Parroquia Ortodoxa de los Santos Andrés y Nicolás Patriarcado de Serbia. C/ Virgen del Sococrro 59 Alicante Viernes: Acatisto a la Madre de Dios: 19:00 h Sábados: Acatisto: 9:00 hh Divina Liturgia: 9:30 hh; Parastás por los difuntos:18:00 Vecernia: 18:30 hh Domingos: Acatisto 8:30 hh Divina Liturgia: 9:00 hh. Al finalizar la Divina Liturgia, Escuela Dominical. Los primeros domingos de cada mes se celebra la bendición del pequeño Aghiasma. Tfno 652 464 695 e-mail: parroquia_ortodoxa@yahoo.es
viernes, 27 de agosto de 2010
martes, 24 de agosto de 2010
Reflexión sobre el Evangelio del próximo domingo.
“Entró el rey a ver a los comensales y, al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’. Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: ‘Atadlo de pies y manos, y echadlo a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’” (Mt 22, 11-13).
Aprovecho estos días de mini descanso (sólo de lunes a miércoles, no creáis, que aquí mientras el demonio no descanse, no descansaremos nosotros) para hacer una reflexión sobre el Evangelio del domingo que viene y así tendremos tiempo para meditarlo durante estos días.
Lo primero que hemos de entender al leer esta perícopa es que cuando uno va a una boda, o a un banquete ha de ir adecuadamente vestido, así de simple… Y así de complicado. Vamos a ver, si me invitan a una celebración y hace unas semanas tuve la oportunidad de asistir a la boda de unos amigos, lo que menos se le ocurre a uno es ir en pantalón corto y chancletas, aunque la boda sea a finales de julio, en Alicante, a 30º y con un 80% de humedad. Uno se encasqueta el traje, negro riguroso en mi caso, se ducha como Dios manda, se pone desodorante y colonia y aguanta el tipo a pesar del calor, de la humedad, y de las moscas borrachas y cuando el novio se digne, después de los postres, a quitarse la chaqueta, pues entonces te la quitas, la escurres y la preparas para llevarla a la tintorería.
Vamos a dar algún paso más. Al leer el Evangelio no es muy difícil comprender que se refiere primeramente al “atuendo espiritual”. No se ha de participar en la Divina Liturgia si antes no nos hemos revestido de la túnica nueva y limpia que nos proporciona el sacramento del perdón, sin haber lavado nuestros pecados en la fuente de la misericordia de Dios y sin haber sido perfumados antes por el oleo de la gracia. Aquél que se acerca a participar del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo manchado y enfermo por el pecado es reo de la condenación eterna según las palabras del Apóstol San Pablo: “quien coma el Pan o beba la Copa del Señor indignamente, se hace reo del Cuerpo y la Sangre del Señor” (1Cor 11, 27).
Para acercarse al participar en los Divinos y Vivificantes Misterios, el cristiano ortodoxo sabe perfectamente que es lo que ha de hacer:
En su casa, hará las oraciones para antes de la confesión, pedirá ayuda a Dios y la iluminación del Espíritu Santo para poder hacer bien el examen de conciencia, apuntando los pecados cometidos (cosa muy aconsejable para luego poderlos leer sin que se olvide ninguno). El sábado, antes o después de las vísperas, hará confesión de sus pecados al sacerdote, quien le reconciliará y dará la bendición para tomar la Santa Comunión. Guardará el ayuno estricto desde las doce de la noche y al levantarse, en casa o en la Iglesia, hará las oraciones para antes de la Comunión y después de ésta las de acción de gracias. Con todo esto el cristiano participa resplandeciente y se acerca dignamente a participar del Banquete de las Bodas del Cordero revestido con una vestidura luminosa.
“¿Se puede omitir algún paso?” No. Uno no se puede acercar a la Comunión sin haber confesado antes pues sería como acercarse sin el traje de bodas del que habla el Evangelio, como acercarse con un traje sucio y roto por los pecados y pretender que te den un sitio en la mesa del Novio.
“¿Y es necesario confesar siempre?” Sí, y recibir la bendición del sacerdote para acercarse a la Santa Comunión.
“¿Pero es qué yo comulgo todas las semanas?” Ejemplo muy sencillo: ¿Y es que no te duchas todas las semanas, ni te cambias de camisa, ni de ropa interior? Si el Santo peca siete veces al día, nosotros, pobres pecadores ¿no pecamos? El que diga esto, coja una buena guía para hacer la confesión, haga sincero examen y verá como la lista comienza a crecer.
“Bueno pero es que son pecadillos” Y con una camisa con “manchitas” de alquitrán ¿Te presentarías en una boda?
Por ello, TODOS LOS FIELES, han de confesar antes de tomar la Santa Comunión y los sacerdotes han de velar para que esto sea así. Y una cosa es clara también: la simple bendición del sacerdote para recibir la comunión, no perdona los pecados ni justifica que uno se acerque a la Eucaristía si haber hecho la confesión de los pecados.
Y ahora pasemos al segundo punto. Una vez con el alma limpia, el aspecto exterior ha de ir en consecuencia con el interior.
¿Y esto que significa, Padre? Pues muy sencillo: que uno no puede ir a la Iglesia un domingo , o sea, al Banquete de Bodas, al que nos invita el Rey Celestial, como si fuéramos a la playa o a hacer la compra al Mercadona-Carrefour-Alcampo. La disposición interior, se ha de traslucir en la disposición exterior y de la misma manera que uno no asiste a una boda en pantalón corto y chanclas de la playa pues uno no puede asistir a la Divina Liturgia como si se fuera a pescar, porque de la misma manera que el jefe de protocolo en la puerta te puede impedir el paso, el sacerdote te puede decir que así no se puede entrar en la Iglesia.
Y es que sobre todo el verano es muy malo para esto, porque se abusa de los pantalones cortos, de las camisetas (sudadas la mayoría de las veces) y las chanclas, de los tirantes… Pero lo mismo puede ocurrir en invierno cuando se tira de chándal y zapatillas, porque claro el “finde” es para ir cómodos.
Pues bueno, el porte exterior ha de ir de acuerdo con el interior y no es que sea necesario venir de smoking a la Iglesia pero sobran los chándales y demás ropas deportivas que son precisamente para eso, para hacer deporte, pantalones cortos o medio cortos (los siempre odiados piratas), las camisetas con frases inapropiadas, los tirantes, los escotes infinitos delanteros y traseros, las minifaldas, las chancletas de la “pisci”. Vamos a la Iglesia, a participar en la Divina Liturgia y creo que es importante el que se note tanto interior como exteriormente.
“Padre, es que hace calor” Vamos, y eso tienes la cara de decírselo al sacerdote que celebra la Liturgia con su ropa, la rasa, el estijar y el felonio. Y ¿Qué pasaría si el sacerdote saliera a celebrar en pantalón corto?
Aprovecho estos días de mini descanso (sólo de lunes a miércoles, no creáis, que aquí mientras el demonio no descanse, no descansaremos nosotros) para hacer una reflexión sobre el Evangelio del domingo que viene y así tendremos tiempo para meditarlo durante estos días.
Lo primero que hemos de entender al leer esta perícopa es que cuando uno va a una boda, o a un banquete ha de ir adecuadamente vestido, así de simple… Y así de complicado. Vamos a ver, si me invitan a una celebración y hace unas semanas tuve la oportunidad de asistir a la boda de unos amigos, lo que menos se le ocurre a uno es ir en pantalón corto y chancletas, aunque la boda sea a finales de julio, en Alicante, a 30º y con un 80% de humedad. Uno se encasqueta el traje, negro riguroso en mi caso, se ducha como Dios manda, se pone desodorante y colonia y aguanta el tipo a pesar del calor, de la humedad, y de las moscas borrachas y cuando el novio se digne, después de los postres, a quitarse la chaqueta, pues entonces te la quitas, la escurres y la preparas para llevarla a la tintorería.
Vamos a dar algún paso más. Al leer el Evangelio no es muy difícil comprender que se refiere primeramente al “atuendo espiritual”. No se ha de participar en la Divina Liturgia si antes no nos hemos revestido de la túnica nueva y limpia que nos proporciona el sacramento del perdón, sin haber lavado nuestros pecados en la fuente de la misericordia de Dios y sin haber sido perfumados antes por el oleo de la gracia. Aquél que se acerca a participar del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo manchado y enfermo por el pecado es reo de la condenación eterna según las palabras del Apóstol San Pablo: “quien coma el Pan o beba la Copa del Señor indignamente, se hace reo del Cuerpo y la Sangre del Señor” (1Cor 11, 27).
Para acercarse al participar en los Divinos y Vivificantes Misterios, el cristiano ortodoxo sabe perfectamente que es lo que ha de hacer:
En su casa, hará las oraciones para antes de la confesión, pedirá ayuda a Dios y la iluminación del Espíritu Santo para poder hacer bien el examen de conciencia, apuntando los pecados cometidos (cosa muy aconsejable para luego poderlos leer sin que se olvide ninguno). El sábado, antes o después de las vísperas, hará confesión de sus pecados al sacerdote, quien le reconciliará y dará la bendición para tomar la Santa Comunión. Guardará el ayuno estricto desde las doce de la noche y al levantarse, en casa o en la Iglesia, hará las oraciones para antes de la Comunión y después de ésta las de acción de gracias. Con todo esto el cristiano participa resplandeciente y se acerca dignamente a participar del Banquete de las Bodas del Cordero revestido con una vestidura luminosa.
“¿Se puede omitir algún paso?” No. Uno no se puede acercar a la Comunión sin haber confesado antes pues sería como acercarse sin el traje de bodas del que habla el Evangelio, como acercarse con un traje sucio y roto por los pecados y pretender que te den un sitio en la mesa del Novio.
“¿Y es necesario confesar siempre?” Sí, y recibir la bendición del sacerdote para acercarse a la Santa Comunión.
“¿Pero es qué yo comulgo todas las semanas?” Ejemplo muy sencillo: ¿Y es que no te duchas todas las semanas, ni te cambias de camisa, ni de ropa interior? Si el Santo peca siete veces al día, nosotros, pobres pecadores ¿no pecamos? El que diga esto, coja una buena guía para hacer la confesión, haga sincero examen y verá como la lista comienza a crecer.
“Bueno pero es que son pecadillos” Y con una camisa con “manchitas” de alquitrán ¿Te presentarías en una boda?
Por ello, TODOS LOS FIELES, han de confesar antes de tomar la Santa Comunión y los sacerdotes han de velar para que esto sea así. Y una cosa es clara también: la simple bendición del sacerdote para recibir la comunión, no perdona los pecados ni justifica que uno se acerque a la Eucaristía si haber hecho la confesión de los pecados.
Y ahora pasemos al segundo punto. Una vez con el alma limpia, el aspecto exterior ha de ir en consecuencia con el interior.
¿Y esto que significa, Padre? Pues muy sencillo: que uno no puede ir a la Iglesia un domingo , o sea, al Banquete de Bodas, al que nos invita el Rey Celestial, como si fuéramos a la playa o a hacer la compra al Mercadona-Carrefour-Alcampo. La disposición interior, se ha de traslucir en la disposición exterior y de la misma manera que uno no asiste a una boda en pantalón corto y chanclas de la playa pues uno no puede asistir a la Divina Liturgia como si se fuera a pescar, porque de la misma manera que el jefe de protocolo en la puerta te puede impedir el paso, el sacerdote te puede decir que así no se puede entrar en la Iglesia.
Y es que sobre todo el verano es muy malo para esto, porque se abusa de los pantalones cortos, de las camisetas (sudadas la mayoría de las veces) y las chanclas, de los tirantes… Pero lo mismo puede ocurrir en invierno cuando se tira de chándal y zapatillas, porque claro el “finde” es para ir cómodos.
Pues bueno, el porte exterior ha de ir de acuerdo con el interior y no es que sea necesario venir de smoking a la Iglesia pero sobran los chándales y demás ropas deportivas que son precisamente para eso, para hacer deporte, pantalones cortos o medio cortos (los siempre odiados piratas), las camisetas con frases inapropiadas, los tirantes, los escotes infinitos delanteros y traseros, las minifaldas, las chancletas de la “pisci”. Vamos a la Iglesia, a participar en la Divina Liturgia y creo que es importante el que se note tanto interior como exteriormente.
“Padre, es que hace calor” Vamos, y eso tienes la cara de decírselo al sacerdote que celebra la Liturgia con su ropa, la rasa, el estijar y el felonio. Y ¿Qué pasaría si el sacerdote saliera a celebrar en pantalón corto?
BENDICIÓN DE LA FANUROPITA

Si la bendición se hace en la Liturgia, el coro, después de la Oración detrás del Ambón, canta el tropario y el contaquio del Santo.
Tropario tono 4.
Himnos celestiales de alabanza se cantan en la tierra y los coros de los ángeles se unen a la celebración de esta fiesta, alabando en lo alto y contestando con cantos a la Iglesia que en la tierra proclama la gloria celestial que has obtenido, oh Glorioso San Fanurio,
Gloria al Padre… Ahora y siempre…
Contaquion, tono 3º.
Salvaste a los sacerdotes de la impía cautividad, y rompiste sus cadenas, oh Piadosísimo, con el divino poder. Valientemente avergonzaste a los audaces tiranos, y fuiste causa de alegría para los coros de los ángeles. Nosotros ahora te honramos, oh Fanurio glorioso, soldado invicto de Cristo.
Sacerdote: Roguemos al Señor.
Coro: Señor, ten piedad.
El sacerdote, de pie ante las Santas Puertas y vuelto ligeramente ante el icono de Cristo, inciensa la fanurópita mientras dice la siguiente oración:
Sacerdote: Señor Jesucristo, Pan celestial y dador generoso del alimento de vida eterna que en todo momento nos concedes tus dones abundantes, que por medio de las oraciones de Elías terminaste con la carestía y el hambre, esperanza del desesperado, ayuda del desvalido y salvación de nuestras almas. Bendice estos presentes y a aquellos que los han ofrecido en tu honor y en memoria de San Fanurio. Concede a tus siervos N. que lo han preparado toda clase de bienes terrenales y celestiales, llena sus corazones de tu alegría y condúcelos por el camino de la salvación. Atiende sus necesidades y cumple los deseos de sus corazones, guíalos por el camino de tus mandatos y haz que se regocijen para que puedan siempre glorificarte y entonar un himno de alabanza a tu nombre glorioso y bendito, por intercesión de la Santa Madre de Dios, del glorioso mártir San Fanurio y de todos tus Santos.
Coro: Amén.
Y a continuación se recita o canta el salmo 33:
Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él. Todos sus santos, temed al Señor, porque nada les falta a los que le temen; los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada. Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor; ¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella. Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; Él cuida de todos sus huesos, y ni uno sólo se quebrará.
Y se termina la Divina Liturgia como de costumbre.
Receta de la Fanurópita
Un año más se acerca la fiesta del glorioso San Fanurio de Rodas y de nuevo ponemos la receta de la fanurópita que se bendice en su honor el día de su fiesta para agradecer los favores recibidos durante el año.El jueves por la tarde se cantará el Acathisto a las 18:30 hh y a las 19:00 las solemnes Vísperas con artoklasia y litia y al finalizar la bendición de las Fanurópitas que se presenten.
Receta de la fanuropita
50 cl de zumo de naranja fresco (No del que se vende envasado)
25 cl de aceite de oliva virgen.
350 gr de azúcar
125 gr de miel o melaza.
75 gr de nueces o almendras molidas.
180 gr de pasas sin semilla (pasas de corinto o similar)
500 gr de harina de reposteria.
2 papeletas de gaseosa (2 azules y 2 blancas) o una cucharadita de bicarbonato sódico.
una cucharada de especias (canela, clavo, nuez moscada y cardamomo).
Los nueve ingredientes son en honor de los nueve martirios que sufrió San Fanurio antes de morir y que aparecen en su milagroso icono.
Se vierte en un cuenco el zumo de naranja, el aceite de oliva y el azúcar batiéndolo enérgicamente, a continuación se le añade la melaza o la miel y se continúa mezclando. Se tamiza la harina y se añade a la mezcla junto a las papeletas de gaseosa o el bicarbonato. A continuación se le añaden las especias, almendras o nueces picadas y las pasas que previamente se han pasado por harina. Se vierte la masa en un molde antiadherente redondo desmoldable previamente untado con aceite de oliva. Se cubre con papel de aluminio para que no se queme demasiado la parte superior y se pone en el horno a 170º durante 30 ó 40 minutos.
Se saca y cuando está frío se decora con azúcar glas, canela y pasas.
Que san Fanurio interceda por todos nosotros ante Dios nuestro Señor.
martes, 17 de agosto de 2010
Del Encomio a la Dormición de la Madre de Dios de San Teodoro el Estudita

Hoy, la Madre de Dios cierra sus ojos materiales y abre sus ojos espirituales dirigiéndolos hacia nosotros como estrellas rutilantes que no conocerán el ocaso y que velarán por nosotros intercediendo ante el rostro de Dios por la salvación del mundo. Hoy, esos labios movidos por la gracia de Dios caen en el silencio, más abre su boca celestial para pedir eternamente por los de su raza. Hoy, baja sus manos que estaban continuamente alzadas ante Dios para elevar espiritualmente su oración ante Dios por toda la creación. Hoy, radiante como el sol, se oculta, más su imagen sagrada brilla resplandeciente ofreciéndose para ser besada por sus hijos. La Santa Paloma voló a su místico palomar, sin embargo no deja de proteger a su pueblo; sale de su cuerpo, más no deja de estar con nosotros en espíritu; es elevada al cielo haciendo huir a los demonios por su intercesión ante el Señor.
Etiquetas:
Comentario de los Padres al Evangelio
lunes, 16 de agosto de 2010
La fiesta de la Dormición en Alicante

Un año más hemos celebrado en la parroquia la fiesta de la Dormición de la Madre de Dios.
El sábado por la tarde el aroma de los nardos que adornaban el icono de la Madre de Dios se mezclaba con el del incienso que ascendía a Dios como ofrenda de la tarde. Después de las víperas dio comienzo el canto de los Lamentos ante la tumba de la Madre de Dios mientras su icono se cubría de pétalos de rosa. El domingo, después de la Divina Liturgia salimos por las calles del Raval Roig con el Epitafio de la Madre de Dios celebrando su entierro. En la procesión también salió la copia del Icono milagroso de la Madre de Dios de Nicula.

Cuantos ojos arrasados en lágrimas! Cuantas oraciones puestas en las manos de la Madre de Dios para que ella las presente ante su Hijo, nuestro Dios! Cuantos besos y acciones de gracias por el torrente de beneficios que derrama sobre aquellos que acuden a su protección!
Y en los labios de todos surgiendo del corazón una única súplica: ¡SANTÍSIMA MADRE DE DIOS, SÁLVANOS!
CELEBRACIÓN DE LA FIESTA DE LA DORMICIÓN EN EL MONASTERIO DE LA PANAGHIA SOUMELÁ

El monasterio de Soumelá, fue durante 15 siglos, desde el año 385 hasta el año 1923, fue el monasterio-guía para la salvaguardia de la tradición, del arte, de la historia, de la cultura griega y de la religión en todo el territorio del Ponto, cuyos habitantes oyeron hablar la propia lengua de los apóstoles en Jerusalén el día de Pentecostés.
El monasterio se encuentra a 50 km de Trebisonda, entre el desfiladero de Altindere (Torrente de Oro), a 1.200 metros de altura, con una extensión de 40 metros sobre un largo espolón rocoso del monte Zigana, a un paso del abismo.
Según la tradición, habría sido la misma Virgen la que indicó el lugar a los monjes atenienses Bernabé y Sofronio, quienes provenían de la península calcídica y adaptaron como celdas las grutas más pequeñas de la montaña y como iglesia la gruta más grande, exponiendo allí el ícono más artístico de los tres venerados en esos tiempos en Atenas y atribuidos a san Lucas.
La fama del santuario montañés y de la santidad de los dos monjes, muertos en el año 412 (en el mismo día, asegura la tradición), atrajo peregrinos, recibió ofrendas y sobre todo llamó a otros monjes, convirtiéndose así en el mayor centro cultural y de peregrinación de todo el nordeste de Asia Menor.
Entre la gente humilde que desafió a la montaña casi inaccesible se mezcló inclusive el emperador Justiniano, al retornar de una campaña contra los persas, dejando una urna de plata para conservar las reliquias de san Bernabé y el texto de los cuatro Evangelios, escrito sobre piel de gacela.
A pesar de todo, la montaña fue víctima del bandidaje que no respetó ni siquiera al monasterio, saqueado e incendiado en el año 640, pero reconstruido cuatro años después por Cristóbal de Vazelon, un monje valiente que reanimó a sus compañeros y fortificó la construcción con tanto ingenio que Atanasio de Trebisonda la reprodujo al edificar la Gran Lavra del Monte Athos.
Pero la experiencia les enseñó a los monjes que para salvarse debían recurrir a fortificaciones más seguras, de estilo militar. Por eso hicieron del monasterio un nido casi inaccesible, convirtiéndolo en un oasis de paz en medio de una creciente vorágine de guerras y de luchas, permitiéndole alcanzar el máximo esplendor en tiempos del imperio de la dinastía Conmeno, señores de la vecina Trebisonda.
En el año Alessio III pidió ser coronado emperador y dejó allí un "crisobolo", un sello de oro. Con él el monasterio se convirtió en una obra maestra del arte bizantino. También fue coronado allí Manuel III, que dejó como regalo una reliquia de la cruz, depositada en el tesoro: reliquia grande en un relicario grande.
La actividad del monasterio no fue interrumpida ni siquiera por la conquista turca en el año 1461. Es más, Mehemet II Fatih (el Conquistador) lo visitó con mucho respeto, dejando un "firmano", un decreto imperial con el cual aseguraba a los monjes la propiedad de las tierras circundantes. También recibió una alta estima por parte de Selim I, quien se refugió allí durante una batida de caza y más tarde mandó cinco velas gruesas y espiraladas, del mismo tamaño que su persona, con gemas e inscripciones de oro. Volvió allí en vísperas de la guerra contra Ismael de Tabriz y una tercera vez luego de la victoria, para entregar candelabros de oro macizo sustraídos al enemigo.
Dones y privilegios fueron provistos también por otros sultanes y por varios patriarcas, signo de una devoción que puso a la "Panàgia tu Mèlas", la Virgen de la Montaña Negra (el nombre Sumela parece derivado justamente de una alteración de "tu Mèlas") por encima del mismo santuario de Santa Sofía de Trebisonda, gloria de la ciudad edificada sobre la orilla del Mar Negro.
La vida de Sumela parecía inmortal: fe, arte, técnica – se dice que un ingenioso sistema de comunicaciones permitía transmitir y recibir noticias entre el monasterio y Trebisonda en sólo diez minutos – y cultura habían configurado el alma del Ponto, un punto cardinal del espíritu para los peregrinos, los eruditos y los artistas; los monjes lo habían transformado en un balcón lleno de cielo y no en una estación en el paisaje. Sus puertas rojizas parecían entintadas con la sangre que salva de la muerte.
Pero en el invierno transcurrido entre 1915 y 1916 el sueño se quebró por primera vez en quince siglos: la guerra obligó a los monjes a abandonar la montaña y el monasterio. Volvieron allí de la ocupación rusa y de nuevo al día siguiente del armisticio de 1918. Fue un paréntesis de cinco años, porque la guerra greco-turca de 1923 los alejó para siempre, mientras manos desconocidas intentaron suprimir Sumela con el fuego.
La memoria del monasterio sobrevive en el tiempo gracias a eruditos europeos que han hurgado entre las ruinas, sacando a la luz restos de frescos de sorprendente lozanía y de intensa espiritualidad. El monje Ambrosio puso a salvo las reliquias más preciosas amuradas en la iglesia de Santa Bárbara: el ícono de la Virgen fue llevado al monasterio de Dovràs, en las cercanías de Veroia, en Grecia, y el manuscrito de los Evangelios al museo bizantino de Atenas.
No son pocos hoy los apasionados que encaran la montaña para visitar las ruinas del antiguo monumento entre el verde, tan sorprendentemente adherido a la montaña que parece suspendido entre el cielo y la tierra. Aunque cuando los restos de algunas pesadas ventanas parecen los párpados de la muerte, detrás de ellos palpitan recuerdos de vida. La biblioteca, los residuos de la iglesia de la Asunción, el refectorio, las 72 celdas de los monjes distribuidas en cuatro pisos, el puesto de guardia en el quinto piso estremecen de recuerdos y son una auténtica azotea al infinito, mecida por las aguas del Altindere que serpentea entre barrancos rocosos.
Guiados por el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolome I, los ortodoxos del Ponto han vivido en Meryemana Monastiri, el actual nombre turco de Sumela, momentos de profunda conmoción, orgullosos que así los antiguos vestigios de fe hayan resistido a la furia del tiempo y de los hombres.
jueves, 12 de agosto de 2010
La visita de la Madre de Dios a la Santa Montaña de Athos

Deseando la madre de Dios visitar a San Lázaro en Chipre, salió hacia allí junto a san Juan el Teólogo en barco desde Palestina. A causa de una gran tormenta y de forma sobrenatural , arribó el barco a Athos entrando en la bahía de Klementos que es donde actualmente se encuentra el monasterio de Iviron. Todos los árboles y plantas, todos los pájaros, peces y animales, al notar la presencia de la Madre de Dios se inclinaron reverentes ante la que había llevado en su seno al Creador de todas las cosas.
Los habitantes de Athos, dirigidos por la Divina Providencia, salieron a recibir a la Santísima Madre de Dios, y después de escuchar sus dulces palabras, pidieron a San Juan el Bautismo. En ese momento la escultura del ídolo demoniaco que estaba en la montaña fue destruida, así como los demás estatuas, viendo los nativos salir de allí las turbas de demonios que las habitaban.
La Madre de Dios contemplando la belleza de aquel lugar, elevó sus manos al cielo y suplicó a su Hijo Divino:
“Mi Hijo y Dios, bendice este lugar y derrama sobre él tu misericordia. Protégelo hasta el fin de los días y a los que habiten en él , por tu santo nombre, concédeles por medio de la ascesis, el combate espiritual y el arrepentimiento el perdón de sus pecados; derrama sobre ellos abundantemente tus dones en esta vida y la vida eterna en la venidera. Glorifica este lugar por encima de todos los lugares de la tierra, libra de la condenación eterna a sus habitantes, sálvalos de toda tentación, de los enemigos visibles e invisibles y de la herejía y hazlo faro de la Fe Ortodoxa”
Entonces se escuchó una voz del cielo que decía:
“Todo lo que me pidas, Madre mía, yo lo cumpliré. A partir de ahora este lugar será tuyo, tu jardín y paraíso y un refugio de salvación para aquéllos que deseen ser salvados y un lugar de refugio inexpugnable para los que arrepentidos, deseen liberarse de la carga de sus pecados”
miércoles, 11 de agosto de 2010
LA DORMICIÓN DE LA MADRE DE DIOS.

Después de la Ascensión del Señor, la Madre de Dios permaneció bajo el cuidado del Santo Apóstol y Evangelista Juan, y durante los viajes de éste ella solía quedarse en la casa de sus allegados cerca del Monte de los Olivos. Su función en la primitiva Iglesia fue ser fuente de consolación y de edificación tanto para los Apóstoles como para los creyentes.
Durante la persecución que inició Herodes en contra de la joven Iglesia de Cristo (Hch 12:1-3), la Madre de Dios y el Apóstol Juan se dirigieron a la ciudad de Éfeso en el año 43. También viajó a Chipre para estar con San Lázaro, el resucitado por el Señor, donde este era obispo, como también estuvo en el Monte Athos. San Esteban de la Santa Montaña dice que la Madre de Dios proféticamente dijo: “Dejad que este lugar sea entregado a mi hijo y Dios. Yo protegeré este lugar e intercederé ante Dios por él”.
De acuerdo a la Santa Tradición, basada en las palabras de San Dionisios el Areopagita y San Ignacio de Antioquía, San Ambrosio de Milán tuvo la oportunidad de escribir en su obra “Sobre las vírgenes” que la Madre de Dios “era virgen no solo de cuerpo, sino también de alma, humilde de corazón, de pocas palabras, sabia en su mente, trabajadora y prudente. Su regla de vida era la de no ofender a nadie sino hacer el bien a todos”.
Las circunstancias en que sucedió la Dormición de la Madre de Dios se conocieron en la Iglesia Ortodoxa desde tiempos apostólicos. Ya en el primer siglo de la cristiandad, San Dionisio el Areopagita escribió sobre su Dormición. En el siglo II, la historia de que su cuerpo subió a los cielos la encontramos en las obras de Melitón, Obispo de Sardis. En el siglo IV, San Epifanio de Chipre hace referencia a la tradición sobre la Dormición de la Madre de Dios. En el siglo V, San Juvenal, Patriarca de Jerusalén, le dice a la Emperatriz Bizantina Pulqueria: “pese a que no existen datos sobre su muerte en las Sagradas Escrituras, sabemos sobre todo esto de la más antigua y creíble tradición”. Dicha tradición fue expuesta en la historia de la Iglesia de Nicéforos Callistos durante el siglo XIV.
En el momento de su Dormición, la Madre de Dios estaba de regreso en Jerusalén. Día y noche perseveraba en la oración e iba con frecuencia al Santo Sepulcro. En una de esas visitas, el Arcángel Gabriel apareció ante ella y le anunció que pronto dejaría esta vida. Así es que ella decidió visitar por última vez Belén llevando consigo las tres jóvenes que la atendían (Séfora, Abigail y Jael). Antes de esto le anunció a San José de Arimatea y a otros discípulos que pronto partiría de este mundo.
En su oración, la Madre de Dios pidió que el Apóstol Juan viniera a verla por última vez. El Espíritu Santo lo trajo desde Éfeso. Después de la oración, María ofreció incienso y Juan escuchó una voz del cielo que concluía la oración de la Virgen y que decía “amén”. La Madre de Dios interpretó que la voz significaba que pronto los apóstoles y los discípulos llegarían hasta el lugar en el que ella se encontraba.
Los creyentes, reunidos en gran número a su alrededor, dice San Juan Damasceno, escucharon las últimas palabras de la Madre de Dios. Ninguno sabía la razón de encontrarse presentes en este lugar hasta que San Juan se acercó a ellos, con lágrimas, y explicándoles que el Señor había decidido juntarlos a todos nuevamente para la dormición de la Madre de Dios.
También apareció entre los presentes el apóstol Pablo con sus discípulos Dionisio el Areopagita, Hieroteos y San Timoteo y algunos de los Setenta.
Fue a la tercera hora del día cuando sucedió la gloriosa Dormición de la Madre de Dios. Los Apóstoles se acercaron a su lecho y ofrecieron alabanzas a Dios. De repente, la luz de la divina Gloria resplandeció enfrente de ellos. El mismo Cristo apareció rodeado de ángeles y profetas.
Viendo a su Hijo, la Virgen María exclamó: “mi alma magnifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador por que ha visto la humildad de su esclava” (Lc 1:46). Así entregó su alma a su Hijo y Dios; milagrosa fue la vida de la Purísima Virgen y maravillosa su Dormición.
A partir de ese momento comenzaron a preparar el entierro de su cuerpo purísimo. Los Apóstoles fueron los encargados de llevar su féretro sobre sus hombros. Esta procesión se realizó por toda Jerusalén hasta llegar al jardín del Getsemaní.
Un sacerdote judío de aquella ciudad llamado Efonio, lleno de odio, quiso tirar el féretro que transportaba el cuerpo de la Purísima Madre de Dios. El Arcángel Miguel cortó sus manos. Viendo esto se arrepintió y confesó la majestad de la Madre de Dios y así comenzó a ser un ferviente seguidor de Cristo.
Cuando la procesión llegó al jardín del Getsemaní, los Apóstoles y los discípulos comenzaron a dar el último adiós a la Virgen María. Recién a medianoche lograron depositar el cuerpo dentro del sepulcro y sellar la entrada con una gran piedra.
Por tres días no se fueron de ese lugar, orando y cantando salmos. Por la providencia de Dios, el apóstol Tomás no estuvo presente en el funeral. Llegando el tercer día a Getsemaní se acercó a la tumba y allí lloró preguntándose por qué no se le había permitido a él presenciar la partida de la Madre de Dios. Los apóstoles decidieron abrir la tumba para que Tomás pudiera dar su último adiós. Cuando abrieron el sepulcro, solo encontraron sus lienzos y entendieron que su cuerpo también había sido recibido en los cielos por Nuestro Señor.
La tarde del mismo día, estando los apóstoles reunidos en una casa para poder comer, la Madre de Dios se les apareció y les dijo: “Regocíjense, estaré con vosotros todos los días de vuestras vidas”. Ellos exclamaron: “Santísima Madre de Dios, sálvanos”, exclamación que no ha cesado desde entonces de hacer la Iglesia pidiendo su maternal y gloriosa intercesión.
Durante la persecución que inició Herodes en contra de la joven Iglesia de Cristo (Hch 12:1-3), la Madre de Dios y el Apóstol Juan se dirigieron a la ciudad de Éfeso en el año 43. También viajó a Chipre para estar con San Lázaro, el resucitado por el Señor, donde este era obispo, como también estuvo en el Monte Athos. San Esteban de la Santa Montaña dice que la Madre de Dios proféticamente dijo: “Dejad que este lugar sea entregado a mi hijo y Dios. Yo protegeré este lugar e intercederé ante Dios por él”.
De acuerdo a la Santa Tradición, basada en las palabras de San Dionisios el Areopagita y San Ignacio de Antioquía, San Ambrosio de Milán tuvo la oportunidad de escribir en su obra “Sobre las vírgenes” que la Madre de Dios “era virgen no solo de cuerpo, sino también de alma, humilde de corazón, de pocas palabras, sabia en su mente, trabajadora y prudente. Su regla de vida era la de no ofender a nadie sino hacer el bien a todos”.
Las circunstancias en que sucedió la Dormición de la Madre de Dios se conocieron en la Iglesia Ortodoxa desde tiempos apostólicos. Ya en el primer siglo de la cristiandad, San Dionisio el Areopagita escribió sobre su Dormición. En el siglo II, la historia de que su cuerpo subió a los cielos la encontramos en las obras de Melitón, Obispo de Sardis. En el siglo IV, San Epifanio de Chipre hace referencia a la tradición sobre la Dormición de la Madre de Dios. En el siglo V, San Juvenal, Patriarca de Jerusalén, le dice a la Emperatriz Bizantina Pulqueria: “pese a que no existen datos sobre su muerte en las Sagradas Escrituras, sabemos sobre todo esto de la más antigua y creíble tradición”. Dicha tradición fue expuesta en la historia de la Iglesia de Nicéforos Callistos durante el siglo XIV.
En el momento de su Dormición, la Madre de Dios estaba de regreso en Jerusalén. Día y noche perseveraba en la oración e iba con frecuencia al Santo Sepulcro. En una de esas visitas, el Arcángel Gabriel apareció ante ella y le anunció que pronto dejaría esta vida. Así es que ella decidió visitar por última vez Belén llevando consigo las tres jóvenes que la atendían (Séfora, Abigail y Jael). Antes de esto le anunció a San José de Arimatea y a otros discípulos que pronto partiría de este mundo.
En su oración, la Madre de Dios pidió que el Apóstol Juan viniera a verla por última vez. El Espíritu Santo lo trajo desde Éfeso. Después de la oración, María ofreció incienso y Juan escuchó una voz del cielo que concluía la oración de la Virgen y que decía “amén”. La Madre de Dios interpretó que la voz significaba que pronto los apóstoles y los discípulos llegarían hasta el lugar en el que ella se encontraba.
Los creyentes, reunidos en gran número a su alrededor, dice San Juan Damasceno, escucharon las últimas palabras de la Madre de Dios. Ninguno sabía la razón de encontrarse presentes en este lugar hasta que San Juan se acercó a ellos, con lágrimas, y explicándoles que el Señor había decidido juntarlos a todos nuevamente para la dormición de la Madre de Dios.
También apareció entre los presentes el apóstol Pablo con sus discípulos Dionisio el Areopagita, Hieroteos y San Timoteo y algunos de los Setenta.
Fue a la tercera hora del día cuando sucedió la gloriosa Dormición de la Madre de Dios. Los Apóstoles se acercaron a su lecho y ofrecieron alabanzas a Dios. De repente, la luz de la divina Gloria resplandeció enfrente de ellos. El mismo Cristo apareció rodeado de ángeles y profetas.
Viendo a su Hijo, la Virgen María exclamó: “mi alma magnifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador por que ha visto la humildad de su esclava” (Lc 1:46). Así entregó su alma a su Hijo y Dios; milagrosa fue la vida de la Purísima Virgen y maravillosa su Dormición.
A partir de ese momento comenzaron a preparar el entierro de su cuerpo purísimo. Los Apóstoles fueron los encargados de llevar su féretro sobre sus hombros. Esta procesión se realizó por toda Jerusalén hasta llegar al jardín del Getsemaní.
Un sacerdote judío de aquella ciudad llamado Efonio, lleno de odio, quiso tirar el féretro que transportaba el cuerpo de la Purísima Madre de Dios. El Arcángel Miguel cortó sus manos. Viendo esto se arrepintió y confesó la majestad de la Madre de Dios y así comenzó a ser un ferviente seguidor de Cristo.
Cuando la procesión llegó al jardín del Getsemaní, los Apóstoles y los discípulos comenzaron a dar el último adiós a la Virgen María. Recién a medianoche lograron depositar el cuerpo dentro del sepulcro y sellar la entrada con una gran piedra.
Por tres días no se fueron de ese lugar, orando y cantando salmos. Por la providencia de Dios, el apóstol Tomás no estuvo presente en el funeral. Llegando el tercer día a Getsemaní se acercó a la tumba y allí lloró preguntándose por qué no se le había permitido a él presenciar la partida de la Madre de Dios. Los apóstoles decidieron abrir la tumba para que Tomás pudiera dar su último adiós. Cuando abrieron el sepulcro, solo encontraron sus lienzos y entendieron que su cuerpo también había sido recibido en los cielos por Nuestro Señor.
La tarde del mismo día, estando los apóstoles reunidos en una casa para poder comer, la Madre de Dios se les apareció y les dijo: “Regocíjense, estaré con vosotros todos los días de vuestras vidas”. Ellos exclamaron: “Santísima Madre de Dios, sálvanos”, exclamación que no ha cesado desde entonces de hacer la Iglesia pidiendo su maternal y gloriosa intercesión.
miércoles, 4 de agosto de 2010

Nos han transmitido nuestros Padres Teoforos la tradición de no comer del fruto de las vides hasta que estos no han sido bendecidos el día de la Transfiguración del Señor.
La costumbre de traer frutas al templo se remonta a los tiempos del Antiguo Testamento (Gen. 4:2-4; Ex. 13:12; Num. 15:19-231; Deut. 8:10-14). De los Apóstoles la costumbre pasó a la Iglesia de Nuevo Testamento (1 Cor. 16:1-2). Las indicaciones sobre frutas traídas al templo se pueden encontrar en el tercer canon de las Constituciones Apostólicas.
En Grecia, España, Bulgaria, Rumanía... en agosto maduran los frutos y los mas importantes son espigas y uva. Desde antigüedad, la gente traía a la Iglesia para su bendición estos frutos, como acción de gracias a Dios. Sobre esto escribía ya San Juan Crisóstomo: "El agricultor recibe los frutos de la tierra, no tanto por sus esfuerzos y dedicación, como por la benignidad Divina, que se los devuelve, ya que él que planta y riega — es nada — todo es Dios que provee."
La uva se trae al templo por su relación directa con la Eucaristía, por eso, en la oración de bendición de uva el sacerdote dice: "Tú mismo bendice el fruto de la vid aquí presente, y llena de gozo a los que coman de estas uvas. Perdona nuestros pecados por la participación del Sagrado Cuerpo y de la Preciosa Sangre de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo."
Esta es la traducción de la oración de bendición según aparece en el Eucologio.
La costumbre de traer frutas al templo se remonta a los tiempos del Antiguo Testamento (Gen. 4:2-4; Ex. 13:12; Num. 15:19-231; Deut. 8:10-14). De los Apóstoles la costumbre pasó a la Iglesia de Nuevo Testamento (1 Cor. 16:1-2). Las indicaciones sobre frutas traídas al templo se pueden encontrar en el tercer canon de las Constituciones Apostólicas.
En Grecia, España, Bulgaria, Rumanía... en agosto maduran los frutos y los mas importantes son espigas y uva. Desde antigüedad, la gente traía a la Iglesia para su bendición estos frutos, como acción de gracias a Dios. Sobre esto escribía ya San Juan Crisóstomo: "El agricultor recibe los frutos de la tierra, no tanto por sus esfuerzos y dedicación, como por la benignidad Divina, que se los devuelve, ya que él que planta y riega — es nada — todo es Dios que provee."
La uva se trae al templo por su relación directa con la Eucaristía, por eso, en la oración de bendición de uva el sacerdote dice: "Tú mismo bendice el fruto de la vid aquí presente, y llena de gozo a los que coman de estas uvas. Perdona nuestros pecados por la participación del Sagrado Cuerpo y de la Preciosa Sangre de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo."
Esta es la traducción de la oración de bendición según aparece en el Eucologio.
BENDICIÓN DE LAS UVAS
EN LA FIESTA
DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
(6 de agosto)
Las uvas que traen los fieles a bendecir, se disponen en un tetrápodos delante del icono de la fiesta. Si la bendición se hace en la Liturgia, el coro, después de la Oración detrás del Ambón, canta el tropario y el contaquio del día.
Tropario, tono 7º
Te transfiguraste en el monte, Cristo Dios, mostrando a tus discípulos tu gloria, en cuanto podían resistirla. Brille también para nosotros pecadores tu luz eterna, por la intercesión de la Madre de Dios. ¡Tú que das la Luz, gloria a ti!
Contaquio, tono 7º
Te transfiguraste en el monte, Cristo Dios, y tus Discípulos contemplaron tu gloria, en cuanto podían comprenderla. Así, cuando te viesen crucificado, entenderían que padecías libremente, y anunciarían al mundo que Tú eres en verdad el resplandor del Padre.
Diácono: Roguemos al Señor.
Coro: Señor, ten piedad.
Sacerdote: Dios Salvador nuestro, que te dignaste llamar a tu Hijo unigénito, nuestro Señor y Dios y Salvador Jesucristo, la Vid verdadera, y por Él nos has concedido el fruto de la inmortalidad, Tú mismo bendice el fruto de la vid aquí presente, y llena de gozo a los que coman de estas uvas. Perdona nuestros pecados por la participación del Sagrado Cuerpo y de la Preciosa Sangre de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Conserva nuestra vida sin daño, concédenos siempre tu paz y adorna nuestra vida con tus dones inmortales, por la intercesión de nuestra purísima Señora la Madre de Dios y siempre Virgen María y de todos tus Santos, que por todos los siglos te han agradado. Porque Tú eres el que bendice y santifica todas las cosas, Dios bueno que amas a la humanidad, te damos gloria, a ti, Padre sin origen con tu Hijo unigénito y con tu Santísimo Espíritu Bueno y Vivificador, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Y tomando con un ramo de albahaca el agiasma, rocía los racimos de uva diciendo:
Sacerdote: Sean bendecidas estas uvas por la aspersión de esta agua santa, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Coro: Amén.
¡Feliz fiesta!
LA TRANSFIGURACIÓN

La Transfiguración del Señor en el Monte Tabor(Mt 17,1-4)
Y después de seis días, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los lleva aparte a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos. Y resplandeció su rostro como el sol; y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías hablando con El. Y tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: "Señor, bueno es que nos estemos aquí: si quieres hagamos aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías". (vv. 1-4)
Comentarios de los Santos Padres
San Jerónimo: Mas pregunto yo: ¿cómo se pone después de seis días, mientras que San Lucas pone ocho? Pero la contestación es fácil. Porque aquí se habla de los días intermedios, mientras que Lucas cuenta también el primero y el último.
San Juan Crisóstomo, Homiliae in Matthaeum, hom. 56,1 El Señor espera que pasen seis días y no lleva inmediatamente a sus discípulos a la montaña, con el objeto de que los demás discípulos no abriguen sentimiento alguno de envidia, o bien para que llenos de vehementes deseos durante ese tiempo, los que habían de subir se acercaran con más ardor de su alma.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,1: Tomó El a esos tres discípulos porque eran los que ocupaban los tres puestos más elevados. Ved como San Mateo no oculta esa preferencia de los tres discípulos, ni tampoco San Juan, que hace mención de las principales alabanzas de Pedro: no conocían los apóstoles ni la emulación ni la vanagloria.
San Hilario, In Matthaeum, 17: También se significa en los tres que tomó consigo la futura elección de los pueblos, atendido el triple origen de Cam, Sem y Jafet.
San Jerónimo: El Señor apareció a los apóstoles como estará en el día del juicio. No se crea que el Señor dejó su aspecto y forma verdadera, o la realidad de su cuerpo y que tomó un cuerpo espiritual. El mismo evangelista nos dice cómo se verificó esta transfiguración en estas palabras: "Resplandeció su rostro como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve"; estas palabras nos manifiestan que su rostro resplandecía y que sus vestiduras eran blancas. No hay cambio, pues, en la substancia, el brillo es lo que había cambiado. El Señor efectivamente se transformó en aquella gloria, con que vendrá después a su Reino. La transformación le dio esplendor, mas no le quitó la figura. Supongamos que su cuerpo hubiese sido espiritual, ¿cómo se cambiaron sus vestiduras? Porque se pusieron tan blancas, que, según otro evangelista (Mc 9), ningún lavandero de la tierra las podría poner tan blancas. Todo esto es corporal y apreciado por el tacto y no espiritual que ilusiona la vista y es sólo un fantasma.
San Juan Crisóstomo, Homiliae in Matthaeum, hom. 56,1: Hubo muchos motivos para esto. Primeramente porque el pueblo decía que Jesús era Elías o Jeremías, o uno de los profetas y para que vieran la diferencia entre el Señor y sus siervos, se manifestó rodeado de los principales profetas. En segundo lugar, porque continuamente acusaban los judíos a Jesús de transgresor de la Ley, de blasfemo y de usurpador de la gloria del Padre y a fin de hacer ver Jesús su inocencia de todas estas acusaciones, se presenta con aquellos, cuyo testimonio era irrecusable para ellos. Porque Moisés promulgó la Ley y Elías no tuvo rival en celo por la gloria de Dios. Otro motivo fue, para que supiesen que El tenía poder sobre la muerte y sobre la vida. Por esta razón presenta a Moisés que había muerto y a Elías que aun vivía. El evangelista añade otro motivo y es el manifestar la gloria de la cruz y calmar a Pedro y a otros discípulos, que tanto miedo tenían a la pasión. Porque hablaban, dice otro evangelista (Lc 9), de la muerte que debía tener lugar en Jerusalén. Por eso se presenta con aquellos que se expusieron a morir por agradar a Dios y por la salud de los que creían. Ambos, en efecto, se presentaron libremente a los tiranos, Moisés al Faraón (Ex 5) y Elías a Achab (1R 10) También se aparece con ellos, para animar a los discípulos a que imitasen a Moisés en la mansedumbre y a Elías en el celo.
San Hilario, In Matthaeum, 17: Moisés y Elías fueron elegidos entre todos los santos para asistir a Cristo, para manifestarnos que el reino de Cristo está colocado entre la Ley y los Profetas, con los que juzgará el Señor, según tiene anunciado al pueblo de Israel.
Orígenes, Homilia 3 in Matthaeum: Si alguno comprende la relación del espíritu de la Ley y las palabras de Jesús y la sabiduría de Cristo oculta en las profecías, éste ve a Moisés y a Elías en la misma gloria con Jesús.
San Jerónimo: Es de considerar que el Señor se negó a dar a los escribas y a los fariseos las señales que le pedían. Y a los apóstoles, para aumentar su fe, les da la señal: nada menos que la de hacer bajar a Elías del lugar donde estaba y la de sacar a Moisés de entre los muertos, que es lo que se había mandado a Achab por Isaías (Is 7): "Que pidiese una señal en el cielo o en el infierno".
San Juan Crisóstomo, Homiliae in Matthaeum, hom. 56,2. Las palabras que dijo el ardoroso Pedro son éstas: "Y tomando Pedro la palabra, dijo: Señor, bueno es que nos estemos aquí", etc. Porque comprendió que era conveniente que Jesús fuera a Jerusalén, aun teme por Cristo, pero después de la reprensión no se atreve a decir otra vez: "Ten compasión de Ti" (Mt 16,22), mas indirectamente y con otras palabras le insinúa lo mismo. Porque veía la mucha tranquilidad y la soledad, pensó que les era conveniente quedarse allí; él lo conjetura por la disposición del lugar y esto es lo que significan las palabras: "Bueno es que nos estemos aquí", etc. Quiere permanecer allí para siempre y por eso habla de tiendas: "Si quieres, hagamos aquí tres tiendas" etc. ; pensó que si se hacían éstas no iría Jesús a Jerusalén y si no iba no moriría, pues sabía que allí le tenderían lazos los escribas. Pensaba además con la presencia de Elías, que hizo bajar fuego sobre la montaña (2R 1) y con la de Moisés, que entró en una nube y habló a Dios (Ex 24 Ex 33), que podrían ocultarse de manera que ningún pecador pudiese saber dónde estaban.
San Jerónimo: Vas equivocado, Pedro; o como dice otro evangelista (Lc 9), no sabes lo que te dices: no busques tres tiendas porque no hay más tienda que la del Evangelio, donde están contenidos la Ley y los Profetas. Mas si buscas tres tiendas, no iguales a los siervos con el Señor; haz tres tiendas (o mejor una sola) para el Padre, para el Hijo y para el Espíritu Santo. Porque las tres Personas que forman un solo Dios, no deben tener en tu corazón más que una sola tienda.
Y después de seis días, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los lleva aparte a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos. Y resplandeció su rostro como el sol; y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías hablando con El. Y tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: "Señor, bueno es que nos estemos aquí: si quieres hagamos aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías". (vv. 1-4)
Comentarios de los Santos Padres
San Jerónimo: Mas pregunto yo: ¿cómo se pone después de seis días, mientras que San Lucas pone ocho? Pero la contestación es fácil. Porque aquí se habla de los días intermedios, mientras que Lucas cuenta también el primero y el último.
San Juan Crisóstomo, Homiliae in Matthaeum, hom. 56,1 El Señor espera que pasen seis días y no lleva inmediatamente a sus discípulos a la montaña, con el objeto de que los demás discípulos no abriguen sentimiento alguno de envidia, o bien para que llenos de vehementes deseos durante ese tiempo, los que habían de subir se acercaran con más ardor de su alma.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,1: Tomó El a esos tres discípulos porque eran los que ocupaban los tres puestos más elevados. Ved como San Mateo no oculta esa preferencia de los tres discípulos, ni tampoco San Juan, que hace mención de las principales alabanzas de Pedro: no conocían los apóstoles ni la emulación ni la vanagloria.
San Hilario, In Matthaeum, 17: También se significa en los tres que tomó consigo la futura elección de los pueblos, atendido el triple origen de Cam, Sem y Jafet.
San Jerónimo: El Señor apareció a los apóstoles como estará en el día del juicio. No se crea que el Señor dejó su aspecto y forma verdadera, o la realidad de su cuerpo y que tomó un cuerpo espiritual. El mismo evangelista nos dice cómo se verificó esta transfiguración en estas palabras: "Resplandeció su rostro como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve"; estas palabras nos manifiestan que su rostro resplandecía y que sus vestiduras eran blancas. No hay cambio, pues, en la substancia, el brillo es lo que había cambiado. El Señor efectivamente se transformó en aquella gloria, con que vendrá después a su Reino. La transformación le dio esplendor, mas no le quitó la figura. Supongamos que su cuerpo hubiese sido espiritual, ¿cómo se cambiaron sus vestiduras? Porque se pusieron tan blancas, que, según otro evangelista (Mc 9), ningún lavandero de la tierra las podría poner tan blancas. Todo esto es corporal y apreciado por el tacto y no espiritual que ilusiona la vista y es sólo un fantasma.
San Juan Crisóstomo, Homiliae in Matthaeum, hom. 56,1: Hubo muchos motivos para esto. Primeramente porque el pueblo decía que Jesús era Elías o Jeremías, o uno de los profetas y para que vieran la diferencia entre el Señor y sus siervos, se manifestó rodeado de los principales profetas. En segundo lugar, porque continuamente acusaban los judíos a Jesús de transgresor de la Ley, de blasfemo y de usurpador de la gloria del Padre y a fin de hacer ver Jesús su inocencia de todas estas acusaciones, se presenta con aquellos, cuyo testimonio era irrecusable para ellos. Porque Moisés promulgó la Ley y Elías no tuvo rival en celo por la gloria de Dios. Otro motivo fue, para que supiesen que El tenía poder sobre la muerte y sobre la vida. Por esta razón presenta a Moisés que había muerto y a Elías que aun vivía. El evangelista añade otro motivo y es el manifestar la gloria de la cruz y calmar a Pedro y a otros discípulos, que tanto miedo tenían a la pasión. Porque hablaban, dice otro evangelista (Lc 9), de la muerte que debía tener lugar en Jerusalén. Por eso se presenta con aquellos que se expusieron a morir por agradar a Dios y por la salud de los que creían. Ambos, en efecto, se presentaron libremente a los tiranos, Moisés al Faraón (Ex 5) y Elías a Achab (1R 10) También se aparece con ellos, para animar a los discípulos a que imitasen a Moisés en la mansedumbre y a Elías en el celo.
San Hilario, In Matthaeum, 17: Moisés y Elías fueron elegidos entre todos los santos para asistir a Cristo, para manifestarnos que el reino de Cristo está colocado entre la Ley y los Profetas, con los que juzgará el Señor, según tiene anunciado al pueblo de Israel.
Orígenes, Homilia 3 in Matthaeum: Si alguno comprende la relación del espíritu de la Ley y las palabras de Jesús y la sabiduría de Cristo oculta en las profecías, éste ve a Moisés y a Elías en la misma gloria con Jesús.
San Jerónimo: Es de considerar que el Señor se negó a dar a los escribas y a los fariseos las señales que le pedían. Y a los apóstoles, para aumentar su fe, les da la señal: nada menos que la de hacer bajar a Elías del lugar donde estaba y la de sacar a Moisés de entre los muertos, que es lo que se había mandado a Achab por Isaías (Is 7): "Que pidiese una señal en el cielo o en el infierno".
San Juan Crisóstomo, Homiliae in Matthaeum, hom. 56,2. Las palabras que dijo el ardoroso Pedro son éstas: "Y tomando Pedro la palabra, dijo: Señor, bueno es que nos estemos aquí", etc. Porque comprendió que era conveniente que Jesús fuera a Jerusalén, aun teme por Cristo, pero después de la reprensión no se atreve a decir otra vez: "Ten compasión de Ti" (Mt 16,22), mas indirectamente y con otras palabras le insinúa lo mismo. Porque veía la mucha tranquilidad y la soledad, pensó que les era conveniente quedarse allí; él lo conjetura por la disposición del lugar y esto es lo que significan las palabras: "Bueno es que nos estemos aquí", etc. Quiere permanecer allí para siempre y por eso habla de tiendas: "Si quieres, hagamos aquí tres tiendas" etc. ; pensó que si se hacían éstas no iría Jesús a Jerusalén y si no iba no moriría, pues sabía que allí le tenderían lazos los escribas. Pensaba además con la presencia de Elías, que hizo bajar fuego sobre la montaña (2R 1) y con la de Moisés, que entró en una nube y habló a Dios (Ex 24 Ex 33), que podrían ocultarse de manera que ningún pecador pudiese saber dónde estaban.
San Jerónimo: Vas equivocado, Pedro; o como dice otro evangelista (Lc 9), no sabes lo que te dices: no busques tres tiendas porque no hay más tienda que la del Evangelio, donde están contenidos la Ley y los Profetas. Mas si buscas tres tiendas, no iguales a los siervos con el Señor; haz tres tiendas (o mejor una sola) para el Padre, para el Hijo y para el Espíritu Santo. Porque las tres Personas que forman un solo Dios, no deben tener en tu corazón más que una sola tienda.
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Comentario de los Padres al Evangelio
sábado, 31 de julio de 2010
Sinaxario del 1 de agosto

El 1 de agosto la Santa Iglesia celebra la conmemoración de la Procesión de la Santa y Vivificante Cruz de nuestro Señor Jesucristo en Constantinopla.
Por las grandes enfermedades que ocurrían en la ciudad por estos días para alivio y curación de los enfermos y consuelo de los fieles se llevaba en procesión por las calles de la ciudad el Venerable Madero de la Cruz para la santificación de la misma y la bendición de las cisternas y depósitos de agua. La víspera, el día treinta y uno de julio la venerable y preciosa Reliquia era sacada del Tesoro Imperial y llevada hasta el altar de la Iglesia de la Divina Sabiduría quedando allí expuesta hasta la fiesta del la Dormición de la santísima Madre de Dios, siendo durante estos días llevada en procesión por toda la ciudad y ofreciéndola a la veneración de los fieles.
En este mismo día la Santa Iglesia celebra la conmemoración de los Santos Hermanos Macabeos, Abim, Antonio, Gurias, Eleazar, Eusebono, Alimo, Marcelo y con ellos su madre Solomonia y su maestro Eleazar. El Impío Antioco envió a Jerusalén al general Apolonio al mando de veintidós mil hombres, con la orden de helenizar la ciudad; en caso de que los judíos se resistiesen a aceptar las costumbres y dioses paganos de Grecia, debía matarlos sin piedad y sustituirlos por extranjeros. Eleazar. Era un anciano venerable, uno de los principales doctores de la Ley. Los perseguidores, pensando que el pueblo seguiría el ejemplo de Eleazar, trataron de hacerle apostatar por medio de halagos, amenazas y violencias, pero el anciano no cedió. Algunos de los que presenciaron la tortura, movidos de compasión, aconsejaron que se diese a Eleazar un poco de carne de res, que no estaba prohibida por la Ley a fin de que los judíos creyesen que había comido carne de puerco, y el rey quedaría satisfecho. Pero Eleazar se negó a admitir ese subterfugio, diciendo que los jóvenes se sentirían autorizados a violar la Ley, puesto que él, a los noventa años de edad, había adoptado los ritos de los gentiles. En seguida añadió que, si cometía semejante crimen, no escaparía vivo ni muerto de la mano vengadora del Todopoderoso.
Trasladado al sito de la ejecución, Eleazar exclamó antes de morir en la flagelación: "Señor, cuya vista escudriña lo más escondido de los corazones. Tú ves la tortura que estoy sufriendo. Pero mi alma se regocija de sufrir por causa de la Ley, pues yo te temo." Al martirio de Eleazar siguió el los siete Hermanos Macabeos: Abim, Antonio, Gurias, Eleazar, Eusebono, Alimo y Marcelo los cuales fueron cruelmente atormentados para hacerles renegar de la fe, pero prefirieron toda clase de martirios con tal de permanecer fieles a los mandatos de Dios hasta la muerte por ello fueron flagelados con azotes de cuero, para que hicieran lo que la santa religión prohíbe. Uno de ellos decía al impío rey Antíoco que pretendía alejarlos de la religión de sus padres: -"¿Qué pretendes de nosotros? Estamos dispuestos a morir, antes que desobedecer las leyes que Dios les dio a nuestros antepasados". El rey lleno de rabia, mandó prender fuego debajo de sartenes y calderas, e hizo echar allí la lengua del que había hablado en nombre de los demás. Hizo que le arrancaran toda la piel de la cabeza, y que le cortaran las manos y los pies, en presencia de sus hermanos y de su madre. Cuando quedó completamente inutilizado, viendo que todavía respiraba, mandó el rey que lo echaran a un sartén que estaba sobre el fuego y allí lo tostaran. Aparte, mientras el humo de la sartén se difundía lejos, los demás hermanos, junto con su madre, se animaban mutuamente a morir con generosidad y decían: "El Señor Dios cuida de todos nosotros y está presenciando lo que sucede. Siempre se cumplirá lo que prometió Moisés: Dios se compadece de sus amigos".
Cuando el primero pasó a la eternidad, llamaron al segundo, y después de arrancarle la piel de la cabeza y todos sus cabellos, le preguntaron: "¿Estás dispuesto a hacer lo que le prohibe su religión? ¿O quieres ser torturado en tu cuerpo, parte por parte?". Él respondió: "¡De ninguna manera y por ninguna causa haré jamás lo que prohíbe mi santa religión!". Y entonces lo torturaron del mismo modo que habían hecho con el primero. Antes de que le arrancaran la lengua dijo al rey: "Tú, injusto y criminal, nos privas de la vida presente. Pero el Rey de los cielos nos resucitará para la vida eterna a los que morimos por cumplir sus santas leyes". Luego llamaron al tercero. Este presentó la lengua para que la arrancaran y las manos para que se las cortaran, pero antes dijo: "Por bondad del Dios del cielo poseo esta lengua y estas manos. Pero por cumplir sus santas leyes renuncio a todo esto que es tan precioso y útil. Yo espero que en la eternidad me devolverá el Señor lo que he sacrificado por su amor". El rey y sus acompañantes estaban admirados y sorprendidos del valor de aquel muchacho que no tenía miedo a tan terribles dolores con tal de cumplir lo que le mandaba su santa religión. Lo maltrataron y asesinaron como a los otros dos. Hicieron pasar en seguida al cuarto hermano y lo maltrataron con feroces suplicios. Cuando ya estaba agonizante y cerca de su fin, exclamó: "Es preferible morir a manos de los hombres con tal de conseguir ser resucitado para la vida eterna. En cambio para los enemigos de Dios y de su religión no hay esperanza para la eternidad". En seguida llevaron al quinto hermano y se pusieron a atormentarlo. Él, mirando al rey le dijo: "¿Te imaginas que porque tiene un alto puesto de gobierno puede hacer todo lo que se te antoja? Pero no creas que Dios ha abandonado a quienes pertenecemos a la verdadera religión. Ya verás que pasado un poco de tiempo, nuestra santa religión triunfará, mientras a vosotros os sucederán cosas muy desagradables". Después de este, trajeron al sexto hermano el cual, cuando estaba a punto de morir a causa de tan terribles tormentos, exclamó: "No os hagáis ilusiones los que combatís contra la religión del verdadero Dios, pensando que nada malo os va a suceder por todo esto. A nosotros nos sirven estos sufrimientos para poder pagar nuestros pecados, pero a los que luchan contra Dios, les esperan males espantosos".
Admirable en todo aspecto y digna de todo glorioso recuerdo, fue aquella madre que al ver morir a todos sus hijos en el espacio de un solo día, padecía todo esto con valentía, porque tenía la esperanza puesta en los premios que Nuestro Señor tiene reservados para sus fieles amigos. Animaba a cada uno de ellos hablándoles en su lenguaje patrio, llena de generosos sentimientos y estimulándonos a sufrir con gran valor les decía: - Yo no sé cómo mi Dios me concedió el honor de ser madre de cada uno de vosotros. Qué honrada me siento al ver que ahora entregáis vuestro espíritu al Creador por defender sus santas leyes. Él en cambio os concederá la gloria eterna".
El rey Antiocho se propuso ganarse al más pequeño de los hermanos y le ofreció regalos y hacerlo rico y concederle altos empleos con tal de que abandonara la religión del Dios de Israel. Viendo que el muchacho no le hacía caso, el rey llamó a la madre y le pidió que tratara de convencer al joven para que salvara su vida renegando de su religión. Entonces aquella valerosa mujer se acercó a su hijo y le dijo: "Hijo: ten compasión de mí, por amor a tu madre no vayas a renegar jamás de la santa religión de nuestros antepasados. Recuerda que estás obedeciendo al Dios que creó los cielos y la tierra. No le tengas miedo a este verdugo que te quiere quitar la vida del cuerpo, porque si perseveras fiel, nos encontraremos todos juntos con tus hermanos en la vida eterna del cielo". Tan pronto como la madre terminó de hablar, el joven gritó: "¿Qué más esperáis? Jamás obedeceré al mandato del rey que pretende hacerme renegar de mi religión y que yo desobedezca a las leyes que Dios nos dio por medio de Moisés. Y tú rey, que es el causante de todos estos males que suceden en nuestro pueblo de Israel, ¡estate seguro de que no te vas a librar de los castigos del Dios! Nosotros sufrimos para pagar nuestros pecados y los pecados de nuestro pueblo, pero con esto estamos calmando la ira de Dios. Pero a ti rey criminal y malvado, te espera el terrible juicio de Dios y de Él no lograrás librarte. Y Dios todo lo ve y todo lo sanciona. Mis hermanos después de haber sufrido estos tormentos han ido a la vida eterna. Pero a los enemigos de la religión les espera el castigo merecido por sus pecados. Yo, como hicieron mis hermanos, ofrezco mi vida por mi patria y por mi religión, para que tenga misericordia de nuestro pueblo y retire de nosotros los castigos que merecemos". Al oír tales declaraciones el rey se llenó de furor y mandó que al séptimo y más joven de los hermanos lo atormentaran con mayor crueldad que a los demás. Y después de matarlo a él, hizo asesinar también a la santa y heroica madre.
Feliz familia que en un solo día conquistó el reino de los cielos proclamando con valor que es preferible morir antes que renegar de la verdadera religión, que nos enseñaron nuestros antepasados. Por sus intercesiones, Señor Jesucristo nuestro Dios, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.”
Por las grandes enfermedades que ocurrían en la ciudad por estos días para alivio y curación de los enfermos y consuelo de los fieles se llevaba en procesión por las calles de la ciudad el Venerable Madero de la Cruz para la santificación de la misma y la bendición de las cisternas y depósitos de agua. La víspera, el día treinta y uno de julio la venerable y preciosa Reliquia era sacada del Tesoro Imperial y llevada hasta el altar de la Iglesia de la Divina Sabiduría quedando allí expuesta hasta la fiesta del la Dormición de la santísima Madre de Dios, siendo durante estos días llevada en procesión por toda la ciudad y ofreciéndola a la veneración de los fieles.
En este mismo día la Santa Iglesia celebra la conmemoración de los Santos Hermanos Macabeos, Abim, Antonio, Gurias, Eleazar, Eusebono, Alimo, Marcelo y con ellos su madre Solomonia y su maestro Eleazar. El Impío Antioco envió a Jerusalén al general Apolonio al mando de veintidós mil hombres, con la orden de helenizar la ciudad; en caso de que los judíos se resistiesen a aceptar las costumbres y dioses paganos de Grecia, debía matarlos sin piedad y sustituirlos por extranjeros. Eleazar. Era un anciano venerable, uno de los principales doctores de la Ley. Los perseguidores, pensando que el pueblo seguiría el ejemplo de Eleazar, trataron de hacerle apostatar por medio de halagos, amenazas y violencias, pero el anciano no cedió. Algunos de los que presenciaron la tortura, movidos de compasión, aconsejaron que se diese a Eleazar un poco de carne de res, que no estaba prohibida por la Ley a fin de que los judíos creyesen que había comido carne de puerco, y el rey quedaría satisfecho. Pero Eleazar se negó a admitir ese subterfugio, diciendo que los jóvenes se sentirían autorizados a violar la Ley, puesto que él, a los noventa años de edad, había adoptado los ritos de los gentiles. En seguida añadió que, si cometía semejante crimen, no escaparía vivo ni muerto de la mano vengadora del Todopoderoso.
Trasladado al sito de la ejecución, Eleazar exclamó antes de morir en la flagelación: "Señor, cuya vista escudriña lo más escondido de los corazones. Tú ves la tortura que estoy sufriendo. Pero mi alma se regocija de sufrir por causa de la Ley, pues yo te temo." Al martirio de Eleazar siguió el los siete Hermanos Macabeos: Abim, Antonio, Gurias, Eleazar, Eusebono, Alimo y Marcelo los cuales fueron cruelmente atormentados para hacerles renegar de la fe, pero prefirieron toda clase de martirios con tal de permanecer fieles a los mandatos de Dios hasta la muerte por ello fueron flagelados con azotes de cuero, para que hicieran lo que la santa religión prohíbe. Uno de ellos decía al impío rey Antíoco que pretendía alejarlos de la religión de sus padres: -"¿Qué pretendes de nosotros? Estamos dispuestos a morir, antes que desobedecer las leyes que Dios les dio a nuestros antepasados". El rey lleno de rabia, mandó prender fuego debajo de sartenes y calderas, e hizo echar allí la lengua del que había hablado en nombre de los demás. Hizo que le arrancaran toda la piel de la cabeza, y que le cortaran las manos y los pies, en presencia de sus hermanos y de su madre. Cuando quedó completamente inutilizado, viendo que todavía respiraba, mandó el rey que lo echaran a un sartén que estaba sobre el fuego y allí lo tostaran. Aparte, mientras el humo de la sartén se difundía lejos, los demás hermanos, junto con su madre, se animaban mutuamente a morir con generosidad y decían: "El Señor Dios cuida de todos nosotros y está presenciando lo que sucede. Siempre se cumplirá lo que prometió Moisés: Dios se compadece de sus amigos".
Cuando el primero pasó a la eternidad, llamaron al segundo, y después de arrancarle la piel de la cabeza y todos sus cabellos, le preguntaron: "¿Estás dispuesto a hacer lo que le prohibe su religión? ¿O quieres ser torturado en tu cuerpo, parte por parte?". Él respondió: "¡De ninguna manera y por ninguna causa haré jamás lo que prohíbe mi santa religión!". Y entonces lo torturaron del mismo modo que habían hecho con el primero. Antes de que le arrancaran la lengua dijo al rey: "Tú, injusto y criminal, nos privas de la vida presente. Pero el Rey de los cielos nos resucitará para la vida eterna a los que morimos por cumplir sus santas leyes". Luego llamaron al tercero. Este presentó la lengua para que la arrancaran y las manos para que se las cortaran, pero antes dijo: "Por bondad del Dios del cielo poseo esta lengua y estas manos. Pero por cumplir sus santas leyes renuncio a todo esto que es tan precioso y útil. Yo espero que en la eternidad me devolverá el Señor lo que he sacrificado por su amor". El rey y sus acompañantes estaban admirados y sorprendidos del valor de aquel muchacho que no tenía miedo a tan terribles dolores con tal de cumplir lo que le mandaba su santa religión. Lo maltrataron y asesinaron como a los otros dos. Hicieron pasar en seguida al cuarto hermano y lo maltrataron con feroces suplicios. Cuando ya estaba agonizante y cerca de su fin, exclamó: "Es preferible morir a manos de los hombres con tal de conseguir ser resucitado para la vida eterna. En cambio para los enemigos de Dios y de su religión no hay esperanza para la eternidad". En seguida llevaron al quinto hermano y se pusieron a atormentarlo. Él, mirando al rey le dijo: "¿Te imaginas que porque tiene un alto puesto de gobierno puede hacer todo lo que se te antoja? Pero no creas que Dios ha abandonado a quienes pertenecemos a la verdadera religión. Ya verás que pasado un poco de tiempo, nuestra santa religión triunfará, mientras a vosotros os sucederán cosas muy desagradables". Después de este, trajeron al sexto hermano el cual, cuando estaba a punto de morir a causa de tan terribles tormentos, exclamó: "No os hagáis ilusiones los que combatís contra la religión del verdadero Dios, pensando que nada malo os va a suceder por todo esto. A nosotros nos sirven estos sufrimientos para poder pagar nuestros pecados, pero a los que luchan contra Dios, les esperan males espantosos".
Admirable en todo aspecto y digna de todo glorioso recuerdo, fue aquella madre que al ver morir a todos sus hijos en el espacio de un solo día, padecía todo esto con valentía, porque tenía la esperanza puesta en los premios que Nuestro Señor tiene reservados para sus fieles amigos. Animaba a cada uno de ellos hablándoles en su lenguaje patrio, llena de generosos sentimientos y estimulándonos a sufrir con gran valor les decía: - Yo no sé cómo mi Dios me concedió el honor de ser madre de cada uno de vosotros. Qué honrada me siento al ver que ahora entregáis vuestro espíritu al Creador por defender sus santas leyes. Él en cambio os concederá la gloria eterna".
El rey Antiocho se propuso ganarse al más pequeño de los hermanos y le ofreció regalos y hacerlo rico y concederle altos empleos con tal de que abandonara la religión del Dios de Israel. Viendo que el muchacho no le hacía caso, el rey llamó a la madre y le pidió que tratara de convencer al joven para que salvara su vida renegando de su religión. Entonces aquella valerosa mujer se acercó a su hijo y le dijo: "Hijo: ten compasión de mí, por amor a tu madre no vayas a renegar jamás de la santa religión de nuestros antepasados. Recuerda que estás obedeciendo al Dios que creó los cielos y la tierra. No le tengas miedo a este verdugo que te quiere quitar la vida del cuerpo, porque si perseveras fiel, nos encontraremos todos juntos con tus hermanos en la vida eterna del cielo". Tan pronto como la madre terminó de hablar, el joven gritó: "¿Qué más esperáis? Jamás obedeceré al mandato del rey que pretende hacerme renegar de mi religión y que yo desobedezca a las leyes que Dios nos dio por medio de Moisés. Y tú rey, que es el causante de todos estos males que suceden en nuestro pueblo de Israel, ¡estate seguro de que no te vas a librar de los castigos del Dios! Nosotros sufrimos para pagar nuestros pecados y los pecados de nuestro pueblo, pero con esto estamos calmando la ira de Dios. Pero a ti rey criminal y malvado, te espera el terrible juicio de Dios y de Él no lograrás librarte. Y Dios todo lo ve y todo lo sanciona. Mis hermanos después de haber sufrido estos tormentos han ido a la vida eterna. Pero a los enemigos de la religión les espera el castigo merecido por sus pecados. Yo, como hicieron mis hermanos, ofrezco mi vida por mi patria y por mi religión, para que tenga misericordia de nuestro pueblo y retire de nosotros los castigos que merecemos". Al oír tales declaraciones el rey se llenó de furor y mandó que al séptimo y más joven de los hermanos lo atormentaran con mayor crueldad que a los demás. Y después de matarlo a él, hizo asesinar también a la santa y heroica madre.
Feliz familia que en un solo día conquistó el reino de los cielos proclamando con valor que es preferible morir antes que renegar de la verdadera religión, que nos enseñaron nuestros antepasados. Por sus intercesiones, Señor Jesucristo nuestro Dios, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.”
1 de Agosto: La procesión de la Santísima Cruz en Constantinopla
San Juan Crisóstomo: Homilia LV sobre el Evangelio de San Mateo
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: el que quiera venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16,24).
Entonces. ¿Cuándo? Después de que Pedro había dicho: No quiera Dios que esto suceda, y había oído aquel Retírate de mí, Satanás. No le pareció suficiente a Jesús con increpar a Pedro; sino que anhelando demostrar con abundancia lo absurdo de sus palabras y la utilidad que de su Pasión se seguiría, dijo: Tú, Pedro, me dices: No quiera Dios que esto suceda; mas Yo te digo que no sólo sería dañoso para ti el impedirme padecer, aun cuando te pese mi Pasión, sino que ni siquiera podrías alcanzar tu salvación, si tú mismo no estás preparado para morir. Y para que no pensara que el padecer era indigno de Cristo, no sólo con las anteriores palabras, sino también con las que siguen, le enseña la utilidad de su Pasión.
En Juan dice: Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho frutos-Pero ahora, tratando más largamente del asunto, habla no únicamente de su acabamiento por la muerte, sino que extiende la doctrina a sus discípulos. Como si les dijera: tan grande es la ganancia de la Pasión que si vosotros no queréis morir, os será perjudicial; mas sucederá lo contrario si estáis preparados para ese bien. Así lo declara con lo que sigue. Pero ahora lo examina por un solo lado. Observa cómo impone una obligación estricta. Pues no dice: Queráis o no, es necesario que padezcáis semejante Pasión. Sino ¿qué es lo que dice? Si alguno quiere venir en pos de mí. No lo obligo; no le impongo una necesidad; lo dejo al arbitrio de cada uno. Y por esto digo: Si alguno quiere. Os invito a bienes y no a males, ni a cosas difíciles, ni a suplicios y penas, para que fuera necesario obligaros. La naturaleza misma de la cosa es suficiente para atraer. Y con decirles esto, más los animaba. Quien pone obligación, con frecuencia más bien aparta de la obra; pero quien la deja al arbitrio del oyente, más lo atrae. Puesto que más fuerza tiene la simple exposición de la empresa que no la violencia. Por eso les decía: Si alguno quiere. Como si les dijera: grandes son los bienes que os ofrezco, y tales que espontáneamente se corre hacia ellos.
A la verdad, si alguno ofreciera oro y un tesoro tal vez, no llamaría con violencia. Pues si a esas cosas se va sin violencia, mucho más se irá a los bienes celestes. Si la naturaleza misma de la cosa no te persuade a que corras a ella, ya no eres digno de recibirla; y si la recibes, no sabrás apreciar lo que recibes. Por eso Cristo no obliga, sino exhorta y es indulgente con nosotros. Y como los discípulos murmuraban mucho, comentando lo dicho y se turbaban, les dice: no es el caso de turbarse y comentar. Si creéis que lo que dije, si os aconteciere, no es fuente de bienes innumerables, yo no os obligo, no os hago violencia, solamente invito al que quiera.
No penséis que seguirme es hacer eso que ahora hacéis al seguirme. Necesitaréis de muchos trabajos y pasar por muchos peligros, si habéis de seguirme. No por haberme confesado ahora, oh Pedro, vayas a pensar que sólo te esperan coronas y que con solo pensar lo que has pensado te basta para la salvación y que en adelante has de vivir contento como si ya todo estuviera acabado. Como Hijo de Dios que soy, puedo eximirte de experimentar los males, pero por bien tuyo no quiero hacerlo, para que tú pongas algo de tu parte y así seas mejor probado. Ningún Prefecto de juegos, cuando estima mucho a un atleta quiere coronarlo gratis, sino que anhela que éste lo gane con su propio trabajo, sobre todo porque lo estima. Así Cristo quiere que aquellos a quienes especialmente ama brillen con su propio mérito y por sola su gracia.
Advierte, además, cómo hace un discurso en nada pesado. Puesto que no circunscribe los males a solos los discípulos, sino que, extendiendo su enseñanza a todo el orbe, dice: Si alguno quiere, ya sea mujer o varón, príncipe o subdito, quienquiera que por este camino echare. Al parecer dice una sola cosa, pero en realidad son tres: negarse a sí mismo, tomar su cruz, seguirlo. Junta dos cosas, en tanto que la otra la pone aparte. Veamos en primer lugar qué sea negarse a sí mismo. Pero ante todo qué sea negar a otro. Y así sabremos qué sea negarse a sí mismo. Quien niega a otro, ya sea su hermano o su criado u otro cualquiera, no se presenta, no lo auxilia, no se entristece, no se aflige, puesto que se trata de uno que le es extraño.
Quiere, pues, Cristo que en esa forma, es decir, en forma alguna, perdonemos a nuestro cuerpo; de modo que aun cuando lo azoten, lo empujen, lo quemen o le hagan otra cosa cualquiera no lo perdonemos. Porque esto es verdaderamente perdonarlo. Así los padres, cuando entregan sus hijos a los maestros, es cuando verdaderamente los perdonan, advirtiendo al profesor que nada les perdone a los niños. Así, Cristo no dijo que no se perdone uno a sí mismo, sino lo que es más duro: Niegúese a sí mismo. Es decir, que sea para sí como un extraño, de manera que se entregue a los peligros y certámenes, y esté en tal disposición como si fuera otro el que padeciera. No dijo simplemente negarse, sino abnegarse. Y con este pequeño aditamento da a la sentencia una gran fuerza. Porque abnegarse es mucho más que simplemente negarse.
Y tome su cruz. Es una consecuencia de lo anterior. No vayas a pensar que conviene abnegarse únicamente cuando se trate de palabras, injurias y oprobios. Por eso dice hasta dónde conviene negarse a sí mismo: es decir hasta la muerte, y muerte la más oprobiosa. Y para significarlo no dijo: niegúese a sí mismo hasta la muerte, sino tome su cruz, o sea hasta la muerte más vergonzosa; y no una ni dos veces, sino por toda la vida. Como si dijera: lleva contigo perpetuamente semejante muerte y permanece cada día dispuesto a morir. Puesto que muchos despreciaron las riquezas, los placeres, la gloria, pero no despreciaron la muerte, sino que tuvieron temor a los peligros, Yo, dice Cristo, quiero que mi atleta luche hasta la muerte y que soporte el certamen hasta derramar su sangre. De modo que conviene llevar con fortaleza la muerte, si es necesario morir, y aun la muerte más oprobiosa y execrable, y aunque sea por vanas sospechas: y en tales casos grandemente gozarse.
Y sígame. Como puede suceder que el que padece no siga a Cristo, no padece por El (así como los ladrones, los robadores de sepulcros, los hechiceros sufren y graves padecimientos), para que no creas que basta con soportar los dolores, añadió el motivo de soportarlos. ¿Cuál es? Que al sufrir todo eso, vayas en seguimiento de Cristo y por causa de El lo padezcas y así ejercites todas las virtudes. Porque eso significa: Sígame. De manera que no sólo demuestres fortaleza de ánimo en los padecimientos, sino además continencia, equidad y toda clase de virtudes. Esto es seguir a Cristo como conviene: procurar las demás virtudes y padecer por El todo. Hay quienes siguen al demonio y padecen las mismas cosas y por él aceptan la muerte; pero nosotros lo hacemos por Cristo y aun por nosotros mismos y por nuestro bien. Ellos lo hacen dañándose a sí mismos aquí y en la otra vida; pero nosotros lo hacemos para lucrar ambas vidas.
Entonces ¿cómo no sería el colmo de la desidia el no tener tan gran fortaleza cuanta muestran esos que perecen, cuando vamos a recibir tantas coronas? Y eso que a nosotros nos auxilia Cristo y a ellos nadie. Por otra parte, este fue el precepto que dio Cristo a los apóstoles cuando los envió a misión, di-ciéndoles: No vayáis a los gentiles. Os envío como ovejas en medio de lobos. Seréis llevados a los gobernadores y reyes? Pero ahora lo enunció más solemnemente y con mayor reciedumbre. Porque entonces hablaba sólo de la muerte, mientras que aquí menciona la cruz y una cruz perpetua. Puesto que dice: Tome su cruz, es decir: llévela siempre.
Tenía Cristo por costumbre poner los mandatos más importantes no al principio y como exordio de sus discursos, sino poco a poco y sin sentir, a fin de que los oyentes no se perturbaran con lo duro de las cosas. Aquí, como lo que decía parecía ser cosa difícil y molesta, observa cómo la hace fácil en lo que sigue, estableciendo premios superiores a los trabajos. Y no sólo premios, sino además castigos para los perversos. Y en los castigos se detiene más que en los premios, porque a muchos los hace prudentes más la amenaza de los castigos que los bienes del premio.
Sin embargo, advierte cómo en este pasaje comienza y acaba con lo mismo. Pues dice: El que quiera salvar su vida la perderá; y el que quiera perder su vida por mí, la hallara. Y también ¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Y no es que no os tenga compasión, sino que, por el contrario, os compadezco cuando tal cosa ordeno. Pues quien condesciende con su hijo lo pierde, mientras que quien no le deja pasar nada, ése lo salva. Que es lo mismo que dijo el sabio: Si castigas a tu hijo con la vara, no morirá; antes librarás su alma de la muerte? Y también: El que ama a su hijo tiene siempre dispuesto el azote para que al fin pueda complacerse en élA Y lo mismo se hace en el ejército. Pues si el capitán, por no molestar a sus soldados los mantiene siempre en el campamento, destruye a los mismos soldados y a otros muchos.
Pues bien: a fin de que tal cosa no os acontezca, dice Jesús, os conviene estar siempre preparados para una muerte continua. Porque vendrá luego una guerra terrible. No te estés quieto en casa. Sal al campo y pelea; y si caes en la pelea, habrás encontrado la vida. Si en estas guerras sensibles y de acá, quien está pronto y preparado para la muerte, es tenido como preclaro entre los demás y como invicto y temible para los enemigos; y sin embargo, si muere no puede el general resucitarlo, el general por quien pelea, mucho más en las batallas espirituales en que se tiene la esperanza de la resurrección, quien exponga a la muerte su vida, la encontrará: desde luego porque no será vencido prontamente; y además, porque, aun estando postrado lleva su alma una vida mejor.
Luego pues había dicho: Quien quiera salvar su alma la perderá y quien la pierda la salvará; y en ambos casos habló de la salud y de la perdición, para que nadie piense que aquella perdición y esta otra, ni aquella salud ni esta otra son iguales, sino que vea con claridad que hay tan gran diferencia entre aquella y esta salud cuanta hay entre aquella y esta perdición, la demuestra mediante los contrarios diciendo: Porque ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿Observas cómo la salvación que se logra fuera de lo conveniente es perdición, y perdición la peor de todas, como que ya no tiene remedio, pues nada hay que pueda redimirla?
Como si dijera Cristo: No pienses que quien así guarda su alma, evadiendo los peligros, la ha salvado; añádele si quieres que ha guardado todo el orbe y lo ha ganado. Porque ¿qué ganancia saca de todo eso, si ha perdido su alma? Si vieras tú a tus criados en delicias mientras tú estás entre males extremos ¿pensarías que por ser señor de ellos tú algo lograbas? ¡De ningún modo! Pues piensa así respecto de tu alma cuando mientras tu carne vive entre delicias y riquezas a ella le espera la muerte futura. ¿Qué dará el hombre a cambio de su alma? Insiste en lo mismo. Como si dijera: ¿tienes acaso otra alma que des a cambio de la tuya? Si pierdes tus riquezas, las puedes suplir con otras; y lo mismo si pierdes tu casa o tus esclavos u otra cualquiera posesión que tengas. Pero si pierdes tu alma no podrás dar otra. Aun cuando poseas el mundo y seas rey del universo; aunque pongas en la balanza todas las cosas del orbe y al orbe mismo íntegro, no puedes redimir una sola alma.
Pero ¿es acaso admirable que así suceda respecto del alma, cuando aun en las corporales cosas lo mismo se puede observar? Aun cuando estés con mil diademas coronado, si tu cuerpo estuviere enfermo de una dolencia incurable, no lograrías, ni aun dando de regalo todo el reino, alcanzar la salud; y esto aun cuando añadieras otros muchos cuerpos y ciudades y riquezas. Pues piensa lo mismo acerca de tu alma; y con mayor razón tratándose del alma. Dejando, pues, todo lo demás, ocúpate de ella con todas tus fuerzas. No te preocupes de las cosas de los demás con descuido de ti mismo y de tus intereses, cosa que ahora todos hacen, pareciéndose a los que trabajan en las minas que ninguna utilidad ni riqueza sacan de semejante trabajo, sino muy grave daño, pues en vano se exponen a los peligros en bien de otros, sin obtener para sí ganancia de los sudores y aun de la muerte que muchas veces les acontece. Y actualmente tienen éstos muchos imitadores que andan en busca de riquezas para otros. Y hasta son más miserables que los dichos mineros, pues al fin de sus muchos trabajos les espera la gehenna. A los mineros la muerte les acarrea el término de sus sudores, pero a los otros les resulta el comienzo de sus padecimientos.
Y si dices que tú, siendo rico ya disfrutas de tus trabajos, muéstrame la alegría y gozo de tu alma y entonces te lo creeré. El alma es lo principal de todo lo que poseemos; y si el cuerpo engorda mientras ella enferma, de nada te sirve toda tu abundancia. Pues así como cuando la esclava se goza, su gozo de nada sirve a su ama que está moribunda, y así como en nada ayuda el ornato de los vestidos al cuerpo enfermo, así tampoco la riqueza al alma; sino que de nuevo te repetirá Cristo: ¿Qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? y continuamente ordenará que te ocupes en salvarla y que de sólo eso tengas cuidado.
Una vez que con tales palabras ha puesto terror, consuela a sus discípulos con estas otras: Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloría de su Padre con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras. ¿Observas desde luego cómo una misma es la gloria del Padre y del Hijo? Pero si la gloria es una y la misma, queda claro que también la substancia es una. Pues si en una substancia la gloria es diferente, como dice Pablo que una es la gloria y resplandor del sol, y otra la de la luna y otra la de las estrellas y una estrella difiere de otra en claridad, siendo ellas de la misma substancia ¿cómo podría creerse que aquellos cuya gloria es una tengan una substancia diferente? Porque no dijo Cristo: en una gloria como la del Padre, para que por aquí tú sospecharas una diferencia de substancia; sino que con todo cuidado dice que vendrá en la mismísima gloria del Padre, de manera que creamos que es una y la misma de ambos. Entonces, oh Pedro ¿por qué temes la muerte cuando de ella oyes hablar? Porque en aquel día me verás en la gloria del Padre. Y si yo estaré en la gloria también vosotros estaréis en la gloria. Porque vuestras cosas no están circunscritas a los límites de la vida presente, sino que os espera una suerte mejor.
Pero Cristo, tras de anunciar esos bienes, no se detuvo ahí, sino que aun en esto mezcló cosas terribles y trajo a la memoria el juicio y la cuenta inevitable y la sentencia sin acepción de personas y el Juez que no se engaña. Mas no permitió que su discurso fuera solamente de cosas tristes, sino que mezcló con ellas la buena esperanza. Porque no dijo: entonces castigará a los pecadores, sino: Entonces dará a cada uno según sus obras. Y lo dijo no únicamente para recordar el castigo a los pecadores, sino también las coronas y premios a los buenos. De manera que dijo esto para alegrar y confortar a los buenos. Sin embargo, yo, cuando oigo esto, siempre me lleno de terror, pues no pertenezco al número de los que serán coronados; y pienso que hay también otros que comparten conmigo semejantes angustias y terrores. Pero ¿a quién no atemorizarán estas cosas si entran en su conciencia? ¿a quién no pondrán miedo, hasta persuadirlo de que necesitamos vestirnos de saco y cilicio, mucho más que el pueblo de los ninivitas? Puesto que no se nos habla de la destrucción de la ciudad ni de una común desgracia, sino del eterno suplicio y del fuego que jamás se extingue.
Por este motivo yo alabo y admiro a los monjes que viven en el desierto: es decir, además de otras causas, también por estas palabras. Porque los monjes, después de la comida, mejor dicho después de la cena, pues no conocen la comida, pues saben que el tiempo presente es de luto y de ayuno, en una palabra, después de la cena, cuando dan gracias a Dios, repiten la dicha sentencia. Y si queréis oír el himno que cantan, para que también vosotros lo recitéis con frecuencia, os repetiré su íntegro canto, que es como sigue: Bendito seas, oh Dios, que me alimentas desde mi juventud y das alimento a toda carne. Llena de gozo y alegría nuestro corazón a fin de que teniendo siempre suficiencia de todas las cosas, abundemos en toda buena obra en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien contigo sea la gloria, el honor y el poder, juntamente con el Espíritu Santo, por todos los siglos. Amén. Gloria a ti, oh Señor. Gloria a ti, oh Santo. Gloria a ti, oh Rey que nos has concedido el alimento en alegría. Llénanos del Espíritu Santo, para que seamos aceptos en tu presencia y no quedemos avergonzados el día en que darás a cada uno según sus obras.
Semejante himno debe causar admiración todo él, pero sobre todo su final. Puesto que la mesa y los alimentos hacen pesados y disolutos, semejante sentencia la pusieron los monjes como un freno del alma en ese tiempo de esparcimiento, trayendo así a la memoria el día del juicio. Lo aprendieron sin duda de lo que sucedió a los hijos de Israel, tras de la mesa aquella bien abastecida: Comió y engordó y dio coces el amado J Por lo cual dijo Moisés: Cuando hayas comido y bebido y estés harto acuérdate del Señor tu Dios.% Porque tras de comer se atrevieron a lo más inicuo. Cuídate, pues, tú de que no te suceda lo mismo. Pues aun cuando no inmoles a dioses de piedra y oro ovejas y terneros, guárdate de inmolar tu alma a la ira ni tu salud a la fornicación y a otras semejantes enfermedades del alma.
Temerosos los monjes de semejante precipicio, también por esto, en terminando su comida, o mejor dicho su ayuno -ya que su mesa es un ayuno continuo-, traen a la memoria aquel día tremendo y aquel juicio. Pues si ellos que continuamente se atormentan con saco, los ayunos, el dormir en el suelo y otras innumerables formas de penitencia, sin embargo, necesitan de semejante amonestación ¿cuándo podremos nosotros vivir con moderación, siendo así que colmamos nuestras mesas con infinitas ocasiones de naufragio espiritual, y ni al principio ni al fin hacemos oración?
Pues bien: para quitarnos esas ocasiones de naufragio, tomemos de nuevo ese himno y expliquémoslo por sus partes a fin de que cayendo en la cuenta del gran fruto que nos reporta, con frecuencia lo entonemos en la mesa y así reprimamos los asaltos del vientre y metamos en el hogar las costumbres y prácticas de los ángeles. Habría sido lo conveniente que vosotros, usándolo ya desde antes, hubierais sacado ya ese fruto. Pero, pues no lo anheláis, a lo menos oíd de nuestra boca esa melodía espiritual; y que cada cual, una vez terminada la comida, dé gracias comenzando de esta manera: ¡Bendito Dios! Así cumpliréis desde luego con la ley apostólica en que se nos manda: Y todo cuanto hacéis de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por élS> Y luego, para que la acción de gracias no sea solamente para ese día, sino de toda la vida, se dice: Que me alimentas desde mi juventud.
También aquí hay una enseñanza para la virtud. Pues quien es alimentado por Dios no debe andar solícito. Si tú, prometiéndote el rey darte el cotidiano alimento de su propia despensa, vivirías del todo confiado, mucho más debes estarlo pues es Dios quien te lo da y de El te viene todo como de una fuente: debes pues estar en absoluto libre de toda solicitud. Los monjes lo cantan para dejar ellos toda solicitud e inducir a lo mismo a sus discípulos. Y para que no creas que sólo por sí mismos dan esas acciones de gracias, añaden: Que da alimento a toda carne. Así dan gracias por el orbe entero; y como padres de todo el universo, alaban a Dios en lugar de todos y se incitan a la verdadera fraternidad. Puesto que no pueden aborrecer a aquellos por quienes dan gracias a Dios por el alimento que les ha proporcionado. ¿Observas la caridad introducida mediante la acción de gracias, que quita todo cuidado del siglo, tanto por lo que precede como por lo que sigue? Pues si da Dios alimento a toda carne, mucho más lo dará a quienes le están adheridos. Si a quienes andan envueltos en los cuidados del siglo alimenta, mucho más lo hará con los que están libres de tales cuidados.
Cristo confirma esto cuando dice: Vosotros valéis más que muchos pájaros Con semejantes palabras nos enseña que no hay que poner la confianza en las riquezas, ni en la tierra, ni en las simientes; porque no son ellas las que nos nutren, sino la palabra de Dios. Palabras son éstas con que se refuta a los maniqueos y valentinianos y a los que piensan como ellos. Porque no puede ser un Dios malo el que a todos, aun a los que de él blasfeman, les da bienes. Sigue luego la petición: Llena de gozo y alegría nuestros corazones. ¿De qué gozo habla? ¿acaso del secular? ¡No, de ninguna manera! Si semejante gozo quisieran los monjes, no habitarían las cumbres de las montañas ni los desiertos, ni se vestirían del saco de penitencia. Hablan de otro gozo que nada tiene de común con el de la vida presente, sino del gozo de los ángeles, del gozo de allá arriba. Y no lo
piden así simplemente, sino con abundancia. Pues no dicen danos, sino: llena. Ni dicen a nosotros, sino: a nuestros corazones. Porque este gozo lo es sobre todo del corazón. Pues los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz.H
Y porque el pecado introdujo en el mundo la tristeza, piden que mediante el gozo entre en ellos la justicia, pues de otro modo no se engendraría en ellos el gozo. Para que teniendo siempre suficiencia de todo, abundemos en buenas obras. Mira cumplida aquí aquella sentencia del evangelio. Danos hoy nuestro pan de cada díaX¿ Y buscan que se cumpla el efecto de su petición en vista de los bienes espirituales, pues dicen: para que abundemos en toda buena obra. No dicen para hacer sólo lo que debemos, sino aun mucho más de lo que ordenan los preceptos. Porque esto quiere decir lo de abundemos. Piden a Dios lo suficiente en las cosas necesarias; pero en cambio ellos no quieren obedecer en sólo lo que es suficiente, sino en todo con sobreabundancia. Esto es lo propio de los hombres de recto corazón, esto es lo propio de hombres dados a la virtud: obedecer en todo y siempre con plena generosidad.
Y luego, recordando su debilidad y confesando que sin el auxilio de lo alto nada perfecto pueden llevar a cabo, una vez que dijeron: Para que abundemos en toda buena obra, añaden: En Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien contigo sea la gloria, el honor, y el poder por todos los siglos. Amén. Ponen fin, co mo dieron principio, con la acción de gracias. Después, parece como si comenzaran de nuevo, pero continúan con el mismo discurso. Así lo hace Pablo al principio de su carta, como si terminara con la glorificación de Dios, diciendo: Por voluntad de Dios y Padre nuestro a quien sea la gloria por los siglos. Amén. Y luego introduce la materia de que va a tratar. Y también en otra parte: Y adoraron y sirvieron a las criaturas en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Amén.
Pero no termina aquí su discurso, sino que sigue adelante. De manera que no acusemos pues a estos ángeles como si obraran mal cuando, una vez que han terminado con la glorificación, Y de nuevo comienzan un himno sagrado. No hacen sino seguir las tradiciones apostólicas al comenzar con la glorificación y terminar con ella y comenzar en seguida un himno nuevo.
Por esto dicen: ¡Gloria a ti, oh Señor! ¡Gloria a ti, oh Santo! ¡Gloria a ti, oh Rey que nos has dado el alimento con alegría. Porque es necesario dar gracias no únicamente por los beneficios grandes sino también por los pequeños. Y dan gracias por éstos para poner en vergüenza a los maniqueos y a todos los que aseguran que esta vida es mala. Porque no vayas a pensar que quienes se ejercitan en lo más alto de la virtud y desprecian el vientre, abominan de los alimentos, a la manera de los que a sí mismos se estrangulan; sino que te persuaden con sus oraciones suplicantes que de muchas cosas se abstienen, no porque aborrezcan a las criaturas de Dios, sino por ejercicio de virtud.
Observa, además, cómo tras de dar gracias por el alimento que se les ha concedido, piden cosas mayores y no se detienen en las del siglo, sino que traspasan los cielos y dicen: Llénanos del Espíritu Santo. Porque nadie puede proceder en modo preclaro, si no está lleno de esa gracia; así como no puede llevar a cabo nadie nada generoso y grande, si no disfruta de la gracia de Cristo. En consecuencia, así como una vez que dijeron: para que abundemos en toda buena obra, añadieron: en Cristo Jesús, así ahora, tras de decir: Llénanos del Espíritu Santo, añaden: para que seamos aceptos en tu presencia. ¿Observas cómo nada piden de las cosas de la tierra, tocantes a la vida presente, sino que por éstas tan sólo dan gracias, y en cambio acerca de las cosas espirituales no sólo dan gracias sino que añaden las súplicas? Porque dijo Cristo: Buscad primero el reino de los cielos y lo demás se os dará por añadidura!
Considera, además, otra virtud de los monjes. Pues dicen: Para que seamos aceptos en tu presencia y no seamos avergonzados. Porque no nos preocupamos de que algunos todo eso lo juzguen en desdoro nuestro; porque ni siquiera advertimos )o que los hombres burlando o reprendiendo dicen de nosotros, sino que una sola cosa anhelamos: que no seamos confundidos en el último día. Y después de eso traen a la memoria el río de fuego y los premios y recompensas. Y no dicen: para que no seamos castigados, sino para que no seamos confundidos. Porque para nosotros esto es más terrible que la gehenna: el aparecer como ofensores de Dios. Pero como a muchos de los más ignorantes esto no suele aterrorizarlos, añaden: Cuando des a cada uno según sus obras.
¿Observas en qué forma y cuánto nos ayudan esos ciudadanos del desierto, extraños y peregrinos, o mejor dicho, ciudadanos del cielo? Nosotros acá somos peregrinos y extraños del cielo y ciudadanos de la tierra; pero ellos al contrario. Y terminado ese himno, penetrados de compunción y derramando abundantes y fervorosas lágrimas, van a tomar el sueño; y no duermen sino tanto cuanto es necesario para un pequeño descanso. De las noches hacen días y pasan su vida en acciones de gracias y en el canto de los salmos. Ni sólo lo hacen los varones, sino también las mujeres que ejercitan ese mismo modo de vivir, superando su natural debilidad con la grandeza de su ánimo.
Avergoncémonos nosotros, los varones, al ver en ellas tan gran contingencia; y dejemos ya de impresionarnos con la codicia de las cosas presentes, que no son sino sombra, humo, sueño. Porque la mayor parte de nuestra vida parece carecer de sentido. La edad primera redunda en estulticia; la que ya se inclina a la ancianidad, embota nuestros sentidos. El tiempo intermedio es corto y en él gozamos de los deleites. Más aún: ni siquiera en este corto tiempo intermedio gozamos como se debe del placer, pues se interponen infinitos cuidados y trabajos que lo destruyen.
Os ruego, en consecuencia, que busquemos los bienes perdurables y eternos y aquella vida exenta de ancianidad. Porque también el que habita en la ciudad puede imitar la virtud de los monjes. Puede, aunque tenga mujer y viva en su casa, orar, ayunar, dolerse. Los primeros discípulos de los apóstoles vivían en ciudades y mostraban la misma piedad que quienes luego se retiraron al desierto; y aun otros que presidían oficinas como Priscila y Aquila. También los profetas tenían esposa y casa, como Isaías, Ezequiel, el gran Moisés. Pero eso en nada les impidió el ejercicio de la virtud. Pues también nosotros, imitando a éstos, demos continuas gracias a Dios, celebrémoslo con himnos continuos, cultivemos la continencia y las demás virtudes, y traigamos a la ciudad ese ejercitar las virtudes que florece en los montes, para que seamos aceptos ante Dios y aparezcamos como hombres honorables y alcancemos los bienes eternos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea al Padre la gloria, el honor y el poder, juntamente con el Espíritu Santo y vivificante, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: el que quiera venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16,24).
Entonces. ¿Cuándo? Después de que Pedro había dicho: No quiera Dios que esto suceda, y había oído aquel Retírate de mí, Satanás. No le pareció suficiente a Jesús con increpar a Pedro; sino que anhelando demostrar con abundancia lo absurdo de sus palabras y la utilidad que de su Pasión se seguiría, dijo: Tú, Pedro, me dices: No quiera Dios que esto suceda; mas Yo te digo que no sólo sería dañoso para ti el impedirme padecer, aun cuando te pese mi Pasión, sino que ni siquiera podrías alcanzar tu salvación, si tú mismo no estás preparado para morir. Y para que no pensara que el padecer era indigno de Cristo, no sólo con las anteriores palabras, sino también con las que siguen, le enseña la utilidad de su Pasión.
En Juan dice: Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho frutos-Pero ahora, tratando más largamente del asunto, habla no únicamente de su acabamiento por la muerte, sino que extiende la doctrina a sus discípulos. Como si les dijera: tan grande es la ganancia de la Pasión que si vosotros no queréis morir, os será perjudicial; mas sucederá lo contrario si estáis preparados para ese bien. Así lo declara con lo que sigue. Pero ahora lo examina por un solo lado. Observa cómo impone una obligación estricta. Pues no dice: Queráis o no, es necesario que padezcáis semejante Pasión. Sino ¿qué es lo que dice? Si alguno quiere venir en pos de mí. No lo obligo; no le impongo una necesidad; lo dejo al arbitrio de cada uno. Y por esto digo: Si alguno quiere. Os invito a bienes y no a males, ni a cosas difíciles, ni a suplicios y penas, para que fuera necesario obligaros. La naturaleza misma de la cosa es suficiente para atraer. Y con decirles esto, más los animaba. Quien pone obligación, con frecuencia más bien aparta de la obra; pero quien la deja al arbitrio del oyente, más lo atrae. Puesto que más fuerza tiene la simple exposición de la empresa que no la violencia. Por eso les decía: Si alguno quiere. Como si les dijera: grandes son los bienes que os ofrezco, y tales que espontáneamente se corre hacia ellos.
A la verdad, si alguno ofreciera oro y un tesoro tal vez, no llamaría con violencia. Pues si a esas cosas se va sin violencia, mucho más se irá a los bienes celestes. Si la naturaleza misma de la cosa no te persuade a que corras a ella, ya no eres digno de recibirla; y si la recibes, no sabrás apreciar lo que recibes. Por eso Cristo no obliga, sino exhorta y es indulgente con nosotros. Y como los discípulos murmuraban mucho, comentando lo dicho y se turbaban, les dice: no es el caso de turbarse y comentar. Si creéis que lo que dije, si os aconteciere, no es fuente de bienes innumerables, yo no os obligo, no os hago violencia, solamente invito al que quiera.
No penséis que seguirme es hacer eso que ahora hacéis al seguirme. Necesitaréis de muchos trabajos y pasar por muchos peligros, si habéis de seguirme. No por haberme confesado ahora, oh Pedro, vayas a pensar que sólo te esperan coronas y que con solo pensar lo que has pensado te basta para la salvación y que en adelante has de vivir contento como si ya todo estuviera acabado. Como Hijo de Dios que soy, puedo eximirte de experimentar los males, pero por bien tuyo no quiero hacerlo, para que tú pongas algo de tu parte y así seas mejor probado. Ningún Prefecto de juegos, cuando estima mucho a un atleta quiere coronarlo gratis, sino que anhela que éste lo gane con su propio trabajo, sobre todo porque lo estima. Así Cristo quiere que aquellos a quienes especialmente ama brillen con su propio mérito y por sola su gracia.
Advierte, además, cómo hace un discurso en nada pesado. Puesto que no circunscribe los males a solos los discípulos, sino que, extendiendo su enseñanza a todo el orbe, dice: Si alguno quiere, ya sea mujer o varón, príncipe o subdito, quienquiera que por este camino echare. Al parecer dice una sola cosa, pero en realidad son tres: negarse a sí mismo, tomar su cruz, seguirlo. Junta dos cosas, en tanto que la otra la pone aparte. Veamos en primer lugar qué sea negarse a sí mismo. Pero ante todo qué sea negar a otro. Y así sabremos qué sea negarse a sí mismo. Quien niega a otro, ya sea su hermano o su criado u otro cualquiera, no se presenta, no lo auxilia, no se entristece, no se aflige, puesto que se trata de uno que le es extraño.
Quiere, pues, Cristo que en esa forma, es decir, en forma alguna, perdonemos a nuestro cuerpo; de modo que aun cuando lo azoten, lo empujen, lo quemen o le hagan otra cosa cualquiera no lo perdonemos. Porque esto es verdaderamente perdonarlo. Así los padres, cuando entregan sus hijos a los maestros, es cuando verdaderamente los perdonan, advirtiendo al profesor que nada les perdone a los niños. Así, Cristo no dijo que no se perdone uno a sí mismo, sino lo que es más duro: Niegúese a sí mismo. Es decir, que sea para sí como un extraño, de manera que se entregue a los peligros y certámenes, y esté en tal disposición como si fuera otro el que padeciera. No dijo simplemente negarse, sino abnegarse. Y con este pequeño aditamento da a la sentencia una gran fuerza. Porque abnegarse es mucho más que simplemente negarse.
Y tome su cruz. Es una consecuencia de lo anterior. No vayas a pensar que conviene abnegarse únicamente cuando se trate de palabras, injurias y oprobios. Por eso dice hasta dónde conviene negarse a sí mismo: es decir hasta la muerte, y muerte la más oprobiosa. Y para significarlo no dijo: niegúese a sí mismo hasta la muerte, sino tome su cruz, o sea hasta la muerte más vergonzosa; y no una ni dos veces, sino por toda la vida. Como si dijera: lleva contigo perpetuamente semejante muerte y permanece cada día dispuesto a morir. Puesto que muchos despreciaron las riquezas, los placeres, la gloria, pero no despreciaron la muerte, sino que tuvieron temor a los peligros, Yo, dice Cristo, quiero que mi atleta luche hasta la muerte y que soporte el certamen hasta derramar su sangre. De modo que conviene llevar con fortaleza la muerte, si es necesario morir, y aun la muerte más oprobiosa y execrable, y aunque sea por vanas sospechas: y en tales casos grandemente gozarse.
Y sígame. Como puede suceder que el que padece no siga a Cristo, no padece por El (así como los ladrones, los robadores de sepulcros, los hechiceros sufren y graves padecimientos), para que no creas que basta con soportar los dolores, añadió el motivo de soportarlos. ¿Cuál es? Que al sufrir todo eso, vayas en seguimiento de Cristo y por causa de El lo padezcas y así ejercites todas las virtudes. Porque eso significa: Sígame. De manera que no sólo demuestres fortaleza de ánimo en los padecimientos, sino además continencia, equidad y toda clase de virtudes. Esto es seguir a Cristo como conviene: procurar las demás virtudes y padecer por El todo. Hay quienes siguen al demonio y padecen las mismas cosas y por él aceptan la muerte; pero nosotros lo hacemos por Cristo y aun por nosotros mismos y por nuestro bien. Ellos lo hacen dañándose a sí mismos aquí y en la otra vida; pero nosotros lo hacemos para lucrar ambas vidas.
Entonces ¿cómo no sería el colmo de la desidia el no tener tan gran fortaleza cuanta muestran esos que perecen, cuando vamos a recibir tantas coronas? Y eso que a nosotros nos auxilia Cristo y a ellos nadie. Por otra parte, este fue el precepto que dio Cristo a los apóstoles cuando los envió a misión, di-ciéndoles: No vayáis a los gentiles. Os envío como ovejas en medio de lobos. Seréis llevados a los gobernadores y reyes? Pero ahora lo enunció más solemnemente y con mayor reciedumbre. Porque entonces hablaba sólo de la muerte, mientras que aquí menciona la cruz y una cruz perpetua. Puesto que dice: Tome su cruz, es decir: llévela siempre.
Tenía Cristo por costumbre poner los mandatos más importantes no al principio y como exordio de sus discursos, sino poco a poco y sin sentir, a fin de que los oyentes no se perturbaran con lo duro de las cosas. Aquí, como lo que decía parecía ser cosa difícil y molesta, observa cómo la hace fácil en lo que sigue, estableciendo premios superiores a los trabajos. Y no sólo premios, sino además castigos para los perversos. Y en los castigos se detiene más que en los premios, porque a muchos los hace prudentes más la amenaza de los castigos que los bienes del premio.
Sin embargo, advierte cómo en este pasaje comienza y acaba con lo mismo. Pues dice: El que quiera salvar su vida la perderá; y el que quiera perder su vida por mí, la hallara. Y también ¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Y no es que no os tenga compasión, sino que, por el contrario, os compadezco cuando tal cosa ordeno. Pues quien condesciende con su hijo lo pierde, mientras que quien no le deja pasar nada, ése lo salva. Que es lo mismo que dijo el sabio: Si castigas a tu hijo con la vara, no morirá; antes librarás su alma de la muerte? Y también: El que ama a su hijo tiene siempre dispuesto el azote para que al fin pueda complacerse en élA Y lo mismo se hace en el ejército. Pues si el capitán, por no molestar a sus soldados los mantiene siempre en el campamento, destruye a los mismos soldados y a otros muchos.
Pues bien: a fin de que tal cosa no os acontezca, dice Jesús, os conviene estar siempre preparados para una muerte continua. Porque vendrá luego una guerra terrible. No te estés quieto en casa. Sal al campo y pelea; y si caes en la pelea, habrás encontrado la vida. Si en estas guerras sensibles y de acá, quien está pronto y preparado para la muerte, es tenido como preclaro entre los demás y como invicto y temible para los enemigos; y sin embargo, si muere no puede el general resucitarlo, el general por quien pelea, mucho más en las batallas espirituales en que se tiene la esperanza de la resurrección, quien exponga a la muerte su vida, la encontrará: desde luego porque no será vencido prontamente; y además, porque, aun estando postrado lleva su alma una vida mejor.
Luego pues había dicho: Quien quiera salvar su alma la perderá y quien la pierda la salvará; y en ambos casos habló de la salud y de la perdición, para que nadie piense que aquella perdición y esta otra, ni aquella salud ni esta otra son iguales, sino que vea con claridad que hay tan gran diferencia entre aquella y esta salud cuanta hay entre aquella y esta perdición, la demuestra mediante los contrarios diciendo: Porque ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿Observas cómo la salvación que se logra fuera de lo conveniente es perdición, y perdición la peor de todas, como que ya no tiene remedio, pues nada hay que pueda redimirla?
Como si dijera Cristo: No pienses que quien así guarda su alma, evadiendo los peligros, la ha salvado; añádele si quieres que ha guardado todo el orbe y lo ha ganado. Porque ¿qué ganancia saca de todo eso, si ha perdido su alma? Si vieras tú a tus criados en delicias mientras tú estás entre males extremos ¿pensarías que por ser señor de ellos tú algo lograbas? ¡De ningún modo! Pues piensa así respecto de tu alma cuando mientras tu carne vive entre delicias y riquezas a ella le espera la muerte futura. ¿Qué dará el hombre a cambio de su alma? Insiste en lo mismo. Como si dijera: ¿tienes acaso otra alma que des a cambio de la tuya? Si pierdes tus riquezas, las puedes suplir con otras; y lo mismo si pierdes tu casa o tus esclavos u otra cualquiera posesión que tengas. Pero si pierdes tu alma no podrás dar otra. Aun cuando poseas el mundo y seas rey del universo; aunque pongas en la balanza todas las cosas del orbe y al orbe mismo íntegro, no puedes redimir una sola alma.
Pero ¿es acaso admirable que así suceda respecto del alma, cuando aun en las corporales cosas lo mismo se puede observar? Aun cuando estés con mil diademas coronado, si tu cuerpo estuviere enfermo de una dolencia incurable, no lograrías, ni aun dando de regalo todo el reino, alcanzar la salud; y esto aun cuando añadieras otros muchos cuerpos y ciudades y riquezas. Pues piensa lo mismo acerca de tu alma; y con mayor razón tratándose del alma. Dejando, pues, todo lo demás, ocúpate de ella con todas tus fuerzas. No te preocupes de las cosas de los demás con descuido de ti mismo y de tus intereses, cosa que ahora todos hacen, pareciéndose a los que trabajan en las minas que ninguna utilidad ni riqueza sacan de semejante trabajo, sino muy grave daño, pues en vano se exponen a los peligros en bien de otros, sin obtener para sí ganancia de los sudores y aun de la muerte que muchas veces les acontece. Y actualmente tienen éstos muchos imitadores que andan en busca de riquezas para otros. Y hasta son más miserables que los dichos mineros, pues al fin de sus muchos trabajos les espera la gehenna. A los mineros la muerte les acarrea el término de sus sudores, pero a los otros les resulta el comienzo de sus padecimientos.
Y si dices que tú, siendo rico ya disfrutas de tus trabajos, muéstrame la alegría y gozo de tu alma y entonces te lo creeré. El alma es lo principal de todo lo que poseemos; y si el cuerpo engorda mientras ella enferma, de nada te sirve toda tu abundancia. Pues así como cuando la esclava se goza, su gozo de nada sirve a su ama que está moribunda, y así como en nada ayuda el ornato de los vestidos al cuerpo enfermo, así tampoco la riqueza al alma; sino que de nuevo te repetirá Cristo: ¿Qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? y continuamente ordenará que te ocupes en salvarla y que de sólo eso tengas cuidado.
Una vez que con tales palabras ha puesto terror, consuela a sus discípulos con estas otras: Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloría de su Padre con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras. ¿Observas desde luego cómo una misma es la gloria del Padre y del Hijo? Pero si la gloria es una y la misma, queda claro que también la substancia es una. Pues si en una substancia la gloria es diferente, como dice Pablo que una es la gloria y resplandor del sol, y otra la de la luna y otra la de las estrellas y una estrella difiere de otra en claridad, siendo ellas de la misma substancia ¿cómo podría creerse que aquellos cuya gloria es una tengan una substancia diferente? Porque no dijo Cristo: en una gloria como la del Padre, para que por aquí tú sospecharas una diferencia de substancia; sino que con todo cuidado dice que vendrá en la mismísima gloria del Padre, de manera que creamos que es una y la misma de ambos. Entonces, oh Pedro ¿por qué temes la muerte cuando de ella oyes hablar? Porque en aquel día me verás en la gloria del Padre. Y si yo estaré en la gloria también vosotros estaréis en la gloria. Porque vuestras cosas no están circunscritas a los límites de la vida presente, sino que os espera una suerte mejor.
Pero Cristo, tras de anunciar esos bienes, no se detuvo ahí, sino que aun en esto mezcló cosas terribles y trajo a la memoria el juicio y la cuenta inevitable y la sentencia sin acepción de personas y el Juez que no se engaña. Mas no permitió que su discurso fuera solamente de cosas tristes, sino que mezcló con ellas la buena esperanza. Porque no dijo: entonces castigará a los pecadores, sino: Entonces dará a cada uno según sus obras. Y lo dijo no únicamente para recordar el castigo a los pecadores, sino también las coronas y premios a los buenos. De manera que dijo esto para alegrar y confortar a los buenos. Sin embargo, yo, cuando oigo esto, siempre me lleno de terror, pues no pertenezco al número de los que serán coronados; y pienso que hay también otros que comparten conmigo semejantes angustias y terrores. Pero ¿a quién no atemorizarán estas cosas si entran en su conciencia? ¿a quién no pondrán miedo, hasta persuadirlo de que necesitamos vestirnos de saco y cilicio, mucho más que el pueblo de los ninivitas? Puesto que no se nos habla de la destrucción de la ciudad ni de una común desgracia, sino del eterno suplicio y del fuego que jamás se extingue.
Por este motivo yo alabo y admiro a los monjes que viven en el desierto: es decir, además de otras causas, también por estas palabras. Porque los monjes, después de la comida, mejor dicho después de la cena, pues no conocen la comida, pues saben que el tiempo presente es de luto y de ayuno, en una palabra, después de la cena, cuando dan gracias a Dios, repiten la dicha sentencia. Y si queréis oír el himno que cantan, para que también vosotros lo recitéis con frecuencia, os repetiré su íntegro canto, que es como sigue: Bendito seas, oh Dios, que me alimentas desde mi juventud y das alimento a toda carne. Llena de gozo y alegría nuestro corazón a fin de que teniendo siempre suficiencia de todas las cosas, abundemos en toda buena obra en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien contigo sea la gloria, el honor y el poder, juntamente con el Espíritu Santo, por todos los siglos. Amén. Gloria a ti, oh Señor. Gloria a ti, oh Santo. Gloria a ti, oh Rey que nos has concedido el alimento en alegría. Llénanos del Espíritu Santo, para que seamos aceptos en tu presencia y no quedemos avergonzados el día en que darás a cada uno según sus obras.
Semejante himno debe causar admiración todo él, pero sobre todo su final. Puesto que la mesa y los alimentos hacen pesados y disolutos, semejante sentencia la pusieron los monjes como un freno del alma en ese tiempo de esparcimiento, trayendo así a la memoria el día del juicio. Lo aprendieron sin duda de lo que sucedió a los hijos de Israel, tras de la mesa aquella bien abastecida: Comió y engordó y dio coces el amado J Por lo cual dijo Moisés: Cuando hayas comido y bebido y estés harto acuérdate del Señor tu Dios.% Porque tras de comer se atrevieron a lo más inicuo. Cuídate, pues, tú de que no te suceda lo mismo. Pues aun cuando no inmoles a dioses de piedra y oro ovejas y terneros, guárdate de inmolar tu alma a la ira ni tu salud a la fornicación y a otras semejantes enfermedades del alma.
Temerosos los monjes de semejante precipicio, también por esto, en terminando su comida, o mejor dicho su ayuno -ya que su mesa es un ayuno continuo-, traen a la memoria aquel día tremendo y aquel juicio. Pues si ellos que continuamente se atormentan con saco, los ayunos, el dormir en el suelo y otras innumerables formas de penitencia, sin embargo, necesitan de semejante amonestación ¿cuándo podremos nosotros vivir con moderación, siendo así que colmamos nuestras mesas con infinitas ocasiones de naufragio espiritual, y ni al principio ni al fin hacemos oración?
Pues bien: para quitarnos esas ocasiones de naufragio, tomemos de nuevo ese himno y expliquémoslo por sus partes a fin de que cayendo en la cuenta del gran fruto que nos reporta, con frecuencia lo entonemos en la mesa y así reprimamos los asaltos del vientre y metamos en el hogar las costumbres y prácticas de los ángeles. Habría sido lo conveniente que vosotros, usándolo ya desde antes, hubierais sacado ya ese fruto. Pero, pues no lo anheláis, a lo menos oíd de nuestra boca esa melodía espiritual; y que cada cual, una vez terminada la comida, dé gracias comenzando de esta manera: ¡Bendito Dios! Así cumpliréis desde luego con la ley apostólica en que se nos manda: Y todo cuanto hacéis de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por élS> Y luego, para que la acción de gracias no sea solamente para ese día, sino de toda la vida, se dice: Que me alimentas desde mi juventud.
También aquí hay una enseñanza para la virtud. Pues quien es alimentado por Dios no debe andar solícito. Si tú, prometiéndote el rey darte el cotidiano alimento de su propia despensa, vivirías del todo confiado, mucho más debes estarlo pues es Dios quien te lo da y de El te viene todo como de una fuente: debes pues estar en absoluto libre de toda solicitud. Los monjes lo cantan para dejar ellos toda solicitud e inducir a lo mismo a sus discípulos. Y para que no creas que sólo por sí mismos dan esas acciones de gracias, añaden: Que da alimento a toda carne. Así dan gracias por el orbe entero; y como padres de todo el universo, alaban a Dios en lugar de todos y se incitan a la verdadera fraternidad. Puesto que no pueden aborrecer a aquellos por quienes dan gracias a Dios por el alimento que les ha proporcionado. ¿Observas la caridad introducida mediante la acción de gracias, que quita todo cuidado del siglo, tanto por lo que precede como por lo que sigue? Pues si da Dios alimento a toda carne, mucho más lo dará a quienes le están adheridos. Si a quienes andan envueltos en los cuidados del siglo alimenta, mucho más lo hará con los que están libres de tales cuidados.
Cristo confirma esto cuando dice: Vosotros valéis más que muchos pájaros Con semejantes palabras nos enseña que no hay que poner la confianza en las riquezas, ni en la tierra, ni en las simientes; porque no son ellas las que nos nutren, sino la palabra de Dios. Palabras son éstas con que se refuta a los maniqueos y valentinianos y a los que piensan como ellos. Porque no puede ser un Dios malo el que a todos, aun a los que de él blasfeman, les da bienes. Sigue luego la petición: Llena de gozo y alegría nuestros corazones. ¿De qué gozo habla? ¿acaso del secular? ¡No, de ninguna manera! Si semejante gozo quisieran los monjes, no habitarían las cumbres de las montañas ni los desiertos, ni se vestirían del saco de penitencia. Hablan de otro gozo que nada tiene de común con el de la vida presente, sino del gozo de los ángeles, del gozo de allá arriba. Y no lo
piden así simplemente, sino con abundancia. Pues no dicen danos, sino: llena. Ni dicen a nosotros, sino: a nuestros corazones. Porque este gozo lo es sobre todo del corazón. Pues los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz.H
Y porque el pecado introdujo en el mundo la tristeza, piden que mediante el gozo entre en ellos la justicia, pues de otro modo no se engendraría en ellos el gozo. Para que teniendo siempre suficiencia de todo, abundemos en buenas obras. Mira cumplida aquí aquella sentencia del evangelio. Danos hoy nuestro pan de cada díaX¿ Y buscan que se cumpla el efecto de su petición en vista de los bienes espirituales, pues dicen: para que abundemos en toda buena obra. No dicen para hacer sólo lo que debemos, sino aun mucho más de lo que ordenan los preceptos. Porque esto quiere decir lo de abundemos. Piden a Dios lo suficiente en las cosas necesarias; pero en cambio ellos no quieren obedecer en sólo lo que es suficiente, sino en todo con sobreabundancia. Esto es lo propio de los hombres de recto corazón, esto es lo propio de hombres dados a la virtud: obedecer en todo y siempre con plena generosidad.
Y luego, recordando su debilidad y confesando que sin el auxilio de lo alto nada perfecto pueden llevar a cabo, una vez que dijeron: Para que abundemos en toda buena obra, añaden: En Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien contigo sea la gloria, el honor, y el poder por todos los siglos. Amén. Ponen fin, co mo dieron principio, con la acción de gracias. Después, parece como si comenzaran de nuevo, pero continúan con el mismo discurso. Así lo hace Pablo al principio de su carta, como si terminara con la glorificación de Dios, diciendo: Por voluntad de Dios y Padre nuestro a quien sea la gloria por los siglos. Amén. Y luego introduce la materia de que va a tratar. Y también en otra parte: Y adoraron y sirvieron a las criaturas en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Amén.
Pero no termina aquí su discurso, sino que sigue adelante. De manera que no acusemos pues a estos ángeles como si obraran mal cuando, una vez que han terminado con la glorificación, Y de nuevo comienzan un himno sagrado. No hacen sino seguir las tradiciones apostólicas al comenzar con la glorificación y terminar con ella y comenzar en seguida un himno nuevo.
Por esto dicen: ¡Gloria a ti, oh Señor! ¡Gloria a ti, oh Santo! ¡Gloria a ti, oh Rey que nos has dado el alimento con alegría. Porque es necesario dar gracias no únicamente por los beneficios grandes sino también por los pequeños. Y dan gracias por éstos para poner en vergüenza a los maniqueos y a todos los que aseguran que esta vida es mala. Porque no vayas a pensar que quienes se ejercitan en lo más alto de la virtud y desprecian el vientre, abominan de los alimentos, a la manera de los que a sí mismos se estrangulan; sino que te persuaden con sus oraciones suplicantes que de muchas cosas se abstienen, no porque aborrezcan a las criaturas de Dios, sino por ejercicio de virtud.
Observa, además, cómo tras de dar gracias por el alimento que se les ha concedido, piden cosas mayores y no se detienen en las del siglo, sino que traspasan los cielos y dicen: Llénanos del Espíritu Santo. Porque nadie puede proceder en modo preclaro, si no está lleno de esa gracia; así como no puede llevar a cabo nadie nada generoso y grande, si no disfruta de la gracia de Cristo. En consecuencia, así como una vez que dijeron: para que abundemos en toda buena obra, añadieron: en Cristo Jesús, así ahora, tras de decir: Llénanos del Espíritu Santo, añaden: para que seamos aceptos en tu presencia. ¿Observas cómo nada piden de las cosas de la tierra, tocantes a la vida presente, sino que por éstas tan sólo dan gracias, y en cambio acerca de las cosas espirituales no sólo dan gracias sino que añaden las súplicas? Porque dijo Cristo: Buscad primero el reino de los cielos y lo demás se os dará por añadidura!
Considera, además, otra virtud de los monjes. Pues dicen: Para que seamos aceptos en tu presencia y no seamos avergonzados. Porque no nos preocupamos de que algunos todo eso lo juzguen en desdoro nuestro; porque ni siquiera advertimos )o que los hombres burlando o reprendiendo dicen de nosotros, sino que una sola cosa anhelamos: que no seamos confundidos en el último día. Y después de eso traen a la memoria el río de fuego y los premios y recompensas. Y no dicen: para que no seamos castigados, sino para que no seamos confundidos. Porque para nosotros esto es más terrible que la gehenna: el aparecer como ofensores de Dios. Pero como a muchos de los más ignorantes esto no suele aterrorizarlos, añaden: Cuando des a cada uno según sus obras.
¿Observas en qué forma y cuánto nos ayudan esos ciudadanos del desierto, extraños y peregrinos, o mejor dicho, ciudadanos del cielo? Nosotros acá somos peregrinos y extraños del cielo y ciudadanos de la tierra; pero ellos al contrario. Y terminado ese himno, penetrados de compunción y derramando abundantes y fervorosas lágrimas, van a tomar el sueño; y no duermen sino tanto cuanto es necesario para un pequeño descanso. De las noches hacen días y pasan su vida en acciones de gracias y en el canto de los salmos. Ni sólo lo hacen los varones, sino también las mujeres que ejercitan ese mismo modo de vivir, superando su natural debilidad con la grandeza de su ánimo.
Avergoncémonos nosotros, los varones, al ver en ellas tan gran contingencia; y dejemos ya de impresionarnos con la codicia de las cosas presentes, que no son sino sombra, humo, sueño. Porque la mayor parte de nuestra vida parece carecer de sentido. La edad primera redunda en estulticia; la que ya se inclina a la ancianidad, embota nuestros sentidos. El tiempo intermedio es corto y en él gozamos de los deleites. Más aún: ni siquiera en este corto tiempo intermedio gozamos como se debe del placer, pues se interponen infinitos cuidados y trabajos que lo destruyen.
Os ruego, en consecuencia, que busquemos los bienes perdurables y eternos y aquella vida exenta de ancianidad. Porque también el que habita en la ciudad puede imitar la virtud de los monjes. Puede, aunque tenga mujer y viva en su casa, orar, ayunar, dolerse. Los primeros discípulos de los apóstoles vivían en ciudades y mostraban la misma piedad que quienes luego se retiraron al desierto; y aun otros que presidían oficinas como Priscila y Aquila. También los profetas tenían esposa y casa, como Isaías, Ezequiel, el gran Moisés. Pero eso en nada les impidió el ejercicio de la virtud. Pues también nosotros, imitando a éstos, demos continuas gracias a Dios, celebrémoslo con himnos continuos, cultivemos la continencia y las demás virtudes, y traigamos a la ciudad ese ejercitar las virtudes que florece en los montes, para que seamos aceptos ante Dios y aparezcamos como hombres honorables y alcancemos los bienes eternos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea al Padre la gloria, el honor y el poder, juntamente con el Espíritu Santo y vivificante, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
jueves, 29 de julio de 2010
LOS FRUTOS DEL FILETISMO

Uno de los cánceres que tenemos que sufrir dentro de la Ortodoxia es el filetismo. En él, la Iglesia pierde su catolicidad y se encorseta dentro del nacionalismo. es uno de las lacras que nos dejaron las potencias europeas tras la desaparición del Imperio Otomano y a las cuales les convenía la existencia de una gran cantidad de pequeños estados débiles en la zona que antes ocuparan los turcos.
Dentro del Imperio que regía la Sublime Puerta, no había ni griegos, ni búlgaros, ni serbios... Había cristianos y esto es una de las grandes paradojas de la historia: precisamente bajo el yugo musulman es donde mejor se expresó la idea de la Iglesia como catolicidad.
Tras la caida del Imperio se alentó el nacionalismo como una forma de mantener a los cristianos ortodoxos divididos y consiguieron que se repitieran escenas tan obscenas y abominables como ortodoxos serbios, griegos y búlgaros matándose entre si, lo que no se veía desde los años del Imperio Bizantino. Recientemente por desgracia hemos visto lo mismo al enfrentarse rusos y georgianos.
Si bien es verdad que fue la Iglesia en estos países la que salvaguardó las tradiciones y la lengua ante la fuerza omnipresente de los turcos, antes y después d ela I Guerra Mundial fueron los estados los que utilizaron a la Iglesia con sus pretensiones nacionalistas. Así lo hemos visto últimamente con la creación de los cismas de Montenegro y Macedonia. Si hay nación, tiene que haber Iglesia nacional.
Esto fue precisamente lo que se condenó en el Sínodo de Constantinopla de 1872 y eso precisamente es lo que seguimos contemplando en la actualidad.
El ultimo de los frutos de la herejía filetista se ha dado en Ucrania. Tras su independencia de Rusia surgieron varias Iglesias que compiten por ver cuál es la verdadera Iglesia ucraniana separada por supuesto del Patriarcado de Moscú. El reconocimiento de una de esas iglesias filetistas por el Patriarcado de Constantinopla llevó incluso a enturbiar las relacciones entre Constantinopla y Moscú, asunto que parece haberse arreglado a día de hoy. Pero los anímos se han exaltado cuando el Patriarca Kiril ha visitado Ucrania para la celebración del día de la cristianización de Rusia que recuerda el bautismo del Santo Príncipe Vladimir.
El último día de la visita del Patriarca una bomba, estallaba en una de la Catedral del Santo Manto de la ciudad de Zaporozhie bajo la jurisdicción del Patriarcado de Moscú. El resultado ha sido una monja muerta y ocho personas heridas, algunas de gravedad entre las que se encuentra la mujer del sacerdote.
Esos son los frutos del nacionalismo, la profanación de una Iglesia, la muerte de una sierva de Dios, cristianos heridos por cristianos y todo el día en que se recuerda la entrada en el cristianismo de los rusos en Kiev.
Dios se apiade del alma de los que han puesto la bomba, sane a los heridos y conceda el descanso eterno y la paz a su sierva asesinada.
Y nosotros, hermanos, mucho cuidado y atentos porque en este mal es muy fácil caer y lo hacemos cuando nos creemos que por haber nacido en un país somos mejores ortodoxos que los nacidos en otro; cuando creemos que ser ortodoxo depende de hablar o rezar en una u otra lengua, cuando rechazamos una parroquia o a un sacerdote por no ser de "mi país".
Hace poco tiempo en un país X, no voy a decir el nombre, se mandaba y ordenaba a los fieles de la diáspora que sólo asistieran a las iglesias de dicho patriarcado. Y yo le digo al Santo Sínodo de ese país ¿Y si no hay parroquia del patriarcado, que es preferible que se queden en casa antes que ir a la parroquia de otro patriarcado? Habría pues que recordarles a los partidarios del nacionalismo eclesial que fuera de sus países no tienen jurisdicción según los cánones del Concilio de Calcedonia y que lo que está sucediendo en los países de Europa Occidental y América es una barbaridad y un escándalo pues se empeñan en mantener a los ortodoxos divididos y no dejan que se desarrollen Iglesias Ortodoxas en Francia, Italia, España, Estados Unidos... Y todo por la pérdida de control, sobre todo económico, que eso supondría.
Estos son los frutos del filetismo, líbrenos Dios de sus frutos y consecuencias y sobre todo de los falsos pastores que los alienten y a los muertos por el odio que engrenda, Dios se digne a concederles la corona inmarcesible.
martes, 27 de julio de 2010
27 de julio: El Grande y Santo Mártir Pantaleimon, el Médico Anárgiro

Hemos celebrado hoy, queridos hermanos, la fiesta del glorioso Médico San Pantaleimon y quisiera poner a vuestra consideración los siguientes puntos en relación con el recuerdo de los gloriosos martirios de este gran Santo de nuestra Iglesia.
Vivió Panteleimon en la ciudad de Nicomedia y allí aprendió el arte y la ciencia de la Medicina. Siguiendo las palabras del Señor Jesucristo “Aquello que hiciereis a uno de estos mis pequeños a mi me lo hiciereis” y despreciando los honores que podía depararle su profesión, bajaba hasta las chozas de los más pobres para llevar el don de la salud a aquéllos que ni tan siquiera podían pensar a recurrir a un médico cuando estaban enfermos. Por ello es uno de los Santos Médicos Anárgiros, palabra que significa “sin dinero” ya que no cobraba a los pobres por sus remedios y atenciones.
No sólo esto era importante para San Pantaleimon, sino que, por medio de la gracia que llenaba su alma, sabía ver que más grave que la enfermedad del cuerpo era la del alma causante muchas veces, de los males que sufre el cuerpo.
En el momento del martirio, el Médico que pasó por Nicomedia haciendo el bien, se entregaba a los martirios contemplando los sufrimientos salvadores del verdadero Médico de las almas y los cuerpos, cuyas heridas nos curaron y cuya Sangre fue el bálsamo y la medicina sagrada que nos devolvieron la salud.
Hoy, el gran problema es que la medicina se ejerce de manera racional y apartada totalmente de la fe. Se ve sólo el cuerpo físico sin atender a la existencia del alma y del espíritu. No se ve al hombre como un todo psicosomático que necesita de una atención integral en la que la medicina del cuerpo se ha de unir a la medicina del alma.
Vivió Panteleimon en la ciudad de Nicomedia y allí aprendió el arte y la ciencia de la Medicina. Siguiendo las palabras del Señor Jesucristo “Aquello que hiciereis a uno de estos mis pequeños a mi me lo hiciereis” y despreciando los honores que podía depararle su profesión, bajaba hasta las chozas de los más pobres para llevar el don de la salud a aquéllos que ni tan siquiera podían pensar a recurrir a un médico cuando estaban enfermos. Por ello es uno de los Santos Médicos Anárgiros, palabra que significa “sin dinero” ya que no cobraba a los pobres por sus remedios y atenciones.
No sólo esto era importante para San Pantaleimon, sino que, por medio de la gracia que llenaba su alma, sabía ver que más grave que la enfermedad del cuerpo era la del alma causante muchas veces, de los males que sufre el cuerpo.
En el momento del martirio, el Médico que pasó por Nicomedia haciendo el bien, se entregaba a los martirios contemplando los sufrimientos salvadores del verdadero Médico de las almas y los cuerpos, cuyas heridas nos curaron y cuya Sangre fue el bálsamo y la medicina sagrada que nos devolvieron la salud.
Hoy, el gran problema es que la medicina se ejerce de manera racional y apartada totalmente de la fe. Se ve sólo el cuerpo físico sin atender a la existencia del alma y del espíritu. No se ve al hombre como un todo psicosomático que necesita de una atención integral en la que la medicina del cuerpo se ha de unir a la medicina del alma.
Muchas de las enfermedades del cuerpo tienen su origen en la falta de salud del alma y poniendo tan sólo un tratamiento físico no se devuelve la salud al paciente ya que no se ataca el origen de la enfermedad. A su vez muchas enfermedades mentales son tratadas de forma agresiva mediante medicación sin intentar siquiera ver su origen espiritual.
Es por ello que los auténticos médicos cristianos trabajan íntimamente unidos con los padres espirituales, el médico del cuerpo con el médico del alma, obteniendo así resultados asombrosos. Así lo confiman los propios médicos que nos dicen la enorme diferencia que existe, por ejemplo, en los tratamientos contra el cáncer aplicados a personas llenas de fe. Lo mismo ocurre en casos en los que el tumor se ve reducido y hasta desaparece cuando la persona pone en paz su alma y tras perdonar alguna ofensa recibida es capaz de abandonar sus sentimientos de culpabilidad llenándose del aire nuevo que le aporta la Gracia. Así mismo son muchos los que aquejados en nuestra sociedad moderna y desquiciada por depresiones y severos problemas psiquiátricos, recobran la salud por medio del ayuno, la oración, la confesión y la comunión frecuente, liberándose de los demonios que lo atormentaban y a los cuales no se podía enfrentar por estar drogado y sobre-medicado, lo que mermaba todas sus capacidades fiscas y psíquicas para poder salir de su enfermedad.
También es algo muy evidente la pronta recuperación de aquellos que estado enfermos, tienen personas que ofrecen oraciones por ellos, especialmente en la Divina Liturgia y en los oficios de Paráclesis. Estas personas saben que no están solas en su lucha contra la enfermedad, les da fuerzas el saber que hay muchos detrás de él pidiendo por su salud a nuestro Señor por intercesión de su Santísima Madre y de los Santos.
Normalmente en nuestra sociedad todo esto se rechaza, se ve como una mera superstición, pero bien saben los buenos médicos ortodoxos cuan grande es la fuerza de la oración.
Hay un caso que no quisiera dejar de contar. Un padre se entera con gran dolor de que a su hija pequeña le han detectado un tumor cerebral que resulta inoperable. El hombre lleno de fe acudió a la que es la Fuente de la Vida a pedir por su hija pequeña, asistía siempre a las paráclesis que se hacían en su parroquia pidiendo por su salud y siempre entregaba el papel con su nombre para que el sacerdote pidiera por su curación en la Divina Liturgia. Al inicio de la Gran Cuaresma, con la bendición de su padre espiritual, y por la salud de su hija prometió seguir ayunando el resto de su vida. Su fe eran tan grande que era como un carbón ardiendo en el que el incienso de su oración se quemaba ascendiendo hasta el trono de que nos trajo la salud.
Ante el asombro de todos, el tumor maligno fue poco a poco decreciendo hasta hacerse casi imperceptible, dándole el médico el alta al cabo de unos meses.
Muchos años guardo aquel padre su promesa pero poco a poco, unas veces un poco de carne un día, un yogurt otro, descuidó su voto hecho a Dios. Volvieron poco a poco los dolores a la niña ya convertida en joven. Se hicieron pruebas, análisis, y el mismo médico, ahora jefe de oncología del hospital, al ver el historial y recordar el caso, llamó al padre y le dijo que en sus manos estaba que aquello volviera al orden de nuevo. Avergonzado el padre corrió a postrarse ante el icono de la Panaghia, guardando ayuno estricto hasta el día de su muerte muchos años después.
Esto asombra al que no es creyente, el de mente racional sonríe compasivo por la credulidad de los fieles. Yo le preguntaba a un Padre el porqué en otros tiempos los milagros eran más frecuentes y el Padre me respondía que simplemente porque la gente tenía fe, empezando por el médico que no se avergonzaba en recomendar la confesión y la Santa comunión antes de una operación o de iniciar un tratamiento.
Pidamos hoy al Señor, por intercesión del Gran Mártir y Médico Anargiro San Pantaleimon, que nos conceda la salud del alma y del cuerpo y sobre todo, la virtud de la fe.
Hay un caso que no quisiera dejar de contar. Un padre se entera con gran dolor de que a su hija pequeña le han detectado un tumor cerebral que resulta inoperable. El hombre lleno de fe acudió a la que es la Fuente de la Vida a pedir por su hija pequeña, asistía siempre a las paráclesis que se hacían en su parroquia pidiendo por su salud y siempre entregaba el papel con su nombre para que el sacerdote pidiera por su curación en la Divina Liturgia. Al inicio de la Gran Cuaresma, con la bendición de su padre espiritual, y por la salud de su hija prometió seguir ayunando el resto de su vida. Su fe eran tan grande que era como un carbón ardiendo en el que el incienso de su oración se quemaba ascendiendo hasta el trono de que nos trajo la salud.
Ante el asombro de todos, el tumor maligno fue poco a poco decreciendo hasta hacerse casi imperceptible, dándole el médico el alta al cabo de unos meses.
Muchos años guardo aquel padre su promesa pero poco a poco, unas veces un poco de carne un día, un yogurt otro, descuidó su voto hecho a Dios. Volvieron poco a poco los dolores a la niña ya convertida en joven. Se hicieron pruebas, análisis, y el mismo médico, ahora jefe de oncología del hospital, al ver el historial y recordar el caso, llamó al padre y le dijo que en sus manos estaba que aquello volviera al orden de nuevo. Avergonzado el padre corrió a postrarse ante el icono de la Panaghia, guardando ayuno estricto hasta el día de su muerte muchos años después.
Esto asombra al que no es creyente, el de mente racional sonríe compasivo por la credulidad de los fieles. Yo le preguntaba a un Padre el porqué en otros tiempos los milagros eran más frecuentes y el Padre me respondía que simplemente porque la gente tenía fe, empezando por el médico que no se avergonzaba en recomendar la confesión y la Santa comunión antes de una operación o de iniciar un tratamiento.
Pidamos hoy al Señor, por intercesión del Gran Mártir y Médico Anargiro San Pantaleimon, que nos conceda la salud del alma y del cuerpo y sobre todo, la virtud de la fe.
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