concédenos que todos vivamos de acuerdo con tu santa ley.


martes, 1 de noviembre de 2022

ALIMENTO PARA EL ALMA

 

Lucas 8, 1-3

 

En aquel tiempo Jesús iba por ciudades y aldeas, predicaba y evangelizaba el reino de Dios. Le acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y de enfermedades. María llamada Magdalena, de la cual habían salido siete demonios; Juana, mujer de Jusa, administrador de Herodes, y Susana, y otras varias que le servían de sus bienes.

 

«Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres» (cf. Lc 8,1s).

 

Sabemos que, entre sus discípulos, Jesús escogió a doce para ser los padres del nuevo Israel, y los escogió para que «estuvieran con él y enviarlos a predicar». Este hecho es evidente, pero, además de los Doce, columnas de la Iglesia, padres del nuevo Pueblo de Dios, escogió también a muchas mujeres para que fueran del número de sus discípulos. No puedo hacer más que evocar brevemente las que se encuentran en el camino del mismo Jesús, desde la profetisa Ana hasta la Samaritana, la sirofenicia, la mujer que sufría pérdidas de sangre y a la pecadora perdonada. No insistiré sobre los personajes que entran en algunas parábolas vivientes, por ejemplo, la del ama de casa que cuece el pan, la que limpia la casa porque pierde la moneda de plata, la de la viuda que importuna al juez. En nuestra reflexión de hoy son más significativas estas mujeres que han jugado un papel activo en el conjunto de la misión de Jesús.

Naturalmente, en primer lugar, se piensa en la Virgen María, que por su fe y su colaboración maternal coopera de manera única a la redención hasta el punto que Isabel pudo proclamarla «bendita entre todas las mujeres», añadiendo: «Dichosa la que ha creído». Hecha discípula de su Hijo, María manifiesta en Caná su absoluta fe en él, y lo siguió hasta la cruz donde recibió de él una misión maternal para con todos los discípulos de todos los tiempos, representados allí por Juan.

Detrás de María vienen muchas mujeres, las cuales, han ejercido alrededor de la persona de Jesús funciones de diversa responsabilidad. Son ejemplo elocuente de ello las que seguían a Jesús asistiéndole con sus recursos y de las que Lucas nos transmite algunos nombres: María de Magdala, Juana, Susana, y «otras muchas». Seguidamente los Evangelios nos informan que las mujeres, a diferencia de los Doce, no abandonaron a Jesús a la hora de la Pasión. Entre ellas destaca, de manera particular, María de Magdala, la cual, no tan sólo asistió a la Pasión, sino que fue la primera en recibir el testimonio del Resucitado y a anunciarle. Es ella a quien la Iglesia da el calificativo único de “Apóstol de los apóstoles”, pues así como una mujer anunció al primer hombre palabras de muerte, así también una mujer anunció a los apóstoles palabras de vida.

En el ámbito de la Iglesia primitiva la presencia femenina tampoco fue secundaria. Debemos a San Pablo una documentación más amplia sobre la dignidad y el papel eclesial de la mujer. Toma como punto de partida el principio fundamental según el cual para los bautizados «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer». El motivo es que «todos somos uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28), es decir, todos tenemos la misma dignidad de fondo, aunque cada uno con funciones específicas (I Co 12, 27-30).

El Apóstol admite como algo normal que en la comunidad cristiana la mujer pueda «profetizar» (I Co 11, 5), es decir, hablar abiertamente bajo el influjo del Espíritu, a condición de que sea para la edificación de la comunidad y que se haga de modo digno… Ya hablamos de Prisca o Priscila, esposa de Áquila, que en dos casos sorprendentemente es mencionada antes que su marido (Hch 18, 18; Rm 16, 3); en cualquier caso, ambos son calificados explícitamente por san Pablo como sus «colaboradores» (Rm 16, 3). Hay otras observaciones que no conviene descuidar. Por ejemplo, es preciso constatar que San Pablo dirige también a una mujer de nombre «Apfia» la breve carta a Filemón (Flm 2), y conviene notar que en la comunidad de Colosas debía ocupar un puesto importante; en todo caso, es la única mujer mencionada por san Pablo entre los destinatarios de una carta suya. En otros pasajes, el Apóstol menciona a una cierta «Febe», a la que llama diákonos de la Iglesia en Cencreas, pequeña localidad portuaria al este de Corinto (Rm 16, 1-2). Aunque en aquel tiempo ese título todavía no tenía un valor ministerial específico de carácter jerárquico, demuestra que esa mujer ejercía verdaderamente un cargo de responsabilidad en favor de la comunidad cristiana. San Pablo pide que la reciban cordialmente y le ayuden «en cualquier cosa que necesite», y después añade: «pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo». En el mismo contexto epistolar, el Apóstol, con gran delicadeza, recuerda otros nombres de mujeres: una cierta María, y después Trifena, Trifosa, Pérside, «muy querida», y Julia, de las que escribe abiertamente que «se han fatigado por vosotros» o «se han fatigado en el Señor» (Rm 16, 6. 12a. 12b. 15), subrayando así su intenso compromiso eclesial.

Asimismo, en la Iglesia de Filipos se distinguían dos mujeres llamadas Evodia y Síntique (Flp 4, 2): el llamamiento que san Pablo hace a la concordia mutua da a entender que estas dos mujeres desempeñaban una función importante dentro de esa comunidad.

En síntesis, la historia del cristianismo hubiera tenido un desarrollo muy diferente si no se hubiera contado con la aportación generosa de muchas mujeres.